Por Enrique Pagella
El camino hacia el Mono
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Como ya les conté, Villa la Rana, era territorio de Martillo, y Villa Desgracia del Mono. Yo no entendía, en ese momento, la razón por la que ambos soportaban que el otro hubiese empezado a poner las patas donde no debía.
Tanto Martillo con el Mono habían nacido y crecido en esas villas miseria, además de hacer crecer en ellas sus grandes pelotas peludas. No me entraba en la cabeza que, más allá de algunos quilombos y un par de muertos por bando, hubiera paz. Supuse que Martillo y el Mono tenían un pacto. Ya averiguaría cuál era el yeite.
Mi nuevo trabajo me lo permitiría. Martillo me transfería una guita semanal en concepto de sueldo – apenas un poco más de lo que ganaba en el boliche – y a diario un dinero para que me hiciese cliente de sus puntos de venta y también de los que el Mono había logrado levantar en la Rana. Como nadie me conocía, excepto el Manco, que había quedado en deuda conmigo, el laburo me caía como anillo al dedo.
El problema que tenía ahora era dónde viviría ya que el rancho de Gonzalito había sido arrasado por los ratis. Con mi vieja ni en pedo volvía a vivir, con el Manco no me convenía y la guita que ganaba no me alcanzaba ni para alquilar una letrina. El veneno que debía comprar a diario, me la podía quedar, así que me dispuse a revenderlo para hacer algunos pesos más pero así todo no me alcanzaba. Pensé entonces en Dulce Carito o en su defecto la piecita roja, pero prefería no volver a ella, me ponía los nervios de punta. Así que esa misma noche monté guardia en El orgasmo. Dulce Carito, otra vez, fue la última en salir. Cuando me vio, sonrió como una adolescente frígida. No era una mala señal. La invité a desayunar en el bar de don Cosme.
Estaba amaneciendo, empezaba a hacer frío. Ella tenía cara de cansada. Apenas nos sentamos a la mesita más cercana a la parrilla, me pregunté con cuántos tipos repugnantes habría estado esa noche.
–¿Mucho trabajo? – dije como un idiota.
Dulce Carito volvió a sonreír, pero esta vez un poco enojada.
– Nada es poco en mi laburo. Soy fea, todo cuesta el doble.
Quería decirle algo que la levantara cuando apareció don Cosme con dos sánguches de milanga completos y dos vasos de vino onda jarra.
– A mí no me parecés fea – dije cuando se fue el viejo, sabiendo que era una boludez lo que estaba diciendo. Dulce Carito era fea de verdad.
– Eso lo decís porque sos tan feo como yo, tarado, no me dorés la píldora.
– Hay que hacer mucha guita, la guita te pone lindo – le respondí mientras le entraba al vino.
La bronca apagada de su cara, tras mis palabras, soltó amarras. Dulce Carito bufó y me señaló con un dedo.
– Dale, gil ¿por qué no vas al grano, eh? ¿O me querés vender que el sapo es en realidad un príncipe azul que me viene a rescatar de esta sucia vida?
Dándole un buen tarascón a la milanga, me la quedé mirando. Me flasheó cómo iba al frente. No le cabían ni las medias.
– Me quedé sin cueva – le dije -, reventaron el boliche de Gonzalito y a la piecita roja no quiero volver, me pone loco.
Dulce Carito aprobó cabeceando. Pero no era una aprobación de mi necesidad sino de su intuición.
– Hasta ahora solo compartimos la cara de sapo. Me esperaste dos veces a la salida y hoy me invitaste a desayunar ¿no te parece que es poco como para que yo te resuelva el problema?
No me sorprendió su respuesta porque tenía razón.
– Es que no sé qué hacer, sapo sin charco no caza moscas – dije.
Ella sonrió con sus ojos saltones.
– No lo puedo creer – dijo -, estoy viendo a un sapo ahogándose en un vaso de agua – hizo una pausa para sorber vino y después se acodó en la mesa hacia mí – ¿sabés qué es lo que tenés que hacer?
– No… te lo acabo de decir.
– Quedarte en la piecita roja.
– Ya lo sabía – medité -, soy un cabeza.
Dulce Carito bajó la mirada como si no quisiese mostrarse pensando. Después de unos segundos volvió a mirarme,
– A Golda le caíste muy bien, la escuché, y si le caíste bien a Golda, le caíste bien a Martillo. Golda es el cerebro de ese gorila.
