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El Evangelio que nadie aplica

Sobre el cristianismo de bandera y la derecha que lo usa como escudo.


Hermes Malemort y Stubbe Peeter soltaron un agente de investigación sobre los documentos que el poder prefiere mantener enterrados —registros judiciales, expedientes, una década de declaraciones públicas confrontadas con ellas mismas— y de esa excavación construyeron investigaciones verificadas sobre corrupción política en Colombia, las contradicciones teológicas de la derecha dura, y los versículos del Evangelio que sus candidatos han eliminado en silencio de sus Biblias. Este texto se publicó originalmente en Versipellis.


Hay una escena en el Evangelio de Juan que ningún político de derecha cita en campaña. Es el capítulo trece, versículos uno al diecisiete. Jesús está en la Última Cena, pocas horas antes de su arresto. Se levanta de la mesa, toma una toalla, llena una palangana con agua y empieza a lavarles los pies a sus discípulos. En el mundo social de la Palestina del siglo primero, lavar pies era trabajo de esclavos. Ninguna persona de posición lo hacía voluntariamente. Cuando termina, explica lo que acaba de ocurrir: “Si yo, el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros.” El modelo de autoridad dentro de la comunidad es el servicio. No la fuerza. No el puño de hierro. El servicio.

Ese texto está en el mismo libro que los candidatos sostienen frente a los fotógrafos cuando se declaran cristianos. Y sin embargo, en tres continentes, los movimientos políticos que más agresivamente agitan la bandera cristiana han construido plataformas que invierten, punto por punto, cada mandamiento de convivencia que contienen los cuatro Evangelios.

Esto no es accidental. Es una elección. El material evangélico sobre el amor al prójimo y la vida comunitaria no es escaso ni ambiguo. Es extenso, específico y, en varios pasajes, incómodo hasta el escándalo.

Lucas es el más explícito. Su parábola del Buen Samaritano —capítulo diez, versículos veinticinco al treinta y siete— responde una pregunta que un maestro de la ley formula buscando una salida: “¿Y quién es mi prójimo?” Jesús responde con una historia en la que el héroe moral es un samaritano, miembro de un pueblo despreciado por el establishment religioso judío de la época. Dos figuras religiosas —un sacerdote y un levita— ven al hombre herido en el camino y pasan de largo. El samaritano, el extranjero, el que no comparte ni fe ni etnia con la víctima, se detiene, le cura las heridas, lo lleva a una posada y paga la cuenta. Jesús le devuelve entonces la pregunta al abogado: “¿Cuál de estos tres crees que fue el prójimo del hombre que cayó en manos de los ladrones?” El prójimo no es una categoría de persona. Es una cualidad de acción. La palabra es un verbo disfrazado de sustantivo.

En el mismo Evangelio, el capítulo dieciséis nos da a Lázaro —uno de los pocos personajes de las parábolas de Jesús que tiene nombre, detalle que los biblistas han identificado desde hace tiempo como una marca de significado. Lázaro yace cubierto de llagas a la puerta de un hombre rico que festeja adentro. Ambos mueren. El rico va al infierno. Lázaro va al seno de Abraham. No hay una sola línea en la parábola sobre las creencias teológicas de ninguno de los dos, sus afiliaciones políticas o sus posiciones sobre temas sociales controvertidos. El criterio de su destino eterno es uno solo: lo que el hombre rico hizo —o no hizo— con el hombre que estaba a su puerta.

El capítulo quince nos da al Hijo Pródigo, que la tradición ha leído casi exclusivamente como una historia de perdón individual, perdiendo lo que su estructura también contiene: una escena de restauración comunitaria incondicional. El padre corre hacia el hijo que regresa, lo viste y lo reintegra antes de que se exija ningún ajuste de cuentas. El hijo mayor que objeta representa la tentación de medir el amor en términos de mérito. La fiesta no es para quienes la merecen. Es para quienes vuelven.

El capítulo diecinueve nos da a Zaqueo, el jefe de los recaudadores de impuestos de Jericó. En la economía moral de su época, los recaudadores eran colaboradores del sistema imperial romano, excomulgados socialmente de la comunidad religiosa. Jesús no le pide a Zaqueo que se convierta antes de cenar con él. Primero va a su casa. La transformación —Zaqueo devuelve voluntariamente cuatro veces lo que ha extorsionado y da la mitad de sus bienes a los pobres— llega después del encuentro incondicional, no como condición de él. La secuencia importa más que el resultado.

Las Bienaventuranzas de Lucas, en el capítulo seis, son más crudas que la versión de Mateo. Mateo escribe: “Bienaventurados los pobres de espíritu.” Lucas escribe, sin matiz: “Bienaventurados los pobres.” Y añade las maldiciones —una condena explícita sobre los ricos, los bien alimentados, los que ríen. Esto no es una espiritualización de la pobreza. Es una declaración sobre el orden existente y el que vendrá a reemplazarlo.

Mateo nos da el Sermón del Monte, capítulos cinco al siete, el texto fundacional de la ética social cristiana. Contiene la Regla de Oro —“Así que en todo traten ustedes a los demás tal y como quieren que ellos los traten a ustedes”— y el mandamiento más exigente de toda la literatura religiosa occidental: “Amen a sus enemigos y oren por quienes los persiguen.” No pide tolerancia. No pide coexistencia pacífica. Pide amor activo —lo que el texto griego llama ágape— dirigido a quienes te hacen daño. Y quizás el versículo políticamente más incómodo de todo Mateo está en el capítulo cinco, versículos veintitrés y veinticuatro: “Si estás presentando tu ofrenda en el altar y allí recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí delante del altar. Ve primero y reconcíliate con tu hermano; luego vuelve y presenta tu ofrenda.” La relación rota con el otro interrumpe la validez del culto religioso. La liturgia no puede sustituir a la ética.

Luego está Mateo veinticinco. El juicio final. El criterio no es la ortodoxia doctrinal, la identidad nacional ni la afiliación política. Es una lista concreta de actos: dar de comer al hambriento, dar agua al sediento, vestir al desnudo, acoger al extranjero, cuidar al enfermo, visitar al preso. Y la frase que hace insoportable este pasaje para cualquier programa político que ignore a los vulnerables: “En verdad les digo que todo lo que hicieron por uno de estos hermanos míos más pequeños, por mí lo hicieron.”

Marcos, el más breve y urgente de los cuatro Evangelios, tiene su momento decisivo en el capítulo doce. Un escriba —miembro de la clase religiosa letrada, habitualmente antagonista en los relatos evangélicos— responde al resumen de Jesús de los dos grandes mandamientos reconociendo que amar a Dios y amar al prójimo “vale más que todos los holocaustos y sacrificios.” Jesús responde: “No estás lejos del reino de Dios.” El elogio va para quien comprende que la ética relacional supera al ritual. El Templo y sus ofrendas son secundarios frente al trato con el otro.

