Por Luis Antonio Canché Briceño
La literatura del sur de México goza de una energía extraordinaria y en Yucatán no es la excepción. Así lo atestigua el libro: El jardín que se apropia de mí, de la escritora María Elena González, publicado bajo el sello de la editorial Casa Bonsái. Una obra literaria que ha tenido varias presentaciones tanto en ciudad de México como en Mérida en lo que va de este año 2026. Se trata de una colección de doce cuentos que proponen un diálogo implícito con la naturaleza y cada uno de sus protagonistas. En el primer relato: “Acuosa”, encontramos frases que nos lanzan una estocada provocando incluso un altibajo en nuestro estado de ánimo, “ Nunca olvidaré ese día, se metió al mar y nunca volvió”, la narrativa fluye entre situaciones que van dejando de existir, nos mantiene al borde de la tensión por la descripción de un día a día que se va extraviando y olvidando. Uno se encuentra con frases metafóricas como: “entre la nube, la luna y la necedad”, convergiendo en el detalle de una atmósfera nocturna, plagada de situaciones trágicas e incongruencias. La protagonista nos arrastra en una hilvanada de recuerdos, nos va dando la pauta para sentir lo que suele provocar un acto de separación o nos prepara para imaginar cómo suele darse un momento en que nos toca despedir a un ser querido de este mundo.
En “la burla”, se plantea la idea de reordenamiento de acciones en una pizarra, como un himno a la estabilidad mental, o incluso de cómo puede ser la muerte cuando uno termina estando a solas. Hay cuentos en este jardín acuoso en donde las palabras huelen a alcohol, espacios en donde se aprecia un boceto de lo complejo que suele volverse la fe cuando la vida misma te ha golpeado con fuerza, “ veo el cielo, las nubes, pero insisto, Dios no está”. En el cuento “disfraces” se plantean dos formas de vida desde la óptica de un payaso de hospital, que dialoga en todo momento con la muerte. En el cuento “Los perros hace tiempo dejaron de ladrar”, la narrativa nos va guiando a una transición de recuerdos entre escombros, sangre y desolación en un territorio devastado por la guerra, y es en ese momento en que surge el cuestionamiento personal de qué es lo que seguirá cuando toda la familia se ha muerto. Un fogonazo breve que nos hará recorrer algunas calles de gaza.
La locura y el delirio hacen de las suyas en “ Los reptiles que se deslizan por el suelo”, en particular este relato, me recordó a Guillermo Samperio con el texto: “Tiempo libre”, un cuento brevísimo y emblemático de la minificción y el realismo fantástico hispanoamericano que narra la rutina de un hombre que tiene por hábito comprar el periódico todas las mañanas y sentarse en su sillón favorito a leerlo, sin importar que la tinta siempre le manche un poco los dedos, en ambos cuentos, la metamorfosis, la rutina y el absurdo se mezclan para quebrar a la realidad de forma fantástica. Casi al final, María Elena nos lleva a un viaje desde Logroño hacia Villanueva de Álava en el relato “nuestra narices pedían aire”, en donde se conjugan el asco, la burla y lo repugnante que suelen ser las personas cuando juzgamos sin ser empáticos. Un dejavú de alcoholismo nos sorprenderá con la persona que narra esta historia la cual se desarrolla en un autobús en donde aborda un indigente alcohólico. El destino nos arroja una serie de reflexiones propias que nos dará la oportunidad para repensar, antes de actuar en contra de los demás.
En este gran libro de cuentos, las escenas nos hacen añicos, en las palabras se huele la enfermedad, se recrean situaciones donde se recurre al reclamo a Dios, se plasma un contraste entre lo cotidiano y lo cambiante que puede ser la existencia. De súbito aparecen súplicas para morir, fragmentos de un tipo de crónica del deterioro, dejándonos un cuestionamiento relampagueando como ráfaga luminosa: ¿ qué va a suceder cuando vayamos envejeciendo? En definitiva, “El jardín que se apropia de mí” no es un libro que se lea con distancia, sino uno que se habita con el cuerpo.
En la obra, la autora demuestra una maestría singular para entrelazar lo cotidiano con lo inquietante. Encontraremos historias que nos recuerdan que la naturaleza humana guarda un silencio cargado de presagios a veces bondadosos y en ocasiones hasta catastróficos. María Elena González nos entrega una obra orgánica y envolvente, donde el lector no solo recorre las páginas: se deja envolver por la propia literatura.
¡ En hora buena, larga vida al cuento!
Luis Antonio Canché Briceño.
