Por César Andrés González[1]
La infancia, un salto de ángel al vacío
Euparí Roll, una ciudad que cabe en mi mano
y en la que no puedo entrar.
El amor, Dios en los días que ovula.
El amigo, una cerveza fría en la canícula.
El libro, cúpula mística anti bobos.
Las palabras, piedras con las que construyo una morada.
El deseo, mansedumbre animal trepando la piel de la noche.
La calle, esa religión donde todos estamos libres de pecado,
pero no absueltos del infierno.
Tu sexo, toda la obra de Georgia O´Keeffe.
Honirick
Un niño Beksinski despierta de mal humor por despertar
insatisfecho ve entrar los tenues rayos del sol a su cuarto
escucha nítido el canto de los pájaros, seres para él con poca gracia
Huevos fritos, tostadas con mermelada y una taza de chocolate caliente
sobre la mesa le son insoportables
cuando su padre le de los buenos días y su madre le recueste un beso
en el cachete, las náuseas lo harán vomitar
regresará a su cama y esperará volver al sueño:
Una ciudad cadavérica
Una escalera de huesos que
desciende infinita…
un paisaje fantasmal de fuego
y lunas sangrientas le conmueven
profundamente y casi siempre
lo hacen llorar, en sueños.
Las Horas
Las horas se nos van en un soplar de mocos
en un rose espinal y pétalo solar
en una canción celestial
en un juego de cartas
en una presencia letal.
Escuchando a los Rollings una mañana
sabemos bien que el tiempo no esperará por nosotros
por un café aunque ardan las tripas
por tu beso dulce
por ese instante.
Bumerang
Qué poco aquí importa el tiempo
el eje de nuestra imaginación es la poesía
esa piedra que descalabra al que la tira solamente
y que por sangre y aguas negras se desvía
y que por caminar a pies descalzos vuela
y que por soñar con días felices llora.
No importan los años
no importan los siglos, ni los días
mi espíritu es un bumerang
que a ti siempre regresa.
En la hora sagrada
la Playa baja
los niños levitan
uno a uno se rotan el sol
que es para Ellos una pelota
un mango dulce de luz.
No hacen falta más veranos
para ver derramar el cielo
de tus ojos.
A quien duerme baja la sombra de este
árbol, le crecen frutos en la lengua.
Pincel Madre
A Beatriz González,
en memoria.
En primera plana
Los morados, los verdes y naranjas
de rra ma dos.
Ay Beatriz! Ahora todo es gris y los
colores se han marchado contigo.
Ya no hay semáforo en rojo que te detenga
Eres la noticia, el titular, la verdad pintada.
Febrero
A Jesús David Rodríguez Zuleta,
en memoria.
Escuché un adiós distante
como una cometa que se suelta
en la madrugada mientras aún
soñamos su vuelo.
Como una bandada de pájaros fantasmas
que sólo Dios puede ver, un grito agudo, lejano
que nadie puede oír, un deseo que se cocina lento,
que se cumple en silencio hasta morir.
Jesu, camino por las calles de tu infancia,
donde vi por última vez tu estampa alta de guayacán rosado,
tu espíritu fresco y cálido, hermano musical
llevo tu risa tatuada en la piel de la memoria
frágil igual que nuestros cuerpos.
Para mí, una noche iluminada de cigarros por la eternidad.
Para ti, supongo, una fiesta que nunca acaba
Aunque apaguen la música.
[1] Poeta nacido en Valledupar, Colombia 1990, ha publicado Euparí-Roll, el Manjol Ediciones 2020, El portal de los árboles, premio departamental de poesía corporación biblioteca Rafael Carrillo Lúquez, 2021. Rap Sodia Upar, El Manjol Ediciones 2022, integra la antología poética Poblar Desiertos (2025) Terrear Ediciones y Fundación Nuestras Voces. Cursó estudios de periodismo y comunicación social en la UFPS (Ocaña) Colombia.
