El Mono
Por Enrique Pagella

Al Mono le habían agujereado las tripas y por más que se las metimos adentro, no mejoraba. Con los dientes apretados nos pedía que lo matemos pero ninguno de nosotros se animaba. Entonces fingimos no entender lo que decía y enfilamos a lo del Colorado García para escondernos. El Colo se negó de una y tenía razón. No podíamos quedarnos en Avellaneda porque teníamos encima a los ratis. Les habíamos bajado a uno.
-Vuelvan a Rosario – nos ordenó -, ya bastante laburo tengo con esa chatarra que me dejan.
Después de guardar al Mono, que no paraba de putearnos, en una de las Traffic del Colo, nos pusimos a pensar en el camino que seguiríamos. Ninguno de nosotros conocía Buenos Aires, ni siquiera el Mono que era el más viajado.
- Vayan por donde menos se lo espera la cana, pongan al Pipa o al Chapu a manejar, que son los que tienen más cara de pelotudos; yo les doy pilchas para que pasen por turistas y un teléfono para que se guíen – nos ofreció el Colo -, pero váyanse.
Media hora después entrábamos a la 9 de Julio. El Pipa manejaba y el Chapu le hacía de copiloto. Habían puesto a Los palmeras a todo lo que daba y Cachito y yo estábamos atrás con el Mono que no dejaba de quejarse.
-Cuando lleguemos a Rosario te llevamos a lo del carniza y te deja como nuevo, Mono – le dije para darle ánimo.
-Andá a la puta madre que… – alcanzó a decir y se desmayó.
No sé si a los dos que estaban adelante o al Cachito, que se nos había juntado hacía poco, les pasaba lo mismo que a mí. Pero yo estaba partido al medio. No podía verlo al Mono así. No voy a olvidar nunca cuando me dio el primer laburo.
-Pibe, tené que boletear al concejal – me dijo ofreciéndome un chumbo con silenciador.
-¿A Naricita? ¿Cuánto hay? – se me ocurrió preguntarle y me puso un bife que me dejó la cabeza como una calesita.
-Vo vas, le metés tres tiros en la cabeza, volvés y te llevás lo que te voy a dar sin chistar, va a ser mucho más que lo que ganabas garchándote viejos ¿entendiste?
-¿En la cabeza?
-Sí, en la frente. Tres en la frente paga doble. Dos o uno paga base. Si el tipo sale vivo. el que va caer en el pozo con tres agujeros en la frente sos vo.
-¿Y tengo que ir solo? ¿Qué hago con el Bofe?
-Primero lo bajás al Bofe y después a Naricita.
-¿Y por el Bofe también me pagan?
Me dio otro bife. Esta vez no sentí que la cabeza me giraba, sino que adentro tenía un platillo que no terminaba de sonar. Masticando una puteada, me clavé el chumbo en la cintura y mientras salía de la cueva, el Mono me dijo:
-Pibe ¿vo sabé que no tengo hijos?
-Sí – le respondí sin entender adónde iba.
-Cuidate entonces.
No comprendí lo que quería decirme en ese momento. Yo estaba recaliente.
Las criaturas del mirón impenitente. Por Daniel Maldonado
A propósito de La muerte por todos lados la muerte, de Héctor Cortés Mandujano
Editorial Tifón
2024

I
En los albores de la historia, lo real ejerció un influjo tiránico sobre la narración. Su impronta fue tal que narrar supuso durante mucho tiempo referir con precisión lo experimentado. Hallar el sentido de la vida exigía entrar en contacto directo con el entorno, atender lo que éste comunicaba o, incluso, subordinarse a su dictado. Hacer la relación pormenorizada de sus rasgos: eso era narrar. Elaborar un relato implicaba imitar la realidad.
Construir mimesis, sin embargo, exigía emprender la hechura de la ficción. En algún momento de la historia, el que narró para otros lo visto más allá de las fronteras de la tribu remozó su experiencia: salpicada de invención, la narración se convirtió en cosa de encantamiento. Ya no se trataba del relato fiel, pormenorizado, de lo alguna vez vivido. En determinado momento se obró el prodigio: alguien se animó a narrar de otro modo. Más que hacer de ella una calca verbal, ese alguien —narrador incorrecto— quiso inventar la realidad: hacer poiesis antes que mimesis.
