Por Luis Antonio Canché Briceño
En mi mapa lector, pocos hallazgos me han sacudido tanto como el asombroso universo de la literatura en lenguas originarias y sus ecos en el español; como devoto del relato breve, encontrarme con Ch’ulelal de Cristina Patishtán no solo reconfirmó mi pasión por el género del cuento, sino que redefinió mi lista de obras imprescindibles. Uno de los reconocimientos más importantes que surgió en los últimos siete años en México, para la literatura en lenguas originarias, ha sido el Premio Nacional de Cuento en Lenguas Originarias Tetseebo, vocablo de la familia lingüística yumana (familia a la que pertenece la lengua kiliwa) cuyo significado es «contar» o «relatar»; y el cual es otorgado por el Centro Cultural Tijuana; en este sentido, fue Ch’ulelal el libro ganador del año 2022, publicado bajo el mismo sello de la Editorial CECUT en marzo del 2024, que contiene ilustraciones de la artista Katia González ( Tsebal Chon)
La colección de los seis cuentos está enmarcada dentro de la narrativa Tsotsil contemporánea, si bien, parte de la literatura en lenguas originarias, suele bordear el testimonio o la recopilación etnográfica, en Ch’ulelal, la escritora Cristina Patishtán rompe esa frontera para adentrarse de lleno en los terrenos de la ficción psicológica, el misticismo y el horror cotidiano como lo están haciendo otras escritoras y escritores en lenguas originarias en tiempos actuales. A través de seis relatos ambientados en la geografía mítica de los Altos de Chiapas, Patishtán nos entrega un mapa sensorial donde lo sagrado no siempre salva y donde el alma —el ch’ulelal— es un territorio en disputa, frágil pero indestructible.
La travesía inicia con el cuento homónimo, «Ch’ulelal», donde la voz fétida y ácida de un ser misterioso acecha a Lukax. Es una atmósfera asfixiante que explora el intento de posesión de un cuerpo terrenal para cobrar vida. A través de una hábil alternancia de voces y una serie de premoniciones, la autora siembra una certidumbre inquietante que resonará durante todo el volumen: «Un ch’ulelal nunca se quema porque no se ve, solo busca un cuerpo diferente para materializarse». Esta sentencia cobra un matiz trágico en la historia de la familia de Petul Jol ts’i’, víctima de un incendio provocado por los hermanos Tuluk’ bajo la funesta premisa de que la maldad pudre a la gente por dentro, haciendo que la madre se desmorone internamente entre emanaciones pestilentes, motivo por el cual los hermanos van buscando venganza por el supuesto causante de ese mal a su progenitora. Patishtán demuestra una maestría notable para construir la tensión comunitaria. En el cuento dedicado al nacimiento de unos niños albinos, el pueblo interpreta la diferencia como una marca del demonio o un castigo divino. Xalik, el padre, sucumbe a la presión colectiva para reparar esa supuesta «maldad». La narración nos arrastra al borde del abismo a través de rituales sofocantes —cohetes lanzados montaña arriba hacia una cruz alta adornada con laurel y pino—, donde el fanatismo, la mofa y el odio hacia los niños y la familia, se desbordan en el manantial por el simple delito de nacer “distintos”.
La violencia y el dolor heredado continúan en «Debí haber huído», un crudo testimonio donde una madre le confiesa a su hija la condena de haber sido entregada como esposa. Su relato se entrelaza con la extraña enfermedad de su hijo Siro, cuyas convulsiones llevan al padre a peregrinar entre curanderos hasta llegar al monte Sion en Jobel, paraje en donde habitan evangélicos expulsados. Ahí, la curandera Xunka’ intenta rastrear los hilos de un mal realizado como una venganza orquestada por Xlel, una de las primeras esposas del padre. La sanación como un campo de batalla espiritual reaparece en «El regalo», donde el ch’ulel de la joven Lupa es atacado para arrebatarle su don divino de curandera. Entre rezos en el Calvario de Koral ch’en y apariciones nocturnas, Patishtán introduce un guiño poético al clásico El pato y la muerte de Wolf Erlbruch, trenzando la convivencia con la finitud entre la melancolía y la ternura.
Sin embargo, el libro reserva sus pasajes más siniestros para las fronteras de lo humano. En «El fuego», el matrimonio por conveniencia impuesto a Malín se convierte en una prisión cotidiana. Con la migración del esposo y el abandono, irrumpe la necesidad del propio cuerpo y la sexualidad desatada. A pesar de los rituales de protección del Martoma, el paso del tiempo y el tabú social terminan desencadenando una condena trágica para una mujer cuyo único crimen fue reclamar el deseo sexual en una tierra de ausencias.
El volumen cierra con «Peces de colores», una pieza de apariencia lírica que aborda la inocencia interrumpida. La visión de los peces en el paraje opera como una metáfora de lo inalcanzable, una ensoñación infantil que rápidamente se corrompe. Al intentar poseer esa belleza ajena, la fascinación ante lo desconocido se estrella contra los límites sociales y la irrupción de una violencia velada que destruye la tranquilidad comunitaria.
Al terminar Ch’ulelal, la sensación que perdura no es la de haber leído un libro sobre la tradición de un pueblo, sino la de haber atestiguado sus heridas más profundas. Cristina Patishtán no idealiza el territorio indígena: alumbra con la misma intensidad los rezos que sanan y el fanatismo que destruye, la belleza del mito y el peso asfixiante de sus tabúes.
Al cerrar la última página, descubrimos la trampa perfecta de Patishtán: hemos pasado todo el libro temiendo por el destino de las almas de sus personajes, solo para darnos cuenta de que el verdadero ch’ulelal que ha cambiado, infectado de belleza y espanto, es el nuestro.
