El objetivo de los psiquiatras (Sándor Márai)
Sándor Márai, en «Divorcio en Buda», escribe los pensamientos y las historias de un juez de divorcios y de un médico que está en el proceso legal de separación. Este hombre, el futuro divorciado, en un momento dado refiere la belle époque sentimental y emocional que vivió cuando comenzó su matrimonio y cuenta cuál fue su éxito con una de sus pacientes. Márai, emparentado con el dolor húngaro, aumentado con el dramatismo de su suicidio en 1989, no es muy leído desde la amargura del humor que da toda decepción. Acá les presentamos el extracto donde, una vez más, los psiquiatras o el ejercicio de la medicina para la mente, queda al desnudo:
… por la tarde trato a una señora riquísima pero histérica mediante hipnosis, sin esperanza alguna en el tratamiento, mas con tal fe y determinación que ella se siente mucho mejor en sólo unos meses, consigue incluso dejar la morfina y tardará algunos años en tirarse por la ventana.
En «Divorcio en Buda». P. 148, Ediciones Salamandra. Traducido por Judit Xantus Szarvas
Paco de Lucía, Q.E.P.D

Manolo Sanlúcar lo dijo: «Paco encanta al que no sabe de esto y vuelve loco al que sabe». Hoy Paco empezará a encantar y enloquecer desde el furtivo escenario de los muertos. Falleció en la costa que da al mar que más le gustaba (el de Cancún). Les presentamos un documental sobre el guitarrista de Algeciras que hizo temblar a los ortodoxos más radicales del flamenco:
Habemus divortium
La imagen se amplía al pinchar sobre ella.
Uno se casa como si nada y se divorcia como si todo. Digo uno para evitar el vértigo de decir: me caso como si nada y me divorcio como si todo. Y loo digo así porque aguardo a otro divorciado que se resguarde del tedio sentándose en el banco de algún parque a mediodía, cuando pululan los oficnistas cansados, tirados sobre el prado, retardando los últimos instantes de luz solar que les queda en la jornada. Su después, el de los oficinistas, es retornar al cubículo y sentir la noche blanca de la luz halógena. El después del divorciado se cifra con la clasificación personal de sus divorcios: están los que cuestan años y retornan en los instantes de silencio, en las filas de pago de cuentas, en las salas de espera de consultorios odontológicos u ontológicos y se van a la salida de la cita con el analista que lo convence a uno, sin decir nada, de que se tomó la mejor decisión o con las dos o tres píldoras para dormir y olvidar que se vive y se está divorciado o con las dos o tres píldoras para despertarse y evitar soñar que se está siendo un divorciado una y mil veces, suspendido en el sueño que devasta y deja el sabor de una erección acomodada a la amargura de haber caído en un cansancio constante, lento, suave como cualquier torrente de un río que se seca. Y digo uno para embalsamarme con la virtualidad de que mucho divorciado debe ir al consultorio de alguien que parece escucharlo y tomar nota de lo que dice. Otros divorcios, su recuerdo y avivamiento, aparecen cuando uno se encuentra con quien se efectuó el divorcio, ese sujeto borroso y viejo y ajeno y a uno lo atisba algún intento de sonrisa y no queda otro remedio que intentar llorar, al menos por dentro porque por fuera hay que decir con la cara que todo sigue igual, que nada empeoró ni mejoró porque este todo sigue siendo terrible. Y digo todo por no decir: que nada empeoró ni mejoró porque esta vida sigue siendo terrible. O muy terrible. Van a vienen los divorcios, no como el mar ni sus olas porque el primero siempre está y las otras sólo llegan a la costa y desaparecen; las olas son como la vida y, como ella, se borran sin dejar la más mínima huella de su existencia, en suma, se olvidan. Los que sí van y vienen son los divorciados por los que digo uno; en sus caras se ve el divorcio aunque aún pasen la luna de miel. Un amigo con cara de divorcio desde que era niño, siempre que se divorcia me dice: habemus divortium. Entonces lo veo como un anunciador de pontífices, recién salido de un cónclave agotador y dispuesto a próximos divorcios. Habemus divortium, susurré mientras fotografiaba al hombre que parecía un Jonathan Franzen pero digno, con las piernas cruzadas, ansioso, tocándole la pierna a su esposa y ella, como si hablara por un celular, el celular invisible del hastío por alguien, ya está segura de que habemus divortium: uno se divorcia como si todo y se casa como si nada.
