Sancocho western: Tierra de nadie.(Quinta entrega)
Por Francesco Vitola Rognini y Andrés Felipe Escovar
Dedicado a la memoria de Luis Cermeño, editor de Milinviernos, autor obsesionado con la ciencia ficción, y entusiasta colaborador en nuestros locos proyectos independientes.
Déjame huir, oh selva, de tus enfermizas penumbras formadas con el hálito de los seres que agonizan en el abandono de tu majestad. ¡Tú misma pareces un cementerio enorme donde te pudres y resucitas!
La vorágine. José Eustasio Rivera.
La semana anterior —me contaba—, un enorme jaguar había sido muerto por los vecinos, en el atrio de la iglesia.
Los pasos perdidos. Alejo Carpentier
Alimento para las tramochas
Por: Francesco Vitola Rognini

Salieron del pueblo sin mayor contratiempo. Extrañamente, nadie los persiguió, pero a la media noche, en el descampado donde dormían, recibieron una visita inesperada. Bajo las mantas de lana, los forasteros empuñaron sus armas y esperaron a que los dos jinetes se pusieran al tiro; uno de ellos iba afeitado al ras y cabalgaba en una montura decorada con platería, el otro, con sombrero de bombín y porte de tinterillo, era poseedor de un canoso bigote de cepillo. Este último procedió a expresar sus intenciones:
—Buenas noches y disculpen las molestias. Mi patrón vio cómo manejaron la tensa situación de la cantina; él necesita hombres como ustedes en su ingenio azucarero. Y para que tomen su propuesta en serio les ofrece esto.
El hombrecillo dejó caer junto al fuego una bolsa de cuero repleta de monedas de oro. Al pícaro le brillaron los ojos cuando la abrió, pero el barbudo tomó la palabra, simulando desinterés:
—¿Qué clase de trabajo es? Nosotros llevamos otro rumbo.
—En vista de que Reinaldo y sus hombres perdieron toda autoridad, el patrón ha decidido reemplazarlos. Ustedes son la opción más lógica, teniendo en cuenta sus habilidades.
—¿La paga es buena?
—Ustedes ponen el precio.
—¿Y cómo se llama tu patrón?
—Soy Hermes Diaz, y me conocen como el «Gato Salvaje» —dijo el elegante caballero desde su majestuosa montura— me servirían un par de capataces como ustedes en mis plantaciones, tengo varios rebeldes entre mis cortadores de caña.
—¿Por cuánto tiempo sería? Tenemos objetivos que cumplir.
—Puedo ofrecerles un puesto permanente, el sueldo que ustedes estipulen, e incluso, algunas escrituras de tierras fértiles. Ahora, si solo pueden quedarse una temporada, les puedo pagar algo adicional por entrenar a mis mejores muchachos.
—Podemos quedarnos cuatro semanas, no más. Si le sirve, nosotros aceptaríamos todos sus ofrecimientos. El sueldo lo definimos luego, cuando hagamos el diagnóstico del problema.
—Me conformo con eso por ahora. Si gustan, acompáñenos a la hacienda y los acomodamos de inmediato. Ya podrán dormir en el suelo cuando retomen su viaje.
Los jinetes estudiaron a los extranjeros mientras estos ensillaban sus caballos, subían los baúles y víveres a las mulas. Los italianos intercambiaron una mirada escéptica, la última vez que alguien se portó tan bien con ellos terminaron encerrados en una mazmorra construida originalmente por la Santa Inquisición. Sin embargo, la vida también les había enseñado a ser receptivo a las ofertas jugosas, de hecho, si ahora podían viajar más lejos de lo que nunca creyeron posible, era gracias al financiamiento de un multimillonario sudafricano.
En cuanto llegaron a la Hacienda Feraz, los condujeron a las casas de huéspedes, donde un par de jóvenes morenas de sonrisa inmaculada los guiaron hasta sus recámaras, ahí les sirvieron brandy, les prepararon las tinas para el baño y les ayudaron a restregarse. Luego se vistieron de lino y los llevaron a cenar con «Don Gato Salvaje», como las muchachas le decían cariñosamente. Los huéspedes atacaron la comida como los hombres de las cavernas que seguían siendo, a pesar de los milenios de condicionamiento sociocultural. Devoraron el sancocho trifásico ante la mirada divertida de Hermes Diaz, que asociaba la voracidad con el temperamento. Tras los platos de sopa llegó el manjar predilecto del jefe: cabrito asado. La bandeja de plata nacional contenía presas bronceadas por las caricias de la brasa, y venía acompañada con una fuente de porcelana repleta de tubérculos y maíces multicolores.
Tras la cena, «Gato Salvaje» los invitó a tomar ron de caña en la terraza de la hacienda, donde charlaron sobre los detalles del contrato hasta bien entrada la madrugada. Cuando lo consideró oportuno, convocó a las somnolientas morenas para que llevasen a los invitados de vuelta a sus aposentos. La hacienda era rústica, pero cada rincón y pasadizo tenía soberbios detalles decorativos, por ahí un jarrón chino, por acá un aljibe con peces japoneses, un poco más allá, una cabeza de jirafa disecada. A los extranjeros les importaban poco esos lujos, ellos eran más de apreciar la belleza humana, por ejemplo, las sonrisas y las caderas de las morenas que los acompañaban. Las muchachas se complacían de sus atenciones con disimulo.
