Archivos por autor | Andrés Felipe Escovar

Diario del coronavirus desde Chiapas. Día veinte

Cebolla estuvo con el movimiento magisterial y popular de Chiapas que se manifestó en Ciudad de México y cuyos integrantes, supongo, regresarán al estado en pocos días. Fueron cientos los manifestantes que, en su retorno, pueden tener más virus que una página porno de videos caseros. El propio Cebolla dijo que ninguno se abrazó ni tocó, como a sabiendas de que, si estalla la histeria, ellos mismos pueden quedar aislados. Aunque, en los tiempos que corren, el paroxismo es cosa del pasado. Me figuro un regreso en peregrinación, como si fueran aquellos flagelantes que, con sus pulgas, diseminaron la peste bubónica. Pero mis figuraciones son goce y un oscuro anhelo que se mezcla con el terror para que se destile la voluptuosidad.

Lo llaman Cebolla porque semeja las que dan en los combos de pollos asados en México: son redondas, blancas y un poco dulces. Y él es blanco, redondo y un poco dulce; aunque se pone ácido cuando percibe una critica al EZLN, recuerda las campañas publicitarias de Salinas de Gortari o escucha a alguien que dice que San Cristóbal se llenó de jipis new age que quieren fusionar el chamanismo con el feminismo y algo de zapatismo remozado con proclamas marxistas que ni Marx imaginó.

Cebolla me distrae. Cada día busco a alguien que apenas conozco y lo lleno de cualidades y circunstancias. Me pregunto si Cebolla hará chistes sobre los malos entendidos que surgen entre las palabras cuarentena y cuarentona. Aunque, con los últimos movimientos sociales, él ya no hace chascarrillos que no puedan pasar el filtro de lo machista y ahora propaga, por Facebook, ideas sobre el desmonte de “las estructuras patriarcales que se cristalizan en el estado”.

Cebolla ni siquiera menciona al Coronavirus y por ello me he abstenido de compartirle las bromas que recibo por whatsapp: fueron dos y eran vídeos. En el primero, un anciano que estaba con los pantalones abajo, tirado en una camilla de urgencias, empezaba a acariciarse su verga flácida; en el segundo, un hombre bate su prepucio en un balcón mientras ve un vídeo en su teléfono celular. Es previsible que Cebolla entienda eso como un patrocinio al machismo y a esos tipos que suelen masturbarse frente a las mujeres y los niños. Y lo entiendo y me pregunto sobre mi manera de apoyar la pederastia y las prácticas afiliadas al maltrato y al abuso; Cebolla suele denominar a ese tipo de conductas como dignas de “machín”: rage against the machine, Cebolla, le dije un día y Cebolla apenas se rio. Luego me pregunto sobre lo que esté viendo el hombre del celular; quizá sean los últimos informes de los muertos que hay en Italia o el incremento preocupante de infectados que se ha detectado en Sudamérica. O puede que vea Pornhub, el portal que, según RT, tiene una avalancha exponencial de visitas, en un aumento semejante al de los contagiados por el Covid-19.

Entonces pienso en Marcianos al Ataque y la forma en que repelieron la invasión extraterrestre; quizá sea mediante el ascenso de temperatura corporal, ocasionada por el onanismo, que se pueda vencer al Corona. Y recuerdo, también, que hace unos días Ele me envió un meme en donde un muchachito dibujado decía que si sacaba su líquido seminal a punta de pajas, expulsaba al virus: de nuevo, el machismo y el chiste de un machín que supone que las mujeres se morirán por no tener semen.

Ya no puedo contar mucho de lo que pasa en la calle. Apenas salí al supermercado y regresé con unas cuantas cosas para comer, básicamente dulces que ya he devorado. Hoy el tráfico era copioso y, a diferencia de otras jornadas, las combis estaban llenas de pasajeros. Cuando el virus llegue a la zona norte de San Cristóbal, más exactamente a la colonia La Hormiga, puede darse una infección de gran escala. Y quién sabe cuántos deberán acudir a un hospital donde morirán sin atención necesaria.

Mi vida y se remite a lo que me envían por whatsapp. De lo que ocurre en México apenas sé por lo que me dicen los amigos de este lugar, tan lejanos como los que están en Colombia o Argentina, y por las ruedas de prensa que el subsecretario de salud da todas las tardes, casi siempre con una retórica científica que desemboca en explicaciones burocráticas sobre reuniones, como si leyera el acta de una junta directiva.

Diario del coronavirus desde Chiapas. Día dieciocho

En San Cristóbal de las Casas no habrá dilema ético si una avalancha de Covid-19 rompe las puertas de los hospitales. A diferencia de Italia, acá no hay margen para escoger entre el anciano y el joven que se ahogan; ambos se dejarán a su suerte; ambos terminarán muertos. Los pobres jamás escogemos.