Juan, el más teológico de los cuatro, sostiene que el amor dentro de la comunidad es la señal por la que el mundo la reconoce. Capítulo trece, versículos treinta y cuatro y treinta y cinco: “Un mandamiento nuevo les doy: que se amen los unos a los otros. Así como yo los he amado, así también deben amarse los unos a los otros. En esto conocerán todos que son mis discípulos, si se aman los unos a los otros.” No por sus banderas. No por su posición sobre el aborto. No por su definición de familia. Por el amor que practican. Y en el capítulo diecisiete, la oración de Jesús antes de la Pasión pide explícitamente la unidad de la comunidad como signo más elocuente de su misión. Una comunidad fracturada no es meramente un problema organizativo. Es un fracaso testimonial.

Todos estos textos existen. Están en la misma Biblia que los políticos sostienen frente a las cámaras cuando se declaran cristianos.

Colombia: la conversión y el expediente

Abelardo de la Espriella declaró su ateísmo con precisión filosófica en una entrevista televisada en septiembre de 2020. Cuando la periodista Patricia Pardo le preguntó si negaba literalmente la existencia de Dios, respondió —en cámara, en su propio canal de YouTube— “Nada. No creo en nada que la razón no pueda explicar.”

Tres años después, con su candidatura presidencial en construcción y el voto evangélico disponible como bloque, de la Espriella recitaba el Padrenuestro en latín en actos de campaña y se llamaba a sí mismo el Ciro de Colombia —referencia al rey persa que liberó al pueblo judío del cautiverio babilónico. Su conversión puede ser genuina. Lo difícil de conciliar con los textos que ahora dice seguir es que el programa del nuevo cristiano contempla megacárceles, la terminación de todas las negociaciones de paz en curso y el cierre de la Jurisdicción Especial para la Paz —el tribunal de justicia transicional creado para procesar los crímenes del conflicto armado colombiano de cincuenta años— en un país donde nueve millones de víctimas registradas siguen esperando lo que Juan trece llama reconciliación y Lucas quince llama restauración.

El patrón no es exclusivo de de la Espriella. El uribismo —la corriente política que lo formó y lo nombra, encabezada por el expresidente Álvaro Uribe Vélez— pasó veinte años construyendo su alianza con las iglesias evangélicas y el catolicismo conservador sobre un principio que ningún teólogo avalaría pero que funciona electoralmente: tratar la estructura familiar, el aborto y la ideología de género como los únicos valores cristianos que importan en la vida pública, ignorando sistemáticamente la doctrina social que la Iglesia ha desarrollado a partir de los Evangelios sobre pobreza, desigualdad y derechos de las víctimas del conflicto. El resultado es un cristianismo de trinchera —útil para movilizar votantes contra algo, nunca a favor de los más pequeños de Mateo veinticinco.

Estados Unidos: el muro y el texto

La contradicción se hizo visible en Estados Unidos con una claridad que ningún equipo de comunicaciones pudo gestionar. El 21 de enero de 2025 —primer día completo del segundo mandato de Donald Trump— la obispa episcopal Mariann Edgar Budde predicó en el Servicio Nacional de Oración en la Catedral Nacional de Washington, con Trump sentado en el primer banco. Su sermón duró quince minutos. Los últimos cuatro generaron titulares nacionales.

“En nombre de nuestro Dios, les pido que tengan misericordia de las personas de nuestro país que ahora tienen miedo”, dijo Budde directamente al presidente. “Las personas que cosechan nuestros cultivos y limpian nuestros edificios de oficinas, que trabajan en granjas avícolas y plantas de procesamiento de carne, que lavan los platos después de que comemos en restaurantes y hacen turnos nocturnos en hospitales. Puede que no sean ciudadanos ni tengan documentación, pero la gran mayoría de los inmigrantes no son criminales.” Invocó los Evangelios de forma explícita: “Nuestro Dios nos enseña que debemos ser misericordiosos con el extranjero, porque alguna vez fuimos extranjeros en esta tierra.”

Trump respondió a la mañana siguiente en Truth Social: “¡No es muy buena en su trabajo! ¡Ella y su iglesia le deben una disculpa al público!” Cuando los periodistas le preguntaron por el sermón en la Casa Blanca el mismo día, dijo: “No me pareció un buen servicio. Pueden hacerlo mucho mejor.”

El intercambio merece detenerse en él. Una obispa citó los Evangelios a un presidente que reclama la fe cristiana como pilar de su identidad. El presidente exigió una disculpa. No respondió a los textos. No refutó la teología. Evaluó el sermón como una actuación y lo encontró deficiente.

El historial legislativo del mismo período habla el lenguaje de Mateo veinticinco al revés. La administración Trump propuso recortes de casi trescientos mil millones de dólares al programa federal de asistencia alimentaria —SNAP, que alimenta a aproximadamente cuarenta y dos millones de estadounidenses— mientras deportaba migrantes con entrada legal válida a cárceles en El Salvador y perseguía la reducción de Medicaid, el seguro médico para los estadounidenses de bajos ingresos. Las Bienaventuranzas de Lucas seis ofrecen un marco claro para evaluar estas decisiones. Los ricos no están entre los descritos como bienaventurados.

Una pastora llamada Karen Hamilton se filmó leyendo en voz alta Mateo veinticinco mientras superponía titulares de noticias en la pantalla. “Tuve hambre y me dieron de comer” aparecía sobre los recortes al SNAP. “Fui forastero y me hospedaron” aparecía sobre los vuelos de deportación. “Estuve enfermo y me atendieron” aparecía sobre las propuestas de Medicaid. El video fue visto millones de veces. No requería ningún argumento, solo yuxtaposición. El texto hacía el trabajo.

La parábola de Lázaro en Lucas dieciséis no requiere traducción contemporánea. El rico festeja. El pobre yace a la puerta. El texto no pregunta si el rico era personalmente hostil a Lázaro, ni si tenía objeciones filosóficas a la redistribución de la riqueza, ni si creía en la economía del goteo. Solo registra lo que hizo y no hizo. Luego registra lo que ocurrió después.

España: Vox, el Papa y la incomodidad de los textos

En España, el conflicto entre la derecha dura y la institución que dice representar se hizo inusualmente visible durante la visita del Papa León XIV en junio de 2026. El pontífice —visto ampliamente como una continuación del énfasis de Francisco en la justicia social y la dignidad de los migrantes— llegó en un momento de máxima tensión política entre la jerarquía católica y Vox, el partido de extrema derecha liderado por Santiago Abascal, que ha hecho de la restricción migratoria el centro de su identidad.

Durante sus intervenciones en España, León XIV advirtió explícitamente contra “los planteamientos identitarios que parecen explicarlo todo” y denunció las medidas que tratan a los migrantes como “desechos”. El lenguaje no era incidental. Era la aplicación directa de Lucas diez —el Buen Samaritano— al debate político específico que tiene lugar en España y en toda Europa.

La respuesta de Abascal fue, inadvertidamente, la declaración más honesta que un político de la derecha dura ha hecho sobre la relación de su movimiento con el cristianismo. Afirmó que no hay contradicciones y que todos saben distinguir entre “la política de los discursos y la práctica”. No negó la brecha entre lo que dijo el Papa y lo que hace Vox. La nombró. La llamó la diferencia entre los discursos y la práctica. En términos evangélicos, esto es precisamente lo que prohíben Mateo cinco, versículos veintitrés y veinticuatro: presentar la ofrenda en el altar cuando la relación con el prójimo está rota. Abascal simplemente ha decidido que la ofrenda tiene prioridad sobre el prójimo —y que el Papa se mete en política cuando dice lo contrario.

El arzobispo Joan Planellas de Tarragona enunció la posición teológica de la Iglesia española sin matices: un xenófobo no puede ser un buen cristiano. El obispo de Canarias, José Mazuelos Pérez, publicó en L’Osservatore Romano —el periódico oficial del Vaticano— una denuncia de la deshumanización del debate migratorio, describiendo el sufrimiento de quienes arriesgan sus vidas cruzando el mar. No son opiniones progresistas. Son la aplicación directa de Mateo veinticinco al contexto político.

Los acuerdos entre el Partido Popular y Vox para recortar la financiación pública a organizaciones como Cáritas —el propio brazo caritativo de la Iglesia Católica— o para limitar el apoyo a las ONG que trabajan con migrantes no son medidas presupuestarias técnicas. Son respuestas a la pregunta que plantea la parábola del Buen Samaritano. La responden pasando de largo ante el hombre en el camino.

Lo que los textos no dicen

Hay una defensa que la derecha religiosa despliega con regularidad, y merece una respuesta honesta.

Los Evangelios no son un manual de políticas públicas. No especifican cómo debe diseñar un Estado moderno su sistema migratorio. No resuelven las tensiones genuinas entre soberanía nacional y derecho internacional, ni prescriben tasas impositivas marginales, ni responden las preguntas técnicas del diseño del bienestar social. Es perfectamente legítimo debatir todo eso.

Lo que no es legítimo —según los propios textos que estos políticos dicen seguir— es invocar el nombre de Cristo para movilizar votantes y luego escudarse en la complejidad de la gobernanza para no dar de comer al hambriento, no acoger al extranjero y no visitar al preso. Porque Mateo veinticinco no pregunta por las circunstancias de la persona hambrienta. No evalúa el estatus migratorio del extranjero. No indaga en el delito del preso. Solo pregunta qué hiciste.

Los Evangelios sobre la convivencia son incómodos precisamente porque rechazan la distancia que la política siempre busca entre el principio declarado y el acto concreto. El Buen Samaritano no organizó un simposio sobre la crisis humanitaria en el camino de Jerusalén a Jericó. Se bajó del burro. Curó las heridas. Pagó la cuenta.

Esa brecha —entre la mano extendida y la fotografía con la Biblia, entre el gesto y el discurso— es lo que los textos llevan señalando dos mil años.

En Bogotá, en Washington y en Madrid, sigue sin respuesta.


Las citas evangélicas proceden de la versión Reina-Valera Contemporánea (RVC) y la Nueva Versión Internacional (NVI), ediciones de referencia en el mundo hispanohablante. Las declaraciones políticas están atribuidas con nombre completo, fecha y fuente original: sermón de la obispa Mariann Edgar Budde, Catedral Nacional de Washington, 21 de enero de 2025 (Episcopal News Service, CBS News, Democracy Now, CBC News); respuesta de Trump, rueda de prensa en la Casa Blanca y Truth Social, 21-22 de enero de 2025 (CBS News); declaración de Abascal sobre el Papa León XIV, Mundiario, 8 de junio de 2026; declaración del arzobispo Planellas, El Plural, abril de 2026; declaración de ateísmo de Abelardo de la Espriella, Canal Claro Colombia, septiembre de 2020 (disponible en su canal de YouTube).

La mano que no investiga

Abelardo de la Espriella, Mario Iguarán y el sistema que los protegió a ambos.


Este trabajo es una colaboración entre un modelo de inteligencia artificial programado para búsqueda profunda y verificación de hechos, guiado por Hermes Malemort, periodista independiente especializado en política colombiana. Se publicó originalmente en Versipellis.


El 31 de mayo de 2026, Abelardo Gabriel de la Espriella Otero obtuvo el 43,7 por ciento de los votos en la primera vuelta de las elecciones presidenciales de Colombia. Abogado penalista sin ningún cargo de elección popular en su hoja de vida, condujo su campaña alrededor de una postura de extrema derecha frente al crimen y una imagen cuidadosamente construida de outsider político: el hombre que se hizo a sí mismo, que no le debía nada a nadie, que había edificado todo con sus propias manos y que se mantenía al margen del establecimiento corrupto que prometía desmantelar. El 21 de junio se enfrentará en segunda vuelta al senador de izquierda Iván Cepeda, en un balotaje que podría redefinir el rumbo político de Colombia por una generación.

El expediente sugiere una historia distinta. De la Espriella es el abogado que construyó el bufete de más rápido crecimiento en el sector jurídico colombiano defendiendo a paramilitares, a sus aliados políticos en el Congreso, al arquitecto del mayor fraude financiero de la historia del país y a un hombre al que el gobierno de Estados Unidos acusó de ser testaferro de Nicolás Maduro. Lo hizo, en gran medida, durante cuatro años en los que su amigo personal era el Fiscal General de la Nación. Las investigaciones abiertas en su contra durante ese período fueron cerradas, una por una, hasta que la propia ley hizo imposible reabrirlas.

El nombre de ese amigo era Mario Iguarán Arana.

I. Los compadres

Para entender la relación entre De la Espriella e Iguarán, conviene saber qué es realmente la Fiscalía General de la Nación. No es simplemente un organismo de persecución penal. En un país donde la independencia judicial ha sido históricamente disputada, donde la línea entre el Estado y las estructuras paramilitares que operaron bajo su amparo se volvió, durante los primeros años 2000, casi imposible de trazar, la Fiscalía bajo el presidente Álvaro Uribe fue una de las instituciones centrales a través de las cuales se negoció el poder, se protegió y, cuando fue necesario, se blindó de cualquier rendición de cuentas.

Mario Iguarán ejerció como Fiscal General entre 2005 y 2009, los años críticos de la desmovilización paramilitar, cuando miles de combatientes de las Autodefensas Unidas de Colombia depusieron las armas a cambio de penas reducidas en el marco de la justicia transicional, y cuando el alcance de su infiltración en la vida política comenzó, lenta y dolorosamente, a aflorar en los estrados.

Iguarán y De la Espriella eran amigos personales desde hacía más de una década. Los dos hombres sirvieron juntos como padrinos en la boda de Sabas Pretelt de la Vega, ex ministro del Interior de Uribe, una relación que ninguno de los dos ha negado. Iguarán también era cercano al padre de De la Espriella, magistrado del Tribunal Administrativo de Córdoba. No era una relación profesional. Era una amistad que atravesaba una generación entera y llegaba hasta la arquitectura misma del Estado colombiano.

Cuando la relación se volvió políticamente incómoda, Iguarán ofreció una defensa característica: “Abelardo es la persona más respetuosa. Y creo que si se miran las estadísticas, él pudo haber tenido más éxito profesional bajo otras administraciones, otros fiscales, que bajo la mía. Por circunstancias, no porque yo quisiera afectarlo o favorecerlo.”

Las circunstancias, como ocurre frecuentemente en Colombia, vienen con fechas específicas.