Ya había notado la simpatía de Martillo pero lo de Golda no lo había supuesto. Esa joya inexpresiva le acomodaba las ideas al jetón.
– Y si tiene – dije – esa influencia ¿por qué sigue atendiendo?
– Ella no atiende ¿cuándo la viste?
Otra vez, Dulce Carito me educaba. Había dado por hecho que Golda trabajaba como las otras chicas pero sin haberla visto en acción.
– Es la jefa – dije.
– Es la puta jefa – dijo Dulce Carito y me propuso un brindis -, tenés que aprovechar a Golda, podés ir escalando.
Brindamos. Dulce Carito me estaba gustando mucho. Esa chica tenía la habilidad de hacerme ver las cosas de una manera que a mí no me pintaba, así de una. Se la pasaba sorprendiéndome. Y como soy un tipo árido y no me conocía en el amor, dejé que ella manejara nuestro asunto.
–¿En qué estás pensando? – la escuché preguntar.
– En lo de Golda – dije.
– Mentira.
Debo haberme puesto colorado porque Dulce Carito escupió una carcajada que me dio de lleno en la jeta.
– Mirá nene, si vamos a tener una relación, tenés que saber algunas cosas. Primera: Estoy harta de garchar; segunda: no creo en el amor; tercera: sí creo en la amistad; cuarta: las boludeces de enamorados me ponen los ovarios de punta.
Dichas esas palabras se me quedó mirando como quien ha dado un cachetazo y espera la respuesta. Ahora era mi turno de sorprenderla.
– Soy virgen – le dije.
Dulce Carito abrió los ojos como para que se le cayeran sobre la mesa.
– Nah… ¿Qué edad tenés? – me preguntó.
– 17.
– Parecés de casi treinta.
– Todo el mundo me lo dice ¿y vos?
– Eso no se le pregunta a una mujer, y menos a una puta.
Esta vez sus palabras no tenían bronca o enojo. Sonaron como si más allá del límite que ponían, ella estuviese sacando cuentas mientras me miraba como se mira a un marciano.
– Así que sos virgen – dijo pensativa.
– Con esta jeta que tengo, las cosas se me complican un poco.
– Nah… cualquiera chabón – dijo haciéndome un fuck – ¿por qué te parece que puedo laburar de puta?
No me lo había puesto a carburar. Obvio que era la chica más fea de El orgasmo, pero no me había preguntado qué veían en Dulce Carito los hombres. Alguna vez, el Brujo me dijo: vos no te preguntás el porqué de las cosas, vos las das por hechas.
– No sé – dije.
– Porque la fealdad también gusta – dijo como si me lo refregara – y hay, nene, un secreto mágico para que un fulero guste.
Dulce Carito se me quedó mirando, quería verme morder el anzuelo. No lo hice. Solo me limité a sostenerle la mirada.
– Actuar como si uno – dijo finalmente – fuera lindo. Ese es el secreto.
Como el secreto me pareció medio boludo se me escapó una carcajada. Dulce Carito me decepcionaba por primera vez.
–¿No me creés? – se quejó.
– Depende mucho de la voluntad, no sé si funcará conmigo.
– Mirá, yo ahora no me siento linda, entonces se me ve fea, pero fíjate esto, me voy a concentrar – dijo y se tapó la cara con las manos.
Habrá estado con la trucha tapada un minuto. Luego se descubrió y vi la transformación. Dulce Carito estaba bellísima. Nada en su rostro había cambiado pero era otra. Pensé si no se habría vuelto loca o si no sería una bruja, qué sé yo, creo que hasta sentí miedo.
– Sos otra persona – dije, y no sé por qué, en voz baja.
– Me estás mirando como si fuera un fantasma – dijo con su misma voz pero sonando como el viento en la playa.
– Estoy impresionado ¿cómo hacés?
Inclinando hacia un costado la cabeza, me derritió con una sonrisa.
– Estudio teatro hace un tiempo ya – dijo sorprendiéndome una vez más.
–¿Teatro?
– Sí, boludo, teatro ¿por qué te asombra tanto?
No supe qué contestar. En aquella época me parece que daba por supuesto que una puta no tenía vida social ni otros intereses, como si la prostitución no tuviese otra cara, una cara común y corriente como todo el mundo.
