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Episodios cotidianos. Por Francesco Vitola

Aldana

9/4/2022. Barcelona. La vida tiene una manera muy particular de hacernos revaluar nuestras prioridades. Aquella tarde, mientras la ciudad resplandecía bajo el sol primaveral, yo deambulaba por tercer día intentando procesar una traición. Haberme sacudido la tristeza para asistir a la presentación de un libro se sentía como una victoria, y así, reventado, pero liberado de un peso, recorrí lentamente las calles, disfrutando melancólicamente de cada paso. Quizás todo esto tenía que pasar para entender las palabras de Marco Aurelio y sus —¿nuestros?— amigos estoicos.

Llegué al evento con varios minutos de antelación, así que en vez de ser el primero en entrar, decidí buscar una banca para disfrutar del agradable clima. Lo cierto es que aún no estaba convencido de que mi estado de ánimo fuese el apropiado para escuchar las confesiones de un brillante escritor que sufre brotes de ansiedad. En eso iba pensando cuando una mujer de ojos azules como el cielo de esa tarde me preguntó si tenía cinco minutos para hablarme de Médicos sin fronteras. Desanimado como iba, le dije que no, y seguí de largo hasta la banca. Luego, cuando era hora de entrar al evento, volví, por fuerza, a pasar junto a ella. Supongo que necesitaba hablar con alguien —muchos pasarán de largo como lo hice la primera vez— porque volvió a saludar y esta vez me dolió no seguirle la conversación. Entonces pude analizar al ser humano detrás del uniforme.

Aldana no lo supo, pero su presencia de ánimo significó mucho para mí aquel día. La vida la había puesto en mi camino para mostrarme lo que me estaba perdiendo por serle fiel a una promiscua manipuladora. Yo tampoco lo supe en el momento de la conversación, eso lo entendí luego, cuando los tics nerviosos del autor me hicieron apreciar el valor de mi serena y monótona vida cotidiana. Si tan solo aprendiese a vivir el momento, pensé.

Oyendo los problemas del atormentado autor, entendí que de hecho, eso que yo sentía no era ni siquiera un problema mío, mi infierno había terminado y el de la arpía mitómana recién comenzaba. Estas heridas emocionales eran sólo la consecuencia del derrumbamiento de un castillo de naipes que durante meses sostuvo aquella narcisista incapaz de remordimiento.

Episodios cotidianos. Por Francesco Vitola

Esta es una nueva crónica breve de Francesco.

WWIII (la razón de ser de la masculinidad tóxica)

 

24/2/22. Barcelona. No creo ser periodista con todas las letras, pero hoy salí a la calle para analizar los cambios conductuales de la población tras la noticia de esta madrugada. El «olfato periodístico» no se ha atrofiado a pesar de la falta de uso.

A primera vista puedo decir que aunque cortaron el suministro de petróleo y gas, siguen llegando turistas eslavos.

 

26/2/22. Ahora que los finlandeses y suecos se unieron al club de los amenazados por Putin, en las calles de Barcelona los gigantes rubios han dejado de reír, en cambio, miran con seriedad su reflejo en las pantallas de los teléfonos.

 

27/2/2022. Admirable el trabajo de reporteros de guerra, eso es saber ordeñar la glándula adrenal.

 

1/3/2022. De alguna forma, Europa es un territorio de refugiados por excelencia —de guerras pasadas y presentes—. Aquí se incuba el germen bélico que ha impulsado grandes migraciones, desde y hacia su masa continental. Aquí estoy yo como vivo ejemplo, huyendo de la violencia colombiana, cerrando el círculo que inició mi padre en la última gran migración italiana tras la Segunda Guerra Mundial.