II. El expediente y el reloj

El período de Iguarán en la Fiscalía coincide con precisión con los años en que De la Espriella consolidó su firma, defendió a los congresistas condenados por la Corte Suprema por sus vínculos con grupos paramilitares, organizó foros universitarios a través de su fundación FIPAZ —Fundación Iniciativas por la Paz— en los que comandantes desmovilizados eran presentados como actores políticos legítimos, y asumió la defensa de David Murcia Guzmán, el hombre detrás de DMG, la mayor pirámide financiera en la historia de Colombia, que defraudó a cientos de miles de inversionistas en todo el país.

Los testimonios paramilitares contra De la Espriella, recogidos en los archivos de Justicia y Paz —el mecanismo de justicia transicional a través del cual los combatientes desmovilizados confesaron sus crímenes— son sustanciales y específicos. Ever Veloza García, el ex comandante de las AUC conocido como HH, declaró en febrero de 2009 que De la Espriella “trabajó con un frente paramilitar”, que él personalmente lo presentó al alto mando Ernesto Báez y que el abogado participó como enlace en reuniones celebradas en Santa Fe de Ralito, el recinto en el interior del país donde el gobierno de Uribe negoció directamente con la cúpula paramilitar, en sesiones que una investigación del Congreso describiría posteriormente como el escándalo político más trascendente de la era.

Salvatore Mancuso, quizás el comandante de las AUC más prominente en comparecer ante la justicia transicional, fue más lejos. Mancuso declaró públicamente que De la Espriella era amigo cercano y tenía una “relación profunda” con el entonces Fiscal General Iguarán, tanto antes como durante su mandato en la Fiscalía.

La Corte Suprema de Justicia, mientras tramitaba un caso separado contra un congresista condenado por vínculos paramilitares, halló méritos suficientes para ordenar una investigación formal contra De la Espriella. La Fiscalía bajo Iguarán ya había cerrado una investigación previa en su contra —por concierto para delinquir y lavado de activos— dos años antes.

La investigación sobre los vínculos paramilitares de De la Espriella fue cerrada formalmente en agosto de 2009, días antes de que Mario Iguarán abandonara el cargo. No semanas. No meses. Días. Cuando la Corte Suprema intentó reabrir el caso en 2011, se topó con el muro procesal que el sistema jurídico colombiano levanta con particular eficiencia alrededor de los poderosos: el asunto ya había sido juzgado. Bajo el principio de cosa juzgada, no podía volver a ventilarse. La puerta había sido cerrada desde adentro, y la llave desechada al salir.

III. La evidencia en bodega

En marzo de 2009, un ex agente del DAS llamado Orlando Sastoque Ángel, entonces inscrito en el programa de protección de testigos de la Fiscalía, rindió una declaración que ofrecía una ventana inusualmente detallada sobre la forma en que De la Espriella utilizó los instrumentos del poder estatal para fines personales.

El DAS —Departamento Administrativo de Seguridad— era la agencia de inteligencia interior de Colombia, disuelta posteriormente por el presidente Juan Manuel Santos tras revelarse que había sido usada para espiar a periodistas, jueces, políticos de oposición y abogados de derechos humanos. Sastoque había trabajado para el DAS entre 2003 y 2006, y en junio de 2007 fue contratado como escolta personal de De la Espriella.

Según su testimonio, aproximadamente tres meses después de ingresar al cargo, De la Espriella le preguntó si el DAS podía hacerle un favor: averiguar quién le estaba llamando a su novia, una joven de Medellín. Quería nombres completos, direcciones y registros telefónicos de toda persona en contacto con ella. Proporcionó los números de cuenta de la operadora móvil.

Ocho días después, el contacto de Sastoque en el DAS entregó un dossier escrito: nombre completo, dirección y número de teléfono de la persona que llamaba a la novia, porque eso era lo que el doctor había pedido.

La ironía inscrita en la cronología es del tipo que ningún editor le permitiría usar a un escritor de ficción. El 3 de agosto de 2007, aproximadamente la misma semana en que recibió el dossier de vigilancia sobre su novia, De la Espriella interpuso una tutela contra el Ministerio de Defensa y la Fiscalía, exigiendo la protección de su derecho a la intimidad luego de que su nombre apareciera en una lista de personas cuyas comunicaciones habían sido interceptadas por la Policía Nacional.

El hombre que estaba haciendo vigilar a una mujer por la inteligencia del Estado le estaba demandando simultáneamente al Estado por vigilarlo a él.

Una investigadora del CTI llamada Gladys Urrego confirmó en febrero de 2021 que la Fiscalía había recibido un volumen considerable de documentos, registros y videos de parte de Sastoque desde 2008, evidencia que quedó sepultada en el sistema de custodia de la cadena probatoria durante la administración del Fiscal General Mario Iguarán. Permaneció allí, catalogada e intacta, mientras las investigaciones que documentaba eran cerradas.

IV. El segundo cierre

La arquitectura de la protección no fue obra de un solo funcionario. Viviane Morales, quien se desempeñó como Fiscal General entre 2012 y 2014 y fue la última fiscal en cerrar formalmente las diligencias contra De la Espriella por presuntos vínculos con las AUC, se vinculó públicamente a su campaña presidencial tras dejar el cargo. La funcionaria que había dado por terminada la última investigación abierta contra el candidato se convirtió en una visible promotora de su aspiración a la presidencia. Nadie le ha pedido, en ningún escenario, que explique la relación entre esos dos hechos.

V. La insinuación pública

El 3 de junio de 2026, dos días después de la primera vuelta, María Guerrero, esposa del ministro del Interior Armando Benedetti, publicó una respuesta en X a los ataques públicos de De la Espriella contra su marido. El candidato, autodeclarado defensor de la familia tradicional, había llamado a Benedetti “comprador habitual de votos”.

“Te presentas como defensor de la familia”, escribió Guerrero, “pero parece que no recuerdas tu pasado, tu estrecha relación con Iguarán, ni las escapadas —una que terminó en 2022 y otra que terminó en 2025—”. Añadió que conocía hechos de su vida personal que no revelaría por respeto a su familia, y lo llamó mentiroso respecto a sus infidelidades.

La sintaxis de la publicación merece una lectura cuidadosa. Guerrero nombra tres cosas distintas: la relación con Iguarán, las escapadas con fechas específicas de cierre, y las infidelidades en plural. Las escapadas —con sus marcas temporales de 2022 y 2025— parecen referirse a relaciones paralelas con mujeres, enlistadas por separado de la mención a Iguarán. Qué quiso decir exactamente con la “estrecha relación con Iguarán” es algo que no desarrolló, y ninguna fuente verificable ha sustanciado una afirmación que vaya más allá de la amistad política y personal que ambos hombres ya han reconocido.

Lo que sí está documentado es que De la Espriella no respondió a esa parte del mensaje.

VI. La fortuna y su cronología

De la Espriella Lawyers Enterprise fue fundada en 2003 con un capital inicial de aproximadamente 130 dólares. Para 2006, en el apogeo de la consolidación paramilitar como proyecto político, la firma ya reportaba ingresos anuales superiores al medio millón de dólares. Para 2017, los ingresos superaban los once millones. Para 2024-2025, los activos totales de la firma se valoraban en más de veinte millones de dólares, junto a un conglomerado empresarial que abarcaba finca raíz, ganadería, moda y licores.

