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El síndrome del pedestal (Vigesimosegunda entrega)

Les presentamos un nuevo capítulo de “El síndrome del pedestal”, la novela escrita por Ernesto Zarza González, acá podrán leer la entrega anterior:

Edward_Elgar_1857_-_1934 (1)

XXII.

 

Suenan acordes de “Pompa y circunstancia”, autoría de

Sir Edward Elgar.

“¿No es algo muy bonito la creencia popular de que el sapo, la más fea de las criaturas, a menudo tiene oculta en su cabeza la más bella de las piedras preciosas?”

HANS CHRISTIAN ANDERSEN, ‘El sapo’.

Tras algunos intentos fallidos de encontrarse las dos parejas, en los que posiblemente Ortega colocó toda la intención ante una Natalia que no estaba dispuesta a darle más concesiones a un tipo del que no sabía qué pensar respecto a sus sentimientos (tenía una enorme confusión en su cabeza; le gustaba Eduardo, pero no se sentía en la capacidad de dar un paso más en el sentido de buscar dentro de su interior algo que la convenciera de intentarlo, algo que la convenciera de que ese joven podría ser el indicado. Varias veces le prometió que se vería con él y terminaba esgrimiendo cualquier excusa para no hacerlo, varias veces hubo de negarse ante sus llamadas telefónicas, varias veces hubo de leer sus correos electrónicos sin contestarlos, varias veces hubo de decirle que no podía salir en determinada fecha, varias veces tuvo que irse subrepticiamente del edificio en el que estaban las oficinas del diario para que Eduardo no la viera. Pero él seguía intentándolo; había cambiado, parecía que una nueva resolución había hecho su aparición con firmeza, con persistencia y terquedad) y en los que Salas empleó muy pocas armas de persuasión para convencer a Rosa María, al fin las parejas se encontraron, para disgusto de esta última, que hubiera preferido un sitio más elegante y oneroso, en un restaurante ubicado en la Avenida Callao y Córdoba, con el propósito vigente de ir, después de la cena, a bailar a alguna discoteca de la Plaza Serrano (para disgusto de Rosa María, que hubiera preferido ir a La Recoleta o a las que quedan por la Avenida del Libertador).

            Cuando Enrique y Rosa María llegaron al restaurante se encontraron con que Eduardo y Natalia los estaban esperando; habían pedido una cerveza de tres cuartos,  acompañada con maní y papas fritas. Los vieron riendo y hablándose de cerca, como si fueran dos enamorados que recién destapaban sus sentimientos y que disfrutaban del encanto que produce la contemplación del ser querido. Enrique pensó que, en realidad, Eduardo podía tener alguna relación con Natalia, aun cuando el periodista ya le había dicho que solamente estaba en la primera fase del arte de hacer el amor: estaba tratando de conquistarla, seduciéndola por medio del empleo de toda su industria y habilidad, componiéndole poemas, obsequiándole libros con dedicatorias especiales, regalándole cuentos de su autoría, tratando de hacer que ella sintiera algo por él al ver su sensibilidad puesta al extremo, aunque todo parecía ser un ancla en el desierto, pues ella le decía que le gustaban, pero ninguna manifestación sentimental se leía en sus ojos, en sus facciones, en sus palabras. Enrique rió in mente al pensar en esa posibilidad: Otelo enamorando a Desdémona.

Salas quedó maravillado al ver la fresca belleza de Natalia, sus ojos negros, su cabello azabache, su cuerpo hermoso y vestido con sencillez y naturalidad. Rosa María, por otra parte, pensó en lo bella que era Natalia, quizás con un poco de envidia, pues la consideró más hermosa, y en lo mal que se veía esa forma de vestir en una muchacha tan linda. No le agradaba verla con una camisa barata y rala, con unos pantalones viejos y ajados, con zapatillas y sin maquillaje, aunque reconocía que una belleza tan fresca y natural como la de Natalia no requería aditamento alguno ni colores y olores que engañaran a los hombres.

            Eduardo sonrió al ver que Enrique, acompañado de una hermosa mujer, entraba al restaurante. Con orgullo pensó en la mueca que se dibujaría en la cara del antropólogo al ver la bella compañía que estaba con él, a la vez que comparó, de lejos, las diferentes bellezas de las mujeres, dando por ganadora la de Natalia; sus ojos de enamorado le impedían la santa gracia de ser objetivo. Pero no por eso dejó de ser justo y de otorgarle a Rosa María sus méritos, aunque con un somero vistazo podía ver a qué atenerse: Enrique no le había mentido cuando le describió a Rosa María, en toda su hermosura y elegancia, así como tampoco lo hizo al presentarla vacía y sin sentido común, moldeada para ser la consentida de todos, el centro de atracción, la sensual y hermosa vanidosa que creía ser la más linda de las mujeres, la vestal que todos los hombres desearían tener, la corrosiva envidia de las demás representantes de su género, la maldición que un dios colocó en esta tierra para que los mortales sufrieran por ella.

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