 

2/3/2022. Desde que estalló el conflicto entre Ucrania y Rusia se dejó de hablar de la «masculinidad tóxica», y se impuso la lógica de que sólo la violencia extrema puede detener al violento. ¿Qué otra función pueden cumplir estos individuos agresivos en sociedades democráticas y liberales?  El problema, sin embargo, es que por defender los intereses de Europa en Ucrania se está alimentando —con armas, mercenarios y propaganda— a un Estado con dudosos valores democráticos, y con tendencia a la ultraderecha. A los neonazis europeos, por ejemplo, los están dejando en libertad para que vayan al campo de batalla. Pareciera que la historia se repite, Europa está dispuesta a desocupar sus cárceles para tomar el control de su última frontera.

En Los clanes de la Luna Alfana, Phillp K. Dick imaginó una sociedad en que las tendencias naturales —y los trastornos de personalidad— son aprovechados para los intereses colectivos. Europa parece seguir una premisa similar, pero corriendo el riesgo de recaer en el totalitarismo.

Episodios cotidianos. Por Francesco Vitola

Continuamos con la tercera crónica breve de Francesco Vitola Rognini

Arresto ciudadano

25/2/22. Barcelona, España. En mi patrullaje peripatético de esta tarde pude matar el aburrimiento mientras hice mi primer arresto ciudadano. A la voz de «get him», se despertó el vigilante que lleva todo colombiano en su interior. Los obreros que retuvieron al carterista ecuatoriano, lo dejaron ir quizás confundidos por los gritos de norteamericana. Continuó corriendo en mi dirección, falto de aire, pero no lo detuve, dejé que pasara por mi lado y extendí el brazo buscando su cuello. El señor, de unos 40 años, quedó sentado en el piso; procedí a sujetarlo por el cuello de su chaqueta y lo ayudé a ponerse en pie. Un civil se acercó y lo sujetó por el brazo derecho, le dijo que se girara contra la pared, y así lo retuvimos hasta que apareció el policía que lo perseguía. El ecuatoriano gritaba frustrado, desalentado.

El otro civil —quizás un policía de paisano— le entregó al policía el control sobre el arrestado, y mientras ambos lo sosteníamos contra la pared me preguntó: «¿Compañero?». Cubierto como iba, no me extrañó que me confundiera por uno de los suyos, así que sólo dije: «No, civil».

Y sin más, ni unas gracias, se llevó esposado al preso.

Sus colegas lo recibieron como si lo hubiese atrapado él mismo luego de correr por callejones nauseabundos, esquivar ratas o saltar muros alambrados.

Supongo que son cosas de la hiperactividad, pero ese minuto pasó en cámara lenta, casi como si lo viera objetivamente. Y si intervine fue porque inconscientemente comparé a este pobre hombre de un metro sesenta, con sobrepeso, que parecía un ciervo huyendo de los lobo, con aquellos raponeros fumadores de polvo de ladrillo y base de coca del centro de Barranquilla, de los que hay que cuidarse en la temporada navideña.

Como fuere, mal por el carterista que se cruzó en mi camino, pero me alegra haber estado ahí en el momento justo, así pude matar el tedio que me tenía patrullando las calles del Eixample en pleno invierno. Además, la situación me permitió comprobar que la «guillotina al cuello» al estilo de la WWE (no confundirla con la «guillotina» o «mata león» del JiuJitsu) funciona.

Nueva sección: Turicuchi

Miradas largas desde Chiapas

Turicuchi es la inflamación que aparece en el párpado (orzuelo) y la gente, en Chiapas, suele atribuir a la contemplación de un coito canino. Milinviernos se ha inflamado y por eso ha creado una nueva sección que lleva el nombre de esta afección. Su denominación, de origen chiapaneco, exhala su sustrato: en ella se abordarán libros editados o escritos por personas o editoriales de Chiapas.

Chiapas es particular: a veces semeja un enclave centroamericano en México y, en otras, aparece la empresa civilizatoria y nacional del país norteamericano. El español de esta región hunde sus raíces en la historia y se cruza con el tsotsil, el tseltal y muchas más lenguas que estallan en esta especie de Terra incógnita en donde se asoma el istmo al que William Borroughs llamó Interzona.

Episodios cotidianos. Por Francesco Vitola

Continuamos con este conjunto de crónicas breves. Acá se encuentra la primera.

