Por Enrique Pagella
EL ORGASMO DE MARTILLO
Entrega tres
(acá está la segunda entrega y acá la primera)
A la semana un bote de la Segunda apareció de pronto y hubo estampida. Los que esperaban sus drogas en la vereda del boliche estallaron en todas direcciones perdiéndose por los pasillitos que atravesaban la cuadra. Gonzalito y yo rajamos por atrás y por los techos para cortar camino. Un peligro: las chapas estaban húmedas porque lloviznaba. Mientras tanto, los ratis hacían mierda el boliche e incautaban toda la mercadería. No le dieron publicidad al operativo, era la primera reacción a la desaparición de Galíndez. Por lo que supe después, con el boliche del Manco pasó otro tanto, con la diferencia de que el Manco no pudo escapar y se lo llevaron.
Cuando Gonzalito y yo estuvimos a salvo, ya lejos del largo brazo de la ley, caímos en que, durante algunos días, no podíamos volver al ranchito. No teníamos dónde dormir. Por suerte, Gonzalito había manoteado la reca del día. Era un buen toco.
– La guita se la agarró la cana ¿tamos? – dijo dándome la mitad.
Después mensajeó a El Paralítico: “Para, tal vez ya lo sabés. Cayó la naca y se quedó con todo. Estamos en bola, no tenemos dónde pasarla. Help”. Para esperar la respuesta nos acobachamos en la despensa de Margarita, una vieja medio sorda pero buena onda que nos despachó dos birras y un par de brutos sanguches de milanga. La vieja ya estaba al tanto de todo.
– Tuvieron suerte que pudieron rajarse – nos dijo mientras ensuciaba con un trapo roñoso los vasos que acababa de lavar.
En eso le sonó una notificación a Gonzalito. Era El Paralítico: “Sí, sabemos dónde están. Los pasamos a buscar. Martillo quiere olerlos”. Al rato, una 4×4 nos llevaba al Orgasmo, uno de los puteríos que Martillo tiene en las afueras de La Rana, sobre la ruta. Manejaba un tal Cacho, un gordo pelado con ramilletes de aritos en las orejas que ni para saludarnos habló; el otro era El Paralítico, un flaco alto, rubio, de cara huesuda y ojos celestes y vidriosos, al que se le escaparon algunas palabras.
– Se pudrió todo con la Segunda ¿qué saben de Galíndez?
– Hace algunos días que no aparece – dijo Gonzalito.
– Martillo está de la gorra, el comisario Bigote le pegó una apretada.
El Orgasmo era alto tugurio. Parecía un castillo de Disney. Tenía un bar grande, de peli, que seguro había sido iluminado por un marica, todo lila y verde, algunos focos rojos y sobre las mesas bombitas de carbono. En una de esas mesas, bien al fondo del salón, un tipo de unos sesenta años, de traje, con un jopo canoso y cara de perro entrenado, nos esperaba. Ese era Martillo, mi objetivo. El Paralítico nos acompañó. Cuando llegamos a la mesa, Martillo nos miró creo que con asco. Sus ojos marrones iban de Gonzalito a mí y de mí a Gonzalito. Me impresionaron sus manos, dos manojos de chorizos adornados con unos anillos descomunales.
–¿Qué pasó con Galíndez? – preguntó con voz de lija.
– No apareció más – respondió Gonzalito -, hace unos días no se lo ve.
– Este – dijo por mí – ¿es el nuevo?
– Sí, el Escuerzo.
– Escuerzo – repitió como si paladease mierda -, y decime Escuerzo ¿vos tampoco lo viste más?
– Yo lo vi la última vez que vino a cobrar, el martes de la semana pasada.
–¿Pasó algo raro?
– Yo estaba solo porque Gonzalito estaba en el baño y no pasó nada fuera de lo normal. Me bardeó como siempre, yo me quedé en el molde y después se fue. Cuando Gonzalito salió del baño, le pedí la moto y fui a comprar morfi.
– Sí, así fue, yo escuché todo – dijo Gonzalito.
–¿Los ratis reventaron el boliche?
– No tuvimos tiempo a nada, parecía que sí, al menos pudimos rajar – dijo Gonzalito.
Martillo se quedó pensando, parecía que le dolía pensar, fruncía el ceño, se rascaba el jopo, se manoseaba los anillos, hasta que por fin lo miró al Paralítico.
– Estos dos se quedan acá por unos días, hasta que la cosa se calme…
– Okey jefe ¿dónde los meto?
– En la piecita que está detrás de la cocina y ponelos a laburar – luego nos señaló con el chorizo índice enjoyado -, ustedes dos, a la noche, antes de que lleguen los clientes, desaparecen, se van a la piecita, a la cocina y ahí se quedan y ni asoman la nariz. Y una cosa más, las chicas no se tocan, son la mercadería ¿ta?