Antes del amanecer, Pedersoli y Girotti salieron de sus aposentos sin despertar a las amantes de ébano, ensillaron las bestias y se dirigieron a la plantación. Los cañaverales parecían abarcar todo el horizonte y las luces del alba creaban una escena de ensoñación; por un lapso de tiempo insignificante que pareció eterno, los capataces quedaron embrujados por una sinfonía de pájaros e insecto: la manigua colindante parecía danzar con el viento, moviendo el ramaje y los bejucos volantes como si de greñas humanas se tratara. Un repique de tambores los hizo espabilarse, provenía del campamento levantado junto al pozo profundo donde los cortadores de caña se reunían cada mañana para afilar sus rulas. Apretaron el paso, y una vez en el sitio, tomaron asiento en un tronco seco, codo a codo con los sudorosos morochos que bebían café con agua de panela. Los extranjeros también bebieron del brebaje e indagaron sobre los tejemanejes de la plantación. Hervía una olla con sopa, las mujeres desgranaban maíz y los niños tocaban tambores con afinada coordinación. Todos, salvo un par de cimarrones mal encarados, parecieron entretenidos con la actitud amigable de los pintorescos capataces. Haciendo las preguntas acertadas descubrieron indirectamente que esos dos individuos eran los cizañeros que estaban sembrando la semilla de la discordia entre los peones, se decía que formaban parte de una organización clandestina que practicaban el abigeato y que venía cometiendo actos de sabotaje, como la quema de unos trapiches pocas semanas atrás.
Los nuevos capataces acompañaron a los peones en sus faenas el resto de aquella jornada, detrás de ellos iban las mujeres apilando las cañas y subiéndolas a los carros de mula que las transportarían al trapiche, donde serían procesadas hasta transformarlas en panela y azúcar. Carlo y Mario recorrieron la plantación de cabo a rabo buscando deficiencias en los procesos, pero lo único irregular que detectaron fue que algunos capataces a caballo abusaban del látigo.
A la puesta de sol, regresaron a la hacienda. Tras el baño y los cariños de sus consortes, se encontraron en el comedor con el patrón. A la hora de pasar el reporte, el pícaro tomó la vocería:
—Es un milagro que no se hayan sublevado. Por cada cincuenta peones, hay un solo capataz armado con un revólver y un látigo. Y ante esta desproporción, por supuesto, recurren al fuete para hacerse obedecer. La comunicación es nula. El capataz llega dando órdenes que solo unos pocos logran escuchar en medio de aquel basto sembradío, y mientras se riega la voz, el sujeto en cuestión desespera, saca el látigo y comienza a fustigar. Don «Gato Salvaje», ustedes necesita un mayor número de hombres a caballo, pero no debe reclutar a cualquier persona, tienen que ser líderes natos, nobles de corazón, no tipos inseguros que abusen de su autoridad o que disfruten de imponerse con sadismo. Entiendo que es una petición difícil de cumplir en los tiempos que corren, pero si desea menos agitación entre los peones, ese es el camino a seguir. O modifican la dinámica con la que ejercen el poder, o tarde o temprano tendrán una revuelta entre manos. Hay que evitar empujar a esta gente al abismo de la desesperación, porque el día que no tengan nada que perder…
—¿Y dónde proponen encontrar a este personal tan especializado?
—La guerra de los mil días dejó a muchos soldados sin medios de ganarse la vida. Reclute a los honestos y honorables, nosotros prepararemos un cursillo de dos semanas para enseñarles lo básico.
Al cabo de dos semanas, cuando el proceso de formación de los nuevos reclutas había iniciado, un olor a monte quemado despertó a los pobladores de la Hacienda Feraz. Relinchos, gritos, tiros al aire, caos generalizado. El cañaveral entero ardía y el fuego rodeaba la hacienda. Pedersoli y Girotti no se podían arriesgar a perder el contenido de los baúles, así que decidieron hacer sus rondas con las mulas cargadas. Estaban preparando las monturas cuando hizo presencia Hermes Diaz.
—¿Se van? Habían dado su palabra, dijeron cuatro semanas.
—Vamos a hacer nuestras rondas con normalidad, pero nuestro equipaje viene hoy con nosotros. Al final del día, si queda aún hacienda a la que volver, le daremos un informe completo con nuestros hallazgos. Don Hermes, le recomiendo preocuparse por la hacienda, el viento sopla hacia acá. Nosotros vamos a encontrar al responsable de esto, tiene mi palabra.
—Muy agradecido por no abandonar el barco en medio de la crisis. A propósito, me han dicho que el fuego comenzó cerca del pozo profundo, por allá donde la manigua colinda con el cañaveral y la cauchería. Por fortuna, los peones de la cauchería lograron controlar el fuego.
—Comenzaremos por allá entonces.
Los dos jinetes —y sus mulas cargadas— se dirigieron hacia el punto señalado, ahí encontraron una ronda de peones acorralando a dos individuos: un indio menudo armado con machete, y un cimarrón de ojos enrojecidos que empuñaba un látigo. El indio, de nombