¿Acaso cometimos una acción extraña?
Explica, si puedes, mi disturbio y mi pavor.
Charles Baudelaire
Despertó de una horrible pesadilla, sudaba a chorros la fiebre moral del guayabo. Era de noche, la faena se había extendido por varios días. Imágenes llegaban como pájaros negros disparados, ninguno con suficiente claridad. Encendió un cigarrillo que alcanzó con manos temblorosas, tanteando por encima de la mesa de noche. En la habitación oscura sólo se escuchó el raspón del fósforo sobre la superficie del suelo, acercó el fuego que místico apareció entre la oscuridad y lo unió con la punta del cigarrillo, carburaciones que crecían y decrecían con algo de ansia y ligereza. Se levantó de la cama y se dirigió con pasos desganados y torpes hacia el interruptor de la luz, la bombilla bañó la habitación de una opaca amarilles que permitía ver el humo levitando lentamente por encima de las montañas de ropa y el desorden que era toda la trinchera que tenía por habitación. Se miró al espejo y sintió una especie de pánico Borgeano, se vio transparente, pálido, de mal color, demacrado, se desconoció totalmente y desapareció de su vista. Caminó hacia la cocina, hizo un breve paneo con la mirada recorriendo el campo de batalla que ante sí se presentaba como platos, ollas, pocillos, cucharas, licuadora empegostada de jugo, sartenes con grasa, bolsas con sanguaza, jugos pichos, pedazos de pan mordidos, galletas, toda una lista Faulkneriana de utensilios y cosas desagradables a la vista y al olfato, se podría decir que a cada uno de los sentidos; moscas, ratones, cucarachas, hormigas. La escena era un desastre total, entropía pura y decadente. Tomó una pequeña olla, la enjuagó como pudo y puso a hervir agua, quería prepararse un café, pero no contaba con que ya no le quedaba nada en la alacena, ni café, ni azúcar, de vaina un pedacito de panela que tiró a la ollita con algo de íntima vergüenza. Encendió la radio para saber del mundo, las malas noticias que casi siempre escuchaba lo hacían sentirse menos fracasado, menos miserable, escucharlas le permitía entender que toda la humanidad, cada pizca de civilización estaba podrida. Prestó atención a toda clase de horrores que emitían a quema oreja.
¡Radio-Noticias nueve en punto informa!
Tras terremoto en Venezuela, miles de personas han perdido la vida y otras aún se encuentran desaparecidas, las ayudas humanitarias empiezan a llegar.
Cuatro hombres y una mujer son los involucrados en el macabro caso donde asesinaron a una joven en estado de embarazo para extraer la criatura que llevaba en su vientre.
Militar retirado mandó a dar de baja a su compañera sentimental después de revisarle el celular.
Los comerciantes ya están aburridos de tanta extorsión y asesinatos en la costa caribe colombiana
Encuentran muerta a una mujer en el baño de un bar, la víctima tenía varias heridas en el cuello y el abdomen al parecer con arma cortopunzante, la policía continúa con las investigaciones.
Apagó la radio y se sirvió el agua de panela caliente, se imaginó que era café, se quemó la lengua y le gustó sentirse vivo. Se dirigió al cuarto y buscó en los bolsillos del jeans que traía puesto si quedaba por casualidad algún cigarro; Sólo había par de monedas de quinientos pesos, una cajita de chicles Adams y un condón sin usar, nada más. Un sorbito de aguapanela caliente para pasar la fría realidad de la noche y el golpe sobrio de la soledad. Pilló unas manchitas rojas sobre el jeans, enfocó la vista y logró observar con claridad que era sangre seca, puntitos de sangre coagulada y una que otra mancha difuminada. Pensó que lo más probable era que se hubiese lastimado de la misma borrachera, como en otras ocasiones, pero no se detectó ninguna herida. Las lagunas cada vez sucedían con más frecuencia y por eso se pegaba sus roses cuando salía a tomar, no compraba, pero nunca faltaba quien le brindase par de meques en el bar, o en la tienda, o en el parque, la cuestión es que siempre había. Él mismo decía con tono orgulloso a veces, que su talón de Aquiles era el traguito, la fría, y que por esa razón el polvo era como una bendición de los dioses, una protección enviada desde el mismísimo olimpo. Volvió a examinar la habitación, ropa sucia por todas partes, cada rincón atiborrado de chécheres, Cambuches y montañas de trapos, recordaba que a su madre le emputaba todo ese valeverguismo que se cargaba cuando vivían juntos, toda su porquería y descuido personal, y sin embargo le lavaba, le preparaba la comida y le hacía la vida más llevadera. No hay nada más digno que una toalla limpia hijo, le decía mientras sacudía y tendía la ropa y las sábanas blancas, límpidas. Paranoico buscó la camisa entre el desorden hasta encontrarla, confirmó que la prenda estaba manchada de sangre, tostada de sangre y sudor, se llevó las manos a la cabeza, se estiró y pegó un grito tremendo, un alarido parecido al llanto. Comenzaron a llegarle imágenes, botellas, voces aleatorias, canciones rayadas, una miscelánea de estridencia y acordeones, el baño, los pases, ron, billetes, luces de neón, cuchillo y limón, mucha gente, labios rojos en la barra, una flor. Se asustó con sus pensamientos, miró por la ventana el cielo de la noche, enmarcada la constelación de géminis se dejaba ver nítida. Le rodaron un par de lágrimas por las mejillas, sabía lo que había hecho, pero no a quién.
