Por Enrique Pagella
Una monada
Entrega 2
–¡Qué hacé Pitu guachiiiiiiiinnnn!
El gordo Cacerola no era mi mejor amigo, era el único, así que no podía decir que era el mejor porque no tenía con quién compararlo.
–¡Eh Pitu, vamo a tomar unas birras! ¿A qué no sabé qué hay en este bolsillo, eh?
Cacerola me señalaba un bolsillo abultado de su campera. Como estaba engolosinado con el bulto aproveché para ponerle un buen cachetazo.
–¡Eh, Pitu y la concha de tu madre! – se defendió el gordo – ¿Qué carajo te hice loco de mierda?
– De ahora en más – le dije señalándolo con un dedo -, nada de Pitu, de ahora en más me vas a llamar Escuerzo.
El gordo se me quedó mirando como si yo fuese un teorema.
–¿Y para eso me tenés que pegar?
– Para que se te grabe.
– Si me lo pedías por las buenas, yo no hubiese tenido problema en llamarte Escuerzo.
– Eso quiere decir que ahora sí tenés problemas.
– Qué inteligente que sos – dijo Cacerola y me puso un bife que me dejó tintineando. Así y todo no me movió. Entonces lo miré como abandonando la pelea. Le sonreí.
–¿Ahora estamos a mano?
– Estamos.
– No, no estamos – retruqué y le di un recto a la mandíbula que lo noqueó.
Así fui domando a unos cuantos. Con mi vieja resultó mucho más difícil porque no le quería pegar. Con ella tenía que hablar y mi vieja no estaba bien del mate. Veía espíritus en el ranchito. Por las noches se envolvía en una frazada maloliente, prendía una vela y empezaba a hablar vaya a saberse con quién. Yo, desde mi cama, no veía una goma. La única manera de bajarla era con ginebra y una pasta. Ella ni se imaginaba que yo le picaba una pasta y se la ponía en la ginebra. Bueno, la noche en que me iba a ir del ranchito, a mi vieja se le dio por hablar con el espíritu de Menem. La verdad que me causó gracia. Fue la primera vez que la locura de mi vieja me hizo reír. Quizá me daba gracia porque también sería la última. Ya no tendría que bajarla, ya no quería más lola, ya era hora de que ella comenzara a dominarse por su cuenta o de que se le colgara el mate por completo. Sonriendo salí de la cama, abrí la heladera, saqué la ginebra, agarré dos tazas, las llené, le colé la pasta a una, guardé la ginebra en la heladera, agarré las tazas y me fui a sentar al lado de mi vieja en su cama.
–¿Y usted – le preguntaba al espíritu de Menem – hizo alguna vez un pacto con el Diablo?
– Perdón que los interrumpa – dije ofreciéndole la taza -, tomá.
– Pero che – se fastidió – ¿no te das cuenta con quién estoy hablando?
– Pero qué bolú que soy – dije mientras me aceptaba la taza -, no traje para Don Menem.
Eso la desorientó a mi vieja. Yo nunca antes le había hecho creer que veía lo que ella estaba viendo.
–¿Cómo quiere la ginebrita Don Menem?… ¿Con hielo?… ¿Mezclada con birra?
La vieja parecía que estuviese mirando un partido de ping pong. Hasta que se clavó mirando a Menem.
– Con birra… – dije -, ahí se la traigo.
– Te dijo que no quiere – me corrigió mi madre.
– Ah, entendí mal.
– El señor Carlos fue muy clarito.
