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El velódromo que tapó la caca de ángel (sobre el mundial de ciclismo de pista Cali 2014)

 

Caca de ángel: me la figuré flotando en el inodoro que semejaba el trono donde se abroquela un duende o un ángel. Los ángeles pueden no ser tan pequeños como los duendes: los hay de dos metros de altura o más y de setenta centímetros o menos, todo depende de cómo sean enviados y con qué finalidad. El que se sentaría en esa taza tendría la estatura colombiana promedio, de un varón más exactamente, y lo haría ante la urgencia de sus rugidos estomacales. Los esfínteres caprichosos son el recuerdo que les hacen a los ángeles de su fatalidad terrenal. Gracias a eso conocen casi todos los baños públicos de las ciudades que sufren.

El ángel que me figuro allí sentado me permite poder acceder a ese pequeño inodoro y utilizarlo con incomodidad pero sin empacho ni tristeza. Ángel de mi guarda, mi dulce compañía, tú no me desamparas ni de noche ni de día. Ni siquiera me hace sentir mal la temperatura que bordea los treinta grados, tan habitual en Cali y, mientras estoy sentado, sintiendo la humedad de la taza, pienso en que pronto me reconfortaré, cuando ingrese al velódromo Alcídes Nieto a ver el mundial de ciclismo de pista.

No es que haya sido un asiduo a este espectáculo deportivo pero es el consuelo de no poder ver a esos ciclistas que ascienden montañas y emprenden trayectos de casi doscientos kilómetros diarios por la carretera de un país. Sin embargo, espero encontrar alguna porosidad, algún atisbo de debilidad y de caída, algo que se escape a esa lógica milimétrica que acompaña a los practicantes del ciclismo de pista, a quienes suele no conocérseles los rostros porque siempre llevan unas lentes que les tapan la mitad de la cara y unos cascos que los hacen parecer alienígenas mecánicos, sin tragedias ni desarraigos.

En medio de ese desierto de inhabitado de desdichas me encontré hace unas semanas la historia de Graeme Obree, un ciclista escocés del que se hizo una película (The flying Scotsman). Rompió el récord mundial de la hora en dos oportunidades (1993 y 1995), sufrió de depresión clínica, se intentó matar en dos ocasiones y en 2011 confesó públicamente ser homosexual.

Ya fuera del baño público espero atisbar alguna nueva versión de Obree, alguien que hiciera olvidar tantos senos operados, el aroma de aceite de coco que impregna al mediocre servicio de transporte público de la ciudad y, en definitiva, a tanto sexo que aparece en Cali y que lo van convirtiendo a uno en un ángel en Gomorra. Acá tampoco hay lugar para los ángeles ni para los humanos angelicados, parece que sólo en el alto Perú podrá olvidarse todo esto.

El velódromo es una figura ovoide con dos peraltes empinados en cada punta y su piso es de madera. Los ciclistas corren, en promedio, a unos sesenta kilómetros por hora. Las aceleraciones varían de acuerdo a la modalidad de la competencia. Cuando llegué, daban vueltas en repetidas ocasiones y la gente aplaudía cuando el animador decía que había un colombiano compitiendo, aunque este no disputara ninguna de las medallas.

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