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La danza cósmica que superó las sombras de Platón (Un relato fantástico colombiano del siglo XIX)

Carlos Martínez

Carlos Martínez Silva (1848-1903) fue un diplomático, abogado, escritor y jefe de filas del ejército conservador de Colombia durante una de las innumerables guerras por las que atravesó el país en el siglo XIX y estuvo preso en la primera contienda del siglo XX (la guerra de los mil días). El relato que a continuación presentamos, supera el orden intuído por Platón pues la sombras dejan de ser un remedo de la verdad: los cuerpos de los que ellas nacen, son una prolongación superflua de esa danza en la penumbra que es el universo. Martínez Silva ha sido uno de aquellos escritores que supo de una realidad más frondosa y opaca que la establecida por las más antiguas y prestigiosas corrientes filosóficas y científicas. Si bien es poco probable que Philip K. Dick lo haya leído, sí podemos establecer una línea de parentezco entre ellos dos. Esta es la oportunidad de encontrarnos con una narración que deja en claro que lo fantástico también ha hecho parte de la literatura hecha desde que se fundó algo llamado Colombia:

Baile de sombras

Hace algunas noches que, cabizbajo y distraído, seguía el camino de mi casa, por una oscura y desierta calle. De repente sentí música, alcé la cabeza y vi una casa iluminada: evidentemente allí había un baile.

Como nada tiene eso de raro, me disponía a seguir; pero como descubriera que sobre la pared que quedaba al frente de la casa iluminada, pasaban y repasaban las sombras de los danzantes, me detuve.

En aquel momento se celebraban, pues, dos bailes: uno en la sala, otro en la calle.

En el primero había hermosas damas, apuestos caba­lleros, fisonomías animadas por el fuego de la pasión, trajes de crujiente seda, perfumes y blandones, todo cuan­to halaga los sentidos y exalta el corazón.

El baile de las sombras era triste en todos sentidos: se celebraba en una calle oscura y fría; los convidados es­taban vestidos de negro, no se reían, ni conversaban; te­nían rígidas las facciones, apagada la vista.

¡Qué contraste aquél! ¡Qué fuente de serias y profun­das reflexiones para el que, como yo, contemplaba fría­mente desde la mitad de la calle esas dos danzas, que al fin no eran sino una sola!

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