De 130 dólares a veinte millones en dos décadas. En Colombia, ese ritmo de crecimiento en el sector jurídico suele atraer felicitaciones o preguntas. La clientela durante esos años —comandantes paramilitares, sus aliados congresales, el más prominente defraudador financiero del país, un hombre acusado en Estados Unidos de lavar dinero para el gobierno de Maduro— sugiere que las preguntas son la respuesta más apropiada.

De la Espriella nunca ha ejercido un cargo de elección popular. Obtuvo la ciudadanía estadounidense en 2023. Hace campaña contra la corrupción de las élites y la infiltración del dinero criminal en la política colombiana. Se llama a sí mismo un outsider. Recibió su apodo político, El Tigre, del ex presidente Álvaro Uribe, la figura más influyente de la política conservadora colombiana, cuya defensa jurídica ha llevado por años.

El outsider ha pasado toda su vida adulta dentro de los salones más interiores del poder.

VII. Lo que esto significa

El 31 de mayo, Abelardo de la Espriella ganó más de diez millones de votos. Su sólida votación en primera vuelta desconcertó a los encuestadores. Se enfrentará a Iván Cepeda en segunda vuelta el 21 de junio en lo que todos los analistas describen como la elección colombiana más trascendente en años: una contienda que definirá la relación del país con Estados Unidos, su enfoque frente a los grupos armados que aún operan en su territorio y el rumbo de una sociedad que nunca ha resuelto del todo qué hacer con quienes más se beneficiaron de la violencia de las últimas cuatro décadas.

La historia de De la Espriella e Iguarán no es la historia de una amistad corrupta en un país corrupto. Es la historia de cómo se construyen y sostienen los sistemas de impunidad: no a través de conspiraciones dramáticas, sino mediante la paciente acumulación de las personas exactas en los cargos exactos en los momentos exactos. Una investigación abierta, luego cerrada. Una evidencia archivada, luego almacenada. Una puerta entreabierta, luego cerrada dos días antes de que el hombre que tenía la llave abandonara el edificio.

El tigre, como símbolo, evoca poder y autonomía: el depredador que opera solo, que no le debe nada a la manada. El expediente sugiere algo más familiar: un animal que, durante muchos años, tuvo una jaula muy cómoda, y amigos que se aseguraron de que el cerrojo nunca fuera puesto a prueba.

Notas de verificación: Todos los hechos de este artículo provienen de fuentes verificables, entre ellas La Silla Vacía, Fundación Pares, Diario Rojo, Corrupción al Día, Cambio Colombia, El Espectador, Zona Cero y registros públicos del sistema de justicia transicional de Colombia. Las investigaciones formales contra De la Espriella fueron cerradas sin condena; su mención aquí es factual y no implica responsabilidad penal. La insinuación formulada por María Guerrero respecto a la relación con Iguarán se reporta como declaración pública de una persona identificada, no como hecho establecido.

El tigre de papel: anatomía de una contradicción convertida en marca


Esta investigación se efectuó usando un modelo de Inteligencia Artificial diseñado para indagar a fondo y omitir información no verificable. Un texto coescrito por Stubbe Peeter y Hermes Malemort, periodistas especializados en crimen organizado y mafias. Publicado originalmente en Versipellis.


Abelardo de la Espriella nació en Bogotá en 1978, creció en Montería y se formó como abogado. A los veintiséis años ya había asegurado un lugar en el registro histórico: una fotografía tomada en Santafé de Ralito lo muestra posando junto a Salvatore Mancuso, uno de los principales comandantes del paramilitarismo colombiano. La imagen no es una metáfora; es un documento verificable de los diálogos de desmovilización impulsados por el gobierno de Uribe entre 2002 y 2005. En ese entonces, De la Espriella presidía una fundación llamada FIPAZ —Fundación para las Iniciativas de Paz— que organizaba foros universitarios presentados como un intento de legitimar políticamente a los paramilitares desmovilizados. Según testimonios dentro del sistema judicial colombiano, FIPAZ recibió más de 1.300 millones de pesos de las AUC. También promovió un referendo para prohibir la extradición.

Hoy, ese mismo hombre se presenta como candidato presidencial bajo la bandera de la honestidad, el orden y la mano dura contra la criminalidad. Se hace llamar “El Tigre”.

La principal contradicción de Abelardo de la Espriella es menos política que narrativa: la imagen que proyecta no termina de coincidir con el expediente que lo acompaña. Después de defender a las congresistas de la llamada “parapolítica”, Rocío Arias y Eleonora Pineda —ambas posteriormente condenadas por la Corte Suprema— pasó a representar a David Murcia Guzmán, creador de DMG, el mayor esquema piramidal de la historia colombiana. Interceptaciones legales realizadas durante catorce meses registraron conversaciones entre miembros de DMG sobre una supuesta solicitud de 760 millones de pesos, presuntamente destinados a que De la Espriella “moviera influencias” dentro del Congreso. La Fiscalía cerró el caso en 2009 y De la Espriella abandonó la defensa justo cuando el escándalo alcanzaba su punto más crítico.

Luego apareció Álex Saab. De la Espriella actuó como abogado de Saab, empresario actualmente procesado en Estados Unidos por lavado de dinero y ampliamente señalado como operador financiero del gobierno venezolano de Nicolás Maduro. Transacciones realizadas a través de bancos estadounidenses en 2017 y 2018 —el período más cercano de la relación profesional entre Saab y De la Espriella— terminaron involucrando a un socio colombiano de la firma en otro caso de fraude relacionado con narcotraficantes. El candidato sostiene que rompió vínculos con Saab cuando este fue acusado formalmente en julio de 2019. La precisión de la fecha es notable; la imagen pública que deja, menos.

La trayectoria financiera de su firma también resulta llamativa. De la Espriella Lawyers Enterprise fue fundada en 2003 con un capital aproximado de 200 dólares. Para 2006, mientras el paramilitarismo consolidaba su influencia, la firma reportaba ingresos superiores a mil millones de pesos. En 2024, aseguraba poseer activos por más de 39 mil millones de pesos, liderando un conglomerado con inversiones en bienes raíces, ganadería, moda y licores. Pasar de quinientos mil pesos a treinta y nueve mil millones en veinte años es un crecimiento que, en Colombia, suele despertar o un silencio respetuoso o una cantidad agotadora de preguntas.

El espejo roto del nuevo rico

La campaña de De la Espriella tiene la estética de alguien que aprendió el significado del lujo hojeando revistas en salas VIP de aeropuerto. Sus apariciones públicas oscilan entre el fervor de un culto religioso, la coreografía de un mitin mussoliniano y el espectáculo estridente de un programa de variedades de fin de semana. Para financiar sus aspiraciones —“sin depender de grandes grupos económicos”, según afirma— lanzó “De La Espriella Style”. El catálogo incluye los tenis “Tiger Force One”, pintados a mano por el artista Perrograff y vendidos por cinco millones de pesos. También está el “Tigris Uno”, un reloj limitado a nueve unidades y valorado en veinte millones de pesos, que la campaña describe como un símbolo “del tiempo de los patriotas”.

