Adiós, Álvaro Pablo Ortiz.

En el Mandiga vi primera vez al insigne docente de la cátedra rosarista, el excelentísimo Álvaro Pablo Ortiz, completamente ajeno a que no llegaría a esa charla sobre Geo von Lengerke en el ciclo de historias de emprendores santandereanos, hoy 17 de marzo, del 23 (hay fuego en el veintitrés). Como una chimenea andante que cultivaba con cariño su efisema pulmonar, él caminaba y yo supuse que pronto estaría, como dicen los latoneros, saliendo para pintura.
La pintura es la muerte, aclaro. Tan poco sabía que después de haberlo visto en el Mandinga lo volvería a encontrar en las clases que impartía sobre historia de la segunda guerra mundial. Don Álvaro se llenaba de regocijo y cierto toque de sensualidad cuando se refería a las hermosas bestias rubias que embistieron al continente de sus más viejos amores. Y es que el peor castigo para don Álvaro fue haber nacido en una meseta llena de campesinos e indios ignorantes que lo único que tenían hitleriano era sus bigotes. Esto, más que requemor, da ternura, como cuando pasaba al lado de mi asiento llenándome de su vaho vaporoso y compartía conmigo un poco de la caspa que brotaba de su espesa barba blanquecina. Serán inolvidables los olvidables momentos en que sujetos proclives a la obsecuencia le llevaban su maletín de cuero en donde guardaba apuntes de otros personajes que para él eran una suerte de Aquiles, en versión infinitesimal, de la historia patria.
Dicen que sus últimos días, ya viudo, fueron ocupados por el recocijo y el amor para con los animales, no tanto para sus semejantes, con los que entró en disputas por las más minias circunstancias. Imagino su casa como un zoológico domesticado en donde, entre dos gruesos volúmenes, reposa su melancolía una tortuga. La tortuga hoy extrañará al excelentísimo don Álvaro Pablo; aunque nosotros nunca hayamos convivido con él, también lo extrañaremos, no por sus iridiscencias sino por saber que hay alguien que tiene la desdicha de vivir en un lugar que no quiso, y que el día que volvamos al espacio vacío que dejó el Mandinga, ese vacío estará acompañado por el fantasma del catedrático de historia más furioso que degustó un corrientazo en el centro de una ciudad más bien corrientona como Bogotá.
Adiós a los sueños de gloria. Todo se fue con el humo de don Álvaro Pablo. Y Gloria, la tendera, lo soñará sin recordar los sueños. Por eso repito: adiós a los sueños de Gloria.
Próximamente: El cuaderno de Andrés Caicedo, por Andrés Felipe Escovar

portada del nuevo libro de Escovar, editado por U. Rosario
En Mil Inviernos tenemos el gusto de anunciar que pronto aparecerá esta investigación que nuestro editor, Andrés Felipe Escovar, realizó con el manuscrito original de la obra ¡Que viva la música! del escritor caleño Andrés Caicedo.
El libro se trata, como anuncia el subtítulo, de una aproximación y transcripción de la génesis escrituraria de ¡Que viva la música! Lo que permite inquirir que Escovar es uno de los pioneros de la crítica genética en Colombia.
Esta obra expone los fundamentos de la crítica genética para proponer un abordaje particular de los manuscritos y demás materiales preredaccionales y redaccionales que comportan un proceso de creación, y plantea una hipótesis de lectura del libro ¡Que viva la música!, a partir del cuaderno manuscrito que Caicedo escribió, para dar cuenta del comienzo de la gestación de esta novela. El libro propone cuatro partes, la primera, es una exposición teórica del desarrollo de crítica genética; la segunda, un recuento de las diferentes lecturas y posiciones críticas sobre la novela de Andrés Caicedo; la tercera, corresponde al planteamiento una hipótesis de lectura sobre la novela y la cuarta, contiene la transcripción del cuaderno manuscrito de la primera versión de ¡Que viva la música!





