Por Enrique Pagella
No fue amor
Entrega 6
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Entramos al cubículo de Martillo encabezados por Golda. Dulce Carito no dejaba de llorar y de respirar como si no le entrase el aire. Martillo estaba hablando por teléfono.
– Bueno, ahora te lo mando a Calavera y no se manden más cagadas ¿Está claro? – dijo y estrelló el teléfono contra el escritorio, luego se nos quedó mirando casi con asco – Bueno, bueno, bueno, una llorando y el otro con la cara reventada ¿Qué pasó?
Intervino Golda:
– Antes que nada, no vas a poder mandar a Calavera a ningún lado.
Martillo enarcó las cejas como si le hubiera dado una puntada en el hígado.
– ¿Se puede saber por qué?
– Está muerto ¿No escuchaste el disparo?
Martillo se pasó la manota derecha por la cara y después bufó como un toro.
– Estaba dormido en el sofá y tengo resaca, combo perfecto para no escuchar nada, excepto el teléfono que lo tenía al lado, en la mesita ratona… bueno, a ver, cómo fue que murió ese idiota…
– Lo maté yo – dijo Dulce Carito y una explosión de lágrimas le mojaron las mejillas.
– Lo mataste… ¿Se puede saber por qué?
– Anoche me violó… fue horrible… nunca me cogí a una puta tan fea, me decía mientras me ataba a la cama y me daba cachetazos… ni con el más miserable de los tipos que me garcho me sentí tan humillada… – respondió Carito y su llanto se renovó con más fuerza.
– Bueno, calma, ta, acá nadie te va a mandar al frente, pero decime algo ¿De dónde sacaste el chumbo?
– Es mío.
– Ustedes no pueden tener armas, eso lo saben desde el primer día – la reprendió Martillo.
– Yo le di permiso – intervino Golda -, tuvo dos o tres sucesos con tipos bravos y yo la aconsejé.
Martillo se la quedó mirando como si mientras tanto se estuviese masticando la lengua. Después de algunos segundos dirigió sus ojos hacia mí.
– Y a vos qué te pasó ¿Te comiste una pared?
– No, volvía de cumplir la misión – no quise mencionar al Mono delante de Carito – y resulta que el Calavera me había seguido y creyó que yo era un traidor, por eso me arruinó la cara y cuando me estaba por matar, apareció Carito y me salvó la vida…
– Muy conmovedor… bien – dijo dando un sonoro manotazo sobre el escritorio -, los dos se van a tomar un par de días…
– No creo que sea lo adecuado, va a levantar sospechas – lo interrumpió Golda -, lo mejor es que sigan sus rutinas habituales y que hagamos desaparecer el cadáver cuanto antes…
– Okey ¿Y a quién le damos ese laburo? Si se los doy al boludo del Paralítico se va a enterar todo el mundo…
– Yo me encargo – intervino Golda -, lo voy a llamar al Mudo…
– Buena idea, ese tipo es una tumba…
– Yo tengo un ropero que quiero sacarme de encima, que lo meta adentro y se lo lleve…
– ¿Dónde está el fiambre? – preguntó Martillo poniéndose de pie, es decir, invitándonos a partir.
– En la piecita roja bajo llave – respondí
– Bien, entonces asunto terminado – dijo rodeando el escritorio.
Golda le pasó un brazo sobre el hombro a Carito y comenzó a llevársela, y cuando enfilé hacia la puerta del sucucho, Martillo me dijo:
– Vos quedate, Escuerzo.
Al mismo tiempo sonó el teléfono que estaba sobre el escritorio.
– Sí… no, no, no… Calavera anda con un problemita de salud… un problemita que lo va a tener alejado un par de meses del laburo si sobrevive, se agarró el bicho… y la vida es así, un bingo, no la tenemos comprada… te mando al Paralítico… sí, sé que es un pelotudo pero no me queda otra… okey, dale, ya le aviso…
Yo no sé cómo hacía Martillo para digitar el teclado con sus dedos de gorila pero lo lograba.
– Qué hacé Paralítico… che, tenés que ir hacerle el aguante a Chocolate, llevate a alguien con vos… okey, no hagás boludeces y mantené la boca cerrada… chau.
Tras dejar el teléfono sobre el escritorio se me quedó mirando. Yo estaba de pie en el centro del sucucho y el espeso paso de los segundos comenzaba a incomodarme.
– Bien – dijo por fin Martillo -, decime cómo te fue en lo del Mono.