Derek está en problemas

 

 

7/12/2021. Barcelona, España. A los pocos días de aterrizar en Barcelona fui a comprar un chip para el celular, un plan de 15 euros que no alcanzará hasta final de mes, pero que me permitirá estar en contacto con el mundo.

Al segundo día de estar usando mi nuevo número recibí el primer mensaje amenazante: «llame al número en pantalla o será demandado y congelaremos su cuenta bancaria». Estos ladrones informáticos no pierden el tiempo, pensé, y desestimé el mensaje, pero siguieron llegando, así que regresé la llamada y pregunté qué ocurría.

—¿Eres Derek?

—No, me llamo Francisco.

Se disculpó y dijo de manera poco convincente que anotaría en su reporte que el número ya no pertenecía al sujeto en cuestión. A los pocos días continuaron los mensajes y llamadas, que por mis malas experiencia en Colombia no acostumbro responder, pero que inevitablemente, en momentos de distracción, lo he hecho. Así, por descuido, supe que «Derek» era  —o es— como mínimo, un traficante. A los mensajes de cobro bancario, y a las llamadas de los amigables clientes («Bro, Derek, es León, ¿tienes yerba?») se sumaron en el mes de enero las notificación del congelamiento de sus cuentas bancarias. Derek está en problemas, ¿pero está vivo?, ¿evita la justicia, o es comida de gusanos? He comenzado a preocuparme por él, ya lo siento como un alter ego, incluso he comenzado a creer que todos esos indigentes de ojos claros y acentos extranjeros son de alguna forma Derek, y que vivir «en situación de calle» es su forma de evadir al fisco.

 

Dado que el reciclaje de números es una practica habitual en el mercado de las cuentas prepago —un sistema ideal para ofrecer servicios telefónicos temporales o económicos— este tipo de situaciones deben ser frecuentes. Imagino que como me ha pasado a mí, en este preciso momento miles de personas están recibiendo un mensaje errático que cuenta fragmentariamente la vida de un «Derek». Y esto tiene el potencial de convertirse en un nueva forma de entretenimiento, reconstruir las vidas de los usuarios a los que pertenecían previamente nuestros números reciclados.

 

Episodios cotidianos. Por Francesco Vitola

Episodios cotidianos es un conjunto de crónicas breves escritas por Francesco Vitola. Cada semana se presentará un nuevo episodio.

