Por Enrique Pagella
Entrega I. Entrega II. Entrega III. Entrega IV
EL DOBLE ESPÍA
Al chino o ponja lo encerarron en una habitación hasta que hablara en español. El valijín con los dólares se lo llevó Golda. Y yo enfilé a la piecita roja con la cara estallada por la trompada que me había ligado. Estaba cansado, muy cansado, y tenía hambre, así que antes de guardarme pasé por la cocina. Doña Eulalia me sirvió un tremendo sanguche de jamón crudo y queso. Media hora después ya estaba ensobrado y no tardé mucho en desaparecer del mundo.
A la mañana me despertaron unos golpes en la puerta. Era el Paralítico: Golda y Martillo me querían ver. Me esperaban en el bar. Estaban desayunando como reyes.
– Servite lo que quieras – me dijo Golda mientras Martillo mascaba una medialuna que se había metido entera en la boca.
Me serví café con leche y una porción de pastafrola mientras comentábamos los sucesos de la noche con el ponja del valijín.
– Estaba escapando y se quiso esconder acá… bah, al fin está escondido acá… no sé qué vamos a hacer con ese…
– Le devolvemos el valijín y que se las tome – dijo Golda.
– Podríamos hacerlo boleta y quedarnos con…
– Una estupidez, no sabés qué hay detrás del chino y los dólares – así le paró el carro Golda a Martillo que optó por zamparse otra medialuna.
Ya me estaba quedando en claro quien mandaba en Cartel de Martillo.
– Bien, contanos un poco de vos – me dijo Golda mientras me ofrecía un cigarrillo.
– Queremos conocerte – agregó Martillo con una nueva medialuna en su manota.
Le di una gran pitada al cigarrillo y pensé que no tenía nada que perder si era sincero.
– Nací en Rosario en la villa Las delicias. Mi viejo era chorro, robaba autos, y mi vieja era la bruja del condado, leía las manos y tiraba las cartas. En la escuela primaria me decían el Mudo. Nadie lograba hacerme hablar, ni la maestra, ni mis compañeros ni la psicopedagoga. Bah, a ella sí le hablé una vez, fue para mandarla bien a la mierda. Pero no fui un mal alumno, tampoco el mejor, hacía lo justo para pasar de grado. En la secundaria no la pasé bien, ser el Mudo hizo que una nube de idiotas me bardeara por lo que me la pasaba peleando. En segundo año largué y empecé a laburar con mi viejo hasta que la cana lo mató, hará de eso tres años, años en que me hice punga, oficio en el que no me fue mal; y también me hice lector, leo mucho. Nunca tuve problemas con la yuta. Hasta hace poco vivía con mi vieja y ahora estoy durmiendo aquí aunque no sé cuánto tiempo me bancarán ustedes.
– Mientras labures para nosotros – intervino Martillo zamarreando una tortita negra -, podés dormir y comer acá.
– Gracias.
– Bien, ahora vamos a contarte porqué te mandamos llamar – dijo Golda.
– Tenemos un nuevo laburo para vos – amplió Martillo salpicando migas de factura.
– Queremos que te infiltres en el cartel del Mono y nos mantengas al tanto de todo – cerró Golda.
Fingí quedarme helado. Pero la verdad es que la propuesta, de alguna manera, me allanaba el camino hacia el Mono.
– No va a ser nada fácil – opuse débilmente -, no les será difícil identificarme como un soldado de Martillo.
– Yo te voy a dar pescado podrido para que te abras camino hacia el Mono – canchereó Martillo.
– Vos lo conocés al manco ¿no? – preguntó Golda.
– De saludarnos nomás – mentí.
– Bien, usalo para llegar al Mono, a la tarde te paso el pescado podrido – dijo Martillo y se agarró tres sanguches de miga.
– Vas a ganar el doble de lo que estás ganando ahora – me sorprendió Golda.
– Bueno, venite a las cuatro de la tarde que te paso el verso para el Mono – dijo Martillo con la boca abarrotada.
Volví a la piecita y me puse a pensar. Martillo, evidentemente, quería tenderle una trampa al Mono; y yo tenía todo servido para ganarme su confianza. Salí de raje a verlo al Manco.
– Qué hacé, Escuerzo querido – me recibió mientras despachaba a dos drogones.
– Tengo que hablar con vos – le dije obviando cualquier saludo.
– ¿Algún problema?
– Por el momento no.
– Pará que bajo la cortina y vamos a hablar al patio.
En el patio el Manco me sirvió una ginebra con cerveza y se dispuso a escucharme.
– Necesito hablar con el Mono.
– No creo que me resulte fácil pactarte un encuentro, porque primero tengo que llegar yo, cosa complicada…
– Tengo información importante.
– Tengo información importante, tengo información importante… dejate de joder. Ponele que el Mono me dé bola y te reciba ¿Qué creés que va a pensar?
– Que le quiero vender pescado podrido. Que es una trampa de Martillo.
– Exacto.
