De la obligación de todo ciudadano a escribir sus memorias

Giuseppe Tomasi di Lampedusa fue un lector que se dedicó a escribir en sus años crepusculares. Se ha hecho célebre por su novela «El Gatopardo». Su vida estuvo signada por ver la decadencia de la aristocracia a la que pertenecía. Peleó en ambas guerras mundiales y murió a mediados del siglo XX. El extracto que se trae a continuación es la introducción a «Recuerdos de infancia», en donde plantea la importancia que tienen todas las memorias, sin importar de quién sean, al punto que debe establecerse la obligación de escribirlas. Para fundamentar su apreciación no recurre a argumentos estéticos sino a la veracidad, apartándose de cualquier aspiración literaria que pueda tener este género, alejándose de la proclama de  teóricos que  incluyen a las memorias y autobiografías en la gran carpa de la literatura.

En estos días (mediados de junio de 1955) he releído Henry Brulard. No había vuelto a leerlo desde el lejano 1922, y se ve que en ese entonces yo estaba todavía obsesionado por lo «hermoso explícito» y por el «interés subjetivo», pues recuerdo que el libro no me gustó. Ahora no podría contradecir a quienes casi lo consideran la obra maestra de stendhal. Hay allí una proximidad de sensaciones, una franqueza evidente, un esfuerzo admirable por ir removiendo los estratos sucesivos del recuerdo hasta tocar el fondo. ¡Y qué lucidez de estilo! ¡Y qué mole de impresiones que, cuanto más comunes, resultan más preciosas!

Quisiera tratar de hacer lo mismo. Me parece, incluso, una obligación. Al declinar de la existencia es indispensable tratar de reunir la mayor parte de las sensaciones que han atravesado nuestro organismo. Pocos conseguirán realizar así una obra maestra (Rousseau, Stendhal, Proust), pero todos serían capaces de preservar de tal manera algo que sin este pequeño esfuerzo se perdería para siempre. Llevar un diario o escribir a una cierta edad las propias memorias, debería ser una obligación «impuesta por el estado», el material que de tal forma se habría reunido después de tres o cuatro generaciones, tendría un valor inestimable: muchos problemas psicológicos e históricos que afligen a la humanidad estarían resueltos. Aunque hayan sido escritas por personajes insignificantes, no hay memorias que no encierren en sí mismas valores sociales pintorescos de gran importancia.

El extraordinario interés que despiertan las novelas de Defoe radica en el hecho de que éstas son casi diarios, geniales aunque apócrifos. ¿Se pueden imaginar lo que serían los diarios auténticos? ¿Qué nos daríamos por poder disponer del diario de una alcahueta parisiense en la Régence o de los recuerdos del criado de Byron durante su estancia veneciana?

[Haré todo lo posible por ceñirme al método de Henry Brulard, sin excluir siquiera los «mapitas» dibujados en escenas principales]*

En lo que no puedo estar de acuerdo con Stendhal es en la «calidad» del recuerdo. Él interpreta su infancia como un tiempo en el que debió someterse a la tiranía y a la prepotencia. Para mí la infancia es un paraíso perdido. Todos eran amables conmigo, yo era el Rey de la casa. Incluso personajes que a la postre me resultaron hostiles, eran en aquél entonces aux petits soins.

Así, pues, que el lector (aunque no llegue a haberlo) ya sabe que me lo llevaré de paseo por un Paraíso Terrenal y perdido. Si se aburre, no me importa.

[Quisiera dividir estas Memorias en tres partes. La primera, «Infancia», llegará hasta el comienzo del bachillerato. La segunda, «Juventud», hasta 1925. La tercera, «Madurez», hasta hoy, fecha en que considero que empieza la vejez»]


Creo que los recuerdos de infancia, para todo el mundo, consisten en una serie de impresiones visuales, muchas de ellas nítidas, que carecen sin embargo de cualquier nexo cronológico.

Me parece imposible hacer una «crónica» de la propia infancia: aunque no pretendiéramos engañas a nadie, acabaríamos dando una impresión de falsedad, pues a menudo caeríamos en terribles anacronismos. Por lo tanto seguiré el método que consiste en agrupar algunos asuntos, intentando que la idea de totalidad recibida se base más en el espacio que la sucesión temporal.

Hablaré de los ambientes de mi infancia, de las personas que la rodearon, de mis sentimientos, pero no trataré de seguir a priori su desarrollo.

Puedo comprometerme a no decir nada falso. Pero no voy a querer decirlo todo. Me reservo el derecho a mentir por omisión.

Salvo que cambie de parecer.

Traductor: Héctor Abad Faciolince. Tomado de «La sirena y otros relatos, Ed Norma, 1996.

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