– Me recibió el Bandeja, que es algo así como su mano derecha.
– Sí, lo tengo a ese desgraciado.
– Cuando le dije que tenía info importante para el Mono me preguntó la razón por la que quería traicionarte, entonces le dije que te odiaba…
– Porque me odiás… no me extrañaría…
– No, no Martillo, no tengo motivos para odiarte pero necesitaba convencer al Bandeja…
– Bueno, cómo quedó la cosa…
– El Bandeja quiso conocer la info y yo me negué, le dije que solo se la diría al Mono, así que quedó en hablar con él, hoy me entero si el Mono me recibe…
– Okey, entonces andá y cuídate, pendejo. Cuidate de abrir la boca de más ¿Estamos?
– Estamos.
Ordenando mi doble comando mental salí del asfixiante cubículo de Martillo y vi que Golda y Dulce Carito charlaban al final del pasillo y a ellas me acerqué.
– Bueno, hoy no labures, andá a tu casa y descansá bien, comé bien y venite ma… – le decía Golda y se detuvo al advertir mi presencia.
– Hablá tranquila, el Escuerzo es de los nuestros – le dijo Dulce Carito.
– Vos también tomate franco, no todos los días nos quieren matar – me dijo Golda con un tono diría que maternal.
Minutos después, tras despedirnos de Golda, Carito y yo caminábamos casi sin rumbo.
– Me salvaste la vida, estoy en deuda con vos – rompí el silencio que nos aislaba del rumor barrial.
– Eso fue secundario, yo solo quería vengarme de ese hijo de puta.
Dulce Carito no se comía ninguna, era dura, la vida la había obligado a ser dura y en eso, como en otras cosas, por ejemplo la fealdad que compartíamos, me sentía identificado con ella, identificación a la que Carito no debería darle la menor importancia.
– Te invito a almorzar – me salió decirle sin dejar de sentirme un blando.
– Dale, tengo hambre – respondió para mi sorpresa.
Al rato estábamos sentados a una mesa de La pizza loca.
– Vos dirás que no te importa pero de no ser por vos ahora yo estaría en un jonca – le dije mientras esperábamos una fugazzetta rellena.
– Lo que te pido – replicó Carito mientras encendía un cigarrillo – es que no lo transformes en una deuda ni en una cuestión romántica. Habría actuado igual si en tu lugar hubiese habido un perro sarnoso.
Por más que ella lo evitase yo me iba enamorando como el adolescente que era bajo la apariencia de un hombre insensible.
– ¿Te puedo hacer una pregunta? – me escuché decir.
– Sí, a ver, dale – me dijo de mala gana.
– ¿Qué fue lo que te hizo tan descreída de todo?
Carito revoleó los ojos, bufó y empezó a tamborilear los dedos sobre la tabla de la mesa.
– Bueno, te voy a contar el cuentito, ya lo tengo armado, después de dos años de psiconanálisis ya tengo no una sino dos versiones, la de la chica apaleada por la vida, y la de la mujer que se abre camino con los dientes ¿Cuál querés escuchar?
– La de la mujer.
– Okey, ahí va: Había una vez una nena fea, muy fea, de la que sus compañeritos de jardín de infantes y del colegio primario, si no la evitaban, que era lo más leve, se burlaban cruelmente. Fue por eso que aprendió a defenderse con los puños, destreza que, si bien neutralizó las agresiones, le provocó serios problemas con las autoridades escolares. La nena es muy violenta, le decían a sus padres los maestros y los psicopedagogos, dicho sea de paso: seres absolutamente estupidizados por el caldo escolar. A su vez, sus padres, dos fracasados estrepitosos, dos pusilánimes, asentían boquiabiertos tomando nota de las transgresiones de la endemoniada infante con el propósito de aplicar los correctivos consecuentes. Fue así que le prohibieron la televisión, juntarse con sus amiguitas y le exigieron ir a misa previa confesión pertinente para poder comulgar. La nena, que ya estaba cerca de la pre-adolescencia, descubrió en la confesión una fuente inagotable de placeres pues se dio a inventar escabrosos pecados para el decrépito cura encapsulado en su estrecho y lóbrego confesionario, amparada en el secreto al que se veía obligado el religioso.
Ya en la adolescencia no hubo fuerza humana o divina capaz de controlar sus erupciones conductuales…
– Qué buen vocabulario tenés – la interrumpí.