Mis pacientes

26/10/ 2021. Barranquilla, Colombia. Nunca contradigas a un loco; ayer domingo, mientras entraba a una sala de emergencias de Colsánitas, se me acercó un paciente psiquiátrico que me confundió con su terapeuta. Se dirigió a mí como «Dr. Andrés» y procedió a hablar en «hebreo». Otro lo habría tomado por un desquiciado imitando a un terrorista árabe, pero a mí me pareció interesante esa manifestación de espontaneidad. La situación me resultó clara desde que me rogó que lo escuchara, no es la primera, ni será la última vez que atraigo a un desequilibrado, a quienes mi presencia les calma en principio, pero que luego les altera o sobreestimula. ¿Qué otra cosa podía hacer?, me gana la curiosidad por escuchar lo que tienen para decir esas mentes anómalas creadoras de historias impredecibles.
Le pedí que se colocara la mascarilla, pero se negó porque «impedía que le llegara oxígeno al cerebro». Entonces le sugerí que tomara distancia para poderlo escucharlo sin riesgo de contagio; retrocedió dos pasos y comenzó a explicar, en castellano, que él era cristiano (algo que repitió una docena de veces en su monólogo). Le pregunté si lo habían diagnosticado, me dijo que desde los 16 años tomaba litio y que era bipolar. Hasta ahí todo dentro de lo normal. Pero en cuanto le pregunté las razones de su ataque de ansiedad comenzó a temblar y palideció: «me acaban de informar que soy judío, pero yo soy cristiano».
En sus ojos era evidente una crisis, ¿era pérdida de fe? Quise saber. Negó moviendo la cabeza y retomó el «hebreo» como lenguaje, que según luego explicó, se le manifestó de manera espontánea cuando le informaron de su origen judío. Miré a su padre; con el dedo índice se hizo un círculo en la sien. El señor de cabello blanco no se le había despegado en ningún momento, supongo que por antecedentes violentos (el paciente rondaba el metro ochenta, y aunque no era atlético, gozaba de cierta corpulencia amenazadora). Le solicité que volviera al castellano, «porque no tengo la fortuna de entender el hebreo», y fue entonces que me reveló que él sabía que yo también era judío, con ancestros polacos, y que por ende tenía que saber su idioma, sugiriendo que por genética estamos habilitados para hablar a voluntad, y de manera espontánea, la lengua de nuestros ancestros. Aquello me hizo gracia, porque a mi padre también lo habían creído polaco, así que con mucha simpatía le volví a pedir que regresara a nuestra lengua franca.
«Yo tengo el poder de ver los talentos de la gente, por eso yo sé que usted es un psiquiatra brillante, un hombre con vocación de servicio, y que además es usted políglota, como yo», dijo con una seriedad convincente. Preguntó si prefería que siguiéramos hablando en inglés, para demostrarlo. Le dije que no hacía falta, que prefería usar el español. Extendió su mano para estrechar la mía, extendí el puño y él lo chocó con su codo, pero su cara y cuerpo parecían querer el contacto, así que yo extendí mi mano y estreché la suya. Eso le hizo sentir bien y me dio un largo y cálido abrazo, cargado de afecto. En una situación violenta estaría perdido frente a un tipo de estas proporciones.
Ya más tranquilo me dio las gracias, yo sólo sonreí, y dirigiéndome al padre le pedí que lo escuchara, que eso lo calmaba. Se despidieron con gentileza, como debe sentirse un hasta pronto entre un paciente agradecido y su terapeuta.

Esperando nuestro turno (junto a mi hijo, al que el paciente había bautizado como Moisés) no pude evitar preguntarme si fue un error no seguir el impulso de estudiar psicología, ¿era esa mi vocación real? Desde el 2002 me lo pregunto.

Carta a una agente literaria francesa

Pedro Sánchez Merlano es un animal literario, todo en él es literatura. De este modo, nos envió un pequeño carnet, que osó enviárselo a una agente literaria francesa. Nosotros lo publicamos con ocasión de celebrar los cincuenta años de nacimiento de este gran escritor, que siempre ha estado muerto.

 

Pura sangre literaria, pura panza de chamberlain – retrato pintado por uno de nuestros editores, en su época de pintor parisino.

 

Bonyurt

mademoiselle, Gabrielle Lécrivain

Je t’escri porqui quierou ser editadou. Je suis un escritoré que quiero escribir a la franzua. Mis librés saliegon en japonés. Le ultimé se llamé Chao chichí. Me gustag Balzac y lous besous franceis, mais c’est,  je me parecer a Balzac en la baguiga.  Y mi bagba tiene el pachulí de babas de Victor Hugó.

Espego vegte en La Paguí , ciudad luz, la procsimá veg que vaya allá, donde  je suis muy famosó. Si preguntá vegá que me conocén en todos los sitios de societé. Me llapelle  el colombiche de la petit mondá.

Petit monda: a la recherché du verga perdú

Oh lalá

Toujours

Pedro Sanchez Meglano, écrivain 

Sin misericordia, el amor

«Estoy muy bien de muelas»

Don Quijote

Hay una vieja tonada sobre la misericordia que alude a la misericordia de inmisericorde forma:

