Archivos por autor | Andrés Felipe Escovar

La desgracia de no morir de Héctor Lavoe

Hector Lavoe

Puede que uno se atosigue de la tristeza pero la tristeza no se atosiga de uno. Es decir, mientras más triste uno se pone, se acrecienta el carácter suculento para ese monstruo, convirtiéndose  uno en un cebo similar a un bicho malherido que nada en altamar a sabiendas que los tiburones blancos habrán de engullirlo como una anciana a sus galletas.

Los tiburones blancos de la tristeza llegan a mordisquear con desgracias que se apiñan en el corazón del desgraciado y, a su vez, lo obligan a vivir para seguir sufriendo más y mucho más. Hector Lavoe, un cantante entregado a la fiesta y el desenfreno, vio cómo se derrumbó su mundo exterior e interior en dos años.

Todo comenzó con el incendio de su casa, luego fue asesinada su suegra, a continuación sucumbió su hijo más querido, después intentó suicidarse, tirándose de un noveno piso pero el final no fue feliz porque tuvo que seguir viviendo con múltiples fracturas.

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Una pildorita opiómana de Jean Cocteau

cocteau

Jean Cocteau, cuando estuvo interno para rehabilitarse del consumo desaforado de opio, escribió y dibujó. A continuación, uno de los pensamiento que lo asaltaron durante su dolorosa abstinencia en la clínica:

La madre que dice: «mi hijo sólo se casará con una rubia» no se imagina que su frase corresponde a los perores enredos sexuales. Travestismo, mezcla de sexos, animales torturados, cadenas, insultos.

Tomado de  Opium, p. 95. Traducido por Ignacio Vidal-Folch. Ed Planeta

El corazón drogado de los hombres y las mujeres según Cocteau

cocteau

El poeta, director de cine y artista plástico Jean Cocteau cayó en una profunda tristeza luego de que su amante Raymond Radiguet muriera de tifus. Un amigo de Cocteau, Louis Laloy, autor del libro «Le livre de la fumée», le recomendó que consumiera opio para soportar el dolor de la pérdida. Jean le hizo caso y, desde diciembre de 1928 hasta Abril de 1929, se internó en la clínica de Saint-Cloud con el fin de recuperarse de la adicción. El producto de ese encierro fue un compendio de notas y dibujos recogidos en el volumen «Opium». Les presentamos un aparte en el que Cocteau habla de la abstinencia y de los efectos de las drogas sobre los hombres y las mujeres:

El despertar de la abstinencia se produce en el hombre de forma fisiológica, mientras que en la mujer activa sobre todo síntomas morales. En el hombre, la droga no duerme el corazón, duerme el sexo. En la mujer, despierta el sexo y duerme el corazón. El decimoctavo día de abstinencia, la mujer se vuelve tierna, gimotea. Por eso, en las clínicas de desintoxicación, todas las enfermas parecen enamoradas del médico.

Traducido por Ignacio Vidal-Foch, P. 21, Ed. Planeta

Juan L. Ortiz lee algunos de sus poemas por sobre los ladridos

Juan L

Cada verso revive con su lectura, se transforma y empieza a toparse con frondosidades que, antes, ni siquiera existían. Con los poemas siempre hay un nuevo encuentro, no pueden reducirse en una sóla red de significaciones, sino que se expanden y, quizá con más claridad que la narrativa, precisan, para completarse, del contexto del lector, de su mirada, su estado de ánimo. Este es el caso de Juan L. Ortiz, un poeta del interior argentino que, para escritores como Juan José Saer, fue el más grande de su país durante el siglo XX. Una figura de la que se han desprendido cientos de poetas argentinos y de quien, poco a poco, se podrá ir rastreando la explosión que significó y las huellas que ha ido dejando para crecer a medida que nos alejamos y cobramos cierta sensatez con el penúltimo siglo de nuestra era. En la grabación que a continuación presentamos, Juanele lee, cambia, altera y explica algunos de sus poemas; como ocurre con «No, no la temas», que también trasncribimos para que se puedan apreciar los cambios operados, además, en la lectura del poeta, emerge el ladrido de un perro que le da una atmósfera más difuminada a cada una de las palabras disparadas:

 

 

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Chan Chun Chin, el poeta chino que hizo versos en español

Casanova

Chan Chun Chin fue el primer poeta chino que versificó en el español intrincado que hablan los inmigrantes de su país cuando llegan a fundar supermercados, lavanderías o restaurantes en alguna ciudad sudamericana.

Chan Chun Chin decía «chévele» cuando observaba a alguna mujer atractiva con la que no cabía la más mínima posibilidad de tener algún escarceo. «Míle y mílese», se decía el poeta y a continuación narraba el momento en que él se desdoblaba y su doble aparecía con un espejo que lo reflejaba de cuerpo entero y así le mostraba su precaria corporalidad  para poder satisfacer algún apetito de la mujer deseada.

