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Temor a la muerte

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El jueves llegué con mi mamá a la casa de los abuelos antes del mediodía, el día estaba gris y llevaba toda la mañana amenazando lluvia. El interior del apartamento de mis abuelos parecía más frío y gris que la misma ciudad. Verónica nos dejó entrar y volvió al lado del abuelo. A su lado estaba mi abuela sentada en el sofá rezando el rosario.

La abuela tenía los ojos vidriosos, pasaba los dedos por la camándula y miraba por la ventana mientras que el abuelo repetía las oraciones llorando profusamente. Verónica, la enfermera, nos dijo que el abuelo había estado en ese estado de ánimo ya por un rato y que le había pedido a la abuela que rezaran. El abuelo decía que tenía mucho miedo porque sentía la muerte muy cerca y también sentía que había sido una mala persona. Leer Más…

AUTOPISTA AL CIELO (Paco de Lucía alcanza a Cirilo Macanaki)

Con motivo al lamentable deceso de Paco de Lucía reproducimos esta nota de la AGENCIA NOTICIOSA ORBITAL (ANO) sobre  uno de sus guacharaqueros más queridos, que seguramente lo acompañará desde hoy en esa autopista al cielo.

Cirilo instantes después de haber quedado ciego.

viernes, 23 de septiembre de 2011

ANO- NEW YORK. Entraron las guacharacas y con su retumbar se aceleraron los neutrinos y tras los neutrinos huyeron los últimos rayos de luz. Cirilo Macanaki, natural del Congo, enceguecía en medio de su presentación musical en el Madison Square Garden, en el corazón de la capital del mundo. Gritó, pero de júbilo, al no tener que volver a ver a esas bestias blancas que lo apresaron en las riveras del río de su patria. Desde que llegó a la civilización occidental no hizo otra cosa que repetir para sí y sus interlocutores: «el horror», mientras percutía el bongó con la ira suficiente para superar la velocidad de la luz. Ninguna maravilla es para siempre y hoy 23 de septiembre se ha decidido dejar libre al negro ciego en mitad de la jungla. Él arrugará su naricita como percibiendo su origen natal pero ya será muy tarde y los caníbales tendrán su festín. Después de volver de esa dimensión a la que lo llevó el haber superado las teorías de Einstein dijo que todo lo que había visto desde ese otro universo fueron gorilas en la niebla. Retumbará Africa. Retumbará el Madison Square Garden, y sobre todo, retumbará mi corazón.

fuente: ANO

Paco de Lucía, Q.E.P.D

Paco
Manolo Sanlúcar lo dijo: «Paco encanta al que no sabe de esto y vuelve loco al que sabe». Hoy Paco empezará a encantar y enloquecer desde el furtivo escenario de los muertos. Falleció en la costa que da al mar que más le gustaba (el de Cancún). Les presentamos un documental sobre el guitarrista de Algeciras que hizo temblar a los ortodoxos más radicales del flamenco:

Cine de terror colombiano: Extraña Regresión (1985), Funeral siniestro (1977) y 27 horas con la muerte (1981)

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No hay mejor rato que los domingos por la noche cuando uno sintoniza la televisión pública nacional y tiene la suerte de encontrarse con alguno de los largometrajes del cineasta colombiano Jairo pinilla. Anoche tuve la oportunidad de repetir una de esas noches de terror bizarro viendo Extraña Regresión de 1985.

Jairo Pinilla es un cineasta colombiano, nacido en Cali en 1944. Pinilla estudió ingeniería y después de vivir en Mexico –donde estuvo trabajando para la empresa norteamericana Burroughs y de conocer por dentro la industria del cine– regresó para realizar en Colombia sus primeras películas. Pinilla tiene en su haber diez cortometrajes, cinco largometrajes y dos documentales, siendo su obra más reconocida la incluida en el género del terror.  Leer Más…

La muerte según Fogwill

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Fogwill afirmó en el prólogo a la edición hecha por Alfaguara de «Cuentos completos» que todos sus relatos fueron escritos bajo el dictado de una voz. En el caso de «Restos diurnos», la muerte, la oscuridad, los fantasmas, los ruidos, la cocaína, el humo del cigarrillo, la paternidad, el divorcio y el desvelo se entrecruzan en una narración que es imposible de acceder por medio de una paráfrasis. A continuación, un extracto de este relato escrito en 1994:

