Hijos de Maro (Décima entrega)

Por Enrique Pagella

A continuación, les traemos la décima entrega e la novela «Hijos de Maro», pueden leer los anteriores episodios haciendo click en los títulos

Novena entrega

Octava entrega

Séptima entrega

Sexta entrega

Quinta entrega

Cuarta entrega

Tercera entrega

Segunda entrega

Primera entrega

A pesar de la opinión del autor de «Meditaciones de un musicoterapeuta drogado» hemos decidido no publicar «Hijos de Maro» en esta entrega. La extensión del interesantísimo texto de DS y la importancia de todo lo que expone, nos persuadió acerca de la conveniencia de una lectura unitaria.

Roberto Ruppi

Meditaciones de un musicoterapeuta drogado

Ya lo dijo el viejo Larry Goodman: «El sobrio se ríe del borracho y el borracho de la realidad; ergo: el sobrio es apenas un turrito y el borracho un filósofo».

Rescato la frase porque la presumida entrega octava – interrumpir la novela para exhibir y ostentar la propia brillantez -, merece dos juicios, uno malo y el otro bueno – una disgresión (cocaína): Larry contaba fantásticos chistes de la buena y mala noticia, recuerdo éste: «Un cirujano visita a un paciente que acaba de volver en sí después de la operación y le dice que tiene dos noticias, una mala y otra buena y le pregunta cuál quiere conocer primero. El paciente contesta que la buena. El cirujano le dice que no puede, que tiene que empezar por la mala porque de lo contrario no funciona el chiste. El paciente se queja, que está podrido de sus chistes, que no puede ser que después de cada operación se empecine en la burla, que si quiere satisfacer su crueldad le cuente primero la buena noticia. El cirujano, resignado se la cuenta. El viejito de la cama cinco le quiere comprar las zapatillas adidas. El paciente, algo desorientado, le pregunta porqué. Porque usted ya no las usará, le hemos tenido que amputar las dos piernas. Esa es la mala noticia.»

Parece estúpido pero contado por Larry este chiste hacía que la gente se revolcara de la risa. Qué épocas. Cuidado: no estoy escribiendo – tomar cocaína, mucha – para soltar los perros de la nostalgia. Escribo para desarrollar los dos juicios que a mi juicio merece la colectividad de juicios agitada por este señor Roberto Ruppi, cuya celebridad no resiste el menor análisis: Es famoso por provocar súbitos escándalos en ámbitos académicos internacionales tras una careta de un ex-presidente argentino.

» ¡¡¡Cualquier cosa menos la verdad!!!», gritaba Joe Canuto, el guionista y representante de Larry Goodman y tenía razón, nadie que no haya llevado a cabo su vida con cierto éxito antes de los cuarenta años, quiere tener relación alguna con la verdad. Albert Camus – yo también citaré fuentes prestigiosas – creía que el suicidio era la única cuestión importante para la filosofía. Okey, escribo: cocaína. Mucha: Ruppi ve la verdad por un lado, y por el otro. Por el otro no ve. A ver, no ve. No ve lo que se dice: nada. Porque si viera tendría que pensar en una sola cosa, ya que se trata a sí mismo de filósofo. Tendría que pensar – cocaína – en el suicidio. No digo que tendría que intentar matarse, sólo le propongo que lo piense y verá cómo se esfuma toda su puta teoría del dormir; no creo que sea tan estúpido. O que pruebe un poco de cocaína. A Larry y a Joe les gustaba mucho. Tal vez por eso no andaban dándole vueltas al problema de la muerte. Larry solía citar a Wittgenstein – pensador al que Ruppi adora -, citaba aquello de que la muerte no es un problema de la vida, que no sirve de nada resolver el problema de la muerte porque de todas maneras se mantendría incólume el principal problema, que es el misterio de la vida.

