Archivos por autor | Andrés Felipe Escovar

El tour de la peste: diario del tour de Francia sin estar en Francia y sin Covid (por ahora). Día tres

NICE-SISTERON

Ganador de la etapa: Caleb Ewan (Australia)

Líder de la clasificación general: Julian Alaphilippe (Francia)

Los pactos en el tour hacen fortalecen la ilusión de julio y la ausencia de la peste. Hoy permitieron la fuga de tres ciclistas que no eran peligrosos en la clasificación general; nadie de los equipos poderosos se apuró, había un pacto que se sella en escenarios diferentes a la carretera. En ella, mandamases como Tony Martin- que será un importante colaborador en la consecución del título de Doumolin o Roglic dentro de tres semanas, como se pronostica por la mayoría de los seguidores- se dedican a manotear y matonear: uno se pregunta si la soberbia de Armstrong más bien fue castigada porque semejó la de los vaqueros del oeste estadounidense y no la frialdad de la selva negra o el “señorío” eurolatino que se lamenta porque ya no hay un Carlos V al cual serle obsecuente.

Luego de una carrera que obedeció las ordenes de quienes están destinados a dominar (y cuyo mecanismo nos lo dibujan como una estructura apalancada en la capacidades deportivas), llegó un embalaje que sólo se condimentó con la caída del virtual líder de montaña, el francés Pérez que debió retirarse sin siquiera poder subir al podio. Caleb Ewan hizo maromas semejantes a las de habilidosos futbolistas y levantó los brazos; luego proliferaron las crónicas en las que ensalzaron el tamaño diminuto del corredor y su proverbial fortaleza para así desembocar en el adjetivo favorito para justificar al ciclismo: épico.

Con esa palabra titularán el día que haya un ataque a un poco más de ocho kilómetros de meta. El ganador se convertirá en un héroe breve y todos regresarán a sus casas, a esperar a que salga la vacuna y asegurar que el tour del próximo año será tan aburrido como la mayoría de los acaecidos en el presente siglo.

Y cuando escribo aburrimiento no lo hago como una condena: lo llamativo del tour es que no pasa nada y que siempre se espera lo que casi nunca llega. Las discusiones que se dan en los cenáculos y las peleas se olvidan pronto porque es un show que propicia fruslerías. En estos días se advierte cómo lo milimétrico, la domesticación de los bosques y la alteración de los potreros para que tomen el color de bodegones que hieden a verano, conviertan al tour en el mejor reportaje publicitario que tenga Francia.

Dicen que mañana pueden darse escaramuzas pues hay ascensiones. El tour, por ahora, sigue el rumbo de la de todos estos años: la espera y la confirmación de las casas de apuestas.

El tour de la peste: diario del tour de Francia sin estar en Francia y sin Covid (por ahora).

Día 2. NICE HAUT PAYS-NICE

Ganador de la etapa: Julian Alaphilippe(Francia)

Líder de la clasificación general: Julian Alaphilippe (Francia)

El aburrimiento pasó a Agosto

Francia repite el entusiasmo del año pasado: Julian Alaphilippe ha ganado y lucirá la camiseta de líder. Si ese lugar se prolonga, los franceses se sumergirán en el entusiasmo que les permita olvidar a la peste, aunque apestado sea el circo que se ha erigido en torno a esta competencia.

Puede ocurrir que el tour termine mucho antes; quizá los equipos vayan quedando eliminados (¡otra vez el gerundio!) porque tienen un par de apestados y gane el que pudo mantener una escuadra sana: quizá sea uno de esos equipos de poca monta que carecen de sofisticadas ayudas ergogénicas, excusas para utilizar remedios para asmáticos o para jóvenes con déficit de atención, o programas de dopaje más tecnificados que los correspondientes a los descubrimientos de las trampas.

También puede ocurrir que Alaphilippe gane el tour ante la interrupción virológica. Quizá sea una vuelta de dos semanas o de unos días más. O simplemente el mundo se acabe si es que por mundo se entiende al fenómeno humano que pisó a la Tierra.