Me senté nuevamente en la cama y le di unos sorbos a la ginebra. Mi vieja escuchaba a Menem, le daba a la taza y de vez en cuando decía alguna boludez. Yo sabía que en quince veinte minutos la pasta empezaría a causarle efecto. El espíritu de turno entonces se las tomaba y a mi vieja le agarraba un estado de normalidad que le duraba tres cuartos de hora y luego se desmayaba. Esos cuarenta minutos eran el único momento del santo día en que se podía hablar con ella. La cosa es que habló con Menem media hora más. La pasta parecía no haberle hecho efecto. Miré su taza. Estaba vacía. La mía también. Me pregunté si había sido tan boludo de chuparme la pasta. Pero no, no sentía ningún efecto. Agarré las tazas, las llené de ginebra, molí otra pasta con los dedos, la tiré en la taza de mi vieja, la agarré con la mano derecha, con la izquierda llevaba la mía, fui hasta la cama, me senté y le ofrecí la taza. Ella creo que estaba hablando de la cultura musulmana con Menem. Sin mirarme agarró la taza y comenzó a mandársela. Esta vez la pasta sí hizo efecto. Quince minutos después Menem y mi vieja se despidieron.
– Qué chabón fuera de serie el Carlos ¿no? – le dije.
– Todo un caballero.
– Che, vieja, ayer hablé con el espíritu del viejo.
Ahora sí me miró. Los ojos se le habían abierto, parecían dos bolitas de las grandes.
–¿Y por qué no me llamaste?
– Porque te habías ido al chino.
–¿De día se te apareció?
– A mí estos cosos se me aparecen más de día que de noche.
– Mirá qué raro – se quedó pensando.
– Te manda un beso, me dijo que pronto se te va aparecer a vos.
–¿Y por qué se te apareció primero a vos y no a mí?
– Porque me tenía que decir algo muy importante para mi vida y porque no puede aparecer cuando se le canta el culo. Dice que es muy difícil, que el wifi que hay allá – miré para arriba – es una verga.
–¿Usan wifi para aparecerse?
– Es el wifi del Barba.
Mi vieja sonrió con los dientes que le faltaban. Hacía tiempo que no sonreía. Era el momento.
–¿Querés saber lo que me dijo el viejo?
– Contame.
– Me contó que dentro algunos años yo iba a ser el más garompa de la comarca.
–¿Y cómo lo sabe?
Miré el techo y señalé con una mano.
– Allá se sabe todo.
– Ah, claro, qué tonta.
– Pero para que yo llegue a garompa tengo que hacer dos cosas, bah, tres.
–¿Qué tenés que hacer?
– Primero, me tengo que cambiar el apodo. No tengo que dejar que me llamen nunca más Pitu.
–¿Y cómo te vas a llamar?
– Escuerzo.
A mi vieja se le escapó una carcajada y se tapó la boca.
– Es muy feo – opinó.
– No importa – opuse – y segundo: mi verdadero nombre no lo tiene que saber nadie.
– Yo sé tu verdadero nombre, sos mi hijo, vos te llamás…
–¡No lo digas! ¡No lo digas!
– Creí que yo era la única loca en este rancho.
– Escuchame, no le tenés que decir a nadie mi nombre ¿está claro?
– Ta, no se lo voy a decir a nadie… pero no es tu nombre legal… no tenés acta de nacimiento tampoco DNI ¿nunca te preguntaste por qué?
– Pensé que porque se les había cantado las bolas no inscribirme.
– Tal cual.
– Mejor.
A mi vieja ya se le estaban empezando a caer los párpados. Le quedaba rosca para cinco minutos.
– Y me dijo algo más.
–¿Qué te dijo?
– Es la tercera cosa que tengo que hacer para llegar a garompa.
– Dale, decilo de una vez.
– Me tengo que ir de acá, tengo que hacer mi vida.
La vieja me miró inexpresivamente mientras parecía desinflarse. Le pasé una mano por el hombro y la atraje hacía mí.
– Me voy vieja.
–¿Adónde te vas?
– Me voy a La Rana, allá hay más laburo para un Escuerzo.
–¿Y qué va a ser de mí?
– Te voy a traer guita para que te mantengas, voy a venir todas las semanas.
Cabeceó un poco. Tenía los ojos llenos de lágrimas. Temblaba despacito.
– Dentro de algunos años – le dije – me voy a comprar flor de casa y te llevo a vivir conmigo.
–¿Me lo prometés?
– Te lo prometo.
–¿Y cuándo te vas?
– En un rato.
