La canción olvidada de Nirvana
Por estos días se celebran los primeros veinte años de «In utero», el álbum de la banda de Seattle donde apareció la confesión de extrañar el confort de la tristeza y se acuñaron obituarios para los cumpleaños. Este aniversario se ha aprovechado – la forma de reencauchar ventas es aprovechar el suicidio de un músico o escritor y se ha exacerbado con los tiempos de vacas flacas de las editoriales y casas disqueras- para lanzar una edición remasterizada y con dos cd en la que se incluye una canción, hasta estos días, inédita. El nombre de la misma es «Forgotten tune», otorgado por Novoselic y el ajeno Grohl y se las presentamos para que los electrolitos sepan a semen:
Un angelólogo recordado por Juan José Arreola
Juan José Arreola nos ha entregado, en su «confabulario», un escrito donde recuerda, al estilo de su maestro Marcel Schwob, una de las teorías más angelicales sobre ángeles que jamás pudo darse pues puede explicar por qué ahora uno se los encuentra con sus sonrisas desdentadas pero siempre orgullosos frente a esos diablos que sonríen, mostrando sus dientes de marfil. El angelólogo se llamaba Sinesio de Rodas y, como toda angelicalidad radical, quedó sepultado en el olvido:
SINESIO DE RODAS
Las páginas abrumadoras de la Patrología griega de Paul Migne han sepultado la memoria frágil de Sinesio de Rodas, que proclamó el imperio terrestre de los ángeles del azar.
Con su habitual exageración, Orígenes dio a los ángeles una importancia excesiva
dentro de la economía celestial. Por su parte, el piadoso Clemente de Alejandría reconoció por primera vez un ángel guardián a nuestra espalda. Y entre los primeros cristianos del Asia Menor se propagó un afecto desordenado por las multiplicidades jerárquicas.
Entre la masa oscura de los herejes angelólogos, Valentino el Gnóstico y Basílides, su eufórico discípulo, emergen con brillo luciferino. Ellos dieron alas al culto maniático de los ángeles. En pleno siglo II quisieron alzar del suelo pesadísimas criaturas positivas, que llevan hermosos nombres científicos, como Dínamo y Sofía, a cuya progenie bestial debe el género humano sus desdichas.








