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Investigación sobre los pecados capitales. (Primera entrega)

bebé

Entre pecado capital y pecado capital hay muros agujereados; un ratoncito que ha abrevado en las mieles de la lujuria, puede repantigarse sobre el desierto campo de la pereza y soñar con banquetes cocinados por el cocinero de la gula. Gracias a esta investigación hecha por milinviernos, hemos concluido que los ratoncitos somos nosotros. Y cuando escribimos “nosotros”, nos referimos a los lectores de la entrada y a todos aquellos miembros de la humanidad que se consideran desdichados y carentes del ataque inhóspito de un autoasesinato (así es: el suicidio lo dejamos para proclamas adyacentes a una obra, ya sea artística, científica, económica, social, etc).

Este trabajo se materializará en siete entradas. Cada una de ellas corresponderá a alguno de los siete pecados capitales. El objetivo de este primer capítulo, más que el de evidenciar los engranajes de cada uno de los rigores de nuestros deseos, es el de atisbar, entre los escombros del desánimo, por qué un masturbardor se siente lujurioso.

Este primer tema es el que más convoca a milinviernos, junto a la ciencia ficción: las pajas. Aunque huelga aclarar que, como dice el poeta:

Entre las pajas y la ci fi no hay muchas diferencias:

El principio de identidad se extravía en los recovecos

de solitarias eyaculaciones

y un mesías que

con casco de astronauta

anuncia que el fin de los tiempos ocurrió ya

y somos la bocanada última del incendio

eructado por el inframundo.

 

El tema de la presente exposición, dada la escualidez de las fronteras entre pecados capitales, tiene dos focos a saber:

  1. La lujuria.
  2. La envidia.

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Francisco de Quevedo y los géneros de hombres y lectores en el mundo

Quevedo

En 1607 Francisco de Quevedo escribió «El alguacil endemoniado», uno de los escritos que habrían de comprender el memorable volumen «Los sueños» que se publicó hasta 1627; este libro comprende todos los juicios, rechazos y aprobaciones del autor de «El desengaño de las mujeres» y se ha constituído en una pieza con visos fantásticos dada la eliminación de una narrativa en donde se le de preponderancia a lo verosímil.

En cada uno de los cinco sueños hay una nota dirigida al lector, la cual siempre varía y contiene algunas de las hebras que conformaron el tapiz de la escritura de Quevedo y su visión del mundillo de las letras. Les presentamos un extracto del escrito dirigido al lector de «El alguacil endemoniado»:

Al pío lector

Y si fuéredes cruel, y no pío, perdona; que este epíteto natural has heredado de Eneas; y en agradecimiento de que te hago cortesía en no llamarte benigno lector, advierte que hay tres géneros de hombres en el mundo: los unos que, por hallarse ignorantes, no escriben, y estos merecen disculpa por haber callado y alabanza por haberse conocido; otros, que no comunican lo que saben, a estos se les ha de tener lástima de la condición y envidia del ingenio, pidiendo Dios que les perdone lo pasado y les enmiende lo por venir; los últimos no escriben de miedo de las malas lenguas; estos merecen represión, pues si la obra llega a manos de hombres sabios, no saben decir mal de nadie, sí de ignorantes, ¿cómo ´puede decir mal, sabiendo que si lo dice de lo malo, lo dicen de sí mismos, y si del bueno, no importa, que ya saben todos que no lo entienden?