Se narra, escribe R. Oloviot, porque se alberga la creencia —que a ratos es firme convicción— de que el mundo, el entorno, la existencia (eso que se estima como lo real), pueden ser de otra manera. Como tendrían que ser. ¿El opuesto —insidioso— de la realidad? En el núcleo del relato palpita el afán del narrador por urdir otros mundos.
¿Qué busca quien escribe? Una tentativa de respuesta podría ser la siguiente: “Negar la realidad, rechazar lo que ya es. La literatura, finalmente, es una forma privada de la utopía.”
II
En Aproximaciones a la poesía y narrativa de Chiapas (UNICACH, 1997), el escritor y académico Jesús Morales Bermúdez lamentaba que las condiciones prevalentes en el estado no fuesen propicias para el cultivo de una narrativa menos apegada a la realidad. “Borges, la literatura fantástica, la necesaria experimentación formal, la imaginación pura, son elementos y temas todavía distantes en el hacer de los chiapanecos. Lo inmediato, lo cotidiano, lo real señorean” (1997: 191). En el fondo, las palabras de Morales Bermúdez, salpicadas de un hálito desesperanzador, evidenciaban la ausencia de narradores arriesgados, dispuestos a construir lo radicalmente nuevo. Con esa especie de lamento ante la inexistencia de una narrativa fresca e indócil, liberada del impulso por incurrir en el mero retratismo, concluía Morales sus reflexiones. El apunte, no menor, de uno de los novelistas chiapanecos más importantes de los últimos años, ilustra el ascendente que la pretendida realidad había ejercido en la tradición literaria (y, particularmente, narrativa) local.
Búho protector. Por Eduardo Briones

Papá nos compró una pequeña mesa de estudio, la colocó cerca de la puerta de entrada a la casa para que mi hermano y yo hiciéramos la tarea. Aun hoy la recuerdo. Los dos hicimos de ese lugar el punto de encuentro de las confidencias, las ficciones y el amor fraterno entre matemáticas, español y dibujo.
Todas las tardes después de llegar a casa y comer los deliciosos preparados de mamá, Carlitos, mi hermano de apenas siete años dibujaba animales en hojas tamaño oficio que le proveía para saciar sus dotes de pintor «surrealista», esta era la única forma en que me dejaba hacer la tarea sin travesuras. Una tarde, mi hermanito dibujó un búho bebé, un mochuelo de mirada profunda, alas abiertas, lleno de plumas con matices grisáceos, con un pico raro en forma de gancho, sobre una de sus garras una mancha roja que contrastaba con el animal, mancha donde mi hermano colocó su firma.
Todas las tardes pasaban con tranquilidad, sin embargo, nada es perfecto, mucho menos cuando la maldad ronda el vecindario. A varias cuadras de la casa, en el Banco Internacional, un robo se suscitaba. Un cártel de la droga se baleaba con la policía. En franca persecución, los gendarmes correteaban a los narcos a tiros, al pasar por nuestra casa, una ráfaga de plomo se entregó sobre el pecho de mi hermano, mientras otra se encarnaba en mi hombro.
Desperté cinco días después en el ala de cuidados intensivos del Hospital General de mi ciudad, logré ver a mi padre sentado a mi costado, mientras mi madre dormitaba en una silla. Al retornar a la conciencia les pregunté quejumbroso:
−¿Y Carlitos, papá? ¿Cómo está mi hermanito?
Sutter. Por Jesús Morales Bermúdez

Por Andrés Beltrán
De cuando en cuando habitan el mundo personas en quienes se sintetiza el tiempo. Johannes Sutter, nieto de inmigrante renano, creció en el medio indiano sin conciencia de su personalidad diferente. Se movió con naturalidad en la lengua adoptada por sus padres, recorriéndola con suavidad en sus laberintos secretos, mostrándola versátil, tersa ante el ejercicio artesanal de su elaboración, esplendorosa como los diamantes que en vano buscara su padre a lo largo de sus múltiples deportaciones. De la boca de Sutter, fluían las palabras en el baño venusino de su expresividad, disfrute el suyo similar al de los dioses luego de su crear mundos, como si él mismo se acuclillara en el crepúsculo para contemplarlas. Era Sutter pez en el agua de lengua y dialectos de la región donde naciera, en las márgenes de un río caudaloso, célebre por las obras de ingeniería ferroviaria sobre sí y a los márgenes suyos, aparte de sus virtudes para la navegación y pesca. Difícil que en aquella región de rústicos y arcanos moradores emergieran personas de conocimientos refinados. Sutter aquilataba los entornos de su vida desde las versiones de la tradición, y más, desde los asombros propios, novedad y escándalo para sus congéneres, como si sabiendo de los confines estuviera más allá de los confines.
