Episodios cotidianos. Por Francesco Vitola

Soy un Gil

27/4/2022. Barcelona. Camino como buscando algo perdido. ¿Es desarraigo, desencanto, nostalgia, o el vacío existencial de siempre? En invierno los mordiscos del frío me hacían idealizar el calor humano; ahora, con el aplastador verano en ciernes, me vuelvo riguroso en la selección de compañía. Pero aún así hay que creer en el amor, ¿o qué nos quedaría, pensar en la muerte inminente? Por ello cada día procuro exponerme a este mundo de extrovertidos, a pesar de ser un reino de mentiras, apariencias, miedos, odios, traumas y trastornos. A veces incluso recuerdo que debo romper el hielo o nunca hablaría con nadie, mi presencia intimida: cargo una seriedad inexpresiva en la mirada, ojeras profundas por el insomnio, y ese silencio insondable e incómodo que confunden con desconocimiento de la lengua nativa.

Al despertar tratas de recordar lo que trasnochaste pensando, pones tu mejor cara y sales a la calle, y si el factor sorpresa te puede costar la vida en Colombia, aquí puede resultar en una conversación agradable o una burla. No es una mala apuesta, una burla es siempre mejor que un balazo. Salgo con la procesión por fuera y la sonrisa por dentro, intentando actuar como el resto, aunque por naturaleza leo a todo el que se cruza en mi camino. Se te pasan las horas volando y no hablas con nadie, pero solo te das cuenta cuando vuelve a caer la noche. Y es que «hablar» implica mucho más que eso. «Fluye», «sin mente» me han sugerido. Yo solo puedo mirarles con ternura, sabiendo que nunca podría explicarles a la velocidad que se mueven e interconectan las ideas dentro de esta eléctrica materia gris. Me tranquiliza un poco recordarme que hago parte de una minoría neurodivergente, pero aún así, en ocasiones me duele perderme de los frutos de ese mundo al que no pertenezco, entonces dejo que la hiperactividad tome el control, que haga el ridículo, que rompa el silencio, aunque ese sea mi lenguaje favorito. Acallar el silencio un rato, disimularlo, porque al cerebro es imposible amordazarlo. Aquí la hiperactividad cumple una función social indispensable, confunde al interlocutor y le hace pensar que soy un extrovertido ingenuo, sin tacto, inmaduro, les desconcierta que no siga los patrones conversacionales habituales. Paso entonces por imprudente, por raro  —oigo ecos de Beck «soy un perdedor, I´m a loser baby, so why don´t you kill me» y de Radiohead «I´m a creep, I´m a weirdo, why the hell am I still here, I don´t belong here»— y como dando tumbos antes de estrellarme contra el pavimento, fracaso de nuevo en mi misión de pasar desapercibido, de parecer indiferente a todo, de «fluir», de ser otro de tantos extrovertidos buena onda. Pero lo intento, me acerco, sonrío, me intereso realmente en alguna figura delicada, una que sea capaz de darle luz a mi vida con una sonrisa suya, y aún a pesar de tener las de perder, me acerco y dejo que el TDAH tome la palabra:

—Hola, llevo meses viniendo aquí y aún no sé tu nombre.

—¿Mi nombre? Gil.

 

Doy un paso atrás, sonrío y me despido; giro sobre un talón y salgo lo más lentamente que puedo. Dedico las próximas horas a pensar en su ágil respuesta, en los juegos verbales que permite la apropiación del lenguaje.

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