Es un retruécano que otorga desdicha a aquellos que en su corazón misericordia tienen. Para los demás es una simple anécdota, así como Borges con su bigote de leche recordó aquella escena literati del hombre ciego. Las asiáticas son conocidas por sus proverbiales orgasmos, por el squirt, Georgie no podía ver lo que hacía su esposa. Ese era el cuento que le echaba María Kodama, que con ropa se hacía el amor. Los griegos en Critias lo intuyeron también a partir de las incógnitas milenarias que se manejabas desde los ritos órficos. Era la Atlántida el lugar en donde la Misericordia florecía y los bigotes de leche germinaban . A cualquier golpe de vista de un extranjero, el mensaje del continente arrasado era una lluvia de conejos, conejos blancos, grandes y pequeños, pero al fin conejos, que conducían hacia los umbrales que alejaban a los hombres de la matrix. Esos umbrales se llaman vórtices y si uno se adentra en ellos encuentra el motor de la misericordia.

Volviendo al squirt de la asiática, ella aprovechaba la ceguera de su esposo y convidaba a escritores jóvenes, como Mario Vargas Llosa, disfrazado de agente inmobiliario, al que ella seducía al punto de bajarle los pantalones y ver su enhiesto miembro incaico, tan grande que ahora es un conde español. En seguida procedían a hacer lo que siempre sucede en estos juegos fortuitos y Jorge Luis escuchaba el palmoteo de las nalgas de ella al chocar contra los muslos de aquel agente. Ella tenía razón, con ropa se hace el amor, por eso para el coito no se necesita prenda alguna más que el cerebro y la falta de misericordia.

Por eso cuando Mario, propagó su semen en el interior de la boca de la japonesita, Georgie sintió el olor a almizcle y le pidió a su esposa que se lo vertiera. Ella, respetuosa del genio, obedeció.

Los historiadores de la literatura refieren que fue el nacimiento del agente inmobiliario como novelista, pero hay historia secreta: la misericordia.

Por lo tanto, revisando la obra del fraile Luis Carlos Bernal, el sonado «Elogio de la misericordia» en donde el célebre teólogo revisa la obra del italiano más morboso en cuanto sentimientos cristianos exista: Santo Tomás de Aquino. No en vano, él es un detritus de Aristóteles.

“La misericordia es la compasión que experimenta nuestro corazón ante la miseria de otro, sentimiento que nos obliga, en realidad, a socorrer, si podemos” [II-II, 30,1].

La miseria ajena provoca la experiencia de la compasión que afecta al “corazón”, al símbolo del amor entrañable; la compasión no es una “convicción intelectual” sin más, sino que altera a toda la persona, tanto que la “obliga” a realizar un gesto solidario con la persona sufriente. Se refiere a una “obligación” llevadera, no impuesta sino sugerida, suscitada por el amor y la ternura hacia la persona herida.

“La misericordia es una especie de tristeza” [II-II, 30,1] “por el mal presente que arruina y entristece” [II-II, 30, 1].

Hasta tal punto la miseria ajena, asumida como propia, afecta a la persona compasiva, que la induce a “estar triste”. Esta tristeza es garantía de la veracidad de la compasión; de que no es una ficción, ni un sentimiento de lástima sin raíz. Las mujeres y varones compasivos padecen esta suerte de tristeza generosa y sufrida, que no los desalienta ni destruye sino que les permite estar cercanos, vivir en comunión con el que sufre. A veces, no se puede hacer nada por la persona herida; pero al menos, -eso, sí- se está junto a ella, sumidos en un silencio que habla de impotencia y de cariño.

“Son aún más dignos de compasión los males que contradicen en todo a la voluntad. Por eso dice el Filósofo en el mismo libro que la misericordia llega a su extremo en los males que alguien sufre sin merecerlo” [II-II, 30, 1].

Tomado de las meditaciones de los dominicos, en : La Misericordia de Santo Tomás de Aquino 

 

Pensar que esa época fue triste pero hoy es un recuerdo feliz. ¿Pero la misericordia qué es?

Y es que la tristeza de la misericordia es algo involuntario, como lo son las flatulencias cuando la persona es incapaz de retener sus gases. Esto es muy triste y es la evidencia de la verdadera fragilidad del ser humano. ¿Quién no se ha sentido afligido con su esposa? ¿Quién no ha sentido compasión por la japonesa y el agente inmobiliario con sus escarseos genitales, no porque ellos mismos estén en una bajeza, sino por el rastro de los cuerpos viejos arrasados.