Luego de su educación primaria, a la cual vería como morada de suplicios por los métodos pedagógicos de la época, Sutter se vio de pronto cursando estudios en una abadía. Derroteros inciertos los de cada cual: había imaginado su futuro en tono propio a su región, dominando dos, tres y hasta más oficios y estudios secundarios, acaso técnicos, laboriosidad, vida modesta, nunca en su mente la vida religiosa. Mas he ahí, una tarde cualquiera, luego de haber jugado con los amigos, vagos como él, mientras caminaba de vuelta a casa se le acercó Lorenzana, prefecto de menores ese año, y le espetó sin miramientos la pregunta de ser cierto su interés por ingresar a la abadía. El pequeño Sutter, en su timidez no pudo imaginar aquella pregunta para sí sino propia para su hermano mayor, él si con inclinaciones hacia la vida religiosa, y sorprendido como se viera no pudo sino afirmar su voluntad de seguir la ruta propuesta por Lorenzana.
Sabiduría presoviética
El emperador Keruncjis de Los Montes Cárpatos sale a cagar aquella mañana, acompañado de su leal escudero Igor Molano.
En el forcejeo del acto, le pide a Molano una de sus habituales historias. Es así que Igor procede a relatarle:
«Una vez encontré a una moza, de pelo cenizo y ojos claros. Sus mejillas semejaban las manzanas de tierra fría y su panocha se recalcaba en su jean apretado. De sus nalgas nacía un primor que aún retumba en la soledad de mi cuarto.
La conocí en un programa de televisión donde entrevistaban a mayordomos jorobados. Ella fungía las veces de presentadora coquetona. Luego de la charla, donde la hice sonreír con anécdotas que para mí otrora fueron dolorosas, atisbé una oportunidad para mis conquistas tristes.
La invité a un par de copas y fuimos a mi aposento. Luego de varios intentos fallidos para alcanzar una erección, ella, ya rendida, mientras se acomodaba sus calzones, me dijo:
-Gracias por su sabiduría».
Viktor ni siquiera carcajeó.
Vio fijo a su sirviente, mientras se limpiaba el culo. Le dijo:
-Gracias por tu sabiduría
Activo en g menor. Por César González

Este escrito no es un cuento, tampoco un relato, mucho menos un short-shorts, no llega a chisme siquiera; Quizás una infidencia frívola pueda ser, una forma burda e intelectual a la vez, de ser lo que se es, porque no se puede ser más cosa, que consecuentes con nuestros actos, flexibles a nuestro destino, como cualquier animal en la suya, absurdamente animal. Entre tantas personas que he conocido en las calles de Euparí- Roll, en los parches donde no llega el amor y solo habita el miedo, donde todos huelen a formol y nadie puede perfumarse de digno, nadie, absolutamente nadie podría vanagloriarse de honor, nadie sabe de palabra y cualquiera te pone a sobrar así, nada más, de “un chasquido”, pero te dan la moral, aunque se crean superiores a ti, al Loquito del barrio, o al Chirri de la esquina, o al andrajoso del semáforo, cualquiera que este fuera del programa de televisión en el que viven diaria-mente sus sectarias existencias. Imagínate el caso, pensarse vivir en una realidad diferente a los otros, son ellos los mecenas de tu pasaporte, de tu visa de exilio o inxilio, hasta perderte en un país sin nombre donde los cobardes pasan por valientes y los valientes por perdedores y en esas paradojas terminan siendo Ellos los héroes y anti- héroes de la historia, “juanitos alimañas” en potencia que en su ley perecen. Pero la muerte nunca fue algo que le preocupara en lo mínimo, muchos hasta dicen que se criaron juntos, que asistían a la misma escuela, que comían en el mismo plato, y que para mal, o para bien, había sido su única y fiel amiga, su único amor al fin; no digo su nombre, porque no me corresponde y además porque tampoco me interesa posar de prensa sensacional, con su sangre derramada en primera plana, y el típico titular sin ninguna responsabilidad afectiva con sus familiares y seres queridos, mucho menos justifico su fin, la muerte (sobre todo cuando se es tan joven y se manifiestan infinitas posibilidades de vivir), esa mujer peligrosa que lo sedujo y a la que buscó implacable en sus faenas de niño malo, que de malo lo único que tenía, en mi lectura personal, ahora que lo analizo con detenimiento, era ese rostro de adolescente malhechor clase baja, cabeza e´ porra que llaman los profesionales del apodo, un defectuoso Robert De Niro boca torcida, un caso como el de Benjamín Button, no cuando es interpretado por Brad Pitt conduciendo su Idian Flathead roja y con gafas de sol, por una autopista