Por enrique Pagella
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Sin paz
Cuando terminamos la fugazzetta y la segunda botella de cerveza, salimos a la calle en silencio, cada uno en su mundo. Habíamos tenido un día intenso, no todos los días uno está al borde de la muerte o mata a un miserable por la espalda. Quizá esa fue la razón por la cual permanecimos largos segundos inmóviles y mudos en la vereda, como si el paso de los autos y los colectivos nos hubiese hipnotizado.
– Bueno – dijo de pronto Dulce Carito sin mirarme -, me voy a casa, quiero dormir una siesta… – y ahora sí mirándome y con una sonrisa, agregó -, gracias por la invitación…
– No tenés nada que agradecer, el agradecido soy yo, si no fuese por vos ahora estaría en una morgue – le dije.
– Y dale con la cantinela, ya sabés… bah…
Luego me dio un beso en la mejilla – nunca lo había hecho -, y se despidió:
– Me voy Escuerzo, chau…
Mientras se alejaba lentamente, sentí cómo la soledad se adueñaba de mi cuerpo y lo llenaba de una nada espesa como una niebla pegajosa. Y ahí me quedé, sin atinar a moverme, porque en verdad no sabía qué hacer. Tenía el resto del día libre y no quería encerrarme en la piecita roja, así que me obligué a caminar. Quizá una caminata me ayudara a darle un sentido al pedazo de vida que debía vivir hasta que por la noche el sueño me matase suavemente.
Anduve sin rumbo por el barrio haciéndome preguntas que no lograba contestar: ¿Estaba viviendo la vida que quería vivir?, pregunta que de inmediato disparaba otra: ¿Qué vida quería vivir? ¿La de un narco de barrio?; y si no era la vida de un narco de barrio ¿Qué quería ser o hacer? ¿Quería conseguirme un trabajo “honesto” con un salario de hambre a cambio de una conciencia arrasada por una triste rutina?; ¿O me proponía un cambio total?, por ejemplo, estudiar y trabajar, olvidarme de El Mono como maestro y llevar una vida disciplinada para obtener un título profesional que me transformara en un ciudadano respetable. Una hora atrás le había dicho a Dulce Carito que me gustaría escribir ¿Quería ser escritor? Me reí sin ganas ¿Escritor?
No había caso, estaba perdido, más que perdido estaba a la deriva.
Sí, no había caso, el maldito presente hacía conmigo lo que quería, impidiéndome la voluntad necesaria para salirme del peligroso doble juego entre el Mono y Martillo.
En fin, me sentí agotado, sin ganas de cambiar nada, ni siquiera el recorrido que estaba llevando, recorrido que me hizo recordar que tenía una madre a la que hacía un par de semanas no veía y a la que le había prometido llevarle dinero periódicamente, cosa que no había hecho. Pobre vieja, debería haber pasado hambre y otras tantas miserias. Movido por la culpa me encaminé a su ranchito, no sin antes entrar a una librería escolar y comprar un cuaderno y varios bolígrafos.
¿Escritor? Volví a reírme sin ganas. Más allá del pesimismo que me nublaba la idea, intentaría hacer lo que me propuso Dulce Carito, escribir mi vida.
Mi madre, al abrir la puerta, pareció no reconocerme. Se me quedó mirando un buen rato hasta que le cayó la ficha.
– ¡Hijo! – exclamó con su voz de lamento -, vení, pasá, justo estoy con el General Perón.
Mi madre y sus ilustres fantasmas.
Pronto estuvimos sentados a la mesa, ella cebando mate, con el invisible General.
– General, el es mi hijo…
– No le digas mi nombre – intervine y me dirigí al General -, disculpe General pero prefiero que nadie conozca mi verdadero nombre… puede llamarme Escuerzo…
– Escuerzo… por favor… bue… me contaba General cuando murió Evita – dijo mi vieja y se dispuso a escuchar.
Luego permaneció un minuto o algo más en silencio.
– Me imagino, General – dijo al cabo de ese lapso – ¿En serio no quiere un mate?… ¿Le preparo un tecito?… ¿No? – mi madre, entonces, me miró ofreciéndome el mate – ¿Vos Pitu?
Le acepté el mate y me dispuse a hablar con el General, pero ella me ganó de mano.
– El general te hizo una pregunta…
– Ah, perdón, no la escuché…
– El General te preguntó a qué te dedicás.
– Disculpe, general, estoy un poco cansado, trabajo toda la noche en un albergue transitorio, me ocupo de coordinar a la gente que mantiene el orden y la limpieza en los cuartos y también…
– ¡En un albergue transitorio! – me interrumpió mi madre – ¿No vendés más drogas?
– ¡Pero Mamá! ¿Qué va a pensar el General?
– Pero no, Pitu, para mí es una alegría que hayas dejado la venta de drogas ¿A usted qué le parece, General?
