Por Pablo Gnecco Angulo
De las muchas cosas en las que se puede pensar para establecer un vínculo entre dos lugares cobijados por un tapiz común de elementos que los hermanan, dos van a ser el hilo conductor que resalte el propósito de este escrito que pretende hacer un ejercicio de reflexión y, como es obligado en estos tiempos defectuosos, de crítica, ingrediente indispensable para poder identificar cuántas patas tenemos metidas en el lodo y cuáles pueden ser las estrategias posibles para sacarlas.
A Cajibío y a Jericó los unen dos ríos. Uno de aire, autopista invisible que sobre nuestras cabezas sirve de escenario para uno de los eventos más fascinantes del mundo natural: las migraciones de las aves; y otro de agua, porque los ríos que cruzan las colinas de este municipio, vierten, todos, sus aguas al Cauca, esa arteria fluvial que nace muy cerquita de aquí y corta por la mitad a su capital, Popayán, para continuar su viaje hacia el norte, pasando muy cerquita de Jericó, población antioqueña cuyas montañas están prácticamente al borde del cañón que ese caudaloso afluente del Magdalena forma en los Andes del norte en su camino para encontrarse con ese otro gran curso hídrico que forma, paralelo al Cauca y con él, los dos valles interandinos más destacados de Colombia.
El cañón del río Cauca es uno de los puntos de referencia importantes para el tránsito de la avifauna que todos los años es desplazada por la llegada del otoño y el invierno al hemisferio norte. Como una gran autopista y señal de tráfico, no sólo sirve como guía geográfica, sino que sus bosques, montes, áreas rurales y pastizales son una vital zona de abastecimiento que durante semanas o de manera transitoria, es residencia temporal u hogar de paso, para poblaciones enteras de especies que van buscando su supervivencia en climas menos austeros. Sólo unas pocas especies están adaptadas para permanecer en los crudos inviernos de Canadá y los Estados Unidos. Es impresionante, si uno se detiene a pensarlo un poco, que TODOS los individuos de alrededor de ¡275 especies!, pasen por nuestros territorios cada año. Si un río es literal, este otro, metafórico, lo es por derecho propio pues su caudal a menudo ignoto por los egocéntricos humanos enfocados en sus asuntos como si fueran lo único digno de atención, lleva una corriente vital para la supervivencia humana que a continuación trataré de definir.
El turismo de aves y la observación de aves, como casi ninguna otra actividad, se ubica de manera estratégica en la interfase humanos/medio ambiente. Sin la salud de nuestros ecosistemas, no hay aves, sin aves, no hay aviturismo ni ninguna otra actividad académica o recreativa asociada a estos animales. Las aves necesitan de la salud óptima de nuestras cuencas hidrográficas y coberturas vegetales cada vez más amenazadas por las distintas actividades humanas legales e ilegales. De ahí que hoy se constituyen y consolidan como el principal motivo para realizar esfuerzos de conservación y preservar los paisajes rurales y naturales. Además, estos carismáticos seres emplumados que con sus colores y cantos cautivan nuestra atención y nuestro sentido estético, son tal vez los únicos que pueden tañir las cuerdas que hacen resonar la música de la extraviada melodía de nuestra comunión armónica con el mundo natural del que hemos surgido. Tanto en Cajibío como en Jericó, las aves residentes y migratorias son la punta de lanza de los sueños de todas las personas que aman la vida, los árboles, las selvas, los bosques, las quebradas, las montañas y los valles en su versión menos mancillada y más acompasada con las labores humanas que sustentan su estilo de vida más generalizado actualmente. Aludo con esto a lo que comúnmente se conoce como “progreso” y que a menudo se parece más a un retroceso. El famoso progreso nos va a matar y con nosotros se irá una buena porción de la vida del planeta (no toda, pues la vida ha sobrevivido ya a cinco extinciones masivas, siendo nosotros los protagonistas de la sexta).
El aviturismo y la observación de aves, si se fomentan y se promueven con pasión, interés, ímpetu, vigor y extensión, inevitablemente desembocan en la protección de los ecosistemas y, al tiempo, se convierten en una fuente de trabajo y sustento para las comunidades donde se pueden llevar a cabo estas actividades. Los turistas del “primer mundo” (siempre entre comillas) y los locales, consuetudinariamente son asiduos visitantes de los lugares para el avistamiento de aves. Cada fin de semana puede haber una potencial migración de gente de las ciudades, los aeropuertos y los hoteles a las fincas y áreas rurales donde las aves nacen, se desarrollan, comen, viven, cantan, se reproducen y mueren. Las aves residentes atraen a aquellos en todo el mundo que las quieren ver en sus territorios nativos y las migratorias motivan a las sociedades ricas del norte a apoyar la conservación en nuestro país, ya que están llenas de observadores de aves interesados en que sus especies regresen cada año, en números ecológicamente saludables, a sus territorios de reproducción. Esos turistas de aves, vengan de donde vengan, pagan desayunos, almuerzos, alojamientos y guianzas que tienen el potencial de volverse una buena fuente de ingresos para las comunidades rurales y peri urbanas si Colombia pasa de ser una potencia mundial de la muerte a una potencia mundial de la vida, apropiándome de la terminología que empieza a volverse usual en la consciencia de nuestros coterráneos. Podemos llegar a ser una meca del aviturismo si la gente ya no se siente aterrorizada por los horrores que pasan en nuestra tierra porque estos sencillamente se han esfumado, dando paso a condiciones de vida dignas que garanticen la inexistencia de factores de riesgo para la vida de las personas. Nos pueden visitar mareas de interesados en las aves. Esto, por supuesto, plantea otros problemas que deben gestionarse en fase temprana. Primero, los gobiernos locales y nacionales deben garantizar que los operadores turísticos sean actores locales: pequeños propietarios campesinos (o no necesariamente campesinos) en sus parcelas y fincas. Segundo, debe haber un organismo que se encargue de su capacitación en turismo ecológico y turismo de observación de aves. No queremos grandes inversionistas con su cantaleta del desarrollo, que vengan a comprar las tierras para grandes proyectos hoteleros y donde terminen nuestros campesinos y finqueros, desplazados o trabajando como peones sub remunerados en sus propias tierras. Eso debe evitarse escrupulosamente mediante la observación atenta de los entes gubernamentales que se encarguen de ello. Por último, debe gestionarse infraestructura adecuada y un turismo responsable que, en aras de la ganancia, no termine deteriorando las condiciones de lo que supuestamente se viene a apreciar. Esto, sólo para identificar algunos de los problemas que pueden surgir de esta naciente industria.