sin una sola arruga en el rostro y ni un huequito en la pista, no, pero si cuando está niño-viejo, en ese estado de belleza fenomenal propia del cine y la literatura fantástica, con volcanes de espinillas en constante erupción, y eso por la ingesta prematura de barbitúricos que le tocó pilotear en los distintos centros de rehabilitación en los que vivió largo largo tiempo. Otra de sus temporadas en el infierno o en el paraíso, ya no se sabe, fue cuando estuvo durante tres meses en coma, “está más allá que acá, le están sonando más las arpas que los acordeones”, escuché a alguien, cuando aún era una leyenda viva y los pelaos siempre estaban al pendiente de sus apariciones en redes sociales y comentaban las principales sobre la farándula del bajo mundo, “tres impactos de bala en la cabeza, está cruzado” otros decían, de los que nadie, ni doctores, ni mandraque daban fe a que pudiera salvarse, pero se salvó, contra todos los pronósticos, hierba mala, no moría. habían quienes decían que su andar de Zombi salido de una coreografía de Michael Jackson, era por una bala que nunca pudieron extraerle los cirujanos, en los congresos donde su caso fue modelo de estudio comentaban que era mejor que estuviese ahí, por donde comenzaba la columna a bajar, que la bala había desplazado una vértebra y en lugar de la pieza ósea, había quedado una astilla de plomo. Por los días que era tendencia, cuando salió en aquel video donde dos mujeres le propinaban una golpiza por la zona del Boliche, los que solo fueron objeto de burlas y los comentarios vituperiosos de siempre; El árbol había caído, y para ser leña no le faltaba nada, por esos días ya nadie daba un peso por el menor, ni la mínima moral, en los boros nadie le pasaba el porro, ni por error, no permitían que se acercara a los parches por la calentura y todo lo que se decía por ahí, que tenía los días contados y otras sentencias de ese tipo que acostumbran a vociferar los promotores de la muerte, calanchines del mal. Cuando se le comenzó a ver ese mal tiempo de peligro a cuestas, hasta los más firmes, con los que muchas veces la cometió, le abandonaron, como dice esa canción vallenata, “que cuando uno está saláo hasta el amigo más cercano se le aleja”, bueno, así fue, y a él para su mala fortuna, lo había dejado hasta su propia sombra. También es cierto que por el Dan Gong y por la Secta ya no lo podían ver las putas, ni los putos, ni los drogos, nadie, no había esquina donde pudiera relajarse, como el solitario vagabundo -que a las malas le tocó ser- tranquila y desapercibidamente. Es curioso, y lo es más cuando pasa el tiempo, pero debo decirlo, nunca consideré peligroso al menor, más que para sí mismo, mucho menos un ladrón inteligente y con éxito, sobre todo después de esa noche en la que en un evento donde García, o Gart, pintor y músico de la escena, debo aclarar antes que todo que este será el único fragmento anecdótico de lo aquí escrito: Yo pasaba una de mis borracheras excéntricas, mientras al mejor estilo de los rituales chamanicos los asistentes bordeaban una gran fogata y bailaban y daban giros y emitían aullidos, una buena noche hippie; cuando salí a buscar un taxi y a tratar de pasar el mareo de marihuana y cerveza con un cigarrillo, empeoró la cosa, mientras el menor como un golero sobrevolaba a la presa de monte en descomposición, que Yo era, me cargaba la pea de dos vidas, pero a los borrachos les a compaña siempre un instante de extrema lucidez con el que puede bastarles para salir de ese tipo de situaciones, y con esa sola línea de bolsillo me bastó para trampear al personaje en cuestión, “ menor no me vayas a robar, que te boleteo con el Yesid y los muchachos de la fuking Squad”, fue más una súplica que cualquier otra cosa, la dicha salida en mi evidente desventaja, a él le importaban menos de un pepino nuestras amistades en común, cuando a lo lejos escuché en el limbo de mi ebriedad alterada sus palabras graves y electrocutadas, frías como la madrugada en que nos citaba una vez más el destino, “como así poeta, me extraña, si yo más bien te estoy cuidando de que lo roben, suerte que me voy en esta verga”. Labia, el menor no perdonaba pinta, pero esa vez en particular creo que sintió algo de piedad, o puede que la haya visto muy fácil, un robo no digno de su estatus de rata, y paso a creer que a él le gustaba robar de frente, le gustaba marcarte, era su firma, un verdadero artista de la calle, algo así como un no me olvides, un, Soy el activo menor y vas a perder.
