El partero
Por Enrique Pagella
Primera entrega
Todo el mundo me conoce como el Escuerzo. Muy pocos saben mi nombre verdadero. Alguna vez el Brujo, que vivía como un rey en la Meresunda, me dijo:
– Quien conserva su nombre real en secreto, es invencible. Yo no me llamo Johnny Nievas.
Después, se puso de pie y me limpió la energía haciendo ruidos raros con la boca, revoleando los ojos y las manos como si se hubiese esguinfado veinte mogras de la frula que toman los diputados cuando la rosca va para largo. Luego, y de chispa, bajó tres cambios y parpadeando como una batidora de patrullero, me dijo:
– Vibrás alto, mocoso, estás predestinado para cosas grandes… siempre y cuando no ventiles el nombre que te dieron tus viejos… hay un ángel que te sigue a todas partes ¿sabés? –“La yuta”, pensé -… él te protege… por eso todavía no caíste en cana… tenés mérito acumulado… che, decime una cosa ¿cuántas personas conocen tu nombre?
Yo dudé. No lo sabía. Al colegio ya no iba. No tenía trabajo, no sabía de qué trabajar. A mi viejo lo habían matado Los Chimangos. No tenía hermanos. Mi vieja no me llamaba por mi nombre. Cariñosamente me decía Pitu y así se me conocía en la villa, por Pitu. Apodo que nunca me había gustado porque los guachis con los que me juntaba me jodían con que venía pobre del ganso. Hijos de una yegua. Pitulín me decían para hacerme calentar.
En fin, no la tenía clara. Pero eran pocos los que conocían mi nombre.
– Pocos – dije –, mi vieja, algunas amigas de mi vieja y algún vecino, creo.
– Mejor así muchachito… a ver… decime una cosa ¿vos sabés que tenés cara de sapo? ¿no?
Desde muy pendejito me tuve que morfar que un ejército de boludos se cagase de risa porque mi jeta y la del sapo no terminan de parecerse debido a que yo soy negro y el sapo verde. Solo por eso.
Y ahora, a la interminable fila de hijos de puta, se metía este brujo merquero.
– Sí, la concha de tu madre – le contesté pero tranca.
El tipo se zampó un buen sorbo de saliva. Escuché ese gorgoteo chiquito que hasta puede doler. Pero lo manejó, se recompuso rápido.
– No te estoy gastando, boludo – dijo más serio que un pan de merca.
–¿Entonces?
– Tu apodo debería representar a tu cuerpo pero más aún a tu mente y a sus potencias – dijo el brujo y yo ya no lo entendí al tipo.
– Che – reaccioné –, yo vine a que me consigas protección para salir cantando alto del asunto que se me viene, ya te lo dije… ¿Qué tienen que ver mi nombre y la jeta que dios me dio?
– Pitu no te ayuda. Para la tarea que te impondrá el futuro, Pitu es una mierda.
– No sé de qué hablás pero lo que no me ayuda es la cara, ese es el problema… – y sin saber por qué, agregué lo siguiente -, una vez maté a uno que me dijo cara de Sapo.
El brujo se me recontracagó de risa.
– Esa es muy buena… por decir… lo que se ve… me muero… lo que se ve claramente… lo mataste… nooooo… – logró decir mientras rociaba saliva y eructaba bajito.
– Fue el que más me jodió con Pitulín y fue el primero que me dijo Sapo.
– Y vos te enojaste en lugar de asumirlo.
– Lo maté.
– Error, error garrafal… tendrías que haber asumido el nuevo apodo y servirte de su poder.
– No te entiendo, Brujo.
Hizo una pausa, respiró y torció la boca.
–¿Sobre qué tienen poder los sapos? – me preguntó.
– Qué sé yo.
– Sobre las moscas y otros insectos que revolotean en su cotidianeidad.
–¿Coti… qué?
– No importa… lo que importa es cómo el sapo se come a los bichitos.
Seguía sin entenderle, pero de pronto me vino a la cabeza el recuerdo de un sapo que vivía en el fondo del ranchito de mis viejos en la Meresunda.
– Se queda quieto y mira – dije.
– Sí, espera inmóvil.
– Y de repente salta y saca la lengua como un latigazo…
– Y se come al bichito.
Me quedé pensando. Me acordé de los gastes en el colegio y el de los guachis en la villa. Y vi que yo medio me comportaba como un sapo. No decía nada, me la fumaba quieto, observándolos a todos con la matraca dale que te dale: “Qué feo sos Sapo pijacorta/Mi hermanita no quiere tomar la sopa, venite a casa así la asustamos y después la amenazamos cada vez que no quiera tomar la sopa: “Mirá que viene el Sapo”/Hagamos una campaña “Una cara nueva para el Sapo”, hacemos sorteos, asados, recitales y te juntamos guita para la cirugía”. Cosas más o menos así me decían y yo en el molde. En el molde hasta que detectaba al más boludo y le rompía la jeta a trompadas. Sin vueltas eh, la primera piña nadie se la esperaba. Era la mejor, los ponía en el umbral, tambaleando, y así yo me los comía.
– Ya empiezo a entender – dije.