–¿Queda ginebra?
Nos tomamos una ronda más, en silencio. Cuando terminé mi taza, le di un beso – hacía años que no la besaba – y me puse de pie.
–¿Tenés dónde dormir allá? – me preguntó con el volumen muy bajo.
– Voy a hacer base en lo de Gonzalito.
–¿Vas a vender droga con Gonzalito?
– Sí – le respondí y enfilé hacia mi cama, me puse la campera y agarré las dos mochilas que había preparado.
–¿Te vas a cuidar?
–¿Alguna vez tuve algún problema con la cana?
– No que yo sepa.
– Bueno, vieja, me voy. En el cajón de la cocina te dejé un poco de guita. La semana que viene te traigo más.
Ella había enmudecido. Solo me miraba con una mirada triste, de velorio, mientras se dejaba caer en la cama. Me calcé las dos mochilas, una en cada hombro y salí del ranchito. Agarré la bici, me subí y miré la noche. Estaba despejado pero no se veía ninguna estrella, solo la luna que estaba como enferma, medio amarilla.
Así comenzó mi camino hacia el Mono. Y la verdad es que, como ya dije, no puedo hablar de él sin hablar de mí. Insisto: tengo que hablar de mí por lo menos hasta que empiezo a laburar para el Mono y todavía falta que les cuente cómo llegué.
Gonzalito vendía porro, paco y merca, a veces ácido, para la competencia del Mono, para los Tiernitos de Martillo, un viejo de mierda, que se la pasaba de putas, porque también tenía un par de puterío en La Rana. El territorio del Mono estaba en Villa Desgracia, pero tanto él como Martillo habían intentado copar terreno del otro y la cosa se estaba poniendo espesa. En fiambres iban 2 a 2.
Me instalé entonces en lo de Gonzalito. Dormíamos uno al lado del otro, en el piso. Una reverenda cagada porque Gonzalito roncaba como un chancho y olía a salamín viejo. No se bañaba el tipo, solo se lavaba los sobacos en la pileta de la cocina y se los rociaba con aromatizador de ambientes fragancia pino. A un tipo así lo terminás odiando si encima le sumás que se tiraba unos pedos nucleares.
A la tardecita empezábamos a atender pero los descerebrados venían a cualquier hora. Estábamos todo el día laburando. Teníamos de paraguas a los polis de la Segunda. Nuestro enlace era el sargento Galíndez, una bazofia humana. Ese era capaz de vender con descuento a la madre y a la abuela. Todos los días pasaba por la cuota y no se privaba de fregarnos. Que éramos dos negritos de mierda, que teníamos menos futuro que una vela, que no servíamos para un carajo, que no iba a esperar una orden del juez para allanarnos, que nos iba a pasar por la parrilla. Un día me cansé y lo seguí con la moto de Gonzalito. Quería matarlo. Era mi oportunidad de llamarle la atención al Mono. Yo sabía que, al Manco, el dealer de Mono, que vendía a dos cuadras de donde estábamos nosotros, también le cobraba y lo forreaba Galíndez. El Manco tenía menos autocontrol que un esquizofrénico y yo me la venía imaginando, en cualquier momento la cosa se pudría entre ellos. Yo me pedía un cucurucho en la heladería de enfrente y fichaba el asunto. Hacía el seguimiento dos o tres veces por semana. Estaba esperando el momento de accionar. Como el Manco era manco de verdad, estaba hasta las verijas de drogas y le había quedado la mano menos hábil, la derecha, seguro estaría en desventaja con Galíndez, al que se lo veía en forma, bien parado y con dos manos grandes y fuertes.
Cuando me di cuenta que empezaban a discutir, me dije: “Preparate”. Miré hacia un lado y otro de la calle. No se veía a nadie. Ideal. Crucé y me puse a leer los menús de la vidriera mientras el Manco y Galíndez discutían.
–¿Quién so vo? Pa venirme a basureá, gil de cuarta.
– Soy la japi que te tenés que morfar, patasucia.