La muerte según Fogwill
Fogwill afirmó en el prólogo a la edición hecha por Alfaguara de «Cuentos completos» que todos sus relatos fueron escritos bajo el dictado de una voz. En el caso de «Restos diurnos», la muerte, la oscuridad, los fantasmas, los ruidos, la cocaína, el humo del cigarrillo, la paternidad, el divorcio y el desvelo se entrecruzan en una narración que es imposible de acceder por medio de una paráfrasis. A continuación, un extracto de este relato escrito en 1994:
La muerte es una prolongada suspensión. Cesa todo. Siente cómo se despega el cuerpo: es una lámina invisible que se ha desadherido y ya no envuelve, y el cuerpo, vuelto ahora un objeto, doblado sobre sí junto al cuerpo de la otra, quebrado, ensangrentado, inútil. Son dos muñecos más fingiendo un gesto que a nadie habla: ni a él, ya fuera, ni a los hombres de blanco que auscultan, ni a los hombres uniformados que miden y marcan con pintura amarilla el recorrido de sus últimos pasos, ni a los vecinos que se agrupan en la vereda curioseando, ni a los muchachos de la fotografía que han llegado y disparan en el aire sus flashes y rondan todo. Pero él no oye. La muerte es comprender, prolongadamente comprender. No oye, ve sin mirar y no huele ni toca. Puede atravesar mil veces las paredes de madera de ese vestuario y junto a los cuerpos, bajo los cuerpos, entre los cuerpos y dentro de ellos, ese interior inútil, sustancia inútil.
Tampoco habla. Ya nunca se atreverá a hablar para no sentir más el horror de las palabras que no salen, porque no tienen dónde ni hacia dónde salir. Ya no hay lugar; la muerte es una duración sin sitios, los lugares son simultaneidades fijas y ese horror a las palabras sin materia es lo que siempre le impedirá hablar; la muerte es suspender el riesgo de todas las palabras que nunca se podrán decir. Uno, despegado del cuerpo como la superficie inútil de un envoltorio cotidiano, se arroja en medio de lo que ya no sirve y queda ahí, donde ya no hay lugar ni tiempo, sólo la duración, estática, y la extensión, simultánea, como si todos los lugares reconocibles fuesen vistos de una sola vez por el ojo multiplicador de un insecto. Definitivamente, no es penoso morir: así, esto que ve o comprende no es sino la prolongación de lo que hubo antes y quedó ahora doblado, usufructuado por los hombres, desplazado, medido, cortado y observado por los hombres. Eso que ya no es él, ahí yace.
La droga comecerebros
En un comercial de 1983, patrocinado por el banco Cafetero de Colombia, un hombre se droga con una sustancia no identificable- quizá es una premonición de los fármacos del futuro, donde los chutes serán producidos por la liberación de alguna sustancia instalada en el interior del cuerpo- hasta quedar totalmente perdido. De acuerdo a lo que enuncia el narrador, hay una destrucción del cerebro del consumidor, la cual se relaciona con su apariencia física que, al final, semeja la de un pordiosero entregado al consumo de pasta base (crack o bazuco). Por lo tanto, los pordioseros son pobres, drogadictos, descerebrados y pierden su dignidad (al contrario de lo que se promulgó desde 1947, cuando se proclamó en cientos de normas que todo humano era digno por sí mismo); semejan a los muertos vivientes y, a diferencia de los segundos, estos no son producto de imaginerías llevadas al cine del «primer mundo» sino que caminan al lado tuyo y te piden monedas. En aquel entonces, el auge de la «lucha contra las drogas», ya había encumbrado a Colombia como sinónimo de emporio mundial de la cocaína y la guerra librada contra los «carteles» empezaba a tener sus primeros visos, inoculándonos a quienes eramos niños en ese entonces un virus más destructivo que cualquier fármaco: el miedo. Y se nos suele activar súbitamente, como al tipo del comercial lo va transformando la misteriosa droga, hasta conducirnos a estar bien peinados, vestidos con traje y corbata porque queremos asegurar la jubilación de la vejez:
El pirata que murió en San Valentín
