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El básico

Por Enrique Pagella

 

A veces uno debe ser drástico aunque no quiera. Todo el día le anduve dando vueltas al asunto. Para colmo, en mi maldito trabajo, no me dejaron en paz. Hacer marketing clandestino es insano y aún más pernicioso se torna con esa caterva de trolls que debo comandar. Los ahorcaría. Retorcería sus cuellos hasta hacerles saltar los ojos. Pero me tragué las ganas y luego vomité puteadas a diestra y siniestra: buen ataque de risa tuve cuando el idiota de mi jefe intentó darme lecciones de ética.

Después sentí esa tristeza proletaria que seguramente mató a mi viejo. Así salí del trabajo.

– Ahí está el gil.

Esas fueron las primaras palabras que le escuché decir al Señorita apenas entré a El Acabose. Mi socio en el asunto: El Señorita. Pensé: El silencio es una forma de poder. Y le sonreí.

– ¿Trajiste la guita?

No tenía el dinero. Me lo había gastado y no quería reponerlo. Además, el Señorita me venía cagando. Sonreí otra vez. Los boludos suelen suponer que la sonrisa es una afirmación. Tenía muchas ganas de tomar vino.

– ¿Tenés Malbec?

Mi pregunta le dio risa. Los deseos de un condenado siempre dan risa, y hasta ternura.

– ¿La pandilla? – pregunté.

– Con las chicas del Rojo – dijo el Señorita y se dejó caer en una silla.

Estuve a punto de sonreír por tercera vez pero recordé que los boludos desconfían de las repeticiones. Una nota distinta contribuye a la verosimilitud. Arrastraba cansancios de todo tipo y ya no me importaba el sentido que se le diera a mis silencios. Así que insistí con el silencio. Pronto llegó el vino. El mozo, un roñoso, hizo rebotar la botella y los vasos sobre la mesa lustrosa. Sonaba Bad guy de Billie Eilish. Me gusta lo que hace esa chica.

– La realidad es un producto – se entusiasmó el Señorita mientras llenaba las vasos -, y no conozco productor más efectivo que vos. Brindo por ello.

Su lucidez me molestó. Así y todo alcé mi vaso. En ese momento entraron mis compañeras de trabajo. La banda de licenciadas en marketing y administración de la granja. Les encantaba comprar hombres, disponer de ellos a su antojo. Por alguna razón que no comprendo solo respetaban a los putos.

– Ahí está el Básico – les escuché decir.

El Básico soy yo. Suponen que no he intentado tener sexo con ninguna de ellas porque mi corazón está roto.

– Pasame el dinero por abajo de la mesa – me susurró el Señorita.

Saqué el cuchillo y se lo hundí en el hígado. Fue simple. Entró fácil. Lo moví un poco para agrandar la herida, hacia un lado y hacia el otro. El Señorita me miraba asombrado.

– Me estás matando hijo de puta.

Acercando mi boca a su oreja peluda, le susurré:

– Te estoy regalando una experiencia única, atesorala, es lo último que vas a vivir.

Y sin darle tiempo al goce de una réplica, lo agarré de los pelos y lo escondí debajo de la mesa y le di un rodillazo en la jeta para prevenir cualquier arresto heroico.

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