Todas estas esperanzas se barajan en el público francés que aún se aferra a una mejoría de Pinot. Hoy no subió muy bien las cuestas de primera categoría y su cara de sufrimiento formó parte de las transmisiones cinematográficas de la etapa. O de telenovela francesa en la que el francés sufrido pierde ante un español, un inglés o un europeo oriental.

El líder Kristoff se descolgó y ya es pasado. El ganador del último Dauphiné, el colombiano Martínez, cayó y muy seguramente no termine el tour – si es que a este no lo acaba antes el Covid 19- y, una vez más, regresó la vuelta francesa de siempre: aburrimiento, una caravana que sube a ritmo incomprensible para cualquier humano que no utilice algún fármaco -ya sea aceptado o no por las autoridades que deciden qué es lo limpio y lo sucio en un negocio como el show del ciclismo- y un final que acrecienta los cálculos.

La etapa terminó con un embalaje protagonizado por Alaphilllipe, un juvenil Hirschi y Adam Yates. El francés se aprovechó para no liderar, en momento alguno, el paso de la triada y, al final, ante la angustia del inglés y la novatada del suizo, Julian, celebró con la grandilocuencia del llanto, exaltando su logro y propiciando la especulación que este año no está listo para ganar la competencia y por eso prefirió hacer lo que hizo hoy.

Cada día consolida la sospecha de que todos aceptan la supremacía del Jumbo, donde parece que pedalea el campeón del tour de la peste. Aunque algunos se entusiasmaron porque el equipo holandés no tiranizó al pelotón en los últimos kilómetros: una ilusión más que servirá para postergar la confirmación de lo pronosticado.

El tour de la peste: diario del tour de Francia sin estar en Francia y sin Covid (por ahora).

Día 1. NICE MOYEN PAYS-NICE

Ganador de la etapa: Alexander Kirstoff (Noruega)

Líder de la clasificación general: Alexander Kristoff (Noruega)

Empezó la faramalla

El tour de Francia apareció como una guerra de trincheras a lo largo de esta última década: frente al televisor, mientras engordábamos, la pregunta sobre el anunciado ataque crecía a medida que el hecho se postergaba; entre el sopor y los bostezos, venía algún rasguño que despertaba el entusiasmo y revivía los cálculos para luego todo terminar en lo anunciado: el triunfo de una corporación anglosajona y el aplastamiento de cualquier entusiasmo hispanoparlante. Los hechos se han justificado con la intensidad de los vatios emanados por las pedaladas de los integrantes de un equipo como el de Brailsford- alias Inneos, otrora Sky-, capaces de producir energía eléctrica para un municipio, la cual supuso la imposibilidad de un ataque y la explicación de por qué el malhadado Quintana jamás pudo embestir como lo esperan sus fanáticos- tan inabordables y obtusos como los de su “némesis”: Mikel Landa-.

Ya con el sustento energético del aburrimiento y de los trenes en plenas montañas francesas, se ha instalado una nueva figura que le disputa el protagonismo a Inneos: Jumbo. El equipo de los Países Bajos ha iniciado una sustitución en donde, como en los entreverados juegos literarios que han servido a generaciones de escritores, los  nombres son prescindibles pero la estructura de la trama es la misma: el lote es encabezado por cuatro o cinco miembros de la escuadra y, a medida que se llega a meta, el líder de la misma realiza un ataque que se prolonga, a lo sumo, por un par de kilómetros y todo termina sentenciado en una contrarreloj que se vuelve en el elemento fundamental para mantener la ilusión de que el tour lo gana un individuo con capacidades superiores a las del resto del pelotón, aunque el equipo sea el que haya escrito el guion y asignado roles. Quizá el ciclismo desemboque en algo similar al fútbol: los directores técnicos desplazarán a los futbolistas y las “escuelas” gravitarán en torno a sus nombres, de manera que se hará más atractiva la discusión en torno a lo ocurrido que a lo que propiamente ocurre: la posmodernidad de las bielas.

Hoy, en la primera etapa, llovió y hubo ascensiones y caídas. Martin, el integrante alemán del Jumbo -con todo lo que implica un patronazgo germano-, se instaló como la autoridad del tour y pidió que no se hicieran ataques y reclamó a los efectivos de Astana, el equipo celeste que se ha caracterizado por su rispidez, que incrementó la intensidad, pero terminó castigado pues su líder, el menudo Miguel Ángel López, alias Superman, cayó.

De seguir esta dinámica y continuar obedeciendo al Jumbo (uno de los grandes efectos del ciclismo es la tiranía del gerundio, de suspensión durante las carreras que ni siquiera termina cuando acaba la prueba pues luego vienen los consabidos planteamientos en torno al dopaje o demás trampas), todo terminará como se tiene calculado: los del Jumbo tendrán al ganador del tour – que puede ser Roglic, el esloveno otrora Esquiador, o el holandés con el sugerente alias de “mariposa de Maastricht”, llamado Tom Doumolin-.

Entre los que cayeron estuvo Quintana, lo cual encendió las alarmas de la fanaticada sudamericana, la cual causa, a su vez, el alborozo de la española y las risibles peleas que desembocan en proclamas chauvinistas y desprecios mutuos, tiernos, apegados a apelativos como “tiraflechas” o “españolete”.

Otro de los que se fue al suelo, aunque ya en los tres kilómetros finales, fue el bienamado Tibaut Pinot; con su cara de angustia, llegó a la meta con la tranquilidad de no haber perdido tiempo pero con la sospecha de que, quizá, vuelva a ocurrir lo que por más de tres década les pasa a los franceses: ninguno de los suyos ganará el tour.

El ganador fue Kristoff y mañana saldrá como líder. Se solazó con su triunfo y, atrás, el joven Pogacar fue el mejor ubicado de los favoritos, acompañado de Sergio Higuita, un colombiano cuyo apellido, ya ilustre en el balompié, quizá se convierta en el más nombrado si en la etapa de mañana, que parece propicia para sus características, gana y se hace a la camiseta de líder.

Todos celebraron o se quejaron. Obviaron, junto con el público, que hay una peste. Y esta variable vírica, que nadie dice, puede desembocar en que todo el circo acabe su función de repente y que el gerundio se convierta en un “qué pasaría si este tour anormal hubiera terminado en la nueva normalidad”.

Eliseo Diego: el psicohistoriador de las hormigas o Asimov como la hormiga de la psicohistoria

En un principio fue decir: Asimov se viste de tacón alto. Ese decir apareció porque Luis tenía una corbata negra, como las que se usan en los funerales; hasta los muertos visten con alguna prenda negra, como si sus cadáveres extrañaran el hálito que durante un tiempo los habitó.

Después fue dejar ese decir porque el propio Luis me dijo que hoy cumple años de muerto y nacido Eliseo Diego. Ese es el orden vital de todos los poetas: morir para luego nacer.

Y, al final, no quedó otra opción que prologar la charla que Luis Cermeño hizo sobre Asimov, desde el Ecuador del espíritu, con un poema de Diego.

Asombro

Me asombran las hormigas que al ir vienen
tan seguras de sí que me dan miedo
porque están donde van sin más preguntas
y aunque asomos de vida son perfectas
si minúsculas máquinas que saben
el dónde y el adónde que les toca
y a la muerte la ignoran como a nada
si no fuese tan útil instrumento
con que hacer de lo inerme nueva vida.

Pero aunque agrande su minucia viva
el azoro redondo en que las miro
y me apena que no se sepan nunca
tal como son en su afanarse oscuro
ya tan inmemorial como la Tierra

más me asombra mi pena y me convence
de que saberse el ser bien que la vale
aun cuando el precio sea tan alto como
el enorme silencio de allá afuera.

David Lynch fue un soldado alemán que murió en Normandía en 1944

Todo pasó en el desembarco de Normandía hace 76 años. David Lynch tenía 16, era alemán, y recordaba el llanto de su madre tras la despedida. Él lo soñó anoche y lo contó en su habitual informe sobre el clima desde Los Ángeles . Recordé mi propio sueño, quizá tan azul como el reflejo de Lynch, o su fantasma, duplicado en la grabación: yo tenía una familia; mi esposa – a la que no conozco o que no tiene rostro y no identifico con nadie-, luego de una jornada de trabajo, regresó y estuvo a solas con mi hijo mientras yo hacía otra cosa en algún lado de la casa.

