Alan Sokal y su hermenéutica de la gravedad cuántica en Buenos Aires
Alan Sokal escribió un artículo aterido de sinsentidos, jerga académica posmoderna que fue publicado en la revista Social Text, sin que el comité de dicha publicación reparara en lo escrito pues contenía toda la grandilocuencia que se precisa en la retórica de los estudios culturales. Se titulaba «La Transgresión de las fronteras: hacia una hermenéutica transformativa de la gravedad cuántica». Este hecho fue conocido como el «escándalo Sokal» y, desde entonces, se ha puesto en evidencia que, en muchas ocasiones, para que algo sea publicado en una revista de ese perfil, basta con utilizar un discurso enrevesado. Un año después de lo ocurrido, Sokal escribió el libro «Imposturas intelectuales» en donde exploró cómo distintos popes de la posmodernidad se valen de nociones provenientes de la física y la matemática sin que las comprendan y las utilizan en sus escritos con desfachatez, de modo tal que el resultado es una bellaquería.
Sokal fue objeto de críticas y acusaciones de francofobia – como la que le hizo Jaques Derrida- y, a partir de entonces, este físico matemático ha sido invitado a hacer charlas en contextos lejanos a los de su profesión. En 1998 la Universidad de Buenos Aires lo invitó para que hablara y expusiera su apreciación, justo en uno de los reductos sudamericanos donde criticar a Lacan, Kristeva o Deleuze resulta ser la firma de un cheque en blanco para que la academia ignore al atrevido que comete tan desavenencia o «boutade». Sokal, más que hacer una burla, expone una postura radicalmente opuesta a la de los promulgadores del relativismo espitémico. A continuación, les presentamos el audio de la charla hecha en Buenos Aires hace quince años:
La vergüenza de Ian Mc Ewan
Ian Mc Ewan está encumbrado como uno de los escritores ingleses más conocidos y respetados en nuestra lengua; ha ido a hablar a distintos países de América Latina en donde ha expuesto su visión de la novela como indagación o investigación de la naturaleza humana. A contrapelo de muchos cultores de una escritura que se limita a preguntarse por la escritura y su experimentación (porque referirse a la naturaleza humana es incurrir en un esencialismo no coherente con los tiempos que corren), Mc Ewan sí quiere plasmar ideas, plantear dilemas morales y afirma que es una «vergüenza cuando las novelas dan vueltas en torno a un presente vacío como si hubiésemos nacido fuera de la historia».
La versión soviética de «Los viajes de Gulliver»
Gulliver está a la par de don Quijote en el sentido que es un personaje que se salió del libro en el que apareció por primera vez y se le han adjudicado nuevas. Casi siempre a Lemuel Gulliver se lo ha encasillado en el apartado de la literatura infantil y las adaptaciones cinematográficas apuntan a este público; sin embargo, el libro de Swift está lleno de una amargura y una decepción sobrenaturales n la literatura en inglés.
En 1933 apareció en el cine soviético el primer largometraje hecho con stop motion y acciones reales- claro que antes, en occidente, aparecieron «El mundo perdido» y » King Kong» pero no tenían la complejidad del trabajo soviético- y fue una secuela de «Los viajes de Gulliver»; se llamó «El nuevo Gulliver» y fue dirigida por Aleksandr Ptushko, el hombre conocido como el Disney de la cortina de hierro.
En este largometraje, cuyo guión fue escrito por el propio director, un niño queda dormido mientras le leen el viaje de Gulliver a Lilliput y sueña con una nueva llegada a ese lugar de hombres diminutos y, en el decurso de la historia, aparecen notables divergencias que nos conducen a pensar que Lilliput también está en el siglo XX: Hay automóviles y una gran producción en serie, recordándonos «Metrópolis» de Fritz Lang, y, por consiguiente, hay una clase obrera que aspira a levantarse contra los opresores… Gulliver tendrá un papel decisivo en la revolución.