En el centro caminan los turistas (que aún no paran, que prefieren atiborrarse de artesanías y muñecos con la cara encapuchada de Marcos) en los andadores de la ciudad. Esto, al menos, restaña la situación de algunos vendedores ambulantes que tendrán más apuros en unos días, cuando el presidente sepa que, además de apelar a sus escudos protectores (muy parecidos a los que usaban los sicarios en Colombia), debe decretar un estado de excepción.

En otros lugares las personas violarán el estado de excepción por razones diferentes. En Bogotá, por ejemplo, la esposa de Ele ya le dijo que lo peor que le podía ocurrir era quedarse encerrada con él, que de hecho prefería salir e infestarse de cualquier porquería que compartir un espacio que le recordara una de las peores decisiones de su vida. De hecho, me asegura Ele que ella le dijo, es mejor estar muerta que seguir casada. En esa misma aura matrimonial, Jota me dijo que el aislamiento por la pandemia era idéntico a su vida marital, en donde ni siquiera existía el contacto físico desde hacía unos años.

La picaresca en torno al Coronavirus es un meandro de ternura, un rictus que delata la angustia y una incredulidad que se aferra a que nada de esto existe. Aparece una risa de la cual nacen prefiguraciones apocalípticas. En un tiempo, cuando esto termine, pulularán los diarios de la Cuarentena. Habrá obras maestras, otras más ocurrentes que exploren el humor y hasta aparecerán historias de valentía y amor. Ninguna será muy leída, aunque alguna se hará merecedora de algún premio; no por la extinción de la humanidad sino porque, como casi todo, a excepción de una plaga o una guerra o una película ganadora de los Oscar, pasará desapercibida. De hecho, cuando esa película sea premiada, harán un minuto de silencio por los muertos y algún actor reclamará en su discurso por el constante daño a la naturaleza que ya nos dio un castigo con aquella plaga del 2020.   

O puede que este embate no termine, que nos acomodemos al Covid como con al SIDA. Será una cuestión de años. Y si acaso esto eliminara a casi todo espécimen humano y quedaran algunos desgarbados que hagan una secta en donde adoren al Coronavirus, no habrá efigie alguna porque si este bicho se convierte en un ser digno de culto, lo único que se debe hacer es cambiar el nombre de Dios(o su impronunciable nombre) por el de Covid-19: su libro sagrado ya está escrito: no se ve, pero se siente y, si no se siente, lo sufres.

El mismo Jota que me refirió su vida sexual y marital, me dijo que esta pandemia será algo que recordaremos con cariño porque lo que viene será peor. Al decírmelo, me sonríe, al otro lado de la línea de whatsapp. Luego se queda callado y me confiesa que hubiera querido estar muerto desde hace mucho tiempo.

Ya me han llegado instructivos de cómo fabricar gel antibacteriano con elementos caseros. El problema es que el Covid-19 no es una bacteria sino un virus, pero quizá todo ese asunto no pase más que por un asunto de nominaciones.

En San Cristóbal, los automóviles aún circulan pero hay poca gente. Sólo el centro de turistas parece no inmutarse. Es como si los alienígenas supieran de la llegada de otros alienígenas y no les importara, mientras los terrícolas nos retraemos y nos dejamos llevar por la misma suerte del anciano y el joven que no tendrán ningún tipo de ayuda en un hospital colapsado.

Haití no tiene coronavirus, me informó A, entre una carcajada nerviosa, con su acento de cordobés que sabe que hasta el Uritorco toserá.

Ay ti, ti, yo no soy de por aquí, dijo alguna vez Ele, poco antes de su tercer divorcio.

Diario del coronavirus desde Chiapas. Día diecisiete.

Si anunciaran, mediante un comunicado oficial, que pasado mañana será el último de la humanidad, desde ya nos agolparíamos en las puertas de los bancos y haríamos filas con las bocas cubiertas y guantes de látex. Esperaríamos a nuestro turno, creyéndonos monitoreados desde una cámara de vigilancia, y aguardaríamos a que un cajero, oculto tras un barbijo, nos entregue nuestro dinero. Será un trámite más bajo la convicción de que no hay que regalarle nuestros ahorros a un parásito que ha sido banquero (y cuando pensamos en un banquero se nos viene a la cabeza alguien más viejo que el cajero que nos atiende, sin suponer que pudo haber sido uno de esos jipis que en los sesentas lucharon por un cambio). Al final, se declarará la iliquidez del banco y todo culminará en una huelga silenciosa y de indignación.

Del desenfreno prefigurado en las pestes medievales de Bocaccio, no queda sino una amarga sonrisa por aquella edad de la inocencia. El penúltimo día será como el anterior y el anterior del anterior y también será como el último. En una época en la que aún se daban tarjetas de cumpleaños y para el día del amor y la amistad, proliferaba el mantra de vivir cada día como si fuera el último: lo hemos cumplido: vivimos cada día como el último y el último es como cualquier día.