La muerte es una prolongada suspensión. Cesa todo. Siente cómo se despega el cuerpo: es una  lámina invisible que se ha desadherido y ya no envuelve, y el cuerpo, vuelto ahora un objeto, doblado sobre sí junto al cuerpo de la otra, quebrado, ensangrentado, inútil. Son dos muñecos más fingiendo un gesto que a nadie habla: ni a él, ya fuera, ni a los hombres de blanco que auscultan, ni a los hombres uniformados que miden y marcan con pintura amarilla el recorrido de sus últimos pasos, ni a los vecinos que se agrupan en la vereda curioseando, ni a los muchachos de la fotografía que han llegado y disparan en el aire sus flashes y rondan todo. Pero él no oye. La muerte es comprender, prolongadamente comprender. No oye, ve sin mirar y no huele ni toca. Puede atravesar mil veces las paredes de madera de ese vestuario y junto a los cuerpos, bajo los cuerpos, entre los cuerpos y dentro de ellos, ese interior inútil,  sustancia inútil.

Tampoco habla. Ya nunca se atreverá a hablar para no sentir más el horror de las palabras que no salen, porque no tienen dónde ni hacia dónde salir. Ya no hay lugar; la muerte es una duración sin sitios, los lugares son simultaneidades fijas y ese horror a las palabras sin materia es lo que siempre le impedirá hablar; la muerte es suspender el riesgo de todas las palabras que nunca se podrán decir. Uno, despegado del cuerpo como la superficie inútil de un envoltorio cotidiano, se arroja en medio de lo que ya no sirve y queda ahí, donde ya no hay lugar ni tiempo, sólo la duración, estática, y la extensión, simultánea, como si todos los lugares reconocibles fuesen vistos de una sola vez por el ojo multiplicador de un insecto. Definitivamente, no es penoso morir: así, esto que ve o comprende no es sino la prolongación de lo que hubo antes y quedó ahora doblado, usufructuado por los hombres, desplazado, medido, cortado y observado por los hombres. Eso que ya no es él, ahí yace.

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El pirata que murió en San Valentín

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Era 2004 y en Rímini, uno de los balnearios más apetecidos de Italia, el día de San Valentín,  Marco Pantani,  campeón de un Tour de Francia (1998) y un Giro de Italia (1998), apareció muerto en el cuarto de un hotel. Además de antidepresivos, abundaba la cocaína en el escenario de su muerte. Pocos meses antes, uno de sus buenos amigos en el pelotón internacional, también moría por un infarto, después de una vida donde hubo drogas («Chava» Jiménez). Los dos fueron, en ese ciclismo de fines de los noventa y comienzo de siglo hoy día tan condenado por los moralistas que quieren colocar a los deportistas el aura de ejemplos de determinados valores, las estrellas que se atrevían a atacar en lugares inverosímiles, dispuestos al riesgo de perder porque lo que les gustaba era andar en la bicicleta. En la mítica ascensión al Galibier, en 1998, envuelto en la bruma y la lluvia, Pantani se consagró como virtual dominador de la vuelta a Francia, venciendo a Ulrich, que, más frío, también formó parte de una tragedia en la que sólo pudo ganar un tour (1997) pues luego de la irrupción violenta del italiano llegó un Clint Eastwood llamado Lance Armstrong y lo condenó a ser segundo:

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Algunas flores del muerto (extracto de "La montaña mágica")

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«Ulises», «En busca del tiempo perdido» y   «La montaña mágica» padecen la misma enfermedad: Todo el mundo las alude y pocos las leen. Más que por el reto que implica leer un voluminoso ejemplar de casi mil páginas (aún hoy se sigue creyendo que es una novedad que un libro largo sea de alto impacto y se vuelva en una nueva biblia, como suele promulgarse por parte de los fanáticos de «2666» o «La broma infinita»), es por el desgano que genera una pieza museográfica, encumbrada por  suplementos culturales, críticos y comentadores que han petrificado las posibilidades de lectura de dichos libros. Quizá sea la venganza de la humanidad para con esos escritores, una venganza inocente e inconsciente, inferida por quienes no tienen más remedio que erigirse como patriarcas de interpretaciones incontestables. Pese a esos intentos, estos libros siempre tendrán pliegues, como este de «La montaña mágica» de Thomas Mann que a continuación les presentamos, donde el abuelo muerto puede ser sustituido por esas  «grandes obras maestras» que se canonizan y se vuelven obligatorias para ser «cultos» y las flores y el ataúd podrían corresponder a los cientos de tesis, tesinas y reseñas que aparecen a diario (también podrá condenarse esta permutación pues implica una lectura en clave alegórica, tan defenestrada hoy por los literatos):