Chan Chun Chin se dio a conocer gracias a la interpretación que de él hizo Hernando Casanova, ese gran actor colombiano que encarnó a personajes inquietantes hasta las cachas.

Chan Chun Chin está muerto. Hernando Casanova, también. Pero, tanto los versos de uno como los poemas actorales del otro, perviven y en este vídeo podrán corroborarlo:

 

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Un encuentro de García Márquez con Neruda (vídeo)

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Cuarenta y ocho horas después de que Neruda recibiera el premio Nobel, García Márquez conversó con él frente a las cámaras. En el decurso de dicho encuentro se evidencia que García ya tenía claro el mecanismo para obtener un premio Nobel y que, con risa socarrona mediante, entrevía dicha distinción en su currículum pues era impulsado por el poeta chileno, quien ya gestionaba el galardón para el colombiano. También aparece en este encuentro un periodista que es corregido por el autor de «Ojos de perro azul» con la suficiencia de un padre para con su hijo y un león de felpa que, según Neruda y García Márquez,  fue más sabio que los dos aclamados escritores.

 

El evangelio según Norman Mailer

Mailer

En 1997 Norman Mailer dio a conocer su evangelio; es una versión personal de Jesús y el nombre del libro es «El evangelio según el hijo». El escrito está narrado en primera persona, es decir, el propio Jesús cuenta su historia y, además, hace matices y precisa muchas de las versiones que fueron vertidas en los evangelios que, finalmente, resultaron constituyendo parte del Nuevo Testamento establecido por las autoridades religiosas del cristianismo. Por lo tanto, este Jesús de Mailer ya ha leído gran parte de lo que se ha escrito sobre él y escribe desde un lugar y un tiempo que nunca se le develan al lector. Quizá esté alojado en el paraíso donde  escruta los miles de testimonios que se han erigido en torno a su figura y se plantea las distintas posibilidades que hay de ser un mesías.

Les presentamos el pasaje en que Jesús salva a una prostituta (María Magdalena) de ser lapidada, como lo establecía la ley de entonces:

Como me temía, era hermosa. Su cara era de huesos delicados, y el pelo le caía sobre la espalda. Llevaba los ojos puntados con buen gusto. Era dulce, aun cuando en su boca hubiera orgullo y necedad.

Durante años, mi horror hacia la fornicación me había llenado de pensamientos de lujuria. Había sufrido los estragos de la furia reprimida. Pero ahora oía la amable voz de un espíritu. ¿Era su ángel que reclamaba misericordia? Vi a aquella mujer entre los vapores del pecado. ¡Y con un extranjero! Aun así, era una criatura de Dios. Quizá estuviera cerca de Dios de un modo que yo no podía ver, incluso – ¿era posible?- mientras se revolcaba en sus fornicaciones con un extranjero. ¿Era, pues, tan diferente del Hijo del Hombre? Él también debía de estar cerca de todos los extranjeros. Sí, era posible que ella estuviera cerca de Dios mientras las manos de Diablo abrazaban su cuerpo. Su corazón podía estar unido a Dios aun cuando su cuerpo estuviera cerca del Diablo.

Así que cuando aquellos fariseos, silenciosos y pacientes como pescadores, volvieron a preguntarme: «moisés y la Ley lo mandan. Esa mujeres debe ser lapidada. ¿Tú qué dices?» Me incorporé y les hablé no sólo a mis discípulos, sino a todo el círculo de escribas y fariseos. Dije: «Si tu mano te ofende, córtatela» Cuando me miraron, dije: «Es mejor entrar en la otra vida manco que con las dos manos en el infierno.» Vi miedo en sus ojos. «Si tu ojo se ofende, arráncatelo. Es mejor entrar en el reino de Dios y ver sólo con un ojo que entrar con los dos ojos en las llamas. En el fuego del infierno no muere el gusano que te devora la carne.» Me quedé atónito. Dejé de sentirme preocupado por aquella mujer. Así que dije: «Aquel de vosotros que esté sin pecado, que tire la primera piedra.»

Hubo un tumulto. Fue tan repentino y violento, que casi perdí el equilibrio, y tuve que agacharme una vez más y escribir de nuevo en el polvo, como si me importara más lo que mi dedo podía decirle a la tierra que todos ellos.

Pero pronto su furia comenzó a remitir. No tardaron en huir. Ahora les oprimían sus malas acciones.

Los vi marcharse. Se fueron uno tras otro, empezando por el más anciano. (Que era quizá, el que acarreaba más pecados.) El último en marcharse era joven, quizá casi inocente. Me quedé solo. Incluso Pedro se había marchado. Sólo la mujer seguía a mi lado.