Vale la pena detenerse en los tenis. Son Nike genéricos intervenidos con grafitis inspirados en la Comuna 13 de Medellín y vendidos por una suma equivalente a una vez y media el salario mínimo mensual. Un crítico en redes sociales los describió con precisión quirúrgica como “los únicos zapatos deportivos del mercado que vienen con dos pies derechos”. El candidato los defendió como una muestra de “emprendimiento patriótico”. El reloj, aunque utiliza maquinaria suiza, lleva un eslogan de campaña que haría llorar a cualquier relojero ginebrino: “El tiempo del rugido de la patria ha llegado”.

Esto no es marketing político sofisticado. Es la lógica de la narcoestética traducida al discurso republicano: el exceso como única prueba de éxito, la marca personal reemplazando la hoja de vida y el tigre convertido en símbolo de una masculinidad que puede comprarse en nueve unidades de edición limitada.

Aunque el oriundo de Montería nunca prestó servicio militar, suele saludar usando visera y gritando “¡Firmes por la patria!”. Su campaña mezcla consignas de derecha radical con una puesta en escena casi infantil —incluyendo animaciones— y una estrategia de mercadeo más cercana a la de una estrella del reguetón. Brinda con Silvestre Dangond y posa junto a James Rodríguez. Como observó el filósofo Tomás Molina, De la Espriella comparte con Trump una marca exitosa ante la opinión pública: su nombre se asocia a cierto tipo de prestigio, independientemente de la realidad que exista detrás.

El problema del tigre como símbolo no es el felino, sino la jaula. De la Espriella afirma que en 2024 el expresidente Álvaro Uribe habló de la necesidad de un “tigre” que llevara sus banderas. Así, el candidato de la “soberanía” recibió su apodo del hombre más influyente de la derecha colombiana. Se presenta como un outsider, pero lleva dos décadas siendo abogado de algunas de las causas más incómodas del establecimiento.

Dice no ser de izquierda ni de derecha, sino de “extrema coherencia”. Es una frase que solo puede pronunciar alguien que nunca ha tenido que responder seriamente por sus contradicciones, o alguien convencido de que su audiencia jamás se tomará el trabajo de buscarlas.

Incluso las firmas para respaldar su candidatura han sido objeto de cuestionamientos. Entregó 4,6 millones de firmas —seis veces más de las requeridas—, de las cuales 3,1 millones fueron anuladas por la Registraduría Nacional. Superó el umbral exigido, pero el método utilizado sigue siendo motivo de interrogantes.

En la tradición simbólica colombiana, el tigre es el animal que acecha desde el monte. El tigre de De la Espriella, en cambio, acecha detrás de vitrinas de vidrio, rodeado de tenis pintados a mano y relojes de lujo. Por ahora, su rugido se parece menos a una fuerza de la naturaleza y más a un discurso de ventas de alta gama.

Nota: Los datos de este análisis están respaldados por reportajes verificables de Cambio Colombia, Revista Raya, El Espectador y otros medios. Las investigaciones judiciales mencionadas (FIPAZ/AUC y DMG) fueron cerradas sin condena; su inclusión responde únicamente a hechos documentados y no implica culpabilidad penal. La fotografía en Ralito forma parte del registro público.

FUENTES

Investigación y perfilamiento

  1. Cambio Colombia — “Firmes por la plata: Abelardo de la Espriella a través de sus clientes” (dic. 2025) — cambiocolombia.com
  2. Revista Raya — “El tigre importado: Abelardo de la Espriella copia a Bukele, Milei y Trump” (feb. 2026) — revistaraya.com
  3. Revista Raya — “Abelardo de la Espriella, el precandidato que niega su relación con el abogánster de Uribe” — revistaraya.com
  4. Diario Rojo — “Abelardo de la Espriella: del paramilitarismo de las AUC al fraude presidencial” (dic. 2025) — diario-red.com
  5. El Espectador — “Este es el perfil de Abelardo de la Espriella: abogado con polémicas que busca la Presidencia en 2026” — elespectador.com
  6. Colombia Reports — “Abelardo de la Espriella” (nov. 2025) — colombiareports.com

Casos judiciales y escándalos específicos

  1. Infobae Colombia — “Daniel Quintero acusó a Abelardo de la Espriella de presuntos nexos con redes criminales” (feb. 2026) — infobae.com
  2. Univision — “Socio de candidato presidencial colombiano Abelardo de la Espriella, vinculado por EEUU a un caso de fraude a narcotraficantes” (abr. 2026) — univision.com
  3. Infobae Colombia — “Recuerdan cuando Abelardo de la Espriella defendió a Jorge Visbal, condenado por nexos con paramilitares” (ene. 2026) — infobae.com
  4. El Heraldo — “¿Quién es Abelardo de la Espriella, el abogado convertido en alfil de la derecha?” (dic. 2025) — elheraldo.co

Merchandising y estética de campaña

  1. Infobae Colombia — “Abelardo de la Espriella lanzó su propio reloj en medio de la campaña presidencial” (feb. 2026) — infobae.com
  2. La República — “Así es el Tigris Uno, reloj de lujo de edición limitada que lanzó Abelardo de la Espriella” (feb. 2026) — larepublica.co
  3. Las2Orillas — “El negociazo que montó Abelardo de la Espriella con su campaña: relojes costosos y esculturas de millones” (feb. 2026) — las2orillas.co
  4. El País (Cali) — “Abelardo de la Espriella lanza a la venta tenis de $5 millones” (oct. 2025) — elpais.com.co
  5. Vanguardia — “Así son los tenis de $5 millones del precandidato Abelardo de la Espriella” (oct. 2025) — vanguardia.com
  6. Asuntos Legales — “Relojes y tenis, entre las estrategias de merchandising de Abelardo De La Espriella” (feb. 2026) — asuntoslegales.com.co

Contexto electoral y declaraciones públicas

  1. Newz (ES) — “Candidato Abelardo de la Espriella: ‘El Tigre’ que desafía a Petro” (abr. 2026) — es.newz.com
  2. El Universal — “‘Es maltratador y está investigado por corrupción’: De la Espriella le responde a Benedetti” (may. 2026) — eluniversal.com.co
  3. Infobae Colombia — “De la Espriella se sacudió de comentario burlón de Benedetti sobre supuestos implantes” (may. 2026) — infobae.com
  4. Pulzo — “Le pillaron detalle a Gustavo Bolívar y le preguntan: ¿le está haciendo campaña a De la Espriella?” (mar. 2026) — pulzo.com
  5. Semana — “Abelardo de la Espriella” (opinión, 2026) — semana.com

Los fantoches tienen un nuevo líder

Publicado originalmente en Vitola.pro

Los fantoches han encontrado líder natural, y están dispuesto a romper todas las reglas electorales para llevarlo a la presidencia. Mientras que la extrema derecha cautiva votantes a partir del miedo, del odio y mentiras, la izquierda recurre a las ideas y a los argumentos para convencer, una tarea desgastante en este país de impulsos primarios. Mi total admiración hacia los actores políticos que desde las ideas realizan la labor pedagógica de formar conciencia crítica. Esto en sí mismo, es una labor titánica.