– No me des manijá, no me manijeés, yo sé lo que te digo…
– Vos no sabés lo que decís… es más: vos no sabés.
– Puede ser, hay muchas cosas que no sé, pero hay una de la que estoy reseguro.
– Que te la comés onda choripán.
– No, que te voy a romper la cabeza – dijo el Manco y rodeó el mostrador para detenerse en guardia ante Galíndez.
–¿Con una sola mano me querés pelear? – le preguntó Galíndez haciéndose el contemplativo.
– Con una sola te mato.
Tras la frase el Manco le metió un recto en la nariz a Galíndez. Golpe limpio, preciso. En consecuencia, la nariz de Galíndez empezó a chorrear sangre.
– Pero mirá qué gallito resultó el pelotudo – dijo y saltó sobre el Manco con un uno, dos, tres que le entró como si tuviese abono. El Manco cayó tipo tabla y Galíndez sacó el revólver y yo entré bien gato, bien silencioso, con la púa lista y me le puse atrás y se la hundí de una.
El Manco se paró pero como no se dio cuenta de que yo estaba detrás de Galíndez, clavándolo, le metió un ascendente en el mentón que sonó a dientes rotos. Tuve que esquivar la caída del muñeco y recién ahí el Manco me vio con la púa. Tenía la cara destruida.
– Pitu, me salvaste loco, me iba a disparar el hijo de puta…
– Pitu las pelotas – le dije -, de ahora en más soy el Escuerzo.
El Manco frunció la frente y después se cago de risa.
– Ta, señor Escuerzo… tenemos que hacer algo con esto – dijo mirando a Galíndez.
– Cerrá el local – le sugerí.
El Manco corrió hacia la vidriera, bajó la cortina y volvió lento, pensando.
– Lo subimos a la camioneta y se lo llevamos al Mono, el va a saber qué hacer con esto, ahora le mando un mensaje a Bandeja – el Manco hizo aparecer un celu y grabó un mensaje: “Qué hacé Bandeja querido, che, acá tengo un pedazo de carne mechada que le va a interesar al Mono. Es carne de poronga”.
El Manco cachó una pierna de Galíndez.
– Vení, ayúdame que lo sacamos por atrás.
Apenas empezamos a arrastrarlo, sonó una notificación. Era un audio de Bandeja: “Dice el Mono que anda con ganas de asado, dice que te vengas”. El Manco respondió: “Voy con el Escuerzo, ex Pitu, de la competencia”.
Nos costó uno y la mitad del otro meter a Galíndez en la caja de la camioneta, era pesado ese cabeza de chota. Minutos después salíamos de La Rana porque el Mono no vivía en la Villa. Tenía un caserón a unos kilómetros al norte, en un barrio muy cheto. Nos recibieron dos gorilas con menos onda que flequillo de coreano. No hablaban, gruñían. Al fin nos dejaron pasar con la camioneta y cincuenta metros después frenamos frente a la mansión del Mono.
Bandeja nos esperaba sonriente. Era un tipo hecho como en una sola pieza. No tenía cuello ni cintura. Los brazos y el pecho eran tan anchos que parecían una misma cosa. La cabeza empezaba normal con el pelo cortado al rape pero terminaba en una mandíbula de buey. Tenía los ojos chiquitos, de un color raro, y filosos.
– Así que que trajiste el vacío – dijo como si mordiese las palabras.
–¿Querés verlo? – le preguntó el Manco.
El Bandeja enfiló hacia la caja de la camioneta y el Manco abrió y le mostró.
– Ah, flor de mercadería trajiste, no me imaginé que era de tan buena calidad – dijo e hizo aparecer un Handy: “Che, Bolita, decile al Mono que venga a la puerta, que tiene que ver lo que trajo el Manco” – luego se me quedó mirando – ¿de dónde saliste cara de sapo?
Yo me le quedé mirando, seguro de mi silencio, no quería putearlo.
– Él lo apagó, me salvó la vida, atiende desde hace poco el boliche de Martillo – intervino el Manco.