– No me lo imaginaba – dije y ni yo me lo creí aunque era la verdad.
– No tenías por qué imaginarlo – dijo y sonó como si hubiese dicho “Soy tuya”.
– Sos muy buena actuando.
– Ya lo sé.
–¿Y por qué no te dedicás a la actuación?
– No es lo mismo pegar un casting que un tipo, los tipos son más fáciles – dijo con amargura -, además, no hay muchos papeles para feas lindas. Como cacho de carne funciona mejor. Ahora estoy preparando un espectáculo teatral. Cuando lo tenga listo, me la juego y le renuncio en la jeta a Martillo. No puedo hacer las dos cosas a la vez, las dos se hacen de noche. O sea, mi fea linda me sirve más para puta que para actriz.
Era la primera vez que la sentía seca y triste. Su magia la había condenado.
–¿Y por qué no te creés la mejor actriz? – le pregunté sinceramente y me sentí extraño.
Dulce Carito me miró disimulando mal la sorpresa. Era la primera mía. Por respuesta me agarró la mano y sonrío apenas.
Habremos estado en lo de Don Cosme una hora más. Me enteré de algunas cosas interesantes que pasaban en El orgasmo. Por ejemplo, que Martillo estaba perdidamente enamorado de Golda, pero Golda no y hasta le había puesto los puntos delante de todos, teniendo, al mismo tiempo, un romance secreto con la invisible mano derecha de Martillo, el Calavera – el Paralítico era la zurda.
Pensé: en cualquier momento se la ponen; y calculé que debía acercarme cuanto antes a Golda con mi táctica de sapo invertida, no saltaría sobre mi presa, dejaría que ella saltase sobre mí.
Con Dulce Carito no quedamos en nada, ni en vernos de nuevo ni en arreglar una salida. Ni un beso en la mejilla nos dimos. Ella quería una amistad. Yo quería un poco más. Pero como ya estaba acostumbrado a recibir menos de lo que esperaba, me fui, diría, feliz.
A El orgasmo llegué un par de horas después. El Paralítico pareció ponerse contento cuando le pregunté si podía quedarme un tiempo más en la piecita roja.
– Está todo más que bien – dijo -, de paso me podrías dar una mano con los boludos que están ahora revisando las suites, los eligió el Calavera.
Era la primera vez que mencionaba al Calavera y lo hacía en tono de reproche.
–¿Quién es el Calavera?
– Un tarado que se hace el misterioso y le sopla la oreja a Martillo.
Me pregunté si el Paralítico sabría lo de Golda y el Calavera. Me daba la impresión de que no estaba al tanto. De saberlo ya hubiese estallado todo. Ahora la mecha de la bomba la tenía yo.
–¿Anda por acá? – le pregunté.
– Poco, está más en el tema boliches, aparece cuando menos te lo imaginás y tiene un montón de soplones aquí adentro, se entera de todo. Cuidate.
Minutos después me presentaba a los dos tarados que había elegido Calavera. A Mingo, un pelirrojo granuliento, petiso, flaquito y bizco; y a Japón, que era un chino de, calculo, dos metros de altura, ni gordo ni delgado, con expresión de no haber dormido bien y un aliento a podrido que le creaba un aura infecta de dos o tres metros de alcance. Había que hablarle y escucharlo de lejos.
Yo no sé si estaban muy drogados y con qué droga pero a los dos les costaba muchísimo entender o ver cosas muy simples. Por ejemplo, con pegar una simple olfateada y echar un vistazo atento a la primera suite que entramos, la Faraón, uno podía detectar una anomalía.
– Miren la suite y díganme si hay algo raro.
Mingo y Japón miraron durante algunos segundos pero no vieron nada.
–¿En serio no ven nada extraño? ¿no sienten un olor un poquito fuerte?
– Hay como un olor medio a mierda, sí – dijo Japón.
– Yo no huelo, estoy resfriado – se atajó Mingo.
Sobre la delicada seda de la sábana del sarcófago de dos plazas, justo en el centro, había dos impresionantes soretes. Se los señalé. Tardaron largos segundos para darse cuenta qué eran esas dos cosas, como si hiciese años que no veían soretes y les costara entonces reconocerlos. Por fin Japón rompió el silencio.