Ella, después de un rato – si es que ese después existe en los sueños- me reclamó : ¿te masturbaste al frente de él? Yo no le contesté: intenté descifrar si lo había hecho pero todo se difuminó como en otro sueño que hubiese acaecido dentro del sueño; después me pregunté cómo un niño de unos cuatro años ya se masturbaba e intenté recordar el momento inaugural o mi novela familiar en torno a las pajas. ¿Acaso embaracé a mi esposa en virtud de alguna red de afectos y telepatía en donde mis eyaculaciones solitarias sirvieron para embarazarla?

Hubiera querido soñar con un desembarco y con mi muerte pero el que murió, al menos un poco, fue mi hijo. También nació el germen de mi divorcio.

Una tarde nocturna de Ciencia Ficción en Twin Peaks

Uno termina de leer 1984 y queda con ganas de morir: eso es lo que ha dicho Luis en medio de una tarde, cualquier tarde de pandemia en Twin Peaks mientras algo acecha. Luis se vistió con sus mejores galas y, a medida que se adentró en la oscuridad, empezó a quitarse la ropa. Y, con cada prenda perdida, él reflotaba en la atmósfera del lugar desde el que habló. Aludió al amor, nuestro amor, el amor de todos; refirió a la escuela de Frankfurt y, sobretodo, a la tristeza.

Diario del coronavirus desde el conurbano sur de Buenos Aires #10. Por Leandro Alva

Raúl Berón

Ayer, finalmente sucedió lo que parecía inexorable. El presidente anunció la prórroga de la cuarentena hasta el lunes posterior a semana santa. Habrá que armarse de paciencia y seguir improvisando entretenimientos a fin de estar menos pendientes del moroso avance del reloj, pero nadie podrá tachar la decisión de injusta o desacertada. De todos modos, y es comprensible, hay gente que tiene una especial disposición hacia estados de angustia muy revirados. Sobre todo los mayores de 65 años, a quienes los periodistas designan, una y otra vez, como grupo de riesgo. No es el caso de mi vecina, Carmen. Hace un rato me la crucé en la carnicería y me dijo que este virus de mierda no va a poder con ella. Yo le dije que admiraba su coraje pero que es mejor que tome precauciones y se cuide porque nunca se sabe. Agarró su bolsa con milanesas de pollo y carne picada, y me saludó igual que hace 30 y pico de años: Chau, Leandrito.

Una vez, como dijo el Diego, se me escapó la tortuga. Fuera de joda. Yo era muy chico y andaba triste porque Juanita se había hecho humo. La familia estaba preocupadísima (la mía, no la de la tortuga) y después de buscar y buscar durante horas, Juanita salió de abajo de un helecho en el jardín de doña Carmen. Un lindo recuerdo de mi viejo quelonio vagabundo y de mi añeja vecina cabeza dura.

En este momento, uno quisiera hablar de otras cosas, pero hace dos días se confirmó el primer caso de covid 19 en Temperley, la ciudad en la que vivo. Justamente sucedió a escasas cuadras del Centro Cultural donde trabajo. Un policía desoyó al médico que le había recomendado aislamiento, y siguió yendo a hacer su guardia y a esparcir la peste, ¿qué tul? Parece una constante en las fuerzas de seguridad este tipo de inconductas que no tienen nada que ver con sus funciones primordiales de protección y servicio a la comunidad. La cuestión es que ahora el tipo está “guardado” y la zona aledaña a su casa rodeada con fajas de seguridad que no permiten el tránsito. Nunca falta un boludo de uniforme, de esos que se cagan en todo.