Jericó ha estado a punto de ser la víctima de AngloGold Ashanti, por culpa del cobre en La Quebradona. El Cauca, con la minería ilegal (y la legal, claro) y el narcotráfico, es otra víctima del codiciado dinero, tan difícil de lograr con otras actividades en nuestro país si se tiene una férrea integridad ética. ¡Qué desgracia tener riquezas en el suelo y el subsuelo! Los buitres del comercio internacional y el capitalismo del consenso de Washington dispuestos a arañar y perforar la verde piel de nuestro país para acceder a las carnosas tripas vegetales y minerales en el vientre de nuestra Pacha Mama, (que poco debería tener que ver con el “pachamamertismo”, fastidiosa moda que convierte a la madre tierra en pretexto para otras usurpaciones poscoloniales), están ansiosos por atragantarse con nuestros recursos y dejar todo reducido a la pestilente e insalubre carroña. Debemos hacer todo lo posible para detener este trágico festín que interesadamente promete el “sueño americano” pero que al final nos deja con las manos vacías y la tierra desgarrada. Me disculpo con los buitres, eso sí, por la comparación. Ellos no se merecen ser convertidos en símil o metáfora de las insaciables y dañinas ambiciones humanas.
Una precisión ornitológica para los legos y profanos en el tema: la denominación vernácula “buitre”, que hace alusión a las aves carroñeras, no es una categoría taxonómica monofilética (con un mismo origen genealógico) en la biología evolutiva de la avifauna. Alude al tipo de comida de estas aves, pero en realidad se trata de un grupo “polifilético”, es decir que tiene distintos antepasados. Los verdaderos buitres son del “viejo mundo” (otro término eurocéntrico poco preciso) y están dentro de la misma familia de las águilas (Accipitridae), mientras que los gallinazos y afines, del “nuevo mundo”, tienen su propia familia (Cathartidae), aunque comparten un ancestro común con las águilas.
Tanto en Jericó como en Cajibío podemos oponernos a lo que nos hace daño y promover aquello que nos vincula y nos resulta saludable. Las aves pueden ser ese mensajero de los cielos que nos traiga buenas nuevas, como aquella ramita de olivo que le trajera una paloma a Noé, anunciando el descenso de las aguas que todo lo inundaban. Nuestro país y nuestro planeta son el arca que salvaguarda la diversidad biológica que nos sustenta. Dependemos de ella. Sin ella no somos posibles. Las ficciones de las escrituras a menudo nos sirven como poderosas metáforas o símiles que pueden hermanar su pérdida de vigencia con la más actual e informada realidad que la ciencia nos revela. En el amor y el respeto por el medio ambiente y nuestro patrimonio vivo, pueden confluir y convivir ambas posturas inevitablemente vecinas de nuestros tiempos.
Desde nuestro departamento, de la mano de la Asociación Caucana de Observadores de Aves, Acoaves, adelantamos esfuerzos de conservación, concientización, educación ambiental, fomento del aviturismo y la observación de aves. Estamos empezando esta ardua y poco comprendida labor, pero vemos con alegría cómo se van abriendo espacios para esta nueva forma de relacionarnos con la economía y el medio ambiente. Soy la orgullosa pareja de la presidente y fundadora de nuestra asociación, mujer que reivindica la condición femenina y que, en toda su gloriosa imperfección y sus rutilantes virtudes, me ha acompañado y soportado estos últimos ocho años de vida. Nos ponemos a la orden para seguir trabajando en estos objetivos y solicitamos el apoyo de las instituciones gubernamentales y la sociedad civil, para que se sumen a nuestro empeño, ya sea a través de nosotros o de otras organizaciones que estén naciendo y haciendo estas germinales e importantes labores.
Nuestras quebradas no pueden ser las cloacas de los desechos industriales de intereses foráneos o ambiciones de determinadas castas sociales. De la salud de nuestras aguas dependen nuestros bosques, nuestras aves y nosotros. No dejemos que nuestros tesoros más sagrados nos sean arrebatados por la mezquindad, la falta de consciencia, la carencia de escrúpulos y la ausencia de planes a largo plazo para nuestra existencia. Desde Cajibío, con todas las baterías cargadas, les decimos ¡pilas, Jericó! Los ríos de agua y los de aves son indisociables de nuestra supervivencia.