A la memoria de Iván.
Vino de ninguna parte. Relato de Luis Bolaños (Imperio Decadente)
Vino de ninguna parte
Relato de ciencia ficción por LUIS ANTONIO BOLAÑOS DE LA CRUZ

«supe que si en algún momento nos quedábamos solos la encularía, imaginarlo fue en simultáneo delicia y tormento, supe que las relaciones serían intensas y rugosas, de repente contradictorias, pero nunca convencionales y llanas.»
Nota preliminar:
Encaramado en la estructura narrativa de «El Vuelco del Cangrejo» (film colombiano de Oscar Ruíz Navia – trailer 2008) tracé las rutas de la soledad que acontece tras la pérdida de alguien querido y la dificultad de la reinserción social en un marco signado por la violencia y la guerra (como lo sigue siendo Colombia hoy casi tres lustros más tarde a pesar de la victoria de Petro), eso sí, condimentado con fantasías sexuales, como es habitual en mis relatos, a pesar de acontecer en el marco de la saga del Imperio Decadente lleva la huella de la influencia de Jack Williamson en “El Hombre de alguna parte”.

Concepto artístico de fallo mecánico en sonda rusa por Michael Carroll
Llegando en medio de una batalla: La huida en sus etapas transitó de lo fraterno a lo sublime, los instantes se embutían unos en otros difuminando fronteras y almacenando conoceres, y la bionave funcionó hasta que recibió una descarga de proyectiles que rebasó cualquier plan de contingencia que tuviéramos almacenado y listo a descargarse para contener descalabros y/o amputaciones, mutilada y arruinada dejaba una estela de fracciones y compartimentos que crecían para obturar agujeros a medida que caía hacia la nube de planetoides; aún en proceso de muerte y desintegrándose continúo ayudándonos, trazando rutas de escape con diversos porcentajes de seguridad, solicité uno de los postreros, sin importar el tiempo y velocidad, me jugué un albur y acepté el riesgo, me inserté en uno de los cohescafandras y apenas si tuve que esperar para que la bionave me lanzara a mi destino.

una centaura, aproximación artística a una centóquira espacial.
Primer encuentro
Llegó de ninguna parte, apareció desde el fondo del bosque, donde no hay senderos de tránsito, lo encontré agotado, con el casco entre las manos y recostado sobre una de las raíces de un tronco de banomos (crecen en manojos múltiples entrelazados que fingen ser una sola planta, pero que en realidad son colonias que articulan su despliegue vital entre un combate donde tratan de inducir la sumisión de otras fibras mediante hormonas y compuestos generados por sus bolsas químicas y una fusión que desintegra cortezas y pone en común los conductos) .
Gozábamos de un glorioso y dorado amanecer, casi que se podía sentir la alquimia del proceso por el cual los cloroplastos transmutaban la luz en sustancia vital y el coro de murties (quirópteros azules diurnos), flevetes (aves parecidas a faisanes flacas) y sitocos (semejantes a psitáceas parlanchinas) se combinaba con los rumores de alimañas, parquides (masivos insectívoros de color rosa-malva que avanzaban tronchando pseudomusáceas para devorar las miríadas de larvas expulsadas por la explosión de mantillo) y los quejidos de muleles (casi lemúridos con bandas blancas y celestes cruzando sobre sus anillos grises y negros para camuflaje) ocupaba cada decibel posible bajo la bóveda arbórea.
Las comparaciones y paquetes de datos las ejecuta de manera automática un biowiki de Terraquis (donde se ubicaba el laboratorio que nos diseñó) que llevó instalado hace ya décadas, supongo que desde antes de que arribáramos a esta tibia luna que gira en torno a un GG -gigante gaseoso- del sistema PER-449*a de clase G, pero que se activó aquí sin que ni yo, Picalbur ni ningún otro comprendiera sus principios.