Les presentamos este hito de la fantasía soviética que nos permite intuir una variable eslava del steampunk:
Llueven agrotóxicos en Paraguay
Hoy que el señor Horacio Cartes se posesiona en el cargo de presidente de Paraguay, muchos pronostican el comienzo de una administración que se asimilará como si gestionara una empresa (este es uno de los aspectos por los cuales muchos votaron por él y también es uno de los principales puntos a los que se dirigen las críticas de sus detractores); en medio del frenesí que causará en el centro de Asunción la presencia de las presidentas de Argentina o Brasil y de los cálculos por el reingreso al Mercosur del país mediterráneo, se obvia uno de los problemas más grandes por los que atraviesa el Paraguay: La siembra de soja, la implantación de monocultivos y el subsiguiente desplazamiento de los campesinos. Este mismo problema lo atraviesan, con distintas plantaciones, los países de Latinoamérica; habrá que esperar qué sucede en Uruguay con la marihuana: en medio de la fiesta de muchos cultores de la libertad, no se sabe cuál será el modus operandi de Monsanto ante este nuevo mercado que se le abre. Les presentamos un documental de 2007 llamado «Soberanía violada», dirigido por Marian Vázquez Tandé (el título puede prestarse para equívocos: parece que fuera un manifiesto nacionalista pero, afortunadamente, no lo es).
Initium, el final del tiempo
El tiempo en Gomorra y Sodoma sucumbió y todos se convirtieron en estatuas. La erección de monumentos es la tentativa humana por alcanzar la eternidad pero los días se suceden, los monumentos se percuden. Nos seguimos figurando el perecer de todo lo existente como el final de un trayecto, presumiendo que la línea infinita es el tiempo y la finita el espacio (manteniendo la perspectiva, aún platónica, que divide a estos dos aspectos que, hemos intuido, dominan nuestra realidad). En el cortometraje que a continuación les presentamos, hecho en el seno de la academia francesa ArtFx, el tiempo es el que se acaba mientras nosotros seguimos vivos, como estatuas, y somos condenados a una incansable labor prometeica, encarnada en el fallido héroe de esta historia: John Carson:
Los pies descalzos de las bombas atómicas
Hoy se terminan las conmemoraciones por un aniversario más de las dos bombas atómicas lanzadas por el ejército de los Estados Unidos sobre las ciudades de Iroshima y Nagasaki; la primera ciudad se convirtió en la insignia de los desastres nucleares mientras que la segunda ha pasado como la hermana gemela silenciosa y atrapada en su trauma (hecho que podrá constituir todo un tema para historias futuras). Lo ocurrido en aquél verano de 1945 se ha etiquetado como algo espantoso donde todo un campo quedó oliendo a carne descompuesta; sin darnos cuenta que hemos convertido a quienes cayeron (humanos y animales y recuerdos edilicios y prospectos y mañanas) en elementos de una cifra que sólo sirve para atizar el sentimiento contable que hay en cada uno de nosotros (¡oh espíritus de nuestro tiempo! dijo alguna vez Saddam Al Mehmed Triparidzi). Les presentamos «Gen pies descalzos», una película hecha en 1983 que narra la historia de un niño que sobrevive junto a su madre en Hiroshima y «Gen pies descalzos 2» en donde se retoma la historia del niño tres años después del estallido:
Bradbury o un cuervo que ofrece aspiradoras
Ray Bradbury ha estado presente en nuestro continente desde hace muchos años y ha sido objeto de innumerables elogios en donde ensalzan su trabajo. En el cuento que a continuación les presentamos, escrito por la paraguaya Delfina Acosta, Bradbury ya no es un escritor (quizá no sea el mismo Ray y sólo sea una persona que tenga el mismo apellido) sino un vendedor de aspiradoras americanas que deviene en cuervo, como manimal, los homenajes ceden a la inquietud, el temor y un extrañamiento que, quizá, no fue sospechado por la autora:
El cuervo
Cuando el señor Bradbury llegó poco después de que cayera la tormenta ofreciéndonos una aspiradora americana, ni mi madre ni yo podíamos saber cuánta influencia llegaría a tener aquel anciano hombre en nuestras vidas. Era tan increíblemente anciano. Y tan frágil y enfermizo en apariencia. Por donde quiera que se lo mirase tenía mucho más de cien años. El señor Bradbury vestía un sobretodo de color azul eléctrico, cuyas mangas, ensanchadas y extremadamente largas, le llegaban casi hasta las rodillas. A decir verdad, no se desenvolvía con gracia como suelen desenvolverse los viejos a esa edad, pero sabía llevar con distinción su hermoso bastón de caoba.
