Por Daniel Maldonado
Es más o menos conocida la afición de Stefan Zweig por el apunte historiográfico, por la gran literatura y, asunto no menor, por los entretelones del proceso creativo que condujo a los “artistas inmortales” a la realización de sus obras mayores. (Sobre esto último, por ejemplo, el propio Zweig reconocía que dicha afición lo llevó a buscar “ya no simplemente el manuscrito de uno de sus poemas, sino el de una de sus mejores producciones y, preferentemente, el de la mejor poesía por antonomasia […]. Quería de los inmortales, en la reliquia de su letra, precisamente aquello que los había hecho inmortales para el mundo”, El mundo de ayer, 262.)
También es conocida la valoración general de su figura: escritor consagrado, erudito notable. Los motes elogiosos y las consideraciones positivas, se han sostenido en la favorable recepción de la mayoría de sus libros. Su trabajo, traducido a diversos idiomas y que mereció, en vida del propio Zweig, más de una reimpresión, podría ser visto como ejemplo elocuente de su condición de longseller (dice Zweig: “Cierto día leía la estadística de la Coopération Intelectuelle de la Liga de las Naciones y me enteré de que era a la sazón el autor más traducido del mundo”; El mundo de ayer, 238). La consolidación de Zweig como figura de probidad acreditada no es gratuita; que aún hoy se le tenga por figura intelectualmente relevante obedece a la preeminencia que concedió, en sus memorias, al elemento cultural.
En El mundo de ayer, Zweig hace el prolijo repaso de la Europa de la primera mitad del siglo pasado; una Europa que es producto de una sensibilidad moldeada por los códigos de la intelligentsia de su tiempo y que, a ratos, parece encapsulada en su propio oropel. Zweig se presenta como escolar, lector precoz y también precoz en su ansia de cultura elevada; se revela crítico juvenil del mundo adulto (anquilosado, mediocre); se exhibe como emergente promesa de las letras austriacas, como antibelicista, como un entusiasta de la unidad europea; como testigo (medianamente a resguardo) de los horrores de la primera guerra y como enemigo declarado de quienes desencadenaron la segunda (véase, para el caso, el capítulo “Incipit Hitler”).
En efecto, Zweig denunció como oprobiosos el nacionalismo belicista y el horror deliberadamente diseñado a gran escala. No obstante, en sus críticas hacia todo eso que estimaba despreciable (la guerra, el poder sin límites, la artificialidad de las fronteras políticas europeas) se perciben dosis reconcentradas de fatuidad (las razones que explican, para Zweig, el respaldo popular de la Guerra de 1914 son de este tenor: “Entonces el pueblo confiaba todavía, sin vacilar, en sus autoridades; en Austria, nadie se hubiera atrevido a pensar que, a sus ochenta y tres años de edad, el por todos respetado padre de la patria, el emperador Francisco José, hubiera podido llamar a su pueblo a la lucha sin que mediara una extrema necesidad; que hubiera podido requerir el sacrificio de sangre de su pueblo sin que enemigos perversos, ladinos, criminales, amenazaran la paz del imperio”; 159-160. Esa misma fatuidad se observa en el siguiente pasaje: “El viajero que, en aquellos tiempos, se trasladaba más allá de Europa, era casi siempre un hombre singular dentro de su estado y posición: el comerciante, no un pequeño mercader con miras estrechas, sino un negociante de gran importancia; el médico, un investigador verdadero; el empresario, un ser de la raza de los conquistadores, atrevido […], bizarro; hasta el escritor, un hombre de superior curiosidad espiritual”; 125.)
El tufillo a ligereza no es precisamente discreto y proviene, paradójicamente, de la sobreestimación de la cultura (en clave europea). Para Zweig, la esencia de su patria grande depende de la confraternidad entre naciones históricamente afines y su fortaleza se sostiene en la vitalidad de sus valores civilizatorios: Europa es cosmpolita, abierta y, por encima de cualquier otra cosa, humanista. Además, la Europa de ayer era profundamente culta y esa condición orilló a Zweig a remozar (casi que inescrupulosamente) el papel desempeñado por los dirigentes europeos durante la Primera Guerra: “Por fortuna, existía en todos los países beligerantes un departamento que se titulaba de “propaganda cultural”. […] en aquella ocasión, los países, los dirigentes, los emperadores, los reyes, educados en una tradición más humana [sic.], se avergonzaban todavía, inconscientemente, de la guerra. Un país tras otro rechazaba como una difamación vil la acusación de ser o de haber sido “militarista”; al contrario, todos se esforzaban por demostrar, probar, explicar y poner en evidencia que eran naciones cultas” (186-187).
La cultura, así sea propagandística, no sólo civiliza el obrar de los hombres de poder; también se erige, según Zweig, en pilar sobre el que se sostiene la honorabilidad de los humanistas encargados de echar a andar la maquinaria de la guerra.
En esta sobreestimación de la culta Europa descansa la vigencia de las memorias de Zweig. El mundo evocado por el escritor es significativo porque la grandeza espiritual europea, sus valores más preclaros, hallaron asiento en las novelas de Romain Rolland, Thomas Mann o Henri Barbusse; pero lo es principalmente porque constituye una especie de utopía puesta de revés. Hasta antes del arribo del nazismo, Europa era el epicentro de los valores del espíritu y el sitio en donde lo cultural operaba como elemento de religación: “En 1914, en presencia de un mundo que estimaba a la cultura más que al poder y que habría rechazado por inmorales lemas tales como “sacro egoísmo” o “espacio vital”, nada se solicitaba tan afanosamente como el reconocimiento de realizaciones espirituales de universal validez” (187).
El mundo de ayer no es ejemplar (como estiman algunos de sus entusiastas más notables) en tanto testimonio de la probidad de un hombre amante de la paz y de la cultura; El mundo de ayer, es valioso por radiografiar el surgimiento y la consolidación de un ethos. Digo radiografiar y no testimoniar, puesto que Zweig no muestra ni declara a pie juntillas la pertinencia de su ideario. Diestro en el arte de la manipulación (también su Fouché acredita esa capacidad), Zweig no reconoce abiertamente el fracaso de la cultura europea como dique de contención, como antídoto frente al empuje belicista que finalmente redundó en las dos grandes guerras que asolaron la Europa del siglo XX. El ocultamiento o la discreta alusión no son gratuitos; responden al golpe de efecto. Mediante la sugerencia, Zweig pondera las virtudes de la moderación, del acuerdo, del ánimo pacifista: rasgos que, piensa Zweig, hubiesen evitado catástrofes. Precisamente por ello, nada en estos rasgos resulta despreciable: al contrario. Lo genialmente despreciable es el recurso desplegado por Zweig para hacer pasar tales características como inherentes al espíritu pretendidamente ecuménico y civilizador de la cultura europea. En tal sentido es que viene a cuento leer sus manifestaciones o posicionamientos: ante el arribo del conflicto, decide formar parte de una coalición de escritores europeístas; ante el empuje feroz de los nacionalismos, se exhibe en compañía de colegas provenientes de las patrias enemigas; ante la rabieta y la desmesura de los belicistas, opone la dignidad de su condición: “De nada servía retirarse. La atmósfera [de guerra] continuaba opresiva. Al fin y al cabo, uno era escritor, dueño de la palabra y, por lo tanto, estaba en el deber de expresar su convicción, hasta donde ello fuera posible en una época de censura” (171). Su “activismo” se pretende menos político que cultural; de hecho, la cultura es el único recurso del que dispone el intelectual a la Zweig frente a la hybris llamada política. Que Zweig estime insulsa o improcedente la implicación política (y no cultural) del intelectual en los asuntos de su tiempo explica la cuestionable vigencia, particularmente dentro del espectro ideológico del liberalismo europeo (y gringo y latinoamericano), de una obra como El mundo de ayer.
Su vigencia acredita la miseria de nuestro tiempo y coloca en primer plano la índole ideológica (es decir, artística o literariamente impura) de la etiqueta de obra mayor, grande, trascendente. Su vigencia, en fin, acredita el desastre desencadenado por los valores espirituales europeos, menos culturales que políticos (y aún menos culturales que siniestramente económicos). En suma, no sorprende que las memorias de Zweig sean tenidas por testamento ético, guía moral o, aun, advertencia perenne ante el desastre. Remozada por la cultura, hasta la política de muerte se convierte en valor civilizatorio.