Decía antes que uno quiere hablar de asuntos más amables, y se hace difícil escaparle al discurso del virus. Pero vamos a intentarlo. Hoy, por ejemplo, se cumplen 100 años del nacimiento de Raúl Berón, uno de los poquísimos cantores que le puede pisar el poncho a Gardel. Nunca voy a olvidarme de la primera vez que mi viejo puso uno de sus discos en el combinado que había en casa, y esa voz le hizo un requiebro a la nada para llevársela puesta. Garganta privilegiada para el tango, tenor de una versatilidad notable, de un vigor aterciopelado y un fraseo sin par. No hace falta que les recomiende escuchar alguna de sus grabaciones, hay bastante en youtube. Y así de simple, esta efeméride me sirvió de pretexto para ocupar gran parte del día escuchando al gran Raúl con el acompañamiento de diferentes orquestas. Tal vez la clave asome por ahí; redescubrir algún filón de la memoria que se haya quedado dormido, despertarlo y verlo con ojo nuevo. O habrá que seguir buscando a la tortuga que se escapó mientras el tiempo pasa y doña Carmen ya no me dice Leandrito.

Leandro Alva, Temperley, 30 de marzo de 2020.

Diario del coronavirus desde Chiapas. Día veintiséis

La burbuja de Susana hace agua

El 20 de febrero, en Roma, se instaló la Escuela “Constituyente Tierra”. Su objetivo, escrito por el jurista Luigi Ferrajoli, es el de “sollecitare la riflessione collettiva e l’immaginazione teorica in ordine alle tecniche e alle istituzioni di garanzia idonee a fronteggiare le sfide e le catastrofi global”. Esas reflexiones serán terreno fértil para nuevas burocracias y, por lo tanto, nuevas castas burocráticas. Aunque, ante cada afirmación que hago, me viene una oleada de incredulidad que se sintetiza en un ojalá me equivoque.

Pero ¿me quiero equivocar? Es como cuando toco madera mientras hago un pronóstico o critico una conducta que repudio, pero en la que yo mismo incurriría. ¿Repudio o digo que lo repudio para que no defraude a ese ideal de mí que yo me forjo a partir de mis creencias en torno a como los demás me ven o como quiero que me vean? El margen entre lo que quiero ser, creo ser y lo que los demás creen y quieren que sea es el que incrementa o disminuye el índice de mi cordura y mi autoconciencia radicada en la modalidad de lo ridículo y sus variaciones.

Ferrajoli fundamenta a la escuela en el hecho de que hay problemas globales que no atienden los gobiernos estatales pero que es fundamental solucionarlos pues de ello “dipende la sopravvivenza dell’umanità”.

La humanidad, la Covid: ambas en femenino, como lo prescribió la academia española. Ambas como plagas, o ambas como virus, unos virus en femenino. Y, en medio, los estudios de glotopolítica y demás herramientas que permitan distraer a los académicos en estos días de encierro hasta que se trencen polémicas y urdan ingeniosos comentarios con tinte humorístico.

Las elucubraciones sobre lo que ocurre con la pandemia se han jerarquizado, como siempre, como en el fútbol. La Champions league tiene su clásico en las alusiones de Zizek y las consiguientes réplicas de Byul Chun Han; luego viene la Copa Libertadores, con las audaces críticas en las que se coloca al coreano como un orientalista oriental que escribe desde Alemania, los énfasis no siempre laudatorios a las elipsis y digresiones del Serbio y los llamados a una reflexión propia a partir de las grietas que se le han abierto al ya frágil neoliberalismo.

También están los diarios. Algunos, los que resultan más aguafiestas, se aferran a que los días sí han cambiado, a que el encierro ahora está envuelto en el miedo y a que la humanidad no es una plaga y que eso es un lugar común de incautos que ven vídeos de delfines en bahías sucias hasta hace un mes o ecologistas que poco saben de ecología o simplemente romantizan a una naturaleza que no es más que una invención humana.

Nada será igual y quizá cambie para que todo siga igual, como lo vio Lampedusa.

En México hablan aún de fases de la pandemia y su llegada; hace dos días dijeron que el país ingresaba a la etapa dos y ya dicen que podemos estar en la tres, pero no se sabe muy bien. A veces nada se sabe muy bien.