Y desde esa perspectiva Roberto Ruppi ha resuelto el problema de su vida haciendo escándalos. Claro que se habla del supermercado de conocimientos que tiene en la cabeza, que piensa dormido, que le gana (a su edad) al campeón chino de ping pong y que teniendo ochenta y pico de años aparenta cincuenta y algos – ya verteré – cocaína, aún más – los juicios, dos, que merece el texto del anciano que es físico pero no ejerce ni ejerció como tal, que ni siquiera ha dado clases en un secundario y no se sabe ni informa dónde estudió. Idiomas: más que granos de cocaína en mi espejo de mano aduce dominar. Me permito aquí la duda sistemática. Larry suele decir: «Claudio María Domínguez se sabía toda la mitología griega y romana y ahora hace sincretismo new age con flequillo»; es decir, no por mucho saber uno está exento de la ridiculez bien remunerada. En cuanto al ping pong ya le planteé un desafío y sólo se ha limitado a ignorarme, fingiendo estar muy atareado alrededor de Enrique y su novela.

Y que tiene ochenta y cuatro me suena a táctica. En mi espejo de mano, además de una generosa línea que le prepararía con su documento de identidad, encontraría una imagen que lo acercaría a los sesenta. Pero tampoco muestra el documento de identidad, prueba que también le he pedido – en este sucucho al que nos ha traído no puedo hacer otra cosa que tomar cocaína y necesito algo para peinar, para moler la roca y peinar. En definitiva: además de cocaína, puedo olfatearle el fiasco.

Bien, teniendo en cuenta lo precedente y que yo, al estar aquí, me juego mi prestigio profesional, mis puestos de trabajo y el cariño de mi familia y de mis amigos, siento la necesidad de – cocaína – hablar. «Pero antes de hablar quesería decir unas palabras», como decía un famoso personaje secundario de un célebre programa cómico argentino que a lo largo del tiempo degeneró en una mesa de viejos libidinosos, cocainómanos y corruptos. Cafetín de Buenos Aires: allí sí que se tomaba cocaína; el tango es bajón de cocaína; cuando se está puesto se baila, después se canta y cuanto peor se canta mejor – cocó y champán en las altas esferas; y en las burbujas que estallan, camerusa mal cortada, ginebra mariposa.

Pero antes de hablar quesería decir estas palabras: no puede venir este señor a cantarme: «Drogado y todo, DS es una de las personas más nobles con las que me he topado en mi vida. Por eso lo quiero en mi equipo». No puede cantarlo porque escucha otra música. Dios no tiene nada que ver con esto pero cocaína: ahora no estoy tomando cocaína. Es falso. Como es falso el equipo al que alude Ruppi y él mismo. Aquí, sin dudas, hay algo que no está del todo claro. No porque escriba cocaína yo estoy tomándola. Lo mismo se puede decir del equipo del señor Ruppi. Puede mencionarlo pero eso no quiere decir que exista. No nos une un objetivo común, nos une el capricho de Enrique Pagella, al que no le gustaba nada pero nada la cocaína. Blanqueo: no estoy tomando cocaína pero sí me estoy fumando un porro.

Mi mujer ya me ha amenazado con el divorcio y no porque tome cocaína – ahora no – o fume porro – ella también fuma – sino porque no sabe dónde estoy y qué hago en ese no saber suyo. En el trabajo me han dado una licencia que no podré extender más de un par de semanas – burocráticas maestras jardineras de la derecha. Mi madre ya no me atiende el teléfono y mi padre me ha dicho que nunca había supuesto que yo era tan pero tan pelotudo; y me lo dijo a su manera, afable, francamente, como si a pesar de la distancia lograra apoyarme la mano en el hombro – hiere sin agredir, ese siempre fue su método para ponerme a pensar. Y es lo que no puedo dejar de hacer desde que me dijo, por primera vez en la vida, pelotudo. Pensar. No puedo dejar de pensar en las razones de lo que hago, la razón que me hace estar aquí, a cientos de kilómetros de mí, grabando y degrabando el texto alucinado de mi amigo. Pero lo pienso a partir del último texto de Ruppi. A partir del «pelotudo» de mi padre: lejano, telefónico, combinado con la lectura del texto de Ruppi. El cual – como ya adelanté: cocaína – me merece dos juicios, uno malo y otro bueno. El problema es cuál exponer primero para que esta vez sí funcione el chiste.

