Carlos Kleiber se perdió para este mundo pero no para el de su papi

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Tanto las mamis como los papis nos encierran con su amor; hacen hogares de los que nunca salimos pese a que, físicamente, no estemos compartiendo los espacios con ellos. Si existe el infortunio de dar con alguien que utilice un hacha metafísica que te prohíba mirar por la ventana, te reprochará el que aún recorras la sala que tu papi y mami construyeron para ti, te dirá que tienes un sinnúmero de complejos acuñados por Freud, de esos que han ido creciendo en su verborragia, pasando del alemán al francés y deviniendo en argentino de capital, hasta que uno termina optando por escoger dos o tres de ellos, leyendo los manuales como un horóscopo y luciendo ciertos rasgos como carta de presentación ante los demás acomplejados.  Carlos Kleiber nunca pudo dejar de lado las partituras de su papá (Erich Kleiber): las ejecutó, buscando perfeccionarlas en ese oficio tan enigmático como es el de director de orquesta. También se casó con una mujer a la que obviaba en sus coqueteos permanentes y, sin embargo, cuando ella murió, él también decidió dejar de respirar. Kleiber se ha constituido en uno de los mitos musicales del pasado siglo, quizá el más reconocido de Austria:

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