– Tu apodo tiene que darte el poder que te es propio y tu nombre verdadero debe ser tu mayor secreto. Vos tenés el poder de un sapo. Inmovilidad atenta, muy atenta; observación aguda; y acción súbita, destellante. Tu apodo debe potenciar esas cualidades, debe anunciar tu poder, exhibir, muchas veces, es la mejor forma de esconder.
A mí todo lo que decía el Brujo me venía poniendo en la órbita Vela Jamaiquina y aunque no estaba seguro de comprender, tuve la sensación de que algo me brillaba adentro en el pecho.
–¿Vos decís que me haga llamar Sapo? – pregunté con un poco de miedo.
– No – respondió el Brujo y con sus manos hizo algo así como una presentación de lo que iba a decir -, mejor apodo para vos es Escuerzo.
–¿Qué es?
– Es un batracio como el sapo, que es muy parecido al sapo, pero que tiene dos cualidades que lo diferencian y que vos también tenés.
–¿Cuáles?
- Para cazar se hunde en el barro, solo deja los ojos afuera, fijos, precisos y silenciosos… ¿A vos te gusta meterte en el barro para ver, no?
Desconozco si lo que estaba pasando en mi cabeza podía llamarse pensar, pero comenzaba a sentirme fuerte, fuerte como nunca. Así era y sigo siendo yo. El barro es mi casa.
– En el barro me muevo bien – dije y me corregí -, bah… quiero decir que sin moverme veo como una águila pero al ras del piso.
El Brujo aprobó lo que acababa de decir inclinando la cabeza y haciendo una morisqueta con la mano.
– Otra habilidad – dijo -… habilidad no sé si es la palabra… otra cualidad, sí, cualidad… es su apetito. Es muy voraz. Come todo lo que tenga el infortunio de meterse en su radio de caza. Llegado el caso puede comerse a otro escuerzo.
El Brujo hizo una pausa para mirarme. Me estaba agujereando. Era verdad, la pura verdad lo que decía. A pesar de que estaba por cumplir 17 ya me había comido a cuatro; al primero me lo comí a los 14. Y no era una carga para mí. Todos se la venían buscando y yo había salido limpio como un coche del lavadero.
– Sí – dije -, el que me las hace, que se atenga.
– Pero ese poder no sirve solamente para hacer justicia.
–¿Y para qué más sirve?
– Para ser el numero 1, para peinar la línea más gruesa.
Peinar la línea más grosa. Qué bien lo había dicho. No podía hacerme el boludo. El Brujo andaba con buena puntería. Yo soñaba ser el garompa de un gran manada.
– Pero todavía no es tu tiempo, falta – siguió el Brujo -, tenés mucho que aprender, tenés que buscarte un buen maestro, un hombre al que te duela comerlo.
Al que me doliera comerlo. Definitivamente, el Brujo hablaba lindo. Te podía vender cualquier cosa. Tenía que buscarme un maestro. OK: me gustaba la idea. Me daba un norte que hasta el momento no había tenido. No sabía qué quería hacer de mi vida. En el rancho no quería estar más. Mi vieja era un fantasma y me daba miedo. Además, no sabía hacer nada, excepto cazar.
– Entonces – me trajo a la realidad el Brujo -, de ahora en más te vas a hacer llamar Escuerzo y al que no comprenda que, de ahora en más – recalcó -, sos el Escuerzo, lo fajás y punto.
Estaba por decir algo que me parecía importante y que ya no recuerdo, pero el Brujo no me dejó.
– Segundo, vas a hablar con tu vieja para que se olvide de tu nombre, con sus amigas y los vecinos que lo conozcan también y si alguno es lengua floja, metele miedo.
Eso también me gustó. Meter miedo me resultaba fácil, con permanecer desapercibido a pesar de la jeta, podía con mi reacción hacer que se frunzan los culos más cerrados.
– Tercero – continuó el Brujo–, como ya te dije, tu poder no solo sirve para vengarte, también sirve para hacer guita, mucha guita, pero para eso necesitás alguien que te enseñe, que te muestre el mundo. No todo es violencia repentina y puntería. Para hacer guita no es el cuerpo quien tiene que reaccionar, para hacer guita la cabeza se tiene que volver violentamente racional.
Yo ya estaba haciendo volar los deseos soñados. No solo quería dejar de tener hambre, además quería comerme al mundo de mierda que me rodeaba. Así empezó mi camino hacia el maestro, hacia el Mono.
Empecé hablando de mí porque hablar de mí es contar lo que el Mono hizo de mí. Yo ahora no sería el Escuerzo que soy si el Mono no me hubiese despabilado la mollera y abierto aún más mis ojos de sapo. Yo no sería, machaco, el Escuerzo que soy si el Mono no hubiese sido el mono que era.
Y del Brujo, qué decir de ese buen turro. Podría haberme puesto en la cabecita una mariposa para darme cuerda, pero no, en cambio me la partió con el mejor filo que me hirió en la vida. Esos filos que cortan pero no hieren porque liberan.
También se puede decir que contar la historia del Mono es contar mi historia. Ahora que estoy veterano me ha terminado de caer la ficha. Ahora no me equivoco si me jacto de ser un negro que usa la fiambrera como hay que usarla.
Así fue que una noche me fui de la Meresunda, con dos mochilas, con una cuchilla y con un pobre chumbo, un seis luces que le afané a un sereno que chupaba como un cosaco.