El dilema de las mujeres y hombres de ideas vuelve a mostraste claramente: replegarse a estudiar o entrar a debatir contra personas incapaces de entender. Su problema, se niegan a entender argumentos, cifras; no desean entender razones. Son obtusos, tercos, volátiles, irreflexivos. Las únicas ideas nuevas que permiten entrar son aquellas que les permiten sacar ventaja sobre el resto. Son de salidas fáciles, estos connacionales que desean poner a un fantoche de presidente. Justifican cualquier medio para lograr sus fines. Es una batalla dialéctica perdida, porque en su lógica solo caben las humillaciones al opositor o la aclamación del líder natural y de sus acólitos. Poco les importa el historial criminal de su nuevo prospecto de presidente, sus turbias finanzas, sus estrambóticas exhibiciones de nuevo rico o «arrancado». Entonces, estando demostrado que es inútil tratar de hacerles entender sus lagunas de entendimiento, quizás lo más sensato sea replegarse a estudiar, porque por lo menos aún entre libros el sentido común no está extinto. Refugiarse entre líneas, para escapar del ruido escandaloso, de los gritos altaneros, de las burlas chabacanas. Leer, como santuario de acceso libre 24 horas al día. Eso aún nos pertenece.

Quizás este combate contra los muñecos de la mafia solo podrá llevarse a cabo desde dos frentes, el judicial (para contrarrestar los delitos electorales) y el intelectual (para fortalecer el criterio personal). Combatir la ignorancia y el fanatismo, en el estado actual de las cosas, solo puede afrontarse desde esos dos frentes, aquí no hay posibilidad de convencer a esos votantes de que está siendo manipulado por los algoritmos. Porque en el fondo, los algoritmos solo están reforzando sus prejuicios personales: creen lo que quieren creer; les dicen lo que quieren oír.

Qué difícil lo deben tener los pedagogos que hoy se ven enfrentados a esta cotidianidad, reman contra corriente mientras arrastran el lastre de una sociedad negada al conocimiento. Imagino lo contrariados que deben sentirse cada día al salir a trabajar, sabiendo que son testigos de la irreversible decadencia intelectual de la sociedad. Supongo que guardan la esperanza de despertar conciencias, en medio de ese mar de hostilidad hacia las ideas y la reflexión. Admirables pedagogos los de los tiempos que corren, porque con todo en contra siguen manteniendo la luz del conocimiento encendida. Frente a este nubarrón de totalitarismo, intolerancia, fanatismo, soberbia, narco-estética, anti-humanismo, solo queda plantarse con un pie en el humanismo (ciencias sociales, filosofía, justicia social, teología de la liberación) y otro en las artes.

Cada día se hace más difícil encontrar con quien entenderse, con quien intercambiar opiniones respetuosamente. Vivimos en tiempos en los que la uniformidad de pensamiento parece querer imponerse. Nos han dividido al hacernos intolerantes al disenso, nos han arruinado como sociedad al hacernos creer que pensar distinto es sinónimo de ser enemigos, cuando en realidad tener ideas dispares siempre fue una oportunidad para aprender algo nuevo de los demás. Los mercaderes han sabido aprovecharse de la banalidad y de la volatilidad humana. Con la división, monetizan dos mercados. De la competencia superflua se benefician más que de la convivencia armoniosa. Para quienes mueven los hilos somos ganado con capacidad de endeudamiento que paga impuestos, y mientras estemos ocupados discutiendo por boberías, ellos podrán hacerse aun más ricos a costa nuestra, y con total impunidad. Por eso el conflicto es más rentable que la paz. Por eso los algoritmos explotan la división. Pan y circo, para distraer la pueblo de lo verdaderamente importante: poner fin al saqueo de recursos.

Freak TV: La televisión que nació en una novela

Hay un momento en Hambre de caza que precede a todo lo demás. Antes de que aparezca Urbaín Beleño, antes de que la novela despliegue su anatomía del poder rapaz en Colombia, hay un aviso clasificado. Un aviso de halcones amaestrados para cazar las palomas que se multiplican como una plaga descontrolada en los edificios residenciales de Bellaquería. El servicio trabaja en silencio absoluto, en la madrugada, y cuando los vecinos despiertan solo quedan plumas esparcidas por el viento.

Ese aviso falso —insertado en la apertura de la novela como si fuera una cuña publicitaria entre dos bloques de programación— es la célula original de Freak TV.

Francesco Vitola Rognini publicó Hambre de caza en 2014 a través de Editorial Milinviernos, en libre descarga, como parte de lo que él mismo ha denominado la Trilogía de Bellaquería. La novela fue descrita, en su momento, como una radiografía del uribismo: no por la vía del panfleto, sino por la de la metáfora, la angurria por cazar como imagen que condensa toda una era política. Pero lo que aquella lectura podía pasar por alto era el dispositivo formal: la novela infiltraba la lógica de los medios de comunicación —el lenguaje publicitario, la fórmula del mensaje comercial, la retórica del infomercial— como una estrategia narrativa deliberada. La ficción se disfrazaba de ruido mediático para decir lo que el ruido mediático precisamente ocultaba.

Ese mecanismo durmió durante años dentro del catálogo de Vitola, como una semilla en temporada seca. Freak TV es lo que ocurre cuando esa semilla encuentra el clima adecuado: un canal de televisión completamente inventado, con programación continua de 24 horas, que simula los formatos más predecibles de la pantalla —el noticiero, telecompras nocturno, el cine de arte, la franja de caricaturas— para convertirlos en vehículos de una ficción que no podría existir en ningún otro soporte: la iguana que sale del encuadre mientras aparece el título del canal. Luciano Bello entregando la noticia del restaurante madrileño que servía paloma callejera en vez de pato. El Sr. Argento —pálido, huesudo, reptiliano— vendiendo brazaletes de cobre con tecnología geocéntrica inspirada en el Feng Shui y desarrollada en Laos. El Capitán Adrenocromo aterrizando torpemente en el sótano donde se llevaba a cabo un ritual satánico. Kage no Keiyaku, el film de ninjas emitido en el horario en que solo están despiertos los insomnes y los vigilantes.

Cada franja es un género que Freak TV toma prestado y lleva al extremo de lo absurdo. Ese es el legado directo de aquel aviso de halcones en Hambre de caza: la comprensión de que los formatos de la cultura de masas no son neutros —que son, en sí mismos, formas de administrar la percepción— y que la literatura puede habitarlos, corromperlos y devolverlos al espectador con la trampa ya activada.

El proyecto se publica por entregas en Vitola.pro/freak-Tv/, simulando 24 horas de programación continua de «el canal más bizarro de internet» y que paradójicamente, dice más sobre la televisión que cualquier análisis de medios convencional.

Hambre de caza está disponible en descarga gratuita en Editorial Milinviernos. Leerla hoy, con Freak TV ya en circulación, es constatar que Vitola llevaba más de una década esperando el momento propicio para desarrollar esta idea. 

Héroes decadentes II: la novela

(Novela bilingüe por entregas. ESP/EN)

Por Howard Murcia y Francesco Vitola Rognini.


Ser plural como el universo.

Fernando Pessoa.