Quién sufre y goza de la misericordia siente tristeza por todo, pero se ve a sí mismo como un cadáver. En las páginas pornográficas de nuestro mundo aparecen muchas escenas que convocan a la misericordia, basta con que coloquen en el buscador los términos «cuckold», no se fijen en el acto sexual, concéntrense en la mirada de esposo, pese a que este sea un vulgar actor de pacotilla por sus ojos asoma el abismo de la misericordia. Aprovechen para deglutir esas escenas. (Un consejo de panas: vean porno mientras desayunan un buen calentao paisa y se meten su tramadol respectivo para el dolor de muelas) Pronto la pornografía, el amor romántico y el matrimonio, serán antiguallas. Lo que nunca acabará es la misericordia por los viajeros de tiempo.

Don Quijote tuvo la desgracia de no conocer el tramadol y por eso se enamoró de Dulcinea. En donde el pintoresco personaje se hubiera enganchado al opiáceo, seguro habría sufrido una impotencia que habría mandado al mismo Sancho Panza a la mierda. Eso sí. Misericordia tiene el Quijote de Cervantes y misericordia ha de tener el Quijote del tramadol.

Van Helsing, el héroe improbable. Por Francesco Vitola Rognini

 

¿Qué habría sido de la obra maestra de Bram Stoker sin ese excéntrico personaje proveniente de Holanda? Si bien el Conde y el profesor han sido objeto de múltiples adaptaciones, la complejidad intrínseca al personaje de Van Helsing ha impedido que se le dé un tratamiento justo, ya que en ocasiones se le otorga un rol insignificante, rayando en lo ridículo, mientras que en otras se lo convierte en un superhéroe. A ratos cómico y tierno, a ratos impulsivo e irascible, el profesor, con sus 72 años, desempeña un rol vital en el relato sin ser uno de los cuatro narradores, él encarna el arquetipo del sabio, un hombre que piensa antes de actuar. En general es paciente y racional, pero hay que reconocerlo, en ocasiones Van Helsing carece de tacto, pero esa desconexión con la lúgubre realidad del relato obra a su favor y le otorga un aire de jovialidad casi adolescente, ya que su imprudencia sirve también para oxigenar la tensión acumulada, como por ejemplo, cuando le pide permiso a los pretendientes de Lucy para decapitarla porque está Un-dead. Tras un breve preámbulo dice «May I cut off the head of dead Miss Lucy?» (p. 176), como si fuese la cosa más natural del mundo. La escena es cómica, y en vez de restarle dramatismo al momento, la convierte en uno de tantos episodios en los que el impredecible personaje rompe el esquema de lo previsto por el lector —si ahora la escena nos resulta impactante, imaginen en el siglo XIX cuando fue publicado el libro—. Además, su rol como hombre de ciencia y metafísico lo enfrentan el mundo del mito y lo sobrenatural en el que se desenvuelve el Conde. Val Helsing es el hombre de ciencia que usa las referencias contenidas en las leyendas para exterminar al Nosferatu y a su prole: «All we have to go upon are traditions and superstitions. These do not at first appear much, when the matter is one of life and death —nay of more that either life and death. Yet must we be satisfied; in the first place because we have to be— no other means is at our control —and secondly, because, after all, these things— traditions and superstition — are everything» (p. 204, 205).