Bandeja me estudió un par de segundos. Le brillaban los ojitos.
– Qué buena onda – dijo sin entusiasmo.
El Mono apareció de repente. No lo escuché llegar y su apariencia me impactó. Nada en él hacía pensar en un mono. Era morocho blanco, fino; debería medir un metro ochenta y cinco; se notaba que hacía fierros; vestía elegante; no pasaba los cuarenta años y tenía un rostro fuerte, a prueba de trompadas: la frente dura, lisa; los pómulos y la quijada de huesos grandes; y la nariz recta y ancha. Los ojos negros como el cabello y las cejas, miraban fuerte, inmóviles. Nos sonreía con todo el cuerpo, menos con esos ojos. Se detuvo al lado de Bandeja, se cruzó los brazos sobre el pecho y con la cabeza apenas inclinada nos dijo:
– Qué tipo de quilombo trajeron.
– Un buen quilombo, el cara de sapo ese – Bandeja ni siquiera me señaló -, es el autor, atiende el boliche de Martillo.
El Mono fue a la caja de la camioneta, abrió y miró. Lentamente se le dibujó una sonrisa extraña. Fue la sonrisa más seria que vi en la vida. Cerró de un portazo y vino hacia nosotros.
–¿Qué pasó?
– El forro me estaba bardeando mal y yo me calenté – dijo el Manco.
– Ese era su oficio – se quejó el Mono – y vos caíste como un gil.
– Fui a pelearlo.
–¿De frente?
–¿Cómo de frente?
– Frente a frente, boludo.
– Sí.
– Vos no podés pelear frente a frente, no aprendés más, vos tenés que ir a traición y con sorpresa, tendrías que haberlo atacado por la espalda, pelotudo.
– Él lo hizo así, el cabeza de chota me estaba por rematar y éste, de atrás, le metió un filo.
El Mono me miró como si me estuviese apuntando, un ojo medio cerrado.
–¿Así que laburás para Martillo?
– Sí – respondí.
–¿Y qué hacías en mi boliche?
– Lo estaba siguiendo al cabeza de chota, venía de bardearme a mí y se la había jurado. Hace un tiempo que lo seguía. Mientras me tomaba un helado enfrente vi lo que estaba pasando con el Manco y supe que era mi oportunidad. Entré y lo clavé.
El Mono miró a Bandeja, después al Manco y, por último, regresó a mí.
– Me salvó la vida – insistió el Manco.
– Okey – dijo el Mono e hizo una pausa para pensar. Caminó hacia un lado y hacia otro con la cabeza gacha, las manos agarradas sobre la espalda -. okey – repitió y nos miró -, vamos a quemarlo ¿alguien los vio?
– No – dije -, yo estuve atento a eso, no había nadie en la heladería, la vieja que atiende no ve una poronga, y no había gente en la calle.
– Bien, ahora el tema es que cuando los polis noten la desaparición de Galíndez, se nos van a tirar encima, tanto a Martillo como a mí – ahí me miró – ¿Sabe Martillo?
– No.
–¿Lo ves?
– Nunca lo vi. Hace poco que laburo.
–¿Le vas a contar?
– No sé si me conviene.
– Okey… creo que no te conviene, ese hijo de puta te entrega, se saca el problema de encima y chau picho – dijo el Mono y miró a Bandeja -, encargate del asado. Ustedes dos – nos señaló –, se van con el orto bien cerrado – luego me apuntó con sus ojos negros – ¿Cómo te llamás?
– Escuerzo.
– Qué buen nombre – sonrió y sin despedirse se fue como había llegado, onda chasquido de dedos.
Así empezó mi relación con el Mono. Como buen Escuerzo sabía que tenía que esperar, quieto, atento. Sabía que tarde o temprano el Mono iba a usarme contra Martillo. Buen, saber… no tanto como eso, pero me lo quedé esperando. A Gonzalito no le conté nada. Era bastante bocón. Seguí con mi rutina. Ahora tenía que hacer la siguiente jugada. Lograr que Martillo me quisiese conocer.