– Son dos soretes – dijo.
– Flor de soretes son los que dejaron esos soretes – se indignó Mingo.
– Los felicito – dije -, exacto, son dos soretes.
Hacer todo el recorrido con esos infradotados me dejó de cama y medio idiota. La estupidez es contagiosa. Apenas terminamos me fui corriendo, no quería saber más nada. Entré al bar, me serví un café doble y al darme vuelta para ir a la piecita, me topé con un tipo que me miraba como un policía. Era de estatura mediana, robusto, de pelo castaño cortado al rape, ojos negros, filosos, nariz chiquita y boca con labios de negro. Vestía de negro. La remera, el jean y las zapatillas, todo negro.
– Hola – dije.
– Hola, yo soy Calavera, quiero hablar con vos – dijo con una voz de lija mientras me señalaba una mesa cercana.
Una vez sentados, entrelazó los dedos sobre la mesa, me echó una nueva inspección y encendió un cigarrillo.
–¿Vos estabas en el boliche con Gonzalito, no?
– Sí.
–¿Tenés idea de qué fue lo que pasó con Galíndez?
Esa no me la vi venir. Le sostuve la mirada.
– No, la verdad que no.
– Según lo que pude averiguar, fuiste el último que lo vio.
– No lo sabía… ¿en serio? – dije fingiendo sorpresa.
Calavera desentrelazó los dedos y después se me quedó mirando mientras se metía el índice de la mano izquierda en la nariz.
–¿Pasó algo raro entre ustedes?
– Yo era la tercera o cuarta vez que lo veía y siempre lo mismo, venía a bardear… tenía menos onda que flequillo de coreano.
Calavera rio. Pensé que era una buena señal.
– Flequillo de coreano, muy bueno – dijo y se dedicó a observar el gran moco que se había sacado -, cuando tengo un moco así, no puedo pensar – comentó y empezó a amasarlo con el índice y el pulgar – volviendo a mirarme, agregó -, seguro que después fue a lo de El manco, siempre hacía ese recorrido ¿vos lo conocés?
– De vista nomás.
–¿Al Mono lo viste alguna vez?
– No.
– Yo estoy seguro que la cosa viene por el lado de él. Nosotros estábamos bien con Galíndez, ellos no; ahora se nos pudrió el rancho con la cana… algo debe haber pasado en lo del Manco, seguro – dijo mirándome con los ojos entrecerrados. Tuve la sensación de que no me creía.
– Puede ser – dije como si lo estuviese pensando y meneé un poco la cabeza.
La ceniza del cigarrillo que Calavera terminaba de fumar, la venía tirando en el piso. Apagó la colilla con la lengua. Después se tomó su tiempo para encender un nuevo cigarrillo.
– Me gusta el sabor de la ceniza – dijo y dio una pitada profunda.
No supe qué mechar. Envuelto en una nube de humo, me empezó a mirar como con curiosidad.
– Que sos un tipo frío vos – dijo -, no dudaste en despachar a tu compañero… era un buen pibe pero estaba repirado…
– Iba a limpiar dos clientes importantes – dije fingiendo una defensa.
– No, está muy bien lo que hiciste pero me impresiona – dijo y eructó -, esa sangre fría no es normal ¿qué edad tenés?
– Diecisiete.
– Parecés de treinta – dijo Calavera y se tiró un pedo de antología.
No pude evitar un bufido. Ya estaba harto de que me lo dijeran. Es más, prefería que me dijeran que era más feo que la mierda a que siguieran la matraca con que parecía de treinta. Me hacía sentir un estropicio.
– Ahora estoy más impresionado – dijo espantando el olor de su pedo con una mano (olía a cadáver de una semana de vida) -, che, vos… con esa frialdad ¿no te habrás cargado a Galíndez, no?
Este Calavera tenía no solo el olfato afinado para sus horribles pedos sino también para otras cosas. No sé cómo habré controlado la jeta, solo intenté mantenerme en mis cuatro. Debía usar a ese simio para llegar a Golda. Estaba cada vez más seguro de que le darían una patada en el culo a Martillo.
– No soy tan idiota – dije -, sé rescatarme.
Calavera se me quedó mirando con sus sucios ojos de policía. Creo que le sonreí.
– Bueno, eso es todo por hoy – dijo y se puso de pie – ¿Cómo va el mystery shopper?