Era 2004 y en Rímini, uno de los balnearios más apetecidos de Italia, el día de San Valentín, Marco Pantani, campeón de un Tour de Francia (1998) y un Giro de Italia (1998), apareció muerto en el cuarto de un hotel. Además de antidepresivos, abundaba la cocaína en el escenario de su muerte. Pocos meses antes, uno de sus buenos amigos en el pelotón internacional, también moría por un infarto, después de una vida donde hubo drogas («Chava» Jiménez). Los dos fueron, en ese ciclismo de fines de los noventa y comienzo de siglo hoy día tan condenado por los moralistas que quieren colocar a los deportistas el aura de ejemplos de determinados valores, las estrellas que se atrevían a atacar en lugares inverosímiles, dispuestos al riesgo de perder porque lo que les gustaba era andar en la bicicleta. En la mítica ascensión al Galibier, en 1998, envuelto en la bruma y la lluvia, Pantani se consagró como virtual dominador de la vuelta a Francia, venciendo a Ulrich, que, más frío, también formó parte de una tragedia en la que sólo pudo ganar un tour (1997) pues luego de la irrupción violenta del italiano llegó un Clint Eastwood llamado Lance Armstrong y lo condenó a ser segundo:
César Aira o la nula importancia de la literatura
César Aira no considera que fuera tan estúpido cuando joven porque le maravillara «Reunión» y «El perseguidor», dos cuentos de Julio Cortázar, sino que la escritura del celebrado autor de «Rayuela» lo inició porque era lo que él, Aira, quería escribir en ese momento y ese es el secreto de la fascinación de los jóvenes con Cortázar. Así mismo, Aira afirma que para lo que sirvió Sábato fue para alegrarle un poco la vida a la gente gracias a su dramatismo exacerbado.
Algunas flores del muerto (extracto de "La montaña mágica")
«Ulises», «En busca del tiempo perdido» y «La montaña mágica» padecen la misma enfermedad: Todo el mundo las alude y pocos las leen. Más que por el reto que implica leer un voluminoso ejemplar de casi mil páginas (aún hoy se sigue creyendo que es una novedad que un libro largo sea de alto impacto y se vuelva en una nueva biblia, como suele promulgarse por parte de los fanáticos de «2666» o «La broma infinita»), es por el desgano que genera una pieza museográfica, encumbrada por suplementos culturales, críticos y comentadores que han petrificado las posibilidades de lectura de dichos libros. Quizá sea la venganza de la humanidad para con esos escritores, una venganza inocente e inconsciente, inferida por quienes no tienen más remedio que erigirse como patriarcas de interpretaciones incontestables. Pese a esos intentos, estos libros siempre tendrán pliegues, como este de «La montaña mágica» de Thomas Mann que a continuación les presentamos, donde el abuelo muerto puede ser sustituido por esas «grandes obras maestras» que se canonizan y se vuelven obligatorias para ser «cultos» y las flores y el ataúd podrían corresponder a los cientos de tesis, tesinas y reseñas que aparecen a diario (también podrá condenarse esta permutación pues implica una lectura en clave alegórica, tan defenestrada hoy por los literatos):
La muerte era de una naturaleza piadosa, significativa y de una belleza triste, es decir, muy espiritual; pero al mismo tiempo completamente de otra naturaleza, casi contraria, muy física, muy material y entonces no se la podía considerar ni como bella, ni como significativa, ni como piadosa, ni incluso como triste. La naturaleza solemne y espiritual se expresaba por el suntuoso ataúd del difunto, por la magnificencia de las flores, por las palmas que, como se sabe, significaban la paz celeste; además, y más claramente todavía, por el crucifijo en las manos del abuelo difunto, por el Cristo bendiciendo, de Thorwaldsen, que se hallaba derecho a la cabecera del féretro, y por los dos candelabros erguidos a ambos lados que, en aquella circunstancia, habían adquirido igualmente un carácter sacerdotal. Todas esas disposiciones encontraban aparentemente su sentido exacto y bienhechor en el pensamiento de que el abuelo había adquirido para siempre su figura definitiva y verdadera. Pero, además, como el pequeño Hans Castorp no dejó de notar, a pesar de que no se atrevía a confesárselo en voz alta, todo aquello y sobre todo la enorme cantidad de flores, en particular de tuberosas esparcidas por todas partes, tenía por objeto mitigar ese otro aspecto de la muerte que no es ni bello ni verdaderamente triste, sino más bien un poco inconveniente, de una naturaleza bajamente corporal: tenía por objeto hacer olvidar o impedir que se tuviese conciencia de aquello.
Traducido por Mario Verdaguer


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