Aquel bastón de caoba con punta de oro debía valer muchísimo dinero. Me animaba, a veces, el tonto deseo de preguntarle cuántos dólares había pagado por él, pero de inmediato desechaba la idea pues ese tipo de interrogatorio no se hace a un hombre mayor de edad. ¡Y que además vendía aspiradoras americanas!
Con rapidez nos explicaba las múltiples y apasionantes funciones de los botones mientras limpiaba el aparador inglés y la vieja alfombra de la sala. Quedamos encantadísimas con los resultados y decidimos comprar el producto en el instante. Ciento noventa dólares. Trato hecho. El señor Bradbury, en señal de profundo agradecimiento, prometió visitarnos a la tarde para tomar con nosotras el té.
No sabría cómo explicarlo, pero llegó a la cita convenida con un traje verde claro de estupendo corte y un aspecto casi juvenil. No parecía el mismo señor Bradbury que había aparecido durante la gran tormenta. En ciertos momentos de afectuosidad se lo veía hasta seductor. De hecho, sobrepasaba largamente los cien años. Misterio. Conversamos sobre tantas cosas. Las pinturas de Miguel Ángel, los cuentos de Borges, la promoción de nuevas invenciones lingüísticas que aumentaba el tiraje de las novelas breves, la naturaleza, las flores… Mi madre, que apenas intervenía en la conversación con un sí o con un no, tuvo la buena idea de dejarnos solos yéndose a la cocina para preparar el segundo servicio del té.
Diego Velázquez nos recuerda lo divino
Juan Calabazas no sólo fue un bufón; hay algo de ángel exterminador en él y en Velázquez, el artista que lo pintó. Se afirma que Dios ha hecho bestias para recordar a los normales lo bienaventurados que son. Algunos han emparentado a este trabajo del pintor español con el hecho por Durero en «El desesperado»; otros esgrimen argumentos basados en el realismo de la expresión o, más exactamente, en la mirada bizca de Calabazas para establecer que es un retrato. Les presentamos un documental de este gran maestro que, sabiendo de la vanidad de la corte, pintó a sus bufones, dejándoles ese perfume celeste que sólo pueden tener los monstruos que nos recuerdan la existencia de lo divino:
La sensatez de los maestros
La sonrisa de los poseídos es la última luz de este documental de Jean Rouch (Los maestros locos); los miembros de la tribu buscan sacar los espíritus que fueron adquiriendo en la metrópoli; todos los posesos buscan purgar lo que los ha ido enajenando, principalmente, los trabajos que se yerguen sobre las ciudades que sueñan con la civilización (en este caso, Accra). La sonrisa del final ocurre el día después del éxtasis, la babaza y el degollamiento e ingesta de un perro. El director advierte que las imágenes que se ven en su trabajo son un reflejo de la miseria de lo que hemos hecho en occidente, o una interpelación de los dioses que los conquistadores y evangelizadores creyeron aniquilados. Este cortometraje, sin la gravedad de lo políticamente correcto, evidencia que la razón sobre la que se irguieron los pilares de los últimos tres siglos europeos (y, con matices, americanos) no es suficiente ni omnipotente. La sonrisa del final es el intersticio por el que se cuela la posibilidad de un mundo donde las preguntas y respuestas se diluyen en el embravecido océano del arrobamiento:
«Les mâitres fous», Jean Rouch 1951 (sub..esp.) from Manuel Delgado on Vimeo.