Entre los comunicados de la secretaría de salud, las discusiones y los diarios que se publican en la red (incluyendo la feroz crítica al libro que ya Salamandra presentó en e-book “En tiempos de contagio”, escrito por Paolo Giordano), me topé con un artículo que refería la nueva tendencia de vídeos de sitios porno durante la pandemia: la grabación de gente masturbándose viendo vídeos que se suben a las plataformas; lo que empezó como una estrategia de publicidad devino en un producto cuyo consumo se ha disparado al punto de que ya hay rankings para encumbrar a los más encarnizados aficionados. “Es algo así como pajearte viendo a otro mientras te imaginas que tu eres el que se pajea así”, dijo el anónimo que escribió el libro. Han, Zizek, Badiou o Agamben tendrán sus sustitutos en el mercado del pensamiento: ¿cómo cambiará la industria, el goce y la soledad en tiempos del Covid? ¿Saldrá el diario de un masturbador o masturbadora durante los días de la peste? Ese será un jaque mate para Giordano. O quizá esas pajas abran intersticios por donde se asome el “otro”, la escucha, los lazos, los afectos y la búsqueda de un pensamiento proclive a la esperanza: saldrán muchos libros y las grandes ligas del pensamiento cambiarán sus nóminas mientras Tomassi di Lampedusa corrobora lo que siempre pensó. Ojalá me equivoque.

J.P Morgan signó el futuro económico de México con una caída en su economía del 7% y  el Papa Francisco preguntó, en su bendición urbi et orbi, si temíamos porque no teníamos fe.

Diario del coronavirus desde Chiapas. Día veinticuatro

El optimismo es la peor perspectiva

Mi diario del coronavirus son puras necrológicas, me escribió Ele. Su mundo ha empezado a caerse a pedazos desde que nació y ha sido una necrología de sus sueños. Cuando yo le decía, entre chapuzas y lamentos, que todo se había ido a la mierda, él me corregía o agregaba que, más bien, las cosas se están yendo a la mierda: él ve un derrumbe, lo señala con su dedo índice mientras la tierra se desploma y parece frío pese a que la primera construcción que se destruye es la de su casa.

Lo que intento escribir es una lista. Me remito, primero, a ayer, cuando Oemefe me mostró un titular de Jornada que refería un intento de suicidio en el centro de Cieudad de México; un muchacho de 26 años se tiró desde un primer piso y no sufrió ni una sola contusión, con lo que se lo entregaron a sus padres. Apenas leí eso me pregunté si una especie cuyos miembros se intentaban matar así merecían el exterminio con un virus. Y luego también pensé que yo buscaba adjudicarle una enseñanza o moraleja u horizonte a algo tan ciego como un virus, a algo que se adhiere a nuestras células como a cualquier otro objeto y deambula con su ARN sin ninguna intención como la que yo le adjudico.

Ayer volvieron a cantar canciones en la iglesia evangélica. Y a esta hora repiten el concierto. No me interesa escuchar lo que dicen, ni tengo la intención de inventar algo. Quisiera carecer de intenciones como el virus y deambular.

Esta mañana, en el noticiero radial, un señor de avanzada edad- al menos eso parece por su voz-, alardeaba el estirón que tuvo la bolsa de los Estados Unidos y el ambiente optimista con el que se despertó hoy Wall Street. Pensé en los delfines que nadan en los canales de las ciudades y en los tiburones que se zambullen en las piscinas y flotan, asoleándose: vendrá el embate y el asesinato: vendrá la emboscada humana. Se harán nuevos proyectos de monocultivos, como el que mencionó López Obrador esta mañana con respecto a la caña que Estados Unidos quiere importar; a los pobres los arrinconarán aún más y deberán comer más animales silvestres; esos pobres contagiarán a los patrones; estos a otros patrones y los patrones a sus empleados y estos a los pobres y los pobres morirán pero se renovará el índice de pobreza con los empleados que han perdido sus trabajos por las nuevas cuarentenas y ellos comerán los animales salvajes que antes repudiaban: ¿las ratas algún día serán salvajes?: todo se está yendo a la mierda.

También anunciaron la muerte, a los 103 años, de Nacho Trelles, un famoso técnico del fútbol profesional de México. En los obituarios radiales llamaron a sus amigos y, entre ellos, a un señor que aludió dos anécdotas del recién muerto. En la primera contaba cómo don Nacho afirmaba creer en Dios pero se preguntaba dónde estaba porque hacía mucho que no lo había vuelto a ver. La segunda se remonta al día en que el entrevistado le preguntó a Trelles por su edad y este le dijo que tenía cien años.