Hay quien aventuró en alguna asamblea que fui designado como “orador” o “narrador” del grupo, de allí que mi biowiki funcionara así, pero como otros acontecimientos relativos al éxodo, permanecen en la bruma; con frecuencia ignoro segmentos apreciables de la información, pero suelo deducirla por el contexto y como sólo yo la rumió no creo que adquiera importancia para las decisiones de otro centóquiro – mezcla de centaúridos y artiodáctilos inteligentes – quizás creados por algún proyecto de manipulación genética del Imperio cuyo propósito se extravió y mientras se decidía en que utilizarnos se nos desterró al borde de la Gran Fosa Oscura (De la cual se rumora que es un resto de masivas destrucciones de estrellas llevadas a cabo por antecesores desconocidos y que casi seccionó uno de los brazos de nuestra galaxia, en un probable experimento de manipulación de materia en volúmenes fabulosos con objetivos paranoicos)
Luego vendrían los levantamientos y la larga lucha de liberación y nos olvidaron.
Le interpelé gracias a los memes tradumaqueteadores circulando en sangre que proporcionan léxico e imágenes de síntesis:
– Soy Hiptendal -¿podemos intercambiar fluidos o información? sugerí con guiño lujurioso dejando caer la cabeza a un lado.
Declinó el primer ofrecimiento, musitó su nombre: Ozkallzi, pero aceptó el segundo mediante idéntico recurso, primero respiró profundo para certificar que el aire seguía siendo respirable y soltó una parrafada de la cual comprendí que deseaba bañarse (la costra de mugre bajo el traje debería empezar a picarle), comer y descansar, en ese orden, también que quería encontrar algo en que laborar y acceder a un dormitorio.
Le dije:
– Voy a pescar y recolectar, tendrás que apresurarte, mi zancada será dilatada porque llevó prisa, deseo encontrar liermas (gordas y menudas mantarrayas que duermen en la orilla) y muyuyes (moluscos irisados) que extraer antes que levante su giba el GG- para un sabroso almuerzo de frutos marinos.
Me miró con algo de estrabismo por la fijeza de la mirada, en la cual latía un pozo de tristeza irreconciliable y susurró:
– Te seguiré -.
No obstante su promesa, apenas unas cuantas medidas de tiempo después se retrasó, cuando giré el pescuezo lo encontré mirando mis ancas potentes, relucientes, adornadas en su centro con un ano rosa, extravertido y palpitante (tengo que explicar que poseemos cuatro poderosas piernas terminadas en pezuñas suaves, en el caso de los machos como yo, con tres penes funcionales en las respectivas ingles y en el de las hembras una vagina reproductiva adelante y dos vaginas de placer a los costados; por eso observados de perfil parecemos más un cuadrópodo que un centauro).
Me mosqueé un poco, ya que había rechazado el ofrecimiento de intercambio de fluidos al inicio de nuestra conversación, pero me coloque por empatía en su lugar y supe que estaba extasiado por la deslumbrante belleza que exhalamos con cada movimiento, quiebre o torsión que ofrecemos a miradas o sensores. Coloqué un par de frases entre los atronadores gorjeos que caían desde la hojarasca, ya que la incipiente mañana seguía siendo espléndida y ruidosa.
– Puedo explicarte como arribar al poblado más cercano.
De nuevo me miró con un rescoldo de congoja y musitó:
– Estoy más extenuado de lo que creía, explícame y trataré de no equivocarme.
Los centoquiros captamos matices de verde que otras variedades de humanoides o especies no logran absorber y gracias a un sencillo sistema de señalización cartografiamos y confeccionamos matrices de localización, supuse que sería ciego al mismo y preferí expresarlo de diversa manera:
-Continúa por este sendero, 30 clicks más allá del altozano donde me verás desviarme hacia el interior del bosque, gira hacia la playa, encontrarás una cortina de burures (exitosa simbiosis de mangle y bambú), localiza un orificio a través de ella y arribarás a un guijarral, atraviésalo y a su final ya serás capaz de avizorar los bungalows del poblado.
Se desplomó sobre el barro, movió la mano en un gesto de agradecimiento y despedida y estuve seguro que con la mirada clavada en mis prominentes esferas glúteas me observo marchar.