 

Como sabemos, el mayor difusor de la obra de Stoker ha sido Hollywood, que en su afán por capitalizar a costa de Drácula la convirtió en una caricatura. Contra esa influencia será difícil hacer algo, y a pesar de que existen adaptaciones muy entretenidas e ingeniosas, no se comparan con la capacidad del autor de envolver al lector, porque Stoker era un narrador virtuoso, ejemplos de ello encontramos en abundancia, por poner uno, veamos como describe a las vampiresas cautivas en el Castillo Drácula: «In the moonlight opposite me were three young women, ladies by their dress and manner. I thought at the time that I must be dreaming when I saw them, for, though the moonlight was behind them, they threw no shadow on the floor […] Two were dark, and had high aquiline noses, like the Count, and great dark, piercing eyes, that seemed to be almost red when contrasted with the pale yellow moon. The other was fair, as fair as can be, with great wavy masses of golden hair and eyes like pale sapphires […] All three had brilliant white teeth that shone like pearls against the ruby of their voluptuos lips» (p. 31). Entre las tergiversaciones hollywoodenses —«libertades creativas» llamémoslas— la que resulta más difícil de procesar es aquella que propone a la luz solar como fuerza aniquiladora de Drácula. En la novela el Conde solo pierde parte de sus poderes durante el día, es básicamente como cualquier otro hombre de la nobleza, rico y débil. En cuatro momentos distintos se hace mención de ello, el primero, cuando Jonathan, aun con estrés postraumático tras haberse fugado del Castillo Drácula, y recién llegado a Londres, distingue al Conde en Piccadilly, durante una inusual tarde tórrida de otoño, así lo describe Mina en su diario: «I was looking at a very beautiful girl, in a big cart-wheel hat, sitting in a victoria outside Giuliano´s, when I felt Jonathan clutch my arm so tight that he hurt me, and he said under his breath: “My God!”» (p. 147), tras una breve descripción de la palidez de su esposo, Mina inquiere sobre los motivos detrás de su reacción «“It is the man himself” […] “I Believe it is the Count, but he has grown young. My God, if this be so! Oh, my God! my God! If I only knew! if I only knew!”» (p. 148). El segundo momento en que se menciona esto es cuando rastrean las cajas con arena en las que duerme el vampiro, «We must trace each of these boxes; and when we are ready, we must either capture or kill this monster in his lair; or we must, so to speak, sterilise the earth, so that no more he can seek safety in it. Thus in the end we may find him in his form of man between the hours of noon and sunset, and so engage with him when he is at his most weak» (p. 207). La tercera mención explica la pérdida de los poderes durante la jornada diurna, «The sun that rose on our sorrow this morning guards us in its course. Until it sets to-night, that monster must retain whatever form he now has. He is confined within the limitations of his earthly envelope. He cannot melt into thin air nor disappear through cracks or chinks or crannies. If he go through a doorway, he must open the door like a mortal. And so we have this day to hunt out all his lairs and sterilise them» (p. 250). La cuarta y última mención ocurre ante la posibilidad de un encuentro diurno con el Conde, así lo registra Jonathan en su diario: «It was possible, if not likely, the professor urged, that the Count might appear in Piccadilly during the day, and that if so we might be able to cope with him then and there» (p. 253).

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¿Seguir la vocación o procurar una fuente de ingresos? Por Francesco Vitola Rognini

Leer El cuaderno de Andrés Caicedo, aproximación a la génesis escrituraria de !Que viva la música!, de Andrés Felipe Escovar, me hizo pensar en lo común que son las crisis de los escritores. El borrador de la novela cumbre de Caicedo es diseccionado por Escovar aplicando los métodos de la crítica genética, lo que ofrece una mirada que desentraña el proceso creativo del autor caleño, y mas allá de los hallazgos presentados por el investigador, que solo al leerle podrán apreciar, me quedo con la reflexión que generó en mí su lectura, porque el libro no solo me enseñó las herramientas utilizadas en la crítica genética, en lo personal resonó porque me permitió ver que ni la sólida vocación de un escritor riguroso logró librarle del final que ya conocemos. Su talento no fue suficiente frente a una vida personal sin paz interior. Quizás se impacientó al reconocer que la literatura era una maratón vitalicia y no una carrera de cien metros, quizás eligió su destino fatal para cubrir su legado con manto trágico. Ese secreto se fue con él, pero lo cierto es que la historia de Caicedo ha tocado a varias generaciones de escritores colombianos, y por ello el análisis de Andrés Felipe Escovar desde la óptica de la Crítica genética es tan valioso, ya que solo desmitificando accedemos a una verdad que se aleja del endiosamiento mercantilista efectuado por las editoriales que reeditan y distribuyen su obra.