– No me gusta que me interrumpan cuando merezco ser interrumpida.
No supe qué contestarle, así que me quedé callado aprovechando que el mozo nos servía la fugazzetta y una cerveza helada.
– Retomo: el caso es que pronto la joven entendió que podía sacarle dinero a los hombres a cambio de sexo. Y ella, en ese aspecto, tenía una ventaja fundamental. No había sido hecha para el amor, esa pavada que disfraza a la pulsión sexual de bella historia para cándidos espíritus. Así fue que la joven cobró por su debut sexual y siguió cobrando cada vez que un tonto atosigado por sus gónadas acudía a ella, en general tímidos a los que la fealdad no los inhibía tanto como la belleza, o desalmados a los que la fealdad los invitaba a ejercer el hábito de la humillación. Y es en este punto donde me voy a interrumpir a mí misma.
Dulce Carito tomó un buen trago de cerveza y engulló un buen bocado de fugazzetta,
pausa que interpreté como una posibilidad para intervenir.
– ¿Te puedo hacer una pregunta?
– Si no es estúpida… – dijo mascando -, adelante.
– Vos sos muy lectora y, además, escribís ¿No?
– Así es – aseveró tragando otro gran bocado de fugazzetta.
– Yo también soy muy lector y me gustaría escribir en algún momento.
– Ejercicio número 1, escribí tu vida…
– ¿Vos lo leerías y me darías tu opinión?
– Sí, pero no esperes que sea buenita, si tu texto merece ser destrozado, lo voy a destrozar – me dijo zampándose otro buen pedazo de fugazzetta y dándole un buen trago a la botella de cerveza -, ah… me encanta tomar del pico… bue, continúo el relato pero ahora en primera persona.
– ¿Qué es primera persona?
– Ahora te vas a dar cuenta… bueno, viste que te dije que empecé a sacarle guita a los tímidos y a los perversos, bien, con los tímidos no hubo problemas, es más, con ellos yo hacía lo que quería, el problema fueron los perversos porque ellos disfrutan haciéndote sufrir y más aún si intermedia la fealdad de la víctima. El primero que me humilló fue un gordo maloliente al que le dio por cagarme a cachetazos. No sabés el odio que me nubló. Comencé a seguirlo y a estudiar sus hábitos y advertí que el cerdo dormía la siesta, así que urdí un plan. Mi vieja tomaba unas pastas para dormir, dignas de un rinoceronte. Compré un alfajor de los mejores y le colé la pasta, luego fingí encontrármelo al gordo cerca de su casa, y haciéndome la simpática se lo regalé. Luego me aposté tras un matorral contiguo a la ventana de su habitación, esperé a que se durmiera y entré. Para ese entonces yo ya estaba entrenada en el manejo de cuchillos – la ayudaba a mi vieja a destripar gallinas; un curro que tenía – y me había comprado mi propia navaja. Así que una vez dentro de la habitación del gordo, me puse guantes, desenfundé la navaja, le bajé los canzolcillos – dormía como un borracho -, después le aferré la pijita y los huevos y se los rebané esquivando los chorros de sangre. Al día siguiente la castración y muerte del gordo era la noticia del condado y yo disfrutaba de una paz inédita. Para celebrarla encomendé comprarme un revolver a uno de los tímidos. Quedamos en encontrarnos en la vieja estación de trenes del barrio, la abandonada. Con el pretexto de probar el arma, le puse un par de balas y luego le pegué un tiro. El pobre pibe sabía demasiado.
– Ahora entiendo lo de la primera persona – la interrumpí -, es cuando contás desde vos, cuando sos la voz del cuento.
– Sí, y si seguís interrumpiéndome te voy a hacer boleta – me dijo Dulce Carito mientras se servía una nueva porción de fugazzetta.
La cuestión es que ella estuvo una hora narrándome cómo se había cargado a cinco perversos más. Lapso durante el cual yo ya no tenía ninguna duda: estaba enamorado de esa mujer. Pero, en lugar de expresárselo, le dije:
– Yo también he matado a unos cuantos, creo que a cuatro.
– ¿Creo?
– No llevo la cuenta, me hace mal pensar en los fiambres que dejo detrás mío.
– Pero mirá qué tipo sensible… dejate de joder… asumilo… sos un asesino – me dijo Carito con una sonrisa implacable.
Soy un asesino, pensé, no sin sentir que se me retorcían las tripas.
– Sos muy tiernito todavía – la escuché decir con ternura.