Seré ortodoxo. Primero el juicio malo. No soy más que un actor – teatro, cine y publicidades: después cocaína – reciclado en musicoterapeuta. A veces drogado pero no siempre; jamás cuando debo juzgar. El único misterio de la naturaleza es el hombre, todo lo demás es una invención de él. Henri Bergson ha señalado una función del espíritu humano a la que le otorga la responsabilidad de todas las majestuosas irracionalidades que conforman la cultura y que se dan de narices – merca – contra el sentido común – sentido social también lo llama – pero haciendo de cuenta que no hay contusiones. La función fabuladora del espíritu humano: creadora de los mitos, las leyendas, las religiones, el arte en general y de – agrego yo – todas las fábulas de aspecto racional, la ciencia, la filosofía. etc. y etc.  El homo sapiens es en verdad un homo mendax. Ya sé que vendrán los que se quemaron las pestañas durante años en una universidad a decirme que la medicina no y que la física y la química aquello. Concedido. Pero si toda ciencia es perfectible ¿De qué verdad inalterable e impoluta hablamos?

Alejémosnos de la ciencia y pongamos la lupa sobre otra actividad racional que explota como ninguna la función fabuladora del espíritu, la política – cocaína: ¿Acaso no sabemos que la tan mentada democracia griega funcionó porque mucho más del cincuenta por ciento de la población estaba constituida por esclavos – los trabajadores – y porque Atenas llevaba a cabo una política imperialista, sometiendo a las otras ciudades estado de la Hélade, a las que les imponía onerosos tributos? ¿Acaso no se sabe que para el ciudadano de Atenas era deshonroso tener que ganarse el pan por su propia cuenta? ¿Acaso no se sabe que antes de parlamentar, los ciudadanos de la asamblea atenienses, eran inciensados con cannabis?

Volvemos entonces a las sabias palabras de Joe Canuto. Cualquier cosa menos la verdad. Y es de lo que no puede escapar el pensamiento de un simple mortal como Roberto Ruppi y su extraña teoría acerca de lo que le sucede a EP. Digo – cocaína -: esboza, porque no la expone, apenas la sugiere. Menciona la palabra «singularidades» para que los agujeros de gusano, también conocidos como puentes de Einstein-Rosen, atraviesen la cándida manzana que siempre nos comeremos con el gozo de una ingesta saludable. Esta hipotética característica topológica del espacio-tiempo, fantástico atajo, me recuerda una frase que Larry Goodman soltó en uno de sus shows, inmediatamente después de sufrir un déjà vu: «La conciencia de la monotonía es tan extraña que llegamos a confundirla con una iluminación». El público no entendió nada pero el público, por lo general, nunca entiende nada porque se lo ha formado para sentir y reaccionar, para adular o abuchear – no entiendo porqué tantos creadores teatrales le tienen tanto pavor a la comprensión del público.

«Pobre muchacho, estaba desorientado. Sus palabras se tropezaban entre sí y parecían hacerse añicos en el aire. En un momento de la conversación lo supuse drogado. Cuando quiso darme su parecer se enredó en una explicación que no pude comprender. Abundaba en conceptos que se contradecían. Pero de inmediato descubrí la razón del descontrol. DS conocía a EP como actor y clown. Y si bien habían firmado una divertidísima obra de teatro juntos, EP jamás le contó que escribía incesantemente desde la adolescencia y menos aún que jamás había podido terminar nada, razón por la cual tampoco había intentado publicar», escribió Ruppi, refiriéndose a mí-cocaína-, en su intervención.  

Y se equivoca. Conocí a EP como productor artístico de eventos. Me contrató para hacer un reemplazo imprevisto. Tuve dos o tres días para aprenderme el libreto que había escrito. Era una monstruosidad si se tiene en cuenta que se trataba de un evento para las vendedoras de una empresa que vendía cosméticos por catálogo. Allí ya sospeché que detrás del productor había otro tipo.

Sólo tiempo después lo conocí como actor, específicamente como clown. Advertí desde ese momento que en esa faceta vibraba con mayor intensidad y le propuse hacer juntos una obrita de teatro, reemplazando a mi compañero de ese momento que de pronto había enloquecido- en ese momento lo internaron; tiempo después me lo encontré «recuperado», militando en cierto peronismo de derecha – escribo: cocaína. Por primera vez EP se quitaba la máscara del clown. Así compuso al inolvidable Larry Goodman que era una enloquecida mixtura de Wittgenstein y Gromwobicz, envueltos en una abigarrada red de chistes malos. Cómo nos divertimos reescribiendo la obra y ensayándola, pero mucho más aún nos divertimos haciendo las funciones. Sabrán – o no – lo difícil que resulta sostener una obrita de teatro en el circuito off. Cuando se acaban los amigos y los conocidos, se acaban los espectadores y los críticos teatrales: cocaína, son caros. Caros o muy importantes, más que el espectáculo a difundir. Pero no viene al caso, cuando empezamos a hacer funciones para tres o cuatro espectadores, advertimos que se acercaba el fin. Fue en ese momento cuando EP me contó que, en verdad, se sentía escritor, que su mayor ambición pasaba por escribir una novela, que toda su vida estaba concebida para ello. Pero jamás me pasó un texto y la vida nos llevó por distintos caminos. Yo empecé a estudiar Musicoterapia en la UBA y EP, contradictoriamente, siguió haciendo teatro – y claro, literatura inconclusa – pero ahora un teatro experimental, donde el clown no sólo estaba al servicio de la risa.

«Creo que a pesar de seguir escribiendo se sentía derrotado y con esa derrota construyó el clown en que se transformó. La literatura había pasado a ser una actividad secreta. Por eso DS se encontraba desequilibrado, al llegar a Gualeguaychú se encontró con que su amigo se había transformado en una onírica máquina de narrar que no sólo DS no comprendía sino que los médicos de la clínica tampoco, del mismo modo que todos los profesionales que EP había consultado durante los últimos dos años.»

Cito otro párrafo de Roberto Ruppi. Y dejo en claro: no soy bueno con las fechas. No me importan. Por eso le doy la derecha a Ruppi – la izquierda me la quedo: pelpa, bolsita. Alrededor del 20 de abril, EP me llamó desde Gualeguaychú y me pidió ayuda. Fue lacónico: «Vine a escribir y creo que me estoy volviendo loco; no puedo parar de dormir y soñar». Cuando le exigí más precisiones se negó y me dijo que me necesitaba allí. Quise hablar con su mujer pero ella estaba en EEUU. En consecuencia, arreglé mis cosas como pude y el 23 llegué al departamento que EP había alquilado en Gualeguachú, cerca del río Uruguay, donde lo encontré muy desmejorado. Supuse que cocaína o sucedáneos mediante había querido robarle al diablo la genialidad sin pacto. Pero no, no había drogas de por medio. Encontré agua mineral y frutas, un salamín y una horma de queso de campo. Había, obviamente, cuadernos, biromes, tres o cuatro grabadores digitales y una notebook; y una sorpresa: Cuatro CDs del alienado de Robert Shumann – no sabía que le gustaba la música de los grandes compositores del romanticismo.

No soy escritor, ya me estoy cansando, para colmo nada de cocaína. En este sucucho perdido, en este pueblito alucinado donde hemos venido a escondernos para que EP concluya su novela, no hay cocaína, apenas si conseguimos ginebra o caña.

El buen juicio que obtiene entonces el texto de Ruppi: es una paciente e impiadosa crónica. Puedo usarlo para recordarme:

Ese mismo día lo interné en la clínica y establecí contacto con AFE, enterándome de que EP le pasaba las entregas de «Hijos de Maro» vía mail y que los textos provenían de sus sueños. Para ello EP activaba un grabador digital y al despertar degrababa los textos que le dictaba la voz del niño vikingo-guaraní, escribía los pié de página y se los enviaba a AFE. Yo atestigüé, no sin cierto pavor, ese rito. Su voz no era su voz, era la voz de un fantasma. Sonaba como si estuviese hecha de viento y piedra: yo había llevado dos, una blanca y otra verde. Línea tras línea fui atrapado por el relato y por el funcionamiento del grabador. Ese texto de otro mundo no podía disolverse en el aire sin más. Por momentos creía estar ante un poseso o un medium definitivamente extraviado en la dimensión de los espíritus. Cuando la voz cesó, EP abrió los ojos y se puso de pié.