Hace poco releí el Teatro y la peste de Artaud; el entusiasmo del encuentro que tuve cuando lo hallé hace más de diez años, durante la peste del cerdo que me atrapó en Buenos Aires, se difuminó. Antonin confiaba en un terror que no paralizaría, aunque fuera en pro de la crueldad:

“Cuando la peste se establece en una ciudad, las formas regulares se derrumban. Nadie cuida los caminos; no hay ejército, ni policía, ni gobiernos municipales; las piras para quemar a los muertos se encienden al azar, con cualquier medio disponible. Todas las familias quieren tener la suya..”.

Si nadie cuida de la ciudad es porque nosotros mismos nos estamos cuidando o creemos que alguien lo hace desde algún lugar. Artaud aludió una fisonomía espiritual de un mal que tenía impactos orgánicos, específicamente en el cerebro o los pulmones, lugares en los que se aloja la voluntad o, al menos, se refleja, según él. Podemos acelerar la respiración o mitigarla; los pensamientos se atiborran como nosotros frente a los supermercados, o circulan como los hilos de agua en las sequías. Estamos apestados antes de la llegada del virus.

Durante estos días, aún aferrado al optimismo, me aburrí. Apenas se acabó mi propia gripe – o se escondió, no lo sé-, sentí que en San Cristóbal de las Casas no brotaba la conciencia apestosa que crecía al otro lado de la frontera norte del México o en la otra orilla del Atlántico. El asunto se pone malo; el presidente López Obrador besa y abraza a sus seguidores porque confía en que sin corrupción superará la pandemia, mientras arrecian las críticas de epidemiólogos y las franjas publicitarias de los noticieros se limitan a explicar lo que debe hacerse para evitar el contagio.

Aún no ha estallado la diseminación, pero todos la esperan, sin comportarse como el poeta filipino que aguardó al Tsunami en Mindanao, con los pantalones abajo, sobándose los genitales. Más que una disposición al enfrentamiento, nos retraemos. La historia de ese poeta y su final, más extraordinario que su propia obra (si por obra se entiende lo que escribió Novarro), ha inspirado a algunos rapsodas que, en el encierro de las grandes ciudades, evocan a esos pequeñines que otrora pudieron hacerlos sonreír.

T, desde Nueva York, me contó que el día de su cumpleaños, la semana pasada, cuando la ciudad ya empezaba a sitiarse, decidió salir a un bar de negros. Quería coquetear y escuchar historias porque, en sus palabras, “quería echar[se]mano pero, si lo ha[cía], ten[ía] que lavár[selas] y le da[ba] pereza”. En el bar, pese a sus flirteos pueriles, escuchó la historia de un latinoamericano en Pekín que quiso “echarse mano” pero no podía porque no hallaba jabón para lavarse las manitas, así que se suicidó. La razón de la extrema medida de higiene, según T, no respondía al coronavirus porque, en la hermosa época cuando ello ocurrió, la pandemia era la del SIDA y, por lo tanto, aquél latinoamericano escuchó que, masturbador que no se lavara las manos, podía inocularse el vih. El hombrecillo era adepto de Hugo Banzer Suárez, con lo que se resistió a recibir una ración de jabón comunista en la plaza de Tiananmen y prefirió la muerte.

A la historia de este rapsoda, se sumó la de Hache, residente en San Cristóbal de las Casas. Él suele hablar en medio de unos eructos que hacen más sensual su acento salvadoreño, sobre todo cuando enuncia cosas como Salud Pública o Panóptico. Su esposa pretendió regresar a su país de origen justo horas antes que Nayib Bukele ordenara el cierre de las fronteras. Ella está en cuarentena, en unas instalaciones semejantes a las acondicionadas para los posibles campos de concentración en los que se hacinarán a los potenciales enfermos. Quizá sea la respuesta a las políticas migratorias que hace años tienen para con ellos en México y Estados Unidos, quizá ocurra que los rubios deban agolparse en las fronteras, aferrados a la posibilidad de no enfermarse para entrar a las llamadas “repúblicas bananeras” que serán el refugio donde apenas ocurren guerras civiles y matanzas selectivas.

Ene me enseñó, el viernes anterior, un vídeo tomado desde la cámara que instaló en su casa en San Juan Chamula. En ella aparece, en medio de la noche, una sombra amarilla que camina justo fuera de la construcción; se detiene un rato y sigue su camino. Ene me preguntó si era un fantasma; yo no supe si se refería a esa luz o a mí porque, desde hace un tiempo, su mirada percibe a criaturas que los ojos de los demás humanos apenas sabemos de oídas.

Proliferan las historias. Ignoro si las que aparecen en las agencias de noticias sean como los espectros de Ene o como el sudamericano que se mató en aquella China continental de comienzos de los noventa.

Diario del coronavirus desde Chiapas. Día nueve

Puede que el Coronavirus haya parado sus actividades el domingo durante las marchas en San Cristóbal. Nadie se protegió la boca con un barbijo y muchas se abrazaron y se besaron.

