Por Eulalio E. PH
Por Alejandro Mondragón
Prólogo. Cómo deshacerse de un fantasma
Sentado a la orilla de la playa de San Benito, escuché una historia que me estremeció. Al regresar a casa, aquella historia comenzó a resonar una y otra vez, sin dejarme dormir. El insomnio se fue intensificando. Así que, de forma un tanto apresurada, una madrugada escribí este relato y le pedí a mi amigo Andrés Felipe que me hiciera el favor de publicarlo en Mil Inviernos a ver si así lograba exorcizarme.
La última vez que hablamos por teléfono, me dijo:
–Marica, pero ¿acaso usted no ha visto la película de El Exorcista? Póngale un nombre a este espectro.
Una voz me susurró al oído:
“Nadie se llama Samuel Smith”.
Manuscrito que me susurraron las voces del más allá
–Quiero morir en tu vientre –dijo el joven seminarista con los ojos vueltos hacia atrás, balanceándose sobre el cuerpo de Josefina. Su timbre agudo, casi infantil, traicionaba por un instante la impostura varonil en la que tanto se esforzaba.
El filo de unas tijeras partió la oscuridad.
Josefina le cortó el cuello de un tajo. Luego, desprendió lentamente la piel del rostro, un rostro que no alcanzaba a ser, todavía, el rostro de un hombre.
***
Una semana más tarde, el cadáver de Josefina, con el rostro desollado, fue encontrado en el jacuzzi del mismo motel, situado a orillas de la playa de San Benito. De su cuello colgaba un escapulario con la imagen de la Virgen de la Dulce Espera.
–Samuel Smith, de El Espectador –se precipitó a decir el periodista, deslizando disimuladamente, junto con su tarjeta de presentación, un par de billetes en la mano de El Tiburón, el comandante policial.
–Su nombre no se parece a su rostro –dijo el policía, examinando atentamente la tarjeta de presentación.
–No sabía que una cosa tenía que parecerse a la otra –reviró el periodista que, efectivamente, recordaba llamarse de otro modo, pero Smith suena más detectivesco, dijo El Editor del periódico el día que lo contrataron para la sección de policiales.
–No se preocupe –continuó El Tiburón–, mientras el dinero se siga pareciendo al dinero, nos vamos a entender bien.
–¿Qué sabe de la víctima?
–Se hacía llamar Josefina. Trabajaba en El Marinero. Es la segunda persona que aparece así –dijo con desprecio el policía, apuntando el dedo índice hacia el cadáver, que mostraba al desnudo pómulos, mandíbula y dientes.
–Se debe de tratar de uno de esos asesinos que van dejando acertijos –remató el periodista.
***
Sentado al borde de la plataforma principal de El Marinero, Samuel Smith observaba a una de las bailarinas que lucía una máscara en forma de esqueleto. Desde las cavidades oculares se asomaban sus ojos, delineados por una sombra sutil; y de esa sombra se desprendía una lágrima negra que llegaba hasta la comisura de sus labios, detrás de la larga hilera de dientes puntiagudos.
–¡Tishanila!, ¡Tishanila!, ¡Tishanila! –gritaban los clientes, al ver que la bailarina se desnudaba al compás de la música que sonaba desde los viejos altavoces.
–Esta hija de puta se robó los disfraces de Josefina –dijo otra de las chicas, mientras un enano con minifalda y máscara de luchador leía el tarot.
–Josefina se enredó con el seminarista. Es un intercambio justo ¿no crees? –espetó el enano sin apartar la vista de las cartas.
–No, no creo. A los muertos hay que dejarlos descansar.
***
Esa misma noche, el periodista y la bailarina se encontraron en una de las habitaciones secretas de El Marinero, repleta de pelucas, zapatillas de plataforma y vestidos de lentejuelas. Ella dijo que nunca lo había visto por aquel lugar. En un arrebato, él estuvo a punto de revelar su verdadera identidad, pero recordó que no podía correr ese riesgo en una ciudad donde un asesino serial andaba suelto. Además, ya se había acostumbrado al tono detectivesco, cada vez que pronunciaba “Mi nombre es Smith, Samuel Smith”.
La bailarina soltó una carcajada y dijo:
–No tienes cara de apellidarte Smith.
–¿Y tú? –preguntó el periodista–. ¿Cómo te llamas?
–Con el nombre que quieras llamarme.