– Pero sería un problema mío. Por otra parte no quiero laburar más para Martillo, no me lo banco más. Quiero laburar con uds. Y esta sería una oportunidad para empezar a hacerlo.
– Bue, no te me pongas romántico, voy a ver qué puedo hacer. En cuanto tenga noticias te mensajeo.
Por la tarde, fui a verlo a Martillo que me recibió mientras peinaba unas líneas.
– Bueno amiguito – dijo extrañamente amable -, sientese ¿Quiere un pase?
– No, gracias.
– ¿Algo de beber?
– Una cerveza podría ser.
Martillo se puso de pie, abrió una pequeña heladera y sacó una lata de cerveza que hizo rebotar frente a mí en el escritorio. Luego se sirvió un whisky y volvió a sentarse.
– Como ya sabés queremos que te infiltres en la banda del Mono.
– No va a ser fácil y voy a necesitar tiempo.
– No hay apuro, mientras tanto me vas informando lo que ves y escuchás.
Hizo un alto, abrió un cajón del escritorio y sacó un teléfono y un cargador.
– Es tuyo, es para que te comuniques con Golda o conmigo y para nada más. Son los dos únicos contactos que tenés agendados, Golda como Tía y yo como Tío.
Era un celu nuevo, un avión.
– Ah, y no tenés que ocuparte de pagarlo, nosotros lo haremos.
Martillo le dio un par de sorbos al whiskey y yo a la cerveza.
– Bien, la cuestión es la siguiente, este territorio no pude seguir teniendo dos porongas, la del Mono y la mía, así que estoy decidido a aniquilarlo y vos, con el pescado podrido que te voy a pasar, sos parte de la guerra que le voy a hacer… disulpame un minuto…
Martillo hizo aparecer su teléfono.
– Calavera… qué te pasa boludo… ¿ahora no me reconocés?… bueno, decime, pelotudo, ¿ya está el asunto?… ¿estás seguro que murió?… bien… nos vemos a la noche… y aflojale un poco a la merca…
Guardando el tel en un cajón del escritorio me habló de costado.
– Bajamos a un soldado del Mono… empezó la guerra…
Este me está mandando al muere, pensé.
– Buen momento para que yo vaya con un cartelito que diga “Quiero traicionar a Martillo” – dije arrepintiéndome a la vez.
– Mocoso malparido, no te me hagás el cancherito porque te decoro con balas – reaccionó Martillo mientras me apuntaba con su 9 mm.
– Le pido perdón Don Martillo, me puse nervioso.
Martillo guardó el arma y se dio otro pase.
– Me olvido con esa cara de 30 años que tenés, que solo sos un pendejo de 17… escuchá lo que te voy a decir… es el mejor momento para hacer lo que quiero que hagas, están con la sangre en el ojo, van a querer vengarse… al Mono le vas a decir o hacer llegar, pero mejor decir, que dentro de tres semanas, el 21 de setiembre a las 9 de la mañana estaré esperando en el Campito de Arévalo tres avionetas con 300 kilos de merca cada una… eso es lo que tenés que decirle…
– 21 de setiembre, 9 de la mañana, Campito de Arévalo, 3 avionetas con 300 kilos de merca cada una – repetí como un buen alumno.
– Buen, eso es todo, tomátelas – cerró Martillo y con su manota izquierda me indicó la salida -; ah, me olvidaba, vas a venir todos los viernes a esta hora a contarme todo lo que veas y escuches en lo del Mono – hizo una pausa, abrió un cajón del escritorio, sacó un sobre y me lo ofreció -; tu guita.
En la piecita roja me pregunté qué estaba haciendo con mi vida y cuando empezaba a revolcarme en ese barro me llegó un mensaje del Manco: Venite, tengo noticias.
El Manco me recibió escuchando a Bob Marley mientras se armaba un porro del tamaño de un habano.
– Vos sí que sos un viajero del pasado – le dije.
– Vas a ver como después de fumarnos éste – me respondió ofreciéndome el porro – vamos en cohete al futuro…
Lo encendí y le di dos pitadas que me bastaron para identificar a una marihuana arrancacerebros. Se lo pasé de inmediato al Manco.
– Bueno, cuáles son esas noticias…
– Hablé con Bandeja, él te va a recibir, le contás la info que tenés y él se la pasa al Mono.
– No, a Bandeja no le voy a contar nada. Esto es entre Martillo, el Mono y yo.
– Pero qué te hacés el importante piojo resucitado…
– Me manda Martillo a hablar con el Mono, no con Bandeja.
– Ma sí arreglate vos con Bandeja, qué me meto.
Minutos después, Bandeja nos recibía en el quincho de la mansión del Mono.
– Bueno, yo los dejo, me voy a atender el boliche – dijo el Manco y rajó.
– Cómo andás Escuerzo, se te ve bien – me saludó Bandeja.
– Con mucho laburo pero sí, bien ¿vos?
– Igual… bueno, largá lo que tenés – me dijo mientras se acodaba sobre la mesa y se inclinaba hacia mí con sus ojos vidriosos.
– No, a vos no te lo puedo decir, es un mensaje de Martillo para el Mono.
– ¿Ahora sos mensajero de Martillo?
– Algo por el estilo.
– Bueno, voy a ver si el Mono te puede recibir, aguantame.
Me quedé pensando en mi vida, en qué futuro quería para mí, pero una nada espesa como una neblina de un riachuelo podrido me impedía liberar cualquier deseo. Me sentí absolutamente vacío y triste.
– Escuerzo – escuché de pronto, era el Bandeja – seguime que el Mono te va a recibir.
Entramos a la mansión, cruzamos dos habitaciones y nos detuvimos frente a una gran puerta. El bandeja dio unos golpecitos y desde adentro se escuchó que el Mono nos hacía pasar. Estaba sentado a un gran escritorio con una computadora espacial de un lado y cuatro iphone del otro.
– Sientense ¿quieren algo de tomar?
– No, gracias – respondí.
– Un whisky – dijo Bandeja.
– Un whisky – dijo el Mono y se volvió hacia una pequeña heladera de donde sacó una lata de cerveza -, por ahora conformate con ésto – luego se me quedó mirando con los manos entrelazadas sobre el escritorio -; no sé porqué, pero me caés bien Escuerzo.
– Usted también me cae…
– Nada de usted, decime Mono – me interrumpió -, bien, qué dice el animal de Martillo.
– No te lo puedo decir delante de Bandeja.
– Pero quién te creés que sos, pendejo, ¿James Bond? – se calentó Bandeja.
– Tomátelas Bandeja – le ordenó el Mono sin levantar la voz.
Con cara de culo, Bandeja se puso de pie y se fue.
– Es un buen tipo Bandeja, pero no se controla, le salta la térmica fácil – comentó el Mono y se me quedó mirando largos segundos, parecía que me estaba haciendo una tomografía -; bien, contame.
– Martillo me mandó infiltrarme en tu organización y mantenerlo al tanto; además me ordenó pasarte pescado podrido: el 21 de setiembre, tres avionetas con 300 kilos de merca cada una aterrizarán en el Campito de Arévalo y Martillo y su gente estarán allí para recibir el cargamento. Además dijo que el territorio no puede tener dos capos, que uno debe desaparecer.
El Mono se puso de pie, rodeó el escritorio y se detuvo al lado mío.
– ¿ Por qué me contás todo esto? – me preguntó desconfiadamente.
– Porque estoy buscando un maestro, de Martillo no se puede aprender nada, de vos estoy seguro que sí.
El Mono empezó a caminar por la oficina con las manos en los bolsillos.
– Empezó la guerra, ayer mataron al Cebolla, un pibe al que apreciaba mucho, y ahora vos con todo este rollo… el salame de Martillo cree que me voy a tentar y que intentaré mejicanearle el cargamento… pero no caeré en su estúpida trampa… y en cuanto a vos – agregó volviendo al escritorio -, qué querés a cambio…
– Ya te lo dije, aprender de vos, quiero trabajar con uds.
El Mono abrió un cajón del escritorio y sacó un revólver y una caja de balas que dejó sobre el escritorio.
– Se me ocurre algo, que labures de infiltrado mío en lo de Martillo, yo te voy a pasar la info que le tenés que dar y al mismo tiempo vos me vas a contar todo lo que pase allá, al menos hasta el 21 de setiembre, que será la batalla final, después veremos que podés hacer aquí – dijo y me acercó el revólver y las balas -; te va hacer falta ¿sabés que te vas a jugar el pellejo, no? Tanto como si descubro que me estás engañando o si el que lo descubre es Martillo.
– Lo sé – dije mientras guardaba el revólver y las balas en la mochila.
– ¿Cuánto te paga Martillo?
– Quinientas lucas.
– Qué pedazo de rata – dijo el Mono y abrió otro cajón de donde sacó dos fajos de billetes -, ahí tenés otros quinientos.
– ¿Cómo nos comunicamos?
– Jamás por teléfono, venite los viernes a las 18 hs y hablamos.
Minutos después volvía al Orgasmo. Cuando estaba por entrar a la piecita roja me interceptó el Calavera.
– Te estuve siguiendo, traidor, estuviste en lo del Mono. Nunca confié en vos.
– Me mandó Martillo.
Por respuesta recibí una trompada que me tiró al piso dentro ya de la piecita roja.
– Preguntale a Martillo, preguntale – alcancé a decir antes de recibir una patada en el mentón.
– Y ahora despedite – dijo Calavera luego, apuntándome con su revólver ya a punto de jalar el gatillo cuando se escuchó un disparo que derrumbó a Calavera sobre mí.
La autora del disparo fue Dulce Carito que dura, inmóvil, en el marco de la puerta permanecía en silencio. Una vez que pude ponerme de pie, le dije:
– Gracias por salvarme la vida – pero ella no podía hablar, estaba en shock.
– Qué pasó acá – escuchamos de pronto, era Golda.
– Ese hijo de puta, anoche me violó – habló Dulce Carito – y ahora estaba por matar al Escuerzo.