Asentimos y el Paralítico nos llevó a la cocina, que era gigante y a esa hora estaba vacía y terminaba en un pasillo que daba a una puerta roja: la piecita. Era una habitación, también roja, con una luz enfermiza, dos cuchetas, un Smart TV y un bañito en el que entraba una sola persona.
El Paralítico sonreía.
– Acá dormía yo cuando empecé a laburar – dijo, me pareció, algo emocionado –, el color medio te lima el coco, pero te acostumbrás… – de pronto nos miró – ¿no pudieron traerse nada, no?
Como un par de payasos los dos negamos con la cabeza al mismo tiempo.
– Ahora les consigo ropa de cama… en la cocina pueden pedir desayuno si hay alguien o se lo preparan ustedes, igual el almuerzo, y la cena la piden… – se dio media vuelta y salió -, vengan, les voy a mostrar el laburo que tienen que hacer.
El Paralítico nos llevó a ver las suites exclusivas y las habitaciones comunes. La primera suite que nos mostró fue la Faraón que parecía la gran recámara de una pirámide.
– Acá vienen peces gordos con celebridades camufladas – nos dijo mientras acariciaba el sarcófago de dos plazas que la suite tenía por cama.
Luego nos paseó por el resto de las suites. La Julio César, la Marqués de Sade, la Mata Hari, la Sexo, drogas y rock&roll, y, por último, la Martín Fierro. Después nos llevó a una habitación común, que también era un lujo, pero que, al lado de las suites, donde Martillo había puesto toda la teca, parecían la piecita roja donde dormiríamos.
– Hay quince más como ésta – nos informó el Paralítico e hizo una pausa para tragarse un gargajo -, lo de ustedes, es simple. Cada vez que una suite o una habitación queda libre, van y la revisan por completo. No es limpieza. Ustedes tienen que detectar destrozos, asquerosidades, hurtos y las cosas que se olvida la gente porque la gente se olvida de todo, chumbos, drogas, guita, hormas de queso y lo que se imaginen.
A Gonzalito, por la jeta, pareció hincharle las pelotas. A mí no me disgustó el trabajo, al contrario, me despertaba la curiosidad, era un laburo medio de detective.
–¿De qué hora a qué hora? – preguntó Gonzalito.
– De las 23 hs a las 8 de la mañana – dijo el Paralítico con una sonrisita un poco guacha.
Hicimos ese laburo durante los ocho días que nos tuvo Martillo en retiro espiritual. De cómo andaba la cosa con la yuta, nadie nos decía nada. El Paralítico se hacía el boludo. Para Gonzalito estar guardado allí fue un castigo. Para mí, no.
El plantel de gatos de El orgasmo, era una obra de arte. Martillo había hecho un gran casting. Había de todo. Golda, una israelita de más o menos de cuarenta años, era la jefa. Ella era una auténtica delicadeza. Rubia como una birra, muñeca como Barby y filosa como una púa. Era la que ponía orden cuando la cosa se desmadraba entre las chicas, cosa que parecía ocurrir a cada rato. Pero Golda sabía intervenir sin gastar energía de más. Le gustaba hacerlo y le sobraba clase y mundo para hacerlo bien.
La más brava de las chicas era una china de un metro ochenta de altura. Candor se hacía llamar y tenía un bonito cuerpo lleno de músculos. Yo, por las pelis y de tanto ir al chino del barrio, tenía la idea de que las chinas eran calladitas y mansas. Bueno, Candor no. A ella le gustaba pelear. Sabía Kung Fu. A Mandisa, una africana que decían que venía de no sé qué tribu que se morfaba a sus enemigos, Candor la durmió de dos saques y una patada.
Y había más, una árabe que andaba vestida de odalisca, dos hermanitas filipinas que atendían juntas, un taxi boy brazuca que se parecía a Johnny Deep, una francesa ex atleta olímpica de escasa ropa deportiva y otras tantas chicas que apenas vi, y mi Dulce Carito.
Dulce Carito era fea, la más fea. Era de Corrientes capital. La vi la primera noche. Ella, junto a un gordo sindicalista, disfrazado de momia, salían de la suite Faraón. Lo que más me llamó la atención al extremo de suspenderme la respiración, fue que Dulce Carito tenía cara de sapo. Fue amor a primera vista. Yo noté que ella, al verme, sufrió algo así como un temblor. Había sido claro Martillo con el tema chicas, pero yo ya estaba dispuesto a hacer la mía. Esa chica era para mí. Así que esa misma noche, bah, ya estaba amaneciendo, me aposté afuera, en el jardín, cerca de donde salían las chicas y esperé. Me había apoyado en un pino y fumaba. Dulce Carito fue la última en salir. Al verme no dudó en venir hacia mí.