Mi madre escuchó atentamente lo que el General decía desde su absoluta inmaterialidad, asintiendo con la cabeza mientras yo me hacía el dormido.
– ¿Oíste, Pitu? ¿Oíste? – me preguntó y entonces fingí despertarme.
– Oh, perdón, es que todavía no me acostumbro a trabajar de noche.
– El General te dijo que un trabajo deshonesto no solo te provoca decadencia personal y peligro de terminar en cana sino que también te aleja de una vida peronista.
– Perdón por mi ignorancia, General, pero ¿qué sería una vida peronista?
Mi madre le mostró la palma de una mano a Perón.
– Déjeme que yo le contesto a este mocoso. El general ha acuñado una frase inolvidable que sintetiza el estilo de vida peronista…
Mi madre se pone de pie y abre los brazos exhibiendo las palmas de las manos.
– Escuchá – e imitando la voz del General recitó -: Compañeros, vayan tranquilos y recuerden, un peronista auténtico debe transitar un solo camino, de casa al trabajo y del trabajo a casa,
Luego compuso la V de victoria con el índice y el medio de la mano derecha y le sonrió al inmaterial Perón.
– ¿Es así, General? – le preguntó y estuvo largos segundos escuchando hasta que me miró – ¿escuchaste lo que dijo el General?
– Sí.
– Un buen peronista no se droga ni vende droga…
– Pero, vieja, yo no me drogo y no vendo más drogas y algo más…
– ¿Qué?
– Con perdón del General, no soy peronista…
– ¡No me digas que sos comunista! – dijo espantada.
– Tampoco.
– ¿Radical?
– Menos.
– ¡¿Libertario?! – arriesgó aún más escandalizada.
– No soy libertario…
– ¿Y qué sos?
– No tengo ideas políticas, no me interesa la política…
– Ah, pero eso está muy mal – se lamentó mirando a Perón – ¿No le parece, General?
Como la cosa estaba poniéndose espesa decidí interrumpirla.
– Con perdón del General, que siempre dice cosas interesantes, yo me voy a ir, vieja, acá te dejo plata…
Abandoné sobre la mesa un fajo y me puse de pie.
– ¿Cuándo volvés? – me preguntó mi vieja de pronto compungida.
– La semana que viene – le dije rumbo a la puerta – Adiós, General, un gusto conocerlo. Chau, vieja.
Salí del ranchito como quien sale de un sauna fuera de control. Venía acumulando demasiadas cosas. Caminando sin rumbo, hice una lista: 1) mi trabajo de doble espía me ponía de los pelos, era muy peligroso: un error y me liquidaban; 2) me habían querido matar y me salvé gracias a Dulce Carito; 3) debía reconocérmelo, estaba enamorado de ella y ella no hacía otra cosa que marcar límites; 4) mi vieja estaba rechapa y yo, en lugar de llevarla al médico, le seguía la corriente; 5) no tenía casa, dormía en un sucucho rojo que me alteraba los nervios; 6) y para rematarla no sabía qué hacer con mi vida. Demasiado para un chico de diecisiete años que aparentaba treinta.
Fue entonces que detuve la marcha y decidí ir a lo del Brujo. Necesitaba hablar con alguien.
Apenas entré a La meresunda tuve la sensación de que me estaban siguiendo. Dos cabezas, que se hacían los giles, me hacían el clásico sanguche, así que decidí doblar en el próximo pasillo de la villa y sacar el filo. Cuando entraron ellos también y me vieron dispuesto a enfrentarlos, se frenaron.
– Ehhh, amigo, no te hagás el loco, está todo bien – dijo uno.
– Tenemos un mensaje de El Culo para vos – aclaró el otro.
El Culo. Lo que me faltaba. Le decían así porque tenía fama de cagarlos a todos. Pero no era tan así, era solo la fama que le habían creado los estúpidos que lo seguían en La meresunda. No le llegaba a las rodillas a Martillo y al Mono apenas podía hacerle cosquillas en los tobillos.
– ¿Qué quiere? Desembuchen que estoy apurado – les dije zamarreando el filo.
– Te quiere ver – dijo uno.
– Tiene algo para vos – dijo el otro.
Era fácil adivinar qué tenía para mí El Culo. Mierda.
– Díganle que me mande un mensaje, él tiene mi contacto – les dije y me abrí paso entre ellos con el filo en punta.
Minutos después, el Brujo me recibía en su templo.
– ¡Pendejo! Te estaba extrañando – dijo al verme, pero pronto su rostro pasó de la alegría a la preocupación – ¡Un momento! – me detuvo cuando estaba por entrar – No estás bien, emitís una vibra del demonio.
– Tenés razón, Brujo, necesito hablar ¿Estás con tiempo?
– Sí, pasá.
Apenas di el primer paso, un disparo impactó en el marco de la puerta, disparo al que siguieron otros mientras el Brujo me arrastraba adentro y daba un portazo.
