Amor a distancia (2)
El 29 de mayo de 2011 regresé de San José a Bogotá. La única razón por la que no me desbaraté a llorar durante las dos horas del vuelo fue porque un señor de Neiva decidió que era buena idea contarme toda su vida. La conversación se interrumpió cuando llegamos a Bogotá y me quedé solo de nuevo. Ahí entendí que todos los años de ilusión se habían acabado y que muy seguramente no volvería a ver a Gerardo. Nuestra relación había terminado en una monumental pelea y lo que antes era una comunicación fluida terminó en rabia y en un silencio que lo cubría todo. Los días que habíamos compartido en San José habían sido demasiados. Atrás quedaron los sueños de romper las barreras de la distancia. Después de ese último encuentro en San José todo se acabó.
Yo volví a Bogotá. Deshice mis maletas y continué con mi vida sin él. La última vez que estuvimos en contacto fue en 2013. Yo inicié la comunicación con un e-mail en el que le pregunté si había visto ese reality show en el que las parejas que están enamoradas por internet se encuentran. Le conté que en la mayoría de los casos una de las partes resulta ser haber mentido sobre su aspecto, su raza o su género. Incluso muchas de la personas que muestran allí han construido perfiles falsos en redes sociales con fotografías robadas y han creado vidas ficticias para engañar a otros. La ultima frase que le dije a Gerardo fue “somos afortunados porque por lo menos tu y yo si éramos las personas de los rostros en las fotografías”.
El peluquero borracho (relato)
En el año 2006 me casé y me fui a vivir a Santiago. Vivía en un apartamento en el piso 16 de la calle Monjitas y tenía un taller en un centro cultural en la mitad del parque de la Quinta Normal. Allí pintaba y leía de sol a sol. Además de eso tenía a mi cargo el cumplimiento de una serie de tareas correspondientes a quien asume el rol de amo de casa diplomático: decoraba, limpiaba, tenía las cuentas al día, cambiaba guardas, hacía compras y protegía la vivienda. Eso fue lo que precisamente hice cuando le pedí a mi marido que no volviera a dejar a entrar a nuestra casa a Máximo, el peluquero.
Máximo era un brasileño alto, acuerpado, musculoso y muy afeminado. Resaltaba entre los habitantes de Santiago ya que tenía una cintura apretada, unas nalgas redondas y una nariz recta, perfecta. Para el estandar chileno el peluquero era un hombre muy guapo. También tenía unos ojos pequeñitos que si lo miraban a uno directo lo atravesaban, pero también eran juguetones, evasivos, como los ojos de alguien que oculta una verdad trascendental. Hablaba español bastante fluido ya que llevaba viviendo en Chile varios años. Leer Más…