La muerte era de una naturaleza piadosa, significativa y de una belleza triste, es decir, muy espiritual; pero al mismo tiempo completamente de otra naturaleza, casi contraria, muy física, muy material y entonces no se la podía considerar ni como bella, ni como significativa, ni como piadosa, ni incluso como triste. La naturaleza solemne y espiritual se expresaba por el suntuoso ataúd del difunto, por la magnificencia de las flores, por las palmas que, como se sabe, significaban la paz celeste; además, y más claramente todavía, por el crucifijo en las manos del abuelo difunto, por el Cristo bendiciendo, de Thorwaldsen, que se hallaba derecho a la cabecera del féretro, y por los dos candelabros erguidos a ambos lados que, en aquella circunstancia, habían adquirido igualmente un carácter sacerdotal. Todas esas disposiciones encontraban aparentemente su sentido exacto y bienhechor en el pensamiento de que el abuelo había adquirido para siempre su figura definitiva y verdadera. Pero, además, como el pequeño Hans Castorp no dejó de notar, a pesar de que no se atrevía a confesárselo en voz alta, todo aquello y sobre todo la enorme cantidad de flores, en particular de tuberosas esparcidas por todas partes, tenía por objeto mitigar ese otro aspecto de la muerte que no es ni bello ni verdaderamente triste, sino más bien un poco inconveniente, de una naturaleza bajamente corporal: tenía por objeto hacer olvidar o impedir que se tuviese conciencia de aquello.

Traducido por Mario Verdaguer

Para recordar a Gelman

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Ahora que Gelman ha muerto, empieza a correr el peligro de convertirse en un poeta nacional. Ya han declarado, por parte del órgano presidencial de su país, un duelo de tres días. Habrá que dejar que pasen los días para vislumbrar, con claridad, todo lo que él escribió. Esperamos que no termine postrado como nombre de una calle de Buenos Aires (así, compartiría no sólo el destino de otros tantos autores sino de algunos militares golpistas) o su rostro quede impreso en un billete. Esperamos que sus libros sean leídos. ¡Buen viaje, señor Gelman!

Nadie sabe que vivió o murió

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En  «Marte en Aries» de Alexander Lernet-Holenia» el espíritu y el cuerpo vuelven a unirse y se confunden para que nunca más sean escindidos, como lo figuraron los primeros visionarios semíticos cuando percibieron ese hálito que Dios insufló a esa figura de arcilla llamada Adán. Este retorno cobra mayor importancia pues el protagonista de la novela es un militar que pertenece a las filas del ejército alemán durante la segunda guerra mundial. A esta comunión se suma la del encuentro del mundo entre los vivos y los muertos, de manera que ya no podemos discernir quién es un difunto o un viviente. Les presentamos un pequeño extracto en donde dos muertos hablan y sigue latente la  pregunta de quién, en nuestro presumido mundo de vivos, pudo haber registrado el diálogo entre dos difuntos. Y todo esto parte de la premisa que un muerto nunca se sabe como tal: ¿Hemos fallecido?

Por ejemplo, yo leí el caso de un hombre que sufrió un accidente de tráfico y perdió el conocimiento. Cuando volvió en sí se encontró en su cama y al lado de la cama estaba sentado un amigo suyo que él creía muerto desde hacía años.

-¿Qué haces aquí?- le preguntó-. ¡Si tú estás muerto!

-Y tú también- respondió el otro.

Marte en Ares, Alexander Hernet-Holenia P. 11. Ed Plaza & Janés

U-Carmen eKhayelitsha: Bizet en Sudáfrica

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La muerte de Nelson Mandela volvió a poner en el imaginario colectivo a Sudáfrica, país que se destaca por su diversidad cultural pero también sus grandes desigualdades sociales. En Sudáfrica existen grandes fortunas, fue sede del mundial de fútbol hace un par de años y sus ciudades están entre los principales centros de negocio del continente, pero cerca de una cuarta parte de su población se encuentra desempleada y vive con menos de 1,25 dólares al día. Allí, a esta Sudáfrica pobre regresó en 2005 una heroína clásica: Carmen. La gitana regresó con su repertorio musical traducido al xhosa y para trabajar en una fábrica de cigarrillos de la barriada de Khayelitsha, en Cape Town y hacerse camino entre la miseria.

U-Carmen eKhayelitsha, es una película remake del clásico de Bizet de 1875 ambientado en la Sudáfrica del 2005, dirigido por Mark Dornford-May. La película fue totalmente filmada en xhosa –uno de los idiomas oficiales de Sudáfrica– y combina música de la opera original con música tradicional Africana. Los números musicales de la película fueron grabados en vivo en las locaciones sin doblajes adicionales.

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