–¿De dónde saliste vos? – me preguntó medio de prepo. La voz le sonaba como un silbido grave.
– De un charco – le respondí y ella, después de clavarme una dura mirada, sonrió. Su dentadura era perfecta.
– Buena noche para entrarle a las moscas – comentó – ¿tenés fuego?
– Me sobra – dije y acerqué mi encendedor al cigarrillo que se había incrustado en los labios.
–¿Cómo hay que llamarte, muñeco? – me preguntó y después me envolvió en una nube de humo.
– Yo soy el Escuerzo y no sé qué opinarás vos, pero me parece que compartimos mucho molde – le dije haciéndome el lapio.
Ella lanzó algo así como una carcajada, caminó alrededor mío y se detuvo.
– Puede ser – dijo, luego me guiñó un ojo y se fue sin apuro, sin darse vuelta tampoco.
A El orgasmo, ya lo dije, iba una fauna pesada. La segunda noche, en ese sentido, fue especial. Estábamos con Gonzalito registrando la suite El marqués de Sade, cuando entraron un periodista político muy importante, un cavernícola, un garca, y una influencer top, progre, casi adolescente para el galán maduro.
No soy de ver TV, me deprime, pero Gonzalito, en el boliche, se la pasaba con el plasma encendido. Escuchaba reggaetón, trap y cumbia, y miraba programas de chimentos. Así tenía la cabeza. Solo le servía para vender droga y contar guita. Esa semana, Gonzalito se había recolgado con un escándalo protagonizado, precisamente, por el prestigioso periodista y la descontracturada influencer, que anduvieron de gira por todos los programas puteándose mal.
Gonzalito, al verlos, sufrió una sacudida existencial. Ya dije que tenía la cabeza hecha mierda. La realidad, para él, era lo que pasaba en la pantalla del boliche y en la de su teléfono. Llegaba al punto de creer que todo era espontáneo en los puteríos mediáticos. Por eso, la conmoción. Papá Noel acababa de morir.
–¿Nos equivocamos de habitación? – dijo el periodista alejando la mano del culo de la influencer a la que se le escapaba una risita de droga de diseño.
– No – respondí –, no nos avisaron que venían.
Al periodista se le descompuso la jeta y empezó a revisar toda la suite con la mirada.
– Chicos – intervino la influencer –, hagámosla corta ¿para quién laburan?
–¿Cómo para quién laburamos? – saltó Gonzalito.
–¿Para quién montan el número? – dijo el periodista que seguía mirando para todos lados – ¿pusieron cámaras?
– Ah ¿nosotros somos los que estamos actuando? – se agitó Gonzalito – ¿Nosotros? Yo estaba de tu lado, sabelo chabón, yo te creía…
El periodista no pudo responder, no terminaba de nacerle una carcajada violenta. La influencer se doblaba de la risa.
– Nah… me muero… no se puede ser tan boludo – decía mientras hacía equilibrio para no caer sobre la cama de clavos del Marqués.
Yo no sabía qué hacer, tampoco me preocupaba mucho. No había sido nuestro el error. Gonzalito era el problema.
–¡¿Y ahora encima me decís que soy un boludo?! ¿Vos, loca del ojete, me decís boludo, la concha de tu madre? – gritó zamarreando los brazos.
– Epa, epa, me parece que te estás pasando – intervino el periodista.
–¿Yo me estoy pasando? – se quejó Gonzalito y empezó a ir y a venir por la suite –, así que todo era una mentira… – decía para sí mismo como si aún no lo pudiese creer –, estaban actuando… – pensaba en voz baja y cambiaba de dirección la caminata -, son actores… – dijo y se detuvo de espalda a nosotros y así, de espalda, preguntó – ¿che, tienen guionista y ensayan y todo eso, no?
El periodista y la influencer se quedaron callados, Estaban absolutamente sorprendidos. No siempre debían toparse con un televidente ideal. El silencio era la mejor respuesta que podían darle pero Gonzalito necesitaba palabras y se dio vuelta con un chumbo en la mano. Le temblaba el mentón. Mala señal. Yo no sabía que estaba armado. Pensaba que solo había tenido tiempo para agarrar la reca del boliche.
–¿Tienen, sí o no, guionista y ensayan? – les preguntó apuntándole al periodista que si no se cagó encima por ahí anduvo. La influencer parecía fascinada. Sonreía estúpidamente.
– Te… tenemos un director… – alcanzó a decir el periodista mientras subía las manos como si se tratase de un asalto.
– Improvisamos – agregó la influencer.
– Improvisan… son buenos – dijo Gonzalito -, ahora van a improvisar algo para mí…
Era el momento de intervenir. Así que me interpuse entre Gonzalito y ellos.
