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Narciso en el Huevo 103. Por Luis Bolaños

Por Luis Bolaños

Narciso

 

Somos el Huevo 103, le decimos así porque somos un conjunto de unidades autocontenidas (varios centenares esparcidos en la frontera de la Nube de Hills con el disco exterior de Öpik-Oort), nutridas con multitud de sensores especializados destinados a potenciar la adquisición de información sobre posibles enemigos y que proporcione nuevos conocimientos sobre cómo los sistemas automáticos de retención de estados, distribuidos por decenas de miles se degeneran o son saboteados y de colofón establecer las matrices de ejecución de los movimientos de posibles incursores que lleguen en ángulo o perpendiculares al plano de la eclíptica para pronosticar zonas de ataques.

Hace ya largo lapso nos ocupamos de tal tarea en beneficio de la humanidad, aunque nos sentimos aislados, siempre es mucho mayor la cantidad de bits salientes que entrantes y buena parte de los mismos son inservibles o ilegibles, lo cual preocupa; la yema central está conformada por la zona habitable con recursos que siempre nos conversa y nos conserva, la clara por las zonas relativamente habitable y por lo general sin recursos permanentes, donde la cháchara del comunicador central no llega y parte de la cual son zonas de yema abandonada porque nuestro número se reduce, y luego la cáscara -de la cual ninguno(a) posee referencias directas- nuestro revestimiento aislante.

No existen espejos y las superficies reflectantes son cóncavas o convexas o sufren efectos deformantes, todos y todas usamos máscaras de peliskin: un pellejo laminar de varias capas que crecen desiguales y combinadas, de tal manera que cuando aplicamos una rociada con los tubos propulsores de gel se superpone y crece sobre las que ya presentes; nunca nos despojamos de ellas ni siquiera en las orgías bisemanales en que gozaparticipamos dando y recibiendo, lo gracioso es que con frecuencia el mete-saca estimula el desprendimiento de pizquitas aromáticas y fragmentos fragantes que solemos devorar y que nos mantienen en comunión constante.

Versiones diferentes se intercambian entre los Huevos sobre el origen de las tripulaciones, la condensada alude a un experimento cuyas raíces no logramos dilucidar pero que apunten a crear fraternidades longevas y consistentes, lubricadas con cariño y coitos grupales, consagradas a verificar cadenas de cifras para cotejarlas en multimatrices y extraer constataciones de movimientos emergentes y/o extracciones o pérdidas de memoria.

Una preocupación ronda, no obstante, las mentes de la colmena, la mengua que erosiona la población, que con relativa frecuencia alguien se inquiete y quiera arrancarse la máscara en público y haya que dominarlo y quebrarlo, o menos usual quiera salir del cubículo con el rostro al descubierto, aunque los sinonimisensores no le conceden la apertura de la puerta, lo cual en algunos casos conduce al suicidio, pero como la limpieza de las módulos e inclusión de los nutrientes del cuerpo desechado en los jardines hidropónicos, en las cubas de proteínas o en las sembrados corresponde a los biots no nos enteramos.

En cuanto a mi, en un momento determinado sentipense al Huevo 103 como una enorme trampa. Cegante. Desesperante. En lo hondo del pecho sentía que raíces férreas corroían con enervante persistencia mis reservas de seguridad. ¡¡¡Escapa!!! me gritaba mi mente, huye de este antro comunal clamaban las neuronas. Hay que evadirse, entre más rápido mejor, aunque lo que encontremos sea peor. Entre las varias elecciones: suicidio en solitario en mi cubículo, fallecimiento por golpiza en los pasillos a salas comunales o inmersión profunda en los territorios cuántico-onìricos de la clara, escogí la tercera.

Rebase los dinteles marcados y en seguida caí en un vórtice veloz y giratorio. Extraños insectos metálicos surcaban raudos el espacio rubricando su velocidad con cataratas de blandas cachetadas. Por doquier mi mirada sólo tropezaba con el tupido muro del horror visual y la muralla pegajosa de la incomprensión, las figuras eran confusas e inidentificables. La hierba mustia y apagada con sus retorcidos tallos engullía la voz perdida del ordenador central en los ratos que mis redes neuronales se liberaban del dolor. Perdida estaba y no la encontraría, serìa mi snetipensar quien me guiarìa y mejor que cnfiara en èl, ya que na habrìa otra opción a practicar. La tierra hervía, pero no burbujeante de mensajes vitales como antaño (cuando aún no escapaba) sino en glóbulos ásperos y sucios, con la espuma estéril de lo infecundo cubriéndolos.

Lo peor eran las hordas de bestias que tropezaba en mi vagar, siempre creì que no haba moradores en la clara, allí proliferaban los desertores, a los científicos e intelectuales los reconocía por sus diferentes y horrendas facciones camaleónicas, a los imbéciles de mantenimiento las babeantes estereotipias que calcaban de su monotonía laboral los traicionaban, pero lo que mayor repugnancia provocaba era la máscara insensible de los directores de sección. Los contemplaba como si su vacío existencial se desbordara y me deslizaba entre sus espantosas siluetas con la esperanza de que continuaran ignorándome.

Túneles rellenos de olores nauseabundos y ruidos desagradables me acosaban; a veces los techos se diluían en nubes pardofétidas mientras caminaba entre dos altos murallones astrosos carcomidos por los dientes crueles del tiempo como limitantes laterales. Siempre cansado y abatido colocaba mis pies uno delante del otro tanteando a través del temor la ruta hacia la probable desesperación, quizás la única salida del cul de sac en que me movía. El tacón de mis zapatos dejaba sus huellas en un vacío complaciente que amoldaba su velocidad relativa a la de mis pasos.

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