Al principio fui incapaz de mirarla a los ojos, pero por fin lo hice. Y al hacerlo, lo que vi no fueron sus ojos, sino que, como en una especie de sueño inducido por Satanás, oí un versículo del Cantar de los Cantares: «Las curvas de tus caderas son como collares, obra de manos de artista, y tu ombligo un ánfora redonda.» Me dije que estaba en presencia de los ángeles maléficos. Porque sentía mi propia maldad, y era abundante y tenebrosa y pedía ser dejada en libertad. Y aquellos ángeles eran tan poderosos que comprendí que debía ser cauto con la belleza de aquella mujer.

De modo que le hablé con las palabras del profeta Ezequiel. Le dije: «Contemplad vuestros pecados, pues está escrito: «He aqu´que yo suscito contra ti a todos tus amantes, y vendrán contra ti con estrépito de carros y ruedas, y te tratarán con furor; te arrancarán la nariz y las orejas, y lo que quede de los tuyos será devorado por el fuego. Te despojarán de tus vestidos y se apoderarán de tus joyas.  Yo pondré fin a tu inmoralidad y a tus prostituciones comenzadas en Egipto, para que no vuelvas a acordarte de Egipto.»

Y aquella puta, cuyos ojos eran tan púrpura como la última hora de la tarde, dijo con voz dulce: «No quiero perder la nariz.»

Yo dije: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Ningún hombre te ha acusado?»

Respondió con humildad: «No hay nadie para acusarme, Señor.»

Dije: «Yo tampoco te condeno. ¡Vete!»

Pero eso no era suficiente. Pues dentro de aquella mujer resonaban los ecos de sus prostituciones. Así que le dije: «¿Dónde vas a ir? ¿A seguir fornicando con extranjeros?»

Ella contestó: «Si no me condenas, entonces no me juzgues. No hay vida fuera de la carne.»

Era orgullosa. Y fuerte. Y yo veía que estaba maridada con los siete poderes de la cólera del Diablo y sus engendros: los siete demonios. Sabía que irían saliendo lentamente. Y cuando salieron lo hicieron uno a uno, y clavaron sus garras en el buen espíritu que había surgido entre nosotros. Algunos era astutos, otros lascivos, y más de uno era monstruoso: siete poderes y siete demonios.

El primero fue la Iniquidad, y su demonio, la traición. Y al tiempo que nombraba a cada uno iba comprendiendo que había aprendido más de Satanás de lo que él deseaba mostrarme. Vi que el Deseo era el segundo poder, y que el orgullo era su demonio. Y el tercero fue la Ignorancia, con su gran apetito por la carne de cerdo, un demonio glotón. El Amor a la Muerte era el cuarto poder, y su demonio no podía ser otro que el ansia de devorar a los demás. Pues no hay momento en que conozcamos más la muerte que cuando devoramos carne de un semejante. El quinto poder buscaba el Domino Absoluto, y su demonio luchaba por corromper todo espíritu; el buen espíritu que había surgido entre esa mujer y yo fue zarandeado cuando surgió ese demonio. Y el sexto poder fue el Exceso de Sabiduría. Su demonio sentía el impulso de robar un alma. Pero el último poder fue el más terrible. Era la Sabiduría de la Ira; su demonio era el ansia de arrasar ciudades. Esos fueron los siete poderes y los siete demonios que hice salir de ella. Sólo entonces pude decirle: «Vete y no vuelvas a pecar». Y se marchó.

Traducido por Damián Alou, «El evangelio según el hijo», P. 154-156, editorial Quinteto.

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La gallina degollada del domingo

Quiroga

Después de jornadas llenas de lujuria, el domingo sirve para colocar a cada uno en su lugar. La resaca y la calma chicha de la tarde le otorga al género humano esa humildad y abandono que se olvida a partir de los lunes. Nada es más aplastante que salir a algún parque y ver la medianía de los matrimonios y sus hijos; el algodón dulce, el olor de la carne que se asa y los gatos que huyen del amor descontrolado de los niños se aúnan un escenario mediocre propicio para saber que las cosas seguirán igual. En el relato que a continuación les presentamos, la gallina degollada que alude Horacio Quiroga es uno de esos matrimonios que aplaza el divorcio al punto que la pareja prefiere tener una vida con sinsabores manejables a la desdicha total de quienes se entregan a buscarlo todo y terminan con las manos vacías. La versión que les presentamos es un relato oral hecho por el escritor argentino Alberto Laiseca, esperamos que disfruten este cuento de terror anclado en la medianía terrorífica de un domingo que muere:

 

Apaporis también está empotrado

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«Apaporis», el documental realizado por Antonio Dorado en la amazonia colombiana, recuerda muchos episodios de lo que ocurre en «Empotrados», la novela de Ian Watson. En ambos casos la guerra, los rituales y conocimientos más profundos de la selva,  los intereses económicos, grupos armados de toda laya y el enfebrecido deseo por encontrar una verdad que trasunte a la especie humana son los ejes de  una trama que parece desembocar de manera casi inevitable en la desaparición de dioses y palabras. En el caso concreto de este trabajo, el regreso a la vida de los muertos y un tiempo diferente al que se discernió en occidente, amenazan con eclipsarse para siempre: