Otra reseña sobre la entropía: La Estación de la calle Perdido de China Miéville
Otra reseña sobre la entropía:
La Estación de la calle Perdido [2000] por China Miéville.
Madrid: La factoría de ideas, 2001. 588 p. (Solaris ficción, 20)
Por: H. Augusto Botia*
En una entrevista de hace algunos años Miéville, a esa rancia pregunta de manual por la chispa que origina la escritura de varias de sus novelas emparentadas, solo responde: los monstruos. Ellos son la población de su mundo, mundo que tal vez sea un universo: Bas-Lag. Ficción que no aspira a épica ejemplarizante. Desde aquí podríamos desviarnos a comentar la opinión que dió del venerado y explotado Tolkien pero apenas dejo la referencia para que los lectores curiosos escarben.
La postura de Miéville sobre el porqué de su obra resulta bastante refrescante. Esto a causa de que no es la nuestra una época en que la imaginación utópica pueda cambiar esa idea escapadiza que llamamos realidad, ni que persigua algún lenguaje totalmente nuevo y en que prácticamente toda la producción cultural anglosajona, en especial la audiovisual, es reciclaje sin disimulo. Este libro acepta tales condiciones y en medio de la incertidumbre crea un lugar factible dado que en él lo familiar bordea la extrañeza. No finge ser un libro de otro tiempo.
El lazo entre este planeta azul y Bas-Lag es difuso, de seguro existe y sobre todo es de un retorcido sabor añejo. Ambas distopías parecen ahogarse en medio de procesos inacabados y seres monstruosos. Este es el paso que Miéville da cuando crea ese mundo familiarmente extraño. Va al corazón de la metáfora del mal como deformidad y la deja desnuda. No existe deformidad que indique maldad y sin embargo el dolor es la transgresión básica de la individualidad.
Así, los monstruos son los habitantes de una metrópolis abigarrada que igual compran sexo, ropa o materiales para hacer sus obras de arte, se organizan en redes de tráfico de sustancias ilegales o en sindicatos, se enamoran de otros que como ellos son resultados o del azar de la naturaleza, o de la acción pensante. Y el humano es otro monstruo entre ellos. Ni peor, ni mejor, solo una referencia a otro conjunto de rasgos físicos y tal vez a algunas costumbres, un indicio a través del cual ingresamos nosotros a ese mundo.