Ayer, lunes, en las calles y oficinas hubo pocas mujeres. Ellas pararon, pero las turistas no; se, como siempre, arracimaban en los puestos de ventas de artesanías o le compraban una pulsera a alguna muchachita que viniera de Chamula. Porque también hubo algunas mujeres que trabajaron, principalmente las vendedoras ambulantes y las que atendían en los cafés y restaurantes.

El Coronavirus deja de llamarse así. Se difumina entre nuevos chistes y noticias, como la del desplome del precio del petróleo; el virus ha cerrado sus fronteras en algunos estados como Italia y también se cerca su capacidad terrorífica. Y, pese a que algunos medios persistan en el miedo, el valor del hidrocarburo se ha convertido en la principal fuente de pánico.

En San Cristóbal, la espera de la llegada del corona – que ya lo llaman Covid-19, en un paso más hacia su naturalización y consiguiente descenso en la tonalidad del miedo- se ha acabado. Aún me aferro a una nueva oleada que se creará desde los Estados Unidos; Trump no ha sido capaz de nombrar a la enfermedad y se refiere a ella como “el virus del que todos hablan”, lo cual es el atisbo de una nueva campaña que puede incrementar la venta de tapabocas y alcohol en gel.

Ayer, sin embargo, mientras caminaba por uno de los andadores, me topé con el aviso de una farmacia en donde se promocionaban los productos necesarios para combatir a la virtual pandemia: se ha hecho necesario poner avisos, impulsar al pánico porque este no estalla del todo. A mí la tos se me ha escapado de a poco y trato de toser para recordar los días de frío, asfixia y espera. Todo se va: queda el sol y la primavera. Quedan las alergias y el empecinamiento de continuar con un diario que se espacia entre una entrada y otra y que se debate en el olvido, como el corona que, pronto, dará paso a la dicha de la vida normal del mundo y a la segmentación de las plagas a porciones terrestres que a nadie le importan.

Diario del coronavirus desde Chiapas. Día siete

El día seis fue un vacío. El día séptimo, también. De no muy lejos llega la música de una iglesia evangélica; cada semana se repite la melodía de una balada que no cesa de sonar durante un par de horas. No logro escuchar lo que dice, pero supongo, por la cadencia, que es una loa al abandono que cristo inflige: una lisonja que llama a la reconciliación, entrega y sumisión propias de una relación remachada por la culpa que llenará de vacío los días venideros.

La iglesia celebra con gritos y bailes el séptimo día y la aparición del hombre. Muy cerca hay otras que pululan en San Cristóbal de las Casas. Mucho tseltal, tsotsil, tojolabal o ch´ol se afilia a estos templos y se dedica a escuchar las loas durante los demás días de la semana. No es extraño escuchar las baladas a cristo en los taxis e, incluso, en las llamadas cocinas económicas.

A esta música que retoña los domingos, se ha sumado el regreso del sol. Pasaron las tres jornadas frías, aquellas que parecían el escenario propicio para la paranoia. Quizá, como ocurrió el primer día de la creación de esta plaga, hace justo una semana, todo se robustezca con la calidez de la primavera… esa extraña primavera, cercana a la selva pero con los visos de un país que se autoconstruye como estacional.

Entre el vacío de estos días de encierro, recordé que mi edad ya sobrepasa la presumible mitad de la vida. Y aparecen los lastres, las ausencias y lo que me abstuve de realizar. Incluso me tiento cuando husmeo los muros de Facebook de algunos compañeros de la universidad; todos ellos abogados, con familia y altos cargos en empresas privadas o gubernamentales. Yo abandoné esa perspectiva, o ella me abandonó a mí, para quedarme en la casa de mis padres e inventarme que escribía, con lo cual tuve que publicar y así justificar esa decisión que no fue más que un pretexto para hacer algo que se pareciera mucho a hacer nada y naderías.

Hace algún tiempo hablaba con un amigo de Bogotá -una mañana de esas de días ordinarios, sin pestes ni accidentes graves-, mientras tomábamos un café y comíamos una galleta de avena para diabéticos en la única panadería para estos enfermos que había en varios kilómetros a la redonda, que hubiera sido mejor ocupar el lugar del idiota de la casa; vestir un pantalón de sudadera y peinarse de medio lado, muy fuerte hasta quedar calvo, y acompañar a la mami pensionada a comprar el mercado del mes mientras los hermanos ya se han casado y tienen hijos y tratan asuntos que al idiota apenas le importan. A este idiota, su idiotez no le alcanza para que se lo considere como especial y se lo inscriba a alguna institución; tiene la capacidad de usar el transporte público y nadie entenderá que él también tiene deseos sexuales. Es más, será el único en quien pervivirá el deseo sin que medie un coito para exacerbarlo y renovarlo; esta forma de idiota será el último reducto de una época de mierda que declina para que llegue un estercolero renovado.

Yo hui de ese monumental hundimiento. Me interné en la medianía de quien finge interés para que le paguen por una investigación que nadie leerá, ni siquiera yo mismo y por eso me retumba el Covid 19 como una sombra redentora parecida a la que cantan en las iglesias evangélicas: haré canciones, baladas al Covid-19 y su apatía.