– Haciendo amigos – dije.
– Saludos entonces.
Mientras se perdía entre las mesas del salón me pregunté qué carajo le había visto Golda a ese tipo. Intuí que aparentaba ser una perla para esconder su monstruo. Debería ser tan buena actriz como Dulce Carito.
En la piecita roja, sin sueño, aburrido, caí en la cuenta de que yo también era un actor y hasta ahora no me había ido mal interpretando a un pendejo confiable y de sangre fría, pero no tenía que descuidarme. Calavera me había echado el ojo. Pensaba en esas cosas cuando se escuchó un alboroto. Agarré el chumbo y fui a ver qué pasaba. El jaleo venía de donde estaban las suites. Cuando entré al pasillo vi que el Paralítico y un par más tenían acorralado a un chino o japonés de traje que zarandeaba un maletín y no paraba de hablar en su puto idioma. El Paralítico le preguntaba para qué se había metido en El Orgasmo, qué quería y el otro dale con hablar en chino o japonés. Era evidente que se estaba haciendo el gil. Lo mismo le pareció al Paralítico que decidió ponerle fin al asunto pero para qué. Apenas intentó agarrarlo, el maldito se transformó en Bruce Lee y empezó a repartir golpes y patadas. Cuando vi lo que podía contra tres tipos, me escabullí por una puerta lateral que daba al parque porque cincuenta metros más allá había otra puerta que me iba a permitir entrarle por atrás al ponja. Preguntándome por qué los muchachos no habían pelado los chumbos, creí entender la razón. Nada de balaceras en el palacio de Martillo. Saqué la púa entonces y entré. Ahora la cosa se había puesto más espesa. Bruce Lee ya había noqueado a dos y habían llegado Mingo y el Chino. Pensé que el Chino con sus dos metros y siendo del mismo bando, podría hacerle frente pero no. Fue el primero que cayó. El Paralítico se la bancaba pero estaba ligando de lo lindo. Y Mingo, sorprendiéndome, logró, a pesar de ser chiquito, meterle dos buenas hostias, un gancho que hizo tambalear al chabón y un recto en la boca que le sacó sangre. Fue ahí que el tipo peló un seis luces y les apuntó mientras hablaba sin parar y zamarreaba la valijita. Tratando de no hacer el más mínimo ruido e invirtiendo el circuito respiratorio, como me había enseñado el Brujo para volverme invisible, me le fui acercando a Bruce Lee. No tenía decidido todavía si lo iba a matar o solamente herir o si iba a probar reducirlo. Herir o reducirlo eran muy riesgosos, el oriental podía hacerme papilla. Lo tenía que matar, lo tenía de rehén a Mingo, le había puesto el caño en la sien. Así que cuando estuve a dos metros, me detuve a preparar mi salto de sapo. Y salté con la púa directa a su espalda. Pero Bruce Lee giró de pronto, con un antebrazo desvió mi chutazo, me dio con la pistola en plena jeta y se rió. El hijo de camión de putas, iba matarme cuando el Paralítico lo durmió de un culatazo. Yo estaba en el piso con la cara enchocolatada y dolorida.
– Qué chino de mierda, la que lo parió, es una máquina – dijo el Paralítico y luego de ordenó a Mingo –, andá, traé algo para atarlo.
Poniéndome de pie, vi que se acercaba Golda. Caminaba como si lo estuviese haciendo sobre el paraíso.
–¿Qué pasó? – preguntó apenas se detuvo.
El Paralítico le contó. Bruce Lee había entrado corriendo a El Orgasmo, había burlado a los de seguridad, que estaban un poco borrachos, también le contó lo que yo había hecho.
–¿Borrachos? – se sorprendió.
– Y drogados – agregó el Paralítico.
– Hay que cagarlos a palos y rajarlos – dijo Golda y me miró – ¿vos estás de cliente fantasma, no?
Asentí mientras el Paralitico se hacía del valijín.
– No, vos estás para otra cosa, voy a hablar con Martillo.
– Mirá Golda – dijo entonces el Paralítico con el valijín abierto. Estaba lleno de dólares.
Así di el paso más importante, el que me mostró el camino hacia el Mono. Sé que parece contradictorio porque en realidad estaba más cerca de Martillo y de Golda. Ya verán que no.