Luego supe de su ingreso a la aldea, como los corcelill@s lo rodearon, lo acribillaron a preguntas y pedidos, como lo rescató el jefe del consejo, quien le ofreció una tarea y un bohío anexo a su bungalow y como se fue integrando a la plácida rutina del conglomerado, aunque lamenté no haberlo encontrado hasta cuando ya estaba a punto de partir.
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Virus. Por Hernandez Durán

―El hombre nace libre, responsable y sin excusas”
J.P Sartre
Se miró al espejo intentando procesar la figura que tenía en frente suyo. Era abstracta, un conjunto de elementos que no resolvían ninguna identidad; encontró un montón de piel, la idea redundante de un ser que no le pertenecía, la plegaria de un sacrificio a la humanidad. ¿Dónde estaba ese hombre que alguna vez pudo divisar entre el cristal plateado? ¿Dónde había quedado ese nombre, esas letras que lo definían y hacían de él un ciudadano, un ser? ¿Cómo llego a ser ese holograma que se reflejaba sobre el espejo, indefinido, que infundía algo de nauseas? De pronto se fue con el agua del retrete –pensó-, de pronto se fundió igual que el vapor del café de la mañana.
Quizá, tan solo se transformó en ese eterno metro y medio de piel que parecía una enfermedad extendida por un ser inexistente.
Sabía que era un día distinto. Se abrocho el pantalón, cada uno de los botones de la camisa azul clara que tomaba cada día de por medio, y amarró sus zapatos de gamuza café. Estaba decidido esta vez a no tener nada, a no cargar ni con su propia presencia. Una idea rondaba por su mente. huir. Estaba convencido de que para el viaje que iba a realizar no necesitaba más que el deseo de lanzarse al vacío y la meditación implícita del hecho que se resolvía a ejecutar.
Él y esa mente cargada de pensamientos era lo único que necesitaba para emprender aquel desairado destino del cual ya no había vuelta de hoja. Sin pisar la calle aun, podía oír cómo el dialecto indescifrable de la gente se esparcía con el olor a pan. Otra vez su miedo inefable a ese mundo irreal que se le había presentado, a esa muchedumbre que veía todos los días y que desconocía por preferencia como un ataque de desolación y retraimiento, cuyo suceso se fue convirtiendo en un pequeño universo ambivalente de sensaciones infernales. Abrió la perilla, y noto que sus ideas no habían sido erróneas. Observó. Pasaban las personas y extendían una mano por encima de los hombros y la movían de izquierda a derecha rápidamente, ¿acaso creen que soy de ellos?, pensaba.
La caza. Por José Osbaldo García Muñoz
Continuamos publicando relatos de José Osbaldo García Muñoz, pintor y escritor nacido en Chiapas (México). En esta ocasión, la neblina se convierte es un manto bajo el cual discurren cosas dichas con un lenguaje que las hace tan extrañas que nunca antes ocurrieron.

Dibujo hecho pr Jorge Osbaldo García Muñoz
Mi padre afilaba el machete con gran parsimonia en el movimiento de sus brazos. Aún era joven, pero el rastro de los días y el trabajo duro lo agobiaban.
—El perro no quiso comer —le dije cuando lo creí oportuno.
—Es mejor —respondió sin levantar la mirada, arremangándose el pantalón hasta las rodillas.
Con golpes de lima sobre la hoja metálica, sacudía la limadura y, luego, con el pulgar derecho, recorría el borde, asegurándose de dar el filo adecuado. Por momentos se espantaba los mosquitos de los pies descalzos. Sus piernas eran largas, recias y ásperas como tronco de árbol.
—¿Afilarás el tuyo? —preguntó.
—No —dije, tímidamente—. Voy a llevar azadón.
Siguió en su actividad. Hizo una pausa. Me miró con seriedad.
—Tu obligación es aprender a obedecer antes de decidir por ti mismo.
Guardó silencio y colgó la mirada en las golondrinas de cuello blanco que se despedían de la tarde. La neblina, arrastrándose, subió la serranía. Los cenzontles trinaban como lo hacían en aquel entonces antes de acurrucarse y dormir entre los árboles de naranjo. El crepúsculo se fue desvaneciendo.
—Amarra al perro y prepara las cosas —me dijo, cuando se percató que daba los últimos toques al machete sobre mi rodilla.
—Está bien, papá —respondí, dirigiéndome enseguida al interior de la casa.