Es tal el declinar o el cansancio generado por la virtualidad de la plaga que no llega que ayer fui a una reunión de muchachos y muchachas más jóvenes – invitado por un joven amigo que me ve como a un señor cansado- y todos ellos descreían de la enfermedad; no me vieron con sobresalto cuando entré abrigado y tosiendo cada tanto. Supongo que adjudicaban mis accesos al aire apestado con el humo de la marihuana que circulaba como el preámbulo de la fiesta. Estuve el rato suficiente para saber de mi medianía y mi mediana edad, para recordar mi hambre de haber sido uno de esos idiotas limítrofes. Entre las charlas, discerní las de las muchachas que referían los puntos de encuentro para las marchas de hoy y lo que ocurrirá mañana en el paro de mujeres.

¿Hará paro el coronavirus? ¿Será mañana su embate? ¿Acaso el nueve de marzo de 2020 es una fecha que olvidó el fray Nuñez en sus visiones terribles y se instalará como un nuevo apocalipsis? ¿Hay alguna posibilidad, un humano, salvo el idiota limítrofe, que considere que su vida no se desperdició? ¿Acaso el idiota limítrofe es el único que sabe que vino a comer desperdicios y a esperar a esa muerte que no le importa que la vehicule un balazo, una enfermedad o un accidente?

Pese a la indiferencia de quienes festejaban, una jovencita se percató de mi tos y me preguntó de dónde venía. Le dije que de China, aunque pasé un par de días en Milán. Ella sacó un frasco de gel desinfectante y me recriminó por no haber ido al hospital, al tiempo que embarraba sus manos. Le contesté que temía que me metieran en una celda de vidrio para analizar la evolución de la peste en mí.

Dejé la fiesta a las diez y media de la noche y llegué a ver documentales del Universo.

Diario del coronavirus desde Chiapas. Día cinco

Mañana ni siquiera seré un mal recuerdo: como una admonición a cualquier promesa de eternidad que gravite en torno a la memoria, se inserta en los enunciados que, a lo largo del recorrido, uno se encontrará. No me refiero al cementerio de San Cristóbal sino al de El Triunfo, en Colombia. Triunfó el coronavirus y su entrada, entre laureles de prócer, fabulan un pánico que anuncian a la plaga.

Seguramente, en el cementerio de El Triunfo no yace ningún triunfador. Si es que por triunfo se le denomina a un espejismo en donde el nombre sobrevive al cuerpo por algunas centurias. El Triunfo mismo se abroga su nombre porque ni siquiera será un mal recuerdo. La Tierra misma tampoco lo será; el cielo, en esos espacios oscuros, está lleno de cosas que se postran en algo más profundo que la amnesia.

Pese a la cercanía de San Cristóbal con el Coronavirus de Tuxtla, este dio un salto cualitativo y llegó a Bogotá. Los senderos del virus son semejantes a los de los electrones; no hay trayectoria que pueda predecir los puntos de partida y llegada porque no hay de dónde salir ni a dónde llegar.

También mis pensamientos saltan y los dirijo a mi ciudad de origen; sin cerrar los ojos, me figuro a sus calles sembradas con caras muertas y abrigadas con tapabocas. Pero esto es más una ilusión, como la del cementerio de El Triunfo. Triunfar también consiste en carecer de deudas bancarias y ningún muerto de ese lugar puede considerarse triunfador. Todos le deben algo a alguna entidad que haya promocionado un crédito para comprar la comida a unos pollos que se murieron de SARS o una casa que se derrumbó con el último terremoto. Las que jamás se muere ni se derrumba son las deudas: los espacios negros del cielo son los saldos en rojo de las cuentas bancarias y los intereses mensuales causados por un préstamo con cláusulas leoninas.

Covid-19 es uno de esos créditos, firmados por un laboratorio que cobra por anticipado el precio de una vacuna que aún no inventa. Y si no hay lugar a la vacuna, se acude a una renovación de modelo: Covid-20, Covid-21, Covid-22, hasta que se pase a otras siglas o se le diga, genéricamente, el mal chino.

Y chinos malos sobran, como dicen en El Triunfo, como lo repiten en San Cristóbal. Pero ya este asunto no es cuestión de los chinos sino que hasta el mismo clima de Chiapas se ha plegado al frío para propiciar un ambiente más adecuado con l una plaga. Hoy el cielo semejó el otoño, y los árboles que se guían por las estaciones más adheridas al ártico permanecen pelados, como chamizos prestos a incendiarse por la misma providencia divina que designa las hecatombes y sus víctimas.

En esa baja de temperatura se llevó a cabo un concierto de cello en el norte de la ciudad. Interpretaron Adiós Nonino y, en el intermedio, un guitarrista ejecutó unas composiciones de Agustín Barrios. La presencia de Sudamérica me retrotrajo a otros tedios, más juveniles, y, por lo tanto, más llenos del entusiasmo de extinguirlos. Ahora soy un tedio que se asume como tal y quiere más cucharadas de aburrimiento.