Era de madrugada y algunos pájaros empezaban a cantar, las ansias de fumar lo sobrepasaban y prendió la primera colilla que recogió del suelo, un plon certero y una tos de perro inmediata. Recordó las peleas entre su mamá y su papá, las mil y un imágenes y groserías le venían de manera cinematográfica. Después de la muerte de su padre, siguieron los padrastros, y después de la muerte sus padrastros, y así las que terminaron con él o con ella. Qué importaba el orden de las afectaciones, cuando los daños eran colaterales.
Comenzó a odiarse, a pensar en lo miserable que había sido toda su vida, en el único amor según él que tuvo en los tiempos del colegio; ilusiones, lindas palabras que hasta allí no lograban alcanzarlo, entre más recordaba momentos bellos de otrora, el vacío en su pecho se hacía más grande. Presa de la nostalgia se puso a esculcar el baúl de su padre difunto, fotografías de matrimonio, bautizos, cumpleaños, unas soplando las velas, otra comiendo pudin, otra con disfraz de Batman, otra montado en un carrito en la plaza del pueblo, dejó de ver las fotos y se concentró en un bulto, lo desenvolvió y fue apareciendo el niquelado revólver, estaba cargado, no con todas las balas, pero dos se dejaban ver en la recámara. Se dirigió a su cuarto, cerró la puerta, detrás tenia pegado un poster de Led Zeppelin, más que el vallenato, que sólo lo escuchaba cuando se emborrachaba, su género predilecto era el rock; The Beatles, Pink Floyd, David Bowie, The Rolling Stone, etcétera. Se miraba en el espejo nuevamente, pero ya no temía al desconocido desencajado que estaba en frente, lo desafiaba, era como Robert de Niro en Taxi Drive, le apuntaba con el arma, la montaba y lo confrontaba. Si tú, muy machito, si tú mata niñas, si tú, maldito loco, hoy será tu día. Afuera se asomaban los primeros rayos de sol, los pájaros cantaban y anunciaban el nuevo día luminoso y diáfano, fresco. De las casas vecinas comenzaba a emanar el aroma a café recién hecho, que se colaba hasta el cuarto donde seguía mirándose al espejo y apuntándose con el arma. – Si tú, mariquita, si tú, mata niñas, hoy es tu día- pelaba los dientes, se mordía los labios, torcía los ojos, se burlaba del demente que tenía en frente y lamentaba encontrarse con él esa mañana, en esas precisas condiciones, hasta que un sonido interrumpió el monólogo que ensayaba en el cuarto. – Si tú nenita, si tú, daña parches, mata niñas, hoy es tu día, no lo dudes.
Afuera se escuchó la sirena de una patrulla, adentro los agentes de policía escucharon una detonación.
Epílogo
El 1 de Mayo de 2007, entre las seis y siete y media de la mañana, una patrulla de policía se detuvo frente a la casa del principal sospechoso de asesinato de una joven mujer que había aparecido muerta con varias puñaladas en el baño de un bar de la ciudad. Al bajar del carro los agentes escucharon un disparo, entraron a la casa forzando la puerta, un olor nauseabundo emanaba de toda la casa. Al subir las escaleras, en uno de los cuartos y frente al espejo, encontraron sesos regados y una completa escena trágica. Un hombre tirado, con un revolver en la mano y un orificio en la cabeza del cual salía un chorrito de sangre que se iba haciendo cada vez más delgado y oscuro con el pasar de los segundos.