Siguiendo ese espíritu compartiré algunas ideas sobre las angustias de la creación, surgidas durante la lectura de la investigación de Escovar.

¿A cuántos de nosotros nos ocurre que sentimos que perdemos el tiempo, o mejor dicho, que las horas que dedicadas al oficio literario compiten con la culpa de dedicarnos a algo con lo que es muy difícil pagar las facturas? En otras palabras, el problema no es tanto el que suframos una crisis existencial, no son dudas sobre nuestras capacidades, pues sabemos lo valiosa que ha sido la literatura para nuestro crecimiento personal, en realidad el asunto es que vivimos inmersos de la obsesión de medir nuestro progreso en proporción a los reconocimientos. El gremio de las letras se asemeja a una desenfrenada carrera de ratas en la que se compite por llegar a las puertas del laberinto donde entregan dulces estímulos, ¿cómo no sentirse mal si solo se te valida solo tras obtener premios? Aquí radica el problema, nos sentimos mal porque «no hemos triunfado», porque socialmente —no en nuestro fuero interno— no hemos logrado nada. Por eso nos sentimos sin motivación, porque «el amor al arte» no paga las facturas, y eso hace que sintamos que nos dedicamos a una actividad inútil.

Conciliar vocación con facturación parece ser entonces el dilema, pero ¿cómo seguir enfocado en algo que no permite «ganarse la vida»? Quizás el problema sea que hemos entendido erróneamente este estilo de vida, entre escritores debería primar el placer que nos hace volver a los libros, a la hoja en blanco y al teclado, en vez de procurar reconocimiento o que se nos validen nuestros méritos. La meta debería ser estudiar/leer y escribir por el mero placer de hacerlo. Los obstáculos —como lo expresó el filósofo estoico y emperador romano Marco Aurelio— son el camino. Es decir que nuestra meta real debería ser disfrutar el camino, el proceso. Quizás nuestras vidas serían más plenas si cada día nos recordásemos que nacimos para esto, y que por tanto debe resultarnos tan natural como respirar, comer, dormir y amar. Nadie respira, come, duerme o ama con el objetivo de ser el mejor, solo lo hacemos como sentimos que es más apropiado, y mientras estamos en ello lo disfrutamos plenamente. La naturalización de nuestros procesos creativos debería ser equivalente a la de cualquier persona dedicada a un oficio técnico o vocacional: seguir una rutina en función de una mejoría paulatina. Y por ello es tan indispensable desmitificar la «inspiración» entre los jóvenes artistas. El trabajo riguroso, la rutina que implica un oficio requiere constancia, dedicación, pues solo así la vida del artista, o de cualquier otra persona, sea cual sea su vocación o profesión, se cimentará en unas bases estables, duraderas. Aunque eso no resuelva el problema de querer sentirse útil, de poder pagar las facturas haciendo lo que nos gusta, por lo menos debería servirnos para aceptar que la literatura tiene su propia manera de alimentarnos, y que eso es en sí mismo un privilegio al que no accedemos todos.

De nuevo, mientras escribo el borrador de este documento, como en tantas otras ocasiones, me siento tan a gusto volcándome en la hoja en blanco que me pregunto hasta cuándo tendré que interrumpir las rutinas que tanto disfruto para salir a cumplir tareas no relativas al oficio literario. Intuía que esta lectura iba a ser interesante, pero nunca pensé que me permitiría entender los motivos detrás del intermitente mutismo creativo que me acompaña desde hace años. Estoy seguro de que El cuaderno de Andrés Caicedo, aproximación a la génesis escrituraria de !Que viva la música!, de Andrés Felipe Escovar, le resultará útil a los interesados en comprender los mecanismos que mueven los procesos creativos de los escritores.