Espero a Covid-19 y puede que sólo me llegue el 21 o el mero mal chino en forma de un plástico que se rompe tan rápido como la bolsa en la que viene envuelto. Quizá no tenga el suficiente pasado crediticio para hacerme al virus. Quizá todo consista en sentarse a esperar la enfermedad mientras se muere esperando.

Diario del coronavirus desde Chiapas. Día cuatro

El calor y el viento frío provoca que los habitantes de San Cristóbal salgan con abrigos delgados mientras que los turistas se coloquen, apenas, un esqueleto y calcen alpargatas. Unos sienten frío y otros calor; entre el tiritar de uno y la transpiración del otro, aparece una tenue desconfianza y el hambre de un final del mundo en un municipio que parece cumplir, al menos en sus andadores del centro, las características de una postal de National Geographic.

Hace mucho tiempo, un obispo de Chiapas, un dominico neogranadino que se llamaba Francisco Nuñez de la Vega, avizoró dos posibles levantamientos apocalípticos que tendrían como centro a Chiapas.

El primero de ellos, según el profeta que se ocupó de acabar con cualquier credo o rito que fuese en contravía del catolicismo, ocurriría en 1712. En ese año ocurrieron cosas que, para algunos, fue el fin de una época e, incluso, de su mundo: se levantaron los tzeltales en Cancuc y empezaron a llamar a San Cristóbal-nuestra Ciudad Real- Jerusalén, pues estaba llena de impíos de sangre española que podía trocarse por la de los malhadados judíos y buscaban su caída gracias a la sublevación.

Para infortunio de los tseltales, Jerusalén no cayó y, pese a que no es la ciudad más grande de Chiapas, pervive y es una babel en cuyas puertas abiertas se exhiben y venden artesanías costosas, joyería hecha a base de plata y ámbar y blusas coloridas que bien pueden funcionar como souvenir o como rasgo distintivo para acceder desapercibido a alguna casa de altos estudios culturalistas.

La segunda premonición de Núñez apuntó a una nueva hecatombe que tendría lugar en 1994.  Ese fue el año en que el EZLN llegó hasta San Cristóbal y protagonizó la narrativa de una revolución que funcionó como un estertor ante la andanada de triunfalismo que se orquestaba desde los Estados Unidos, desde que se destruyó la burocrática Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Por unos días pareció que Francis Fukuyama sería mordido por los murciélagos de la selva Lacandona.

El mundo siguió andando, a pesar de las revoluciones siempre encharcadas en mitad de sus propios sueños y del pregonero Nuñez.

Y seguirá andando a pesar de mi sudor frío y de la tos. O del coronavirus que ya empieza a cansar a los habitantes: no llega a San Cristóbal y poco a poco empieza a difuminarse, salvo porque haya un estallido que, de una vez por todas, sacie el hambre de una catástrofe equiparable a la angurria del fray dominico.

Hace un par de días un lector comentó que el coronavirus iba a ser como la visita del papa a Colombia: mucha expectativa y una subsiguiente decepción. Lo que decepciona es la falta de letalidad y su lentitud; de hecho, puede que sea letal pero, si es tan perezosa como el SIDA, termina por convertirse en una afección asimilable a la naturaleza propia de vivir. Es como si el juicio final tomara los mismos tiempos que un proceso judicial en un juzgado: quizá ese juicio se convierta en el punto final de un purgatorio lleno de bostezos cuyo sellamiento es una condena inimportante.

Hoy San Cristóbal está escéptico e incurre en su normalidad. Los turistas se toman fotos y se sienten en el fin del mundo, o el confín, porque el fin parece ser asunto de Fray Núñez, al menos en estas latitudes.

Hoy hubiese sido un día maravilloso para que la peste comenzara, pero lo único que semeja a un embate de proporciones bíblicas es la avalancha de turistas enrojecidos como langostas que, por donde pasan, dejan un hálito de mortandad, como las langostas, las otras, las que azotaron a Egipto. Y, pese a todo, Egipto continuó.

Diario del coronavirus desde Chiapas. Día tres

N. me dijo que lo quieren matar en su pueblo. Ignora quién y supone que es envidia porque él está construyendo, por fases, una casita cercana a la de sus padres. N. va todos los fines de semana y pasa una noche allí.

El pueblo en el que nació y creció se llama San Juan Chamula, queda muy cerca a San Cristóbal, a no más de treinta minutos en automóvil.  Este lugar lo apetecen antropólogos para ejecutar sus investigaciones; desde las fiestas hasta los rituales que se hacen dentro de la iglesia, sirven para poner a prueba teorías que les acrediten un título doctoral, pero los habitantes prohíben las fotografías, con lo que las apuestas por un buen trabajo se redoblan.

