La cabeza teológica de Charles Darwin
Charles Darwin nació en 1809, nieto del reconocido médico Erasmus Darwin quien a su vez creara una incipiente teoría de la evolución que sugería la posibilidad de hacer surgir vida de la materia muerta (una influencia inestimable en los trabajos tempranos de Mary Shelley) ; podríamos decir que el joven Charlie le hizo «hijack» a la teoría de su abuelito. Por mucho tiempo Charles Darwin ha servido como bandera de la gastada disputa entre fe y razón, acostumbrándose a ubicarlo dentro de la «pandilla de la razón». Se suele traer los casos más fundamentalistas de aquellos creyentes que ridiculizaron la Teoría de la Evolución y también de aquellas histéricas expresiones de radicalismo religioso en las que se niega la importancia de Darwin ( los creacionistas). No obstante, este conflicto no se encuentra formulado en ninguna parte del pensamiento darwiniano. Al grado de que si indagamos un poco en la propia biografía del científico inglés, vemos que una de sus preocupaciones iniciales fue precisamente el estudio de la teología en la Universidad de Cambridge, de no haber sido por el botánico Dr. Henslow que lo encaminó hacia el interés por la filosofía natural; si no hubiera sido por la influencia de este profesor, seguramente recordaríamos hoy a Darwin no como el creador de una de las teorías más prestigiosas de la ciencia , sino como un gran clérigo cabezón. Como se deduce de un fragmento de su autobiografía:






