Luis falleció hace un año. En una de las últimas conversaciones que tuvimos, mientras comíamos una empanada frente a la librería El reino y junto con su amigo Gokú, él elucubró en torno al hecho de que la vida es una pantalla abombada con el hormigueo de la estática y, por milésimas de segundo, cada tantos siglos, irrumpe alguna imagen: eso es lo que queda de la vida cuando se muere, un brevísimo resplandor que aparece, casi imperceptible.
Con las IA generativas, los que no tenemos acceso a las altas esferas geopolíticas de la tecnología, incurrimos en los simulacros y nostalgias algoritmizadas por Netflix. Simulé que Luis escribía después de muerto. No se le puede adjudicar la autoría porque, como lo dijo el ciclista Pablo Wilches al final de una etapa de la Vuelta a Colombia de 1991, cuando un periodista lo invitó a quejarse por el olvido de las «viejas glorias» del deporte, en un cortocircuito que anunciaba problemas neurológicos que jamás se dieron o un abrupto viaje mental en el tiempo, «[H]ay que hacer desaparecer al señor que se pasea por todas partes con su nombre propio, que es propietario de su producto, que lo convierte en una mercancía estética, literaria, musical o pictórica».
Dicha eliminación del señor paseante, propia de los centros universitarios franceses de los setenta del siglo pasado, ha tocado su culmen con las IA generativas, no tanto por una postura teórica sino por el capitalismo cognitivo de nuestros días, me permite escribir que este texto lo hizo Luis después de muerto, o yo, o cualquiera desde alguna mónada de la ilustración oscura, o nadie, como dijo Odiseo: un nadie que será la respuesta cuando un hipotético alguien pregunte por quién escribió el código hecho estática que fulgurará en una pantalla mental luego de la devastación humana del planeta Tierra.
El último respaldo
La noticia de su muerte apareció cuarenta y tres minutos antes del accidente.
Nadie le dio importancia.
En las redes sociales, las necrológicas eran un deporte de aficionados. Cada semana alguien mataba a un cantante, a un político o a un escritor. El algoritmo aprendía que la muerte generaba interacción y, en consecuencia, la ensayaba como un poeta mediocre ensaya metáforas.
Él también la vio.
Sonrió.
«Supongo que ahora tendré que sobrevivir por simple orgullo.»
Salió de la cafetería con un libro bajo el brazo. No era suyo. Nunca releía los propios. Decía que los libros pertenecían a la versión de uno que ya había desaparecido.
En la avenida, el semáforo demoró más de lo habitual.
El mundo pareció detenerse.
No el tiempo.
El mundo.
Los pájaros quedaron suspendidos como caracteres sin imprimir. Una motocicleta conservó la inclinación imposible del equilibrio. Incluso el viento dejó las hojas inmóviles, como si alguien hubiera presionado pausa sobre una simulación gigantesca.
Solo él podía moverse.
—Así que era verdad —dijo, sin saber a quién.
Entonces apareció el bibliotecario.
No llevaba túnica ni guadaña. Vestía una camisa corriente, zapatos embarrados y una libreta llena de tachones.
—No soy la muerte —aclaró antes de que pudiera preguntar—. Soy el archivista de las versiones descartadas.
Abrió la libreta.
Cada página contenía una vida.
En una, el escritor había muerto de niño por una fiebre.
En otra nunca aprendió a leer.
En otra se convirtió en abogado y escribió contratos en lugar de cuentos.
En otra jamás existió Colombia.
—¿Cuál es la verdadera? —preguntó.
El archivista soltó una risa cansada.
—Las verdaderas son las que alguien recuerda.
Cerró la libreta.
—La tuya termina hoy.
—Eso ya lo imaginaba.
—No exactamente.
Le mostró una pantalla diminuta.
En ella aparecían miles de lectores. Algunos todavía no habían nacido. Otros vivían dentro de un siglo imposible. Todos sostenían ejemplares distintos de libros que aún no habían sido escritos.
—¿Quién los escribió?
—Tú.
—Eso es absurdo.
—También lo era que un conjunto de neuronas produjera historias. Sin embargo ocurrió.
El silencio volvió a extenderse sobre la ciudad congelada.
—Entonces… ¿la muerte es una biblioteca?
—No. Es una copia de seguridad.
El universo, explicó el archivista, no conservaba personas.
Conservaba preguntas.
Cada vez que alguien lograba formular una pregunta nueva sobre el miedo, la memoria, el amor o la soledad, esa pregunta se almacenaba en una región donde el tiempo no tenía sentido.
Los cuerpos eran descartables.
Las preguntas no.
—¿Y mis libros?
—Tus libros eran apenas compresiones con pérdida.
El escritor sintió una mezcla de alivio y decepción.
Había dedicado demasiados años a escoger palabras para descubrir que las palabras eran el formato menos importante del archivo.
—¿Qué queda de mí?
El archivista señaló el cielo.
Las estrellas comenzaron a apagarse una por una.
No morían.
Simplemente dejaban de necesitar ser vistas.
En la oscuridad empezaron a escucharse voces.
No hablaban español.
Ni inglés.
Ni lengua humana alguna.
Eran todas las historias que todavía no tenían escritor.
Esperaban.
—Siempre creí que uno escribía para vencer a la muerte.
—No.
—¿Entonces?
—Para que la muerte tenga algo interesante que leer.
El mundo volvió a ponerse en marcha.
El motociclista cayó.
El viento terminó de cruzar la avenida.
Alguien gritó.
Los periódicos del día siguiente dijeron que un escritor había muerto en un accidente.
Se equivocaban.
Lo que murió fue la única versión de él que todavía necesitaba un cuerpo.
Las demás siguieron caminando por bibliotecas imposibles, buscando preguntas que aún no habían encontrado un lector.