– ¿Sabés algo de Leila? – me preguntó mientras disponía el grabador y encendía la notebook.

– Está en EEUU – le contesté.

– Cierto – musitó y se quedó pensando mientras conectaba el grabador a la notebook y abría un programa que convierte la voz grabada en texto escrito.

Luego se colgó otro grabador del cuello y se dirigió a la cocina y desde allí escuché que me decía:

– Necesito con urgencia una mujer.

Cuando entré a la cocina lo hallé dormido en el piso. Al ver que el grabador estaba encendido, concluí que no se había desmayado. Pensé: «Ahora vas a tener mujeres a mano, en especial enfermeras» y lo llevé a la clínica. No se imaginan las cosas que tuve que hacer para que los médicos se dignaran dejar el grabador colgando de su cuello. Durante los exámenes permanecí a su lado con el grabador en la mano, atento a todo lo que traducía. Nunca disfruté tanto de una emergencia clínica. Tendría que haber fotografiado las expresiones de los rostros de los doctorcitos y de las enfermeras al escuchar la voz EP narrando la extraña gesta de Hijos de Maro. Pero la que habría ganado concursos internacionales hubiese sido la del psiquiatra que se hizo cargo del caso. Un gordito pelado de no más de un metro cincuenta y cinco de estatura. De inmediato habló de narcolepsia y amagó con dopar al narrador. Debo confesar que ya me había tomado con mañas de mago varias líneas sin que los facultativos lo advirtieran. De las solapas entonces. Estábamos a solas en la habitación donde yacía internado EP y lo agarré de las solapas.

– ¿Cuál es el diagnóstico?

– Soltame o te hago echar… – me dijo con miedo.

– El diagnóstico – insistí y le metí un dedo en la nariz.

– ¡No sé, juro que no sé! – berreó tratando de escapar.

– Sin diagnóstico no hay medicación ¿Entendido? – e introduje un poco más el dedo en su narina.

– Sí, sí, sí…..

– Lo que importa es la novela – agregué y recuperé mi dedo, limpiándolo en su guardapolvo escolar.

– ¿Qué novela? – me preguntó apenas se sintió liberado.

Y como si estuviese escuchando, EP comenzó a traducir en ese mismo momento, con esa voz de viento que cortaba el silencio.

– Esa – le dije.

El psiquiatra escuchó durante unos segundos y luego arrimó una silla en la que se sentó al lado de la cama. Permanecimos, en silencio, escuchando, una media hora, al cabo de la cual el psiquiatra me pidió disculpas y se marchó.

– Cualquier cosa me llama, estoy de guardia, por la mañana vendré a verlo.

Esa noche no dormí, me la pasé escuchando Hijos de Maro y obvio: cocaína; también marihuana – tiene razón Ruppi, no se podía fumar, tuve que comerla. Pronto comenzó la espiral. Hacía dos días que no dormía y las circunstancias no ayudaban. Café, cigarrillos en la puerta de ingreso a la clínica, enfermeras que le tomaban la fiebre, ascensores que no funcionaban, escaleras oscuras, enfermeras que le cambiaban el suero, algunas líneas, la novela que avanzaba nocturna, discusiones telefónicas con mi mujer, practicantes alelados que entraban tímidos a observar la rareza, los recuerdos, masticar marihuana, el «pelotudo» que me propinó mi viejo y el sueño que al tercer día o al cuarto me venció.