Prólogo

El lunes amaneció sin nubes. Eso fue lo primero que notó Aurelio antes de subir al árbol: un cielo demasiado limpio, sin nubes. Tomó el machete. Revisó dos veces el nudo de la cuerda de seguridad.

El árbol era un almendro viejo que llevaba años rastrillando sus ramas torcidas contra el muro del fondo. Además, estaba plagado de comején. Las termitas habían hecho metástasis, por lo que además de la poda era necesario aplicar gasolina en las partes invadidas por los insectos.

Aurelio subió despacio. A los cincuenta y seis años no había otro modo de hacerlo. Ponía el pie, buscaba la rama, desplazaba el peso. Llegó a unos ocho metros de altura. Desde ahí la vista cambiaba: los techos de las casas vecinas, una piscina de agua verdosa, una antena oxidada, el cadáver de una paloma disecada por el sol, en el tejado vecino. El viento olía distinto también, olía a libertad, a monte.

Empezó por las ramas secundarias. Una a una dejó caer las tres ramas. Abajo, su ayudante, iba picando y apilándolas. Se desplazó hacia el otro extremo del árbol, donde había que pisar con cuidado por el comején. Encontró la rama que frotaba el muro como uñas largas en un espejo. Calculó el corte. Ajustó la posición del cuerpo.

Lo que pasó después ocurrió en menos de dos segundos. La rama no cayó, sino que hizo un movimiento pendular y lo golpeó en el pecho, arrojándolo fuera de su zona segura. La cuerda se quebró con un sonoro chasquido de latigazo. Néstor cayó rebotando de una rama a otra, y finalmente, contra el suelo del jardín.

Desde abajo, tumbado de espaldas, Néstor contempló el cielo sin nubes, seguía ahí, inmutable, sin la menor consideración por lo que acababa de ocurrir. Su ayudante, metido en su campo visual, le hablaba, pero la voz le llegaba en sordina. No sentía dolor, el cuerpo aún no lo registraba. Intentó mover la mano derecha, pero no pudo. Intentó llamar, pero no escuchó su propia voz. Entonces una sensación, somnolencia quizás, empezó a nublar los bordes del campo visual y fue cerrándose despacio hacia el centro. Y en medio de aquella oscuridad, un túnel de luz por el que se acercaba alguien en sandalias, con toga blanca y una barba larguísima. Pero no eran sandalias normales. Tenían algo en los costados —unos apéndices pequeños, como alas de pollo BBQ—. Las sandalias levitaban sobre el suelo, pero parecían caminar silenciosamente sobre una pista invisible. El hombre que llevaba las sandalias era delgado, de mediana estatura, con una túnica corta que en otro contexto habría parecido un disfraz. Llevaba en la mano izquierda una tablilla de arcilla. En la derecha, un punzón. Tenía expresión de funcionario indiferente a todo.

—¿Estoy muerto? —preguntó Néstor.

El hombre consultó la tablilla.

—Esa pregunta de naturaleza administrativa está fuera de mi jurisdicción.

—¿Y qué jurisdicción tiene usted?

—Traslados. —Hizo una pausa. Anotó algo con el punzón.— Soy el responsable de llevarlo del punto A al punto B. Lo que ocurra en el punto B no depende de mí.

—¿Cuál es el punto B?

—No se proporciona esa información de antemano. Forma parte del procedimiento.

Néstor miró alrededor. El espacio era oscuro en todas las direcciones, sin horizonte, sin referencia de distancia.

—¿Y si no quiero ir?

El hombre lo miró por primera vez con algo parecido al interés.

—En mis años de servicio —dijo— nadie me había hecho esa pregunta.

—¿Y cuál sería la respuesta?

—Aquí no existe voluntad ni libre albedrío.

Hizo un gesto burocrático con la mano libre, y el espacio-tiempo empezó a cambiar. Nestor sintió que le movían el piso.

—¿Cómo se llama usted? —alcanzó a preguntar al hombre que iba varios pasos adelante.

—Hermes —dijo, sin voltearse—.


DECADENT HEROES II: THE NOVEL


(Serialized Bilingual novel)


By Howard Murcia and Francesco Vitola Rognini.


To be plural like the universe.
Fernando Pessoa.


Prologue


Monday arrived without clouds. That was the first thing Néstor noticed before climbing the tree: a sky too clean, without a single cloud. He picked up the machete. He checked the safety rope knot twice.
The tree was an old almond that had spent years dragging its twisted branches against the back wall. It was also riddled with termites. The infestation had metastasized, so in addition to the pruning it would be necessary to treat the affected sections with gasoline. Néstor climbed slowly. At fifty-six there was no other way to do it. He set his foot, found the branch, shifted his weight. He reached about eight meters up. From there the view changed: the rooftops of neighboring houses, a pool of greenish water, a rusted antenna, the carcass of a pigeon mummified by the sun on the roof next door. The wind smelled different too — it smelled of open country, of freedom.
He started with the secondary branches. One by one he let the three branches fall. Below, his assistant went about chopping them up and stacking them. He moved toward the far end of the tree, where the termite damage made every step uncertain. He found the branch that scraped the wall like long fingernails on glass. He calculated the cut. He adjusted his position.
What happened next took less than two seconds. The branch didn’t fall — it swung like a pendulum and caught him in the chest, throwing him clear of his safe zone. The rope snapped with a crack like a whip. Néstor fell, bouncing from branch to branch, and finally hit the garden floor.
From below, flat on his back, Néstor looked up at the cloudless sky. It was still there, unchanged, without the slightest regard for what had just happened. His assistant stood in his field of vision, talking, but the voice reached him muffled, as if from underwater. He felt no pain — his body hadn’t registered it yet. He tried to move his right hand but couldn’t. He tried to call out but heard nothing come from his own mouth. Then a kind of drowsiness began to blur the edges of his visual field, closing in slowly toward the center. And in the middle of that darkness, a tunnel of light, and coming through it someone in sandals, in a white toga, with an enormously long beard. But they weren’t ordinary sandals. They had something on the sides — small appendages, like the wings of a BBQ chicken. The sandals hovered just above the ground yet seemed to walk silently along an invisible track. The man wearing them was lean, of medium height, in a short tunic that in any other context would have looked like a costume. In his left hand he carried a clay tablet. In his right, a stylus. His expression was that of a functionary indifferent to everything.
—Am I dead? — Néstor asked.
The man consulted the tablet.
—That question is administrative in nature and falls outside my jurisdiction.
—And what jurisdiction do you have?
—Transfers. — He paused. He wrote something with the stylus. — I am responsible for taking you from point A to point B. What happens at point B is not my concern.
—Which is point B?
—That information is not provided in advance. It’s part of the procedure.
Néstor looked around. The space was dark in every direction, without horizon, without any reference to distance.
—And if I don’t want to go?
The man looked at him for the first time with something resembling interest.
—In my years of service — he said — no one has ever asked me that question.
—And what would the answer be?
—There is no will here. No free will of any kind.
He made a small bureaucratic gesture with his free hand, and space-time began to shift. Néstor felt the ground move under him.
—What is your name? — he managed to ask the man who was already several steps ahead.
—Hermes — he said, without turning around.