Trabé el morral de ixtle en el horcón central que detiene las vigas principales. Sobre la cama, puse dos lámparas de mano con pilas puestas y dos foquitos de repuesto, dos pares extra de pilas, una navaja, dos hondas, un puñado de piedras finas de río, dos dientes de ajo, una veladora y dos pañuelos rojos; en la puerta de salida, acerqué una varilla con la punta afilada, un azadón pequeño y el machete de mi padre. Llené con café dos botellas de plástico, envolví unas tortillas y las eché en el morral. Por último, llamé al “negro”, el perro, que moviendo la cola se dejó atar con gran docilidad. Al rato, los cenzontles cesaron su canto. Había oscurecido.
Mi padre se puso de pie, tiró la colilla de su cigarro y fue hacia donde yo estaba.
—¿Estás listo? —preguntó sin mirarme a los ojos.
—Sí —asentí animado.
Tomó la veladora para, después de pasárnosla a él y a mí en el cuerpo, colocarla encendida frente a San Antonio, sobre el altar de los santos que mi madre construyera en el umbral de su muerte, apenas un año antes. Enseguida, machacó ajos envueltos en tela roja, frotando luego el oloroso bultillo en el cuerpo del perro.
—No me falles, negro; no me falles, cabrón —le decía al animal, dándole palmadas en el lomo. Éste, agitando la cola, respondía lamiéndole el rostro.
—El ajo ahuyenta las malas sombras —explicó, pidiéndome que guardara un diente del condimento en mi bolsillo.
—No lo tires —concluyó, mientras se ponía las botas de hule y metía en ellas el largo del pantalón.
Ana. Por Osbaldo García Muñoz

I
Despiertas más tarde que de costumbre. Estás despierto; lo sabes porque, soñoliento y torpe, adviertes el ruido en las calles y el picoteo de pájaros rojos en la ventana. “¡Pájaros del demonio!”, ruges, escupes desde el fondo ascendente y circular de tus intestinos. Abres los ojos, despegando los párpados con una pesadez y la sensación de que cada parte de tu cuerpo se golpea una contra otra. Tratas de incorporarte y la vida te oprime, te duele como un resucitado que desconoce la luz. “Todavía es hora”, piensas, mientras miras un brazo sobre tu pecho. “¿Y esto?” te dices, haciendo un esfuerzo por quitarte de encima el bulto de carne sudoroso que aprieta sus senos contra ti. El olor de su aliento alcoholizado te repugna. Aun así, observas su rostro de vela desencajado y el cabello enmarañado sobre el hombro. “¿Quién putas eres?”
Te sacudes la cabeza, te das golpes en la frente, soplas y resoplas igual que hembra a punto de parir. Luego, tu nebulosa memoria le da forma a todas esas cosas que preferirías olvidar en ese momento: tu desordenada vida que de pronto se da vuelta y te trae como vorágine lo sucedido. Sí, aun entre la bruma, lo recuerdas: once treinta. Ahí está la hermosa prostituta de veinte años frente a ti, moviéndose como poseída por algún ser mitológico y desconocido: ¡hidra, serpiente de agua y fuego!; ahí está esa virgen quimérica con su rostro pálido y el cuerpo lamido por las luces neón; ahí está, sacudida hasta el espanto. Y estás tú, acariciando con los ojos el aire, extasiado por aquella ebriedad colectiva del centro nocturno que conoces como tu casa; ahí está todo ese estiércol con aroma a Dios incólume que te libera de la mierda cotidiana: la música, el bullicio descarnado y las estridentes risotadas de las mujeres y los hombres de figuras fantasmales. “Es la nueva, se la recomiendo, patrón”.
Ana es su nombre. Ana, la “misericordiosa”, la recién llegada, la migrante convertida en fugitiva del hambre y del dolor. Sí, ahí estaba, pidiéndote que la desnudaras, que la hicieras olvidarse de El Salvador y las “broncas” para llegar a México: “¡Quítame el vestido!” te dijo y tú creíste que habías encontrado a la mujer de tu vida: “Eres la mujer de mi vida”, dijiste; se lo dijiste, se lo repetiste tantas veces que aún te zumba el oído con ese “amor eterno” que se esfumó entre los cigarros y las botellas de ron. Ana, una ninfa enflaquecida que parecía conocer los misterios del amor y la fantástica realidad de los sueños a ultranza.
—¡Ana, despierta!