Cuando desperté estaban los dos yanquis en la habitación. Parecían mormones. Cabello rubio corto, al rape; ojos verdes o azules, no sé; pulcritud excesiva: camisas blancas de mangas cortas sin arrugas; finas corbatas a rayas; pantalones grises, absolutamente planchados. Me miraban como si al hacerlo se sintiesen angelicales. Algo embotado aún supuse que se trataba de testigos de Jehová, o algo por el estilo, que recorrían la clínica al ritmo de la palabra de dios. Por eso les di mis bendiciones y les deseé un buen día. Pero los tipos me sorprendieron con toda la cantinela de la universidad de no sé dónde de EEUU. Aún sin poder salir del deplorable estado en él que estaba – tenía hambre, dolor de cabeza, sentía también un leve mareo y oía un extraño zumbido -, advertí algo extraño en esos dos tipos. Sus voces sonaban un tanto metálicas, como si las escuchara a través de un auricular y sus cuerpos. Sus cuerpos en la media luz del amanecer – todavía no eran las ocho de la mañana – despedían un tenue resplandor que los recortaba contra la penumbra, dando la impresión de que no tenían volumen. Un escalofrío me erizó la nuca. O alucinaba o me estaba enfermando. Entonces me puse de pie y escuché las propuestas que me hicieron en un español cada vez más defectuoso y entrecortado por ruidos como los que se oyen en una comunicación defectuosa. Hablaron de la triple frontera, del ejército norteamericano y de mucho dinero. Cosa que me heló aún más la sangre. Entonces me volví hacia la ventana, respiré profundamente y de reojo observé a EP. Estaba bien, dormía en silencio. Tenía que deshacerme de los yanquis. Esos tipos no me gustaban. Me refregué los ojos y decidí encararlos. Pero al volverme ya no estaban allí, se habían esfumado.

«De este suceso no tenemos una fecha exacta porque DS, que se hallaba bajo el influjo de un constante consumo de cocaína y marihuana – en la clínica no la podía fumar, por eso la comía -, era el único acompañante de EP y, claro está, no pudo ofrecerme un dato preciso, por lo que debemos contentarnos con ubicar el acontecimiento entre el 23 y el 27 de agosto. En descargo de DS diré que son muy pocas las personas que rechazan una oferta económica como la que le propusieron estos yanquis.», escribió Ruppi al respecto y hay un único punto con el que estoy en desacuerdo, y es en lo que se refiere a mi honestidad.

Yo rechacé la oferta porque esos tipos no eran reales. Ya le he manifestado en más de una oportunidad a Ruppi que los aluciné o los soñé. Pero insiste, sin más fundamento que mi relato, en darles entidad real y suma importancia en la trama de los hechos. Pero no explica porqué. Ni siquiera estamos seguros que ellos nos hayan seguido cuando sacamos a EP de la clínica. Ruppi dice haberlos visto. Yo no los vi.

Para culminar, el último misterio: ¿Cómo sabía EP de estos y otros sucesos que relató en los pié de página si estaba dormido? Porque si bien es cierto que están atestados de imprecisiones y anacronismo, refiere sucesos que ocurrieron mientras dormía y que yo, juro, no le conté. Ni tampoco Ruppi porque todavía no había aparecido con su teoría de las arrugas en el espacio-tiempo.

No sé qué pensar, no tengo hipótesis firmes, sólo sé que hay algo de milagroso en todo lo que está ocurriendo. Sospecho ya sin un grano de cocaína que necesitamos de la ficción para soportar la dura conciencia de que somos un excepcional animalito que se muere y vuelve a los elementos; que necesitamos del arte de la mentira mucho más que de la concienzuda buscadora de la «verdad»; que necesitamos de un Ruppi que venga a sembrar las semillas de una fábula más o menos razonable y teja un improbable espacio-tiempo adornado con las extremas filosofías de Wittgenstein y Nietzsche para no quedaran atrapados en la locura de ambos.

Ya no soy yo quien escribe, podría atribuirme cocaína. En tanto narro, déjà vu: fabulo. La realidad es simple: creo EP también fabula. Si nos ponemos quisquillosos todo es un déjà vu. Hijos de Maro habla de eso.

David Solana

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0 Responses to “Hijos de Maro (Décima entrega)”

  1. Carolina Sosa says :

    Estáis locos drogados vivos muertos dormidos o iluminados!!!! me teneis el pelo lacio con esta novela genial, besos

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