Matagatos
Días después de que Matagatos, alias “Abelardo de la Espriella”, ganara la primera vuelta presidencial, me invitaron a escribir una carta a alguien, con ocasión de lo que se cierne sobre Cepeda y la posibilidad de votar por Iván Cepeda. Pensé en mi amigo muerto hace casi un año: él estaría haciéndole campaña al abogado Matagatos. Lo haría por el odio que le suscitó la palabra progresismo y porque la relacionó con los jipis, jípsters y editores independientes, cafeterías y librerías donde jamás pondrían en un mostrador los libros que él escribió y publicó o los que estaba por publicar: siempre pensó en el futuro, al punto que solía emparentar ese tiempo verbal con su adscripción a la ficción especulativa. Nuestra primera distancia fue porque no consideré como una afrenta esos rechazos para lo que escribimos juntos. Mi carta no solo sería para él sino para todos los muertos que apoyarían a Espriella desde ese lugar que ellos habitan e instituyen una forma de relatar nuestros recuerdos y un lamento porque la muerte siempre llega temprano, y no pudieran disfrutar de lo que puede ocurrir desde el siete de agosto de este año, momento en el que tomará posesión del cargo el elegido en las votaciones del 21 de junio.
No terminé la carta. Me entrampaba en el alivio del usual marco del “qué pasaría si…”: si aún viviera, nuestra amistad habría desembocado en una probable disputa y enemistad dolorosa. Él es un muerto que está en mí, que me habita, como mis abuelas. El tiempo de vida que habitaron mis muertos se transforma con este presente; mi amigo, que falleció mientras era presidente el tipo que más odiaba -sí, sentía odio por Petro y todo lo que exudara eso que llamaban progresismo; por eso, en algunos momentos, utilizaba frases descontextualizadas de Pasolini, porque consideraba que sus destinatarios eran esas personas autodeniminadas progres a las que les profesaba una sed de venganza semejante a la de algún personaje de “La partículas elementales”-, entendería, como mucho liberal que ahora hace columnas en las que se espanta de que Espriella sea el presidente y a continuación le endilga la culpa de ello al gobierno saliente, que sólo gracias al tipo que tanto asco le propició se llegó al punto culminante de un escenario donde el sufrimiento le dispensaría el material para escribir algún cuento que considerara que le sobreviviría: el mundo estaba para que él escribiera y los pobres para que lo retratara. Pero el mundo sigue y él ya no escribe y lo que escribió se olvidó muy pronto (tengo la fortuna de ver parte de lo que escribo como un fantasma: escribimos libros juntos y su poco suceso evidencia cómo me desvaneceré y seré un muerto al que alguien utilice como pretexto para pensar su tiempo, si es que alcanzo dicha irradiación).
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Para este Claroscuros, hecho en la urgencia de sentar alguna posición con respecto a la probable llegada del fascismo, busqué una continuación del refocilamiento de los neoemperadores (como los llama Jorge Alemán) en la cosa que disfrazaron con la camiseta de la selección colombiana de fútbol y colocaron detrás de una cabina semejante a las cajas donde se resguardaban las barbies en los años noventa. Alias Espriella fungiría como alguna de las cuatro prostitutas que hacían sus relatos en las 120 jornadas de Sodoma -no es una mera casualidad que, en su biografía, la de Matagatos en Wikipedia, aparezcan volúmenes de cuentos y novelas escritas por él (la figura del presidente-escritor permanece en Colombia y discute el lamento de mucho conservador que evocaba los tiempos en que los presidentes, además de cohonestar con proyectos imperiales norteamericanos -como ocurrió con José Manuel Marroquìn-, escribían novelas, poemas y tratados de filología-)- y relataría anécdotas, como lo hizo en un programa de un cuentachistes donde afirmó que le colocaba voladores -cuetes les dicen en México- a unos gatos que apenas se elevaban del piso y morían, en algún auditorio de Mar-A-Lago, donde retomaría los momentos fulgurantes de su presidencia: la instauración de las aceitunas en la dieta colombiana y la grabación de dos óperas vallenatas donde su voz “estalló como una supernova”. Pero la imagen se disipó, así como casi toda tentativa por escribir.
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Supongo que mi estado de parálisis se ha inoculado por medio de eso que llaman algoritmo. Apenas puedo ver cómo hay una campaña, la de Cepeda, que ha intentado librar una batalla digital -no sé si con la ingenuidad de quien lucha contra bots y granjas instaladas en ese triángulo compuesto por Turquía, India e Israel y la buena voluntad de quienes usan las redes sociodigitales- y discursiva, con las herramientas que ha construido merced al oficio de la política en escenarios de la democracia liberal y otra, la de Matagatos, donde el reflejo del neoemperador es un neoemprendedor que emplea los artilugios de la promoción digital -este sí se vale de bots e inteligencia artificial para hacer tigres cutres con aspiraciones de limpieza étnica sionista-, para exaltar el individualismo y la autoexplotaciòn.
