Un encuentro con el artífice de la sexoficción (Primera entrega)
Hernán Hoyos escribió, desde fines de los cincuenta, más de cuarenta novelas. Hoy día las autoreedita y él mismo sale a dejar ejemplares en consignacion en distintas librerías y quioscos del centro de Cali (Colombia).
- Hernán Hoyos en la plaza San Francisco de Cali
Es una ametralladora de tus depresiones
Luis Aeropajita
Un remordimiento despierta a Hernán Hoyos en sus noches y, antes de volver a dormir, se traza el propósito de soñar un encuentro con su amigo, “El gordo” Lucio Ramos, uno de los protagonistas del libro Memorias fisiológicas: cierra los ojos y los dos hablan. Ese episodio no es algo real; Hoyos descree de cualquier mundo que trascienda lo físico y de que haya alguna manera de conjurar los espíritus o llamarlos, es más, piensa que ni siquiera existen: morimos y volvemos a ser carne de la tierra.
Su remordimiento nació desde que se topó a Ramos en el puente España, en el centro de Cali; Hernán paseaba con sus hijos, aún niños por aquél entonces. Se cruzaron y Hoyos pasó de largo y sólo volteó la mirada cuando Ramos le dijo:
-Hernán, me has hecho mucho daño.
Hoyos creyó que se refería al vino que le había aconsejado comprar un par de meses antes, a sabiendas de que Luciano padecía de una úlcera gástrica. Tiempo después entendió que el daño aludido por “El gordo” era la ingratitud injustificada.
-En qué te he hecho daño, amigo mío- me exclama Hernán, tratando de revivir ese último encuentro en el puente España, buscando un instante de reinvindicación donde pueda encontrarse con ese gordo que falleció poco tiempo después.
Otro gran amigo muerto de Hernán fue Maxwell, su traductor al inglés. Hoyos se marchó con él a Wisconssin y allí pudo evidenciar la afición por la cerveza del norteamericano :
-Él vivía con su mujer. Fuimos a traducir mis libros y la revista Knight publicó tres cuentos míos. Él era un traductor impresionantemente riguroso. El editor de la revista mandó los tres cheques pero yo estaba muy aburrido en ese país y como aquí llevaba una vida de parranda y de risas, entonces me vine para acá. Maxwell se bebió en cerveza los 300 dólares. En esa época, un dólar servía para un almuerzo… yo fui a varios supermercados con Maxwell y un almuerzo decente valía un dólar. Entonces se bebió los 300 dólares pero me los fue pagando, eso sí. Y después era incapaz de trabajar; como traductor era un verraco pero era incapaz de trabajar entonces lo mantenía la mujer. Era un soñador, inventaba negocios que después no podía realizar pero para traducir era extraordinario.