-Ciento tres- le corrigió una de las hijas al otrora entrenador.

-¿De cuántos años quiere morirse?-le inquirió el ahora entrevistado al ahora muerto.

– De ocho-contestó don Nacho.

Diario del coronavirus desde Chiapas. Día veintidós

Susana con los brazos extendidos, como Cristo

El domingo, la iglesia protestante no cerró; adentro cantaron, o aullaron. Y sus proclamas no las logré discernir. No sé hasta cuándo mantengan la decisión de continuar con los ritos; creo que son los martes o los miércoles son los otros días en que intento escuchar sus canciones desde mi casa.  Quise entender lo que cantaban, me apresuré a inventar posibles estrofas en donde le piden a Dios que la peste no los arrase: ellos imploran su salvación particular; hipotético canto, es mejor que se diezme la población de lis incrédulos pues ello convencerá al remanente que sobreviva a la plaga de que Dios tiene una ira tan cruel como cruel es su amor.

Aún recuerdo el domingo y garrapateo versos cristianos que se disuelven. Luego intento hallar a alguna araña que descienda, en su hilo, desde el techo de la casa. Al me contó que había empezado a escribir desde el punto de vista de las cosas y otras criaturas que habitan su apartamento, es un ejercicio de paciencia y prosa contenida que yo no puedo hacer porque siempre miro hacia afuera, a ese gran parque contra el que da mi casa y donde, a mediodía, cuatro borregos arrancan con sus dientes frontales la hierba corta. Se llaman Cornelio, Chispita, Mancha y Luno. O corren unos pollos que recién empluman; buscan, despavoridos, a las lombrices. O cantan unos pájaros que jamás han abandonado a esta parte de la ciudad. Y también evoco la consabida broma de que ahora aparecen animales silvestres en las calles y recuerdo que alguna vez pensé que el rey Kong se tiraba desde lo alto del salto del Tequendama, perpetrando un suicidio que dejaría sin urdimbres trágicas a sus captores y cinematógrafos.

Y luego de ese periplo trunco, escribo por whatsapp a diferentes contactos. Ele me contesta que los europeos nos volvieron a joder con una gripita; me lo dice mientras conduce su camioneta para transportar turistas y empresarios. También hablo con Od, que me cuenta que N.D está recluido en una clínica muy cercana a Bogotá porque tiene alzhéimer y Leucemia. Él ya tiene casi ochenta años y, cuando le cuento a Esfera lo que pasa, Esfera imita la voz de N.D y dice que se siente muy bien de no darse cuenta de la pandemia, que no hay bendición más grande que esa.

Esfera me dice que le hace más daño ver los vídeos de los animales que supuestamente salen a las calles. Ellos no sospechan que esta no es más que una calma orquestada desde las trincheras y, cuando se confíen en su avanzada, vendrán nuevos golpes, más mortíferos, más llenos de saña. Pienso en los animales que han salido, en cómo será su nueva retirada y prefiero pensar que ellos no tienen historia, como nos han dicho y que jamás podrán heredar a su descendencia un testimonio en el que hubo unos días donde parecía que el humano se había difuminado.

La guerra que menciona Esfera no es contra el virus sino contra toda entidad viva de la cual podamos extraer un poco de energía para nosotros permanecer. No queda más que la risa, me dice, una larga risa que ha abarcado más de dos décadas y a la que él se aferra que aún exista cuando aparezca la última mañana de su vida.

Entretanto, en México se inició una campaña sobre el manejo de la llamada “sana distancia”. Desde la secretaria de salud inventaron a un personaje llamado Susana: el intento, enternecedor, busca darle una cara amable a la lucha contra la pandemia; nada de toques de queda, ni de militares. Es un dibujo que nos indica extender los brazos para que ese sea el radio en el cual nos mantengamos lejos de cualquier otro cuerpo humano. Extender los brazos, como los extendió cristo en la cruz, a una distancia sana respecto al par de crucificados que lo acompañaron.