A N. el temor de su asesinato se le disipó cuando se enteró de la llegada del coronavirus a Tuxtla. Desde ese momento me suele preguntar cuál es el avance del virus y no oculta su temor cuando me ve toser o siente que mi voz es más gangosa que de costumbre. No sé por qué le teme más al hipotético embate de una peste que a los presuntos asesinos que suelen acercarse, encapuchados, a su inmueble, y trazan cualquier trampa para que él caiga muerto. Ni siquiera se ha planteado que quizá lo que quieren hacer sus agresores es asustarlo para que se paralice.

A D el coronavirus es un temor que sólo lo petrifica cuando habla conmigo. Hoy me contó que en la agencia de noticas rusa RT informan la existencia de una cepa más agresiva que el Covid-19. Días antes me dijo que lo que más lo angustiaba era la virtualidad de la angustia de enfermarse porque eso le bajaba sus defensas y su aparato inmunológico se convertía en una presa fácil para las afecciones.

También me he topado con los que ocupan cargos de intelectuales en diferentes instituciones. A la mayoría de los pertenecientes a ese gremio no les da el más mínimo asco saludarme por mi resfriado, muchos descreen de la gravedad del virus y alegan que se han perdido muchos tapabocas que bien hubiesen podido usarlos personas en quimioterapia y no incautos a los que manipulan las corporaciones mediáticas.

Con respecto a ellos he pensado que puede ocurrirles lo de Perlongher: escribió un libro donde denunciaba el estrangulamiento del deseo a partir del SIDA y años después adquirió, como en una oferta, el síndrome de inmunodeficiencia.

Las actitudes frente al coronavirus se diluyen como los rostros tras los tapabocas. Acá no he visto un desfile de personas que tengan medio rostro tapado, pero cuando preguntas en un almacén por un barbijo te contestan que no hay disponibles. Me dijeron que la escasez se debe a que los chinos fabrican esas cosas y, seguramente, si llega un barco atiborrado de las mismas, estas estarían contaminadas y el máximo vector de la peste sería el elemento que la combate: el caballo de Pekin y el consiguiente triunfo final de la revolución cultural.

Acabo de ver que han cancelado las más importantes carreras de ciclismo que se llevarán a cabo en Italia durante este mes. También a mi celular llegó la notificación de que un perrito, en Asia, se contaminó con el COVID-19. Pronto la peste se convertirá en una amenaza mundial para las mascotas y se estatuirá un peligro mayor porque tanto los monocultivos de soya como el eterno amor a nuestros compañeros fieles, estarán por el terror y la debacle económica.

Diario del coronavirus desde Chiapas. Día dos

Estás enfermo porque te quieres morir, me dijo; a mí me pasa con las ventanas altas, me quiero asomar por ellas y ver si me puedo tirar y eso me da repulsión, agregó; en ambos casos lo que ocurre es que queremos estar muertos y tus ventanas son los virus y tus virus son mis ventanas, concluyó no sin antes decir que no es temor ni a los virus ni las alturas sino al deseo de estar muerto que choca con el impulso de vivir.

Con lo que él me dijo me quedé media tarde, anegado de estornudos y mocos que rebalsan mi nariz al punto que algo parece derretirse en mi cuerpo y a duras penas sale, con goteos, por esos orificios. Cuando comiencen a supurar mis demás cavidades debo alarmarme e ir al Hospital de las Culturas donde seré el primer caso de coronavirus mutante. Entretanto, basta con sonarme.

En la noche, otro amigo me dijo que no compartía la idea de que haya un hambre de morir, al menos de mi parte. Y la razón, según él, es que me solazo con el aburrimiento y no sería para nada aburrido que mi vida se interrumpa con una peste y hay peores y más mediocres maneras para prolongar el aburrimiento. No sé si me convenció, pero pensé en Highlander y en Christopher Lambert que, para mí, es inmortal.

A veces, cuando camino por alguno de los andadores del centro de San Cristóbal, veo a europeos y gringos que se parecen a actores de cine, aunque jamás he visto a uno parecido a Lambert. También me topo con un joven que llora y dice ser mensajero de los zapatistas; suele acercarse a los de aspecto foráneo y relata la historia a cambio de unas monedas. Ignoro si quienes lo escuchan le pagan por su actuación o porque le creyeron y esperan alguna retribución como un viaje clandestino a algún reducto del EZLN.

Pero el centro queda lejos de donde vivo. Estoy más cerca del norte, de barrios como La hormiga, habitados por personas que provienen de las zonas rurales de Chiapas. La mayoría son Tseltales, Tsotsiles o Xoles, con lo cual se cumple el patrón de todo el continente: los indios habitan los lugares que se consideran pobres para los índices estatales. Para llegar al casco histórico necesito tomar una combi, el vehículo de servicio público en donde uno se sienta en una banca que ocupa todo lo largo de la camioneta y piensa que esa es una buena manera de realizar un viaje interplanetario.

A ese medio de transporte prefiero no subir en estos días. Temo que si estornudo, como lo he hecho en las últimas horas, me bajan o directamente me llevan, a la fuerza, a algún hospital público. Allí ordenarían una cuarentena, y viviría de manera muy parecida a como lo hago hoy.