Colombia es un objetivo de guerra cognitiva. Así como bombardean con misiles a Líbano, nos asedian con proyectiles cognitivos con denominación de origen israelí y la cara amable de la FIFA o Maluma. Mi agotamiento y la basculación entre la melancolía y los arrancones de ánimo para estos días parece algo programado. Nunca se comprobará esta guerra, pero hoy, 17 de junio de 2026, en una noche con llovizna, veo a las personas abstraídas en un partido del mundial de fútbol, como si eso fuera lo màs importante, como si no se discutiera algo más. Y las personas se disfrazan de los futbolistas de la selección y ello me conduce a las marchas de los seguidores de alias Espriella, que utilizan ese uniforme mientras empuñan machetes y se enardecen ante la perspectiva de destripar a los que se adscriben a lo que ellos denominan izquierda, comunismo o narcoterrorismo -utilizan cualquiera de estos conceptos indistintamente porque el objetivo es destripar, destripar, destripar y destripar.
Destripar.
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A pocos días de que inicie la jornada de votación, el neoemprendurismo, la disminución del estado salvo en sus fuerzas militares, son un sendero probable. Muchos son los orígenes de la deriva y las explicaciones convincentes. En los noventa, con la eclosión de El rey León, se exaltó al monarca como una figura superior a la comunidad a la que, por sus virtudes innatas, domina. Ese león es el origen de la iconografìa mileísta; en Colombia, para no repetir el animal, lo trocaron por un tigre que tiene la misma función: la del poderoso padre, talentoso -por algo Abelardo se estatuye en un genio renancentista narcobarroco que escribe novelas, es presidente, hurta estafadores, tiene la verga de un actor porno, es un seductor inveterado y un hombre dispuesto al combate con las características de un Rambo si se trata de defender su propiedad y su familia mediante oraciones protestantes o católicas, si es el caso-.
Este reyezuelo, neoempredendor fiel a sus neoemperadores-benefactores, emplea tácticas que los sionistas les enseñaron: en Colombia , instaló la idea de que hay amenazas de un nuevo estallido social si llega a ocupar la presidencia; todo consiste en agredir y luego colocarse en el lugar de la víctima cuando el vejado se defiende. Cuenta, para esas refriegas, de un ejército de policías y soldados que luchan, como los cazafantasmas contra el espectro del comunismo. Es más, la proclama de que destriparán a sus oponentes no es más que una humorada ácida, como las de Jerry Seinfield -el humorista progenocida más ingenioso de la comunidad judía de Nueva York- y que el “grave problema de la izquierda es que, como a todo socialista asesino, le falta sentido del humor”.
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Alguna vez Espriella fue Zimba y, conmovido con una balada de Elton John, es protagonista de una noche en Disneyworld. Disney y sus fantasías son la base conceptual de la ilustración oscura de Land. Por eso, delinear a un futuro desde la penumbra es darle un lugar a ese relato del bloggero inglés que busca convertirse en el Heidegger aceleracionista del siglo XXI. Si seguimos la trama oscura, nosotros somos las hienas que, indefectiblemente, moriremos o seremos sometidas a la grandeza del rey león o tigre o cualquier otro animal porque eso es lo que dicta la Ley Natural tallada en la piedra de los mandamientos de Palantir.
Luego de años en el oficio del emprendedurismo y la asesoría legal a delincuentes, Matagatos tiene una oficina en el sur de Estados Unidos, ha solucionado su problema de alopecia con implantes -un tigre no puede quedarse calvo, tampoco un reggaetonero de peluquería, como se lo enseñó su probable colega Nayib- y, a diferencia de su ideal Saul Goodman, no terminará trabajando en algún puesto de comidas rápidas en un centro comercial sino que será el dueño de varios centros comerciales desparramados por el continente.
Nos enfrentaremos, si alias Espriella gana, a una lucha emocional donde deprimirse será una abdicación. Seremos los amenazados que, al contestar las amenazas, nos convertiremos en los amenazantes y nos convertiremos en los objetos a destruir. Sin embargo, no seremos parte de la trama de Disney; si somos hienas, sonreiremos pese a la gravedad que pretenden los leones.
La historia de éxito de Matagatos consiste en materializar su idea de rey león y su anhelo de convertirse en un Saul Goodman tropical que le demostrará a los anglosionistas que en nuestros países no hay otra posibilidad que producir bananos espolvoreados con cocaína, como lo hace Noboa, el otro miembro de los Buenos muchachos que forman parte del escudo de las américas de Donald (¿es una mera casualidad que sea tocayo del pato de Disney?).