– Amigo, ya está, la cosa es así, es un negocio… – le dije pero Gonzalito seguía apuntando – ¿no se te ocurrió nunca que toda esa mierda que ves es un invento?
– Correte que los voy a matar – dijo y se lo creí.
– No, no me voy a correr – opuse.
– Entonces te voy a matar a vos también – susurró.
Era evidente que el tipo había dado con el evento catástrofe de su vida. Se le habían aflojado todos los tornillos. Estaba extremo y no me daba alternativas. Intenté bajarlo una vez más.
– Si los matás sos hombre muerto… Martillo te va a matar.
–¿Cómo podemos arreglar? – terció el periodista.
–¿Con plata? – dijo divertidísima la influencer.
La oferta no hizo más que enrojecer el rostro de Gonzalito y tensarle el dedo para gatillar. Pero como yo también me había armado antes de rajar del boliche, hice una que le vi a Jacki Chan. Miré repentinamente hacia la puerta de la suite como hubiese entrado alguien, distrayendo a Gonzalito, saqué la 32 y le pegué un tiro en la cabeza. Me había hartado.
Minutos después, apareció Martillo con el Paralítico, Golda, cosa que me sorprendió, y los gorilas de la puerta. El periodista y la influencer le contaron el suceso.
– Este chico nos salvó la vida – concluyó el periodista.
– Siiiiiiiiiii… qué buena onda, man… gracias miles – agregó la influencer.
Martillo me miró sin que se le moviese nada en la cara. El paralítico sonreía. Golda miraba el cadáver de Gonzalito. Los gorilas tenían las miradas puntualmente perdidas y los brazos cruzados sobre sus pechotes.
– Así que estaban los dos armados – dijo Martillo de pronto mirando al Paralítico.
– Creí que estos dos todavía andaban con la gomera – dijo.
Martillo le zampó un bife que sonó como un latigazo y Golda creyó que era su momento de intervenir.
– Hay que desaparecerlo – dijo mirando fijamente a Martillo y señalando a Martillo.
– Se arregla fácil – dijo y se dirigió a mí -, con vos después vamos a tener una charla – luego le puso una mano en el hombro al Paralítico que se atajó por si venía otro bife – ¿Te dolió?
– Usted tiene la mano pesada – respondió con la mirada baja.
– Fue un cariño – dijo, lo palmeó y miró al periodista -, acá, amigo, no pasó nada, acá nadie vio nada, te pido con el corazón mil disculpas, yo no sabía que a este pibe – dijo señalando a Gonzalito – le chiflaba el gorro, estaba trabajando aquí ocasionalmente.
– El mal momento ya pasó, ahora lo importante es la reserva – dijo el periodista.
– Siiiiii… nadie se tiene que enterar… porque tenemos dos semanas más de rosca en los medios – acotó la influencer haciendo aplausos mudos con las manitos.
Media hora después, Martillo me recibía en su oficina. Para lo que era el lugar, la oficina de Martillo parecía el box de un empleado municipal. No era mucho más grande que la piecita roja. El escritorio bien lo podrían haber afanado de una escuela. Las sillas eran de pino, rectas y no tenían almohadones. No había ventanas, no había otras puertas que la de entrada, no había decoración alguna, solo una pequeña biblioteca sin libros. Martillo me hizo sentar con un gesto y se me quedó mirando con el mentón apoyado en el gran manojo de chorizos entrelazados.
– Escuerzo, hiciste bien, creo, si ese loco mataba al periodista o a la piba, la cosa se me pudría mal – dijo y sonrió – ¿qué tomás?
– Lo que tome usted – dije.
– Whisky – apretó un aparato y dijo: “Traeme el escocés, hielo y vasos” -, Escuerzo ¿no?… bien, muy bien… veo que sos un tipo que está para algo más que vender drogas… sos duro y no dudás, eso me gusta, déjame pensar un poco… ¿qué edad tenés?
– 17 – respondí y Martillo se me quedó mirando.
– Parecés casi de 30.
– No me ha sido fácil eso que llamamos vivir.
Martillo se puso a pensar. Otra vez se le notaba el esfuerzo, como si sus ideas pesaran mucho o tuviesen filos y cortasen. La aparición de lo que buscaba era un alivio. El rostro se le relajaba de repente.
–¡Ya sé dónde te voy a ubicar! – dijo haciendo un chasquido de chorizos que sonó como un balazo.
Semanas después empecé a trabajar como cliente fantasma de los boliches. Martillo sospechaba que muchos de los dealers lo cagaban. Quería saber cómo estaba funcionando la cosa.
Daba un paso más hacia mi objetivo: el Mono. Estar más cerca de su rival me arrimaba y el tiempo me daría la razón.