Ayer, cuando fui a comprar unos pañuelos, las mujeres que atienden en la farmacia me miraron a los ojos y repararon en mi acento; indudablemente no era europeo sino más parecido al de un migrante centroamericano. Quizá vean con buenos ojos que quienes atraviesan México en caravanas lleguen enfermos a la frontera, como si esa fuera una manera de vengarse de lo que ocurre en el norte.

No se ha registrado, oficialmente, un nuevo enfermo de coronavirus y aún no llega a San Cristóbal. Y eso otorga tranquilidad a algunos habitantes; el estado de excepción también se cifra en la creciente confianza en quien dice protegernos y limitar las llamadas libertades civiles e individuales.  Además, en Ciudad de México, anuncian con cierto dejo de triunfo que el primer enfermo de coronavirus ya fue dado de alta. ¿Y si empezara a supurar mucosidades por todos sus orificios?

Alguna vez leí la biografía de Jacinto Novarro, un poeta filipino que esperó la llegada del tusnami que golpeó a Mindanao en 1976, parado en una costa de la isla. Quisiera ser como él, pero no soy poeta y esto no es un tsunami sino una gripa. Y estornudo.

Diario del coronavirus desde Chiapas. Día uno

La peste comenzó antes del primer estornudo y su vector fue whatsapp.

Una vez más, el portador de la muerte es un español que viene del otro lado del atlántico y quizá sea un familiar de Federico García Lorca.

Una vez más, la amenaza de destrucción llegó de Europa pese a que nació en China.

Ayer discurrió la primera tarde primaveral en San Cristóbal de las Casas. La ciudad, aunque ubicada en el sur de México, aún resiente los efectos de las cuatro estaciones: son coletazos como reminiscencias de que al norte hay vientos helados, nieve u olas de calor que achicharrarán los pastos para confluir en otro posible final de la Tierra.

En la primera tarde de primavera se diseminó una rueda de prensa, dada por las autoridades de salud del estado de Chiapas, en donde notificaban el positivo de una chica de 18 años.

La joven está en Tuxtla, a unos cincuenta minutos de trayecto en automóvil de San Cristóbal; es la calurosa capital de Chiapas, la cual me recuerda los viajes que hacía, cuando pequeño, a lugares más cálidos que Bogotá. Esta región tiene la particularidad de recordarte el lugar donde naciste pero luego se aleja de esa urdimbre memorística: al lado de las matas de plátano piafan los vientos de alguna banda que te enfatiza estar más cerca de Estados Unidos que de Colombia.

San Cristóbal, al menos en su casco histórico y refaccionado, es una ciudad mucho más conocida que la capital del estado. Se convirtió en uno de los centros de peregrinaje de revolucionarios new age y académicos -muchos de ellos new age- que, luego del levantamiento zapatista del 94, buscan un encuentro con el bienamado Marcos o su espectro y luego planean viajes psicotrópicos a zonas más plegadas al canon beatnik de México.

Esa facie de San Cristóbal contrasta con la de los indios y mestizos cuyos antepasados han vivido durante siglos en la otrora Ciudad Real. Cuando uno se adentra en esos lugares, el efecto museístico y de galería se diluye en dinámicas de un pueblo mediano: el susurro, el encierro y la resignación de que nada grande podrá ocurrir en un lugar como estos, abonan una tranquilidad irrevocable, incluso, para una peste.

Y es en el pueblo de los mestizos e indios donde se erigen mastodontes como el Wal-Mart, poco apetecidos por los extranjeros, pero necesarios para los locales. Ayer, cuando me enteré de la rueda de prensa, fui hasta el almacén. Adentro no encontré alcohol en gel ni tapabocas, pero persistía la adaptación tropical a “Escándalo”, el éxito de Raphael, mientras alguien disfrazado de caricatura bailaba y ofrecía pedazos de embutidos a los compradores.

Aún hoy no he salido a la calle. Quiero ver cómo emerge la desconfianza con los extranjeros mientras me siento privilegiado. En 2009 el H1N1 estalló en Buenos Aires justo el día que decidí mudarme a un inquilinato porque me separé. El final de aquella relación se mezcló con una ciudad sitiada: lo que comenzaba con autocomplacencia terminaba en pánico.

En San Cristóbal, el terror ha estallado con un español que quizá no existe. O ya esté muerto. O padece de tos en un camastro abandonado en un hospital público.

Por primera vez, en mucho tiempo, se recordará que alguna vez este lugar fue llamado Ciudad Real. Se recobrará el nombre porque lo habitarán coronados, coronadas y coronas.

Volverá a llamarse Ciudad Real porque se topará con una realidad opuesta a esa suerte de parque temático para revolucionarios europeos y norteamericanos ocasionales en que devino el municipio, luego del levantamiento zapatista.

San Cristóbal coronó. Como los narcos que saben del final feliz de uno de sus fletes con destino a Nueva York.