–¿Qué tal el de tu carnet de identidad?
–Prefiero otro. Uno bonito. Uno que me susurres al oído.
La bailarina se mordió los labios y deslizó el dedo índice detrás del lóbulo de la oreja para acomodarse la abundante y negra cabellera. Él sintió el impulso de besar el cuello que quedaba al descubierto con el sensual gesto, o quizás, de morderlo como lo haría un vampiro para succionarle hasta la última gota de sangre.
–Tishanila –susurró el periodista con picardía.
Ella abrió un baúl y se puso la máscara con la que había bailado esa noche. Al desnudarse, su larga cabellera, que apenas alcanzaba a cubrir sus pequeños pechos, se deslizó sobre la nariz del periodista, quien los succionó con desesperación, como si de ello dependiera su vida.
Conversaron largamente. Habló de la belleza y la inteligencia de Josefina. De todos sus disfraces, especialmente el de Tishanila, la leyenda centroamericana que los migrantes habían hecho popular a las orillas del Pacífico.
Habló de las ausencias que se habían acumulado en el vientre de Josefina, de cómo la vida le arrebató, una y otra vez, a cada hijo antes de nacer.
–Eso convierte en loca a cualquiera –dijo el periodista.
–O en puta.
–¿Y tú? ¿Por qué…?
–Yo también tengo mis ausencias –interrumpió la bailarina.
–¿El seminarista? –preguntó Samuel Smith, a punto de atar los cabos sueltos.
–Ya no tengo ganas de seguir hablando de cosas tristes. ¿Qué tal si me susurras otro nombre?
–Josefina…
Recostado sobre la cama, el periodista le vio lucir todos los disfraces que habían pertenecido a la difunta: un antifaz negro, un velo de novia, un hábito de monja y, por último, una máscara que tenía el semblante de un rostro humano, con pliegues y costuras gruesas que unían mejillas, frente, nariz y mentón. Unos ojos incisivos se asomaron a través de las aberturas mal cortadas de la piel disecada del rostro de Josefina.
El sonido de unas tijeras fue lo último que se escuchó en aquel oscuro escondite de El Marinero.
***
Al otro día, tal como había vaticinado El Tiburón, un cadáver más fue encontrado con el rostro desollado. Por las señas, se trataba del periodista que había ido tras las pistas de los asesinatos.
Otro forastero se asomó ese día a la escena del crimen y, frente a El Tiburón, exclamó:
–Samuel Smith, de El Espectador.
–Su nombre no se parece a su rostro –sentenció el policía, mientras examinaba al nuevo periodista, guardando disimuladamente los billetes en la solapa de su camisa.
Epílogo. Crónica donde se cuenta la desventura y muerte de un editor en extrañas circunstancias
El lunes veinte de junio, un día después de las elecciones presidenciales en Colombia, hice un viaje relámpago a Bogotá. Como quien atraviesa una multitud de almas en pena, me abrí paso entre un grupo de manifestantes; la desilusión comenzaba a desdibujarles del rostro cualquier vestigio de identidad. Caminé desesperado por las calles del norte hasta llegar al penthouse de uno de los edificios donde estaban las oficinas de Mil Inviernos.
La secretaria salió a mi encuentro.
–¿Qué se le ofrece? –me preguntó, mirándome inquisitivamente, con los lentes apoyados en la punta de la nariz.
–Vengo buscando al editor en jefe, el señor Andrés Felipe –dije desesperado.
Él salió de su oficina, bastante sorprendido de verme ahí.
–Pero ¿qué hace acá, marica? Me va a matar del susto –me dijo.
–Las voces continúan –respondí.
Se metió de nuevo a su oficina y, al salir, lo vi disfrazado con una sotana y un alzacuello de sacerdote.
–Es un gran día para un exorcismo –vociferó.
Unas voces plañideras inundaron el lugar y un torbellino hizo revolotear los miles de escritos inéditos que, en una noche de juerga, mi amigo me confesaría que revolucionarían la literatura latinoamericana. La secretaria salió corriendo, despavorida. Con los brazos abiertos, Andrés Felipe se paró sobre la cornisa de la ventana.
–¿No tienes miedo de morir? –le pregunté.
–Yo ya estaba muerto. Todos lo estamos.
Lo último que vi fue a mi amigo Andrés Felipe arrojándose desde lo alto del edificio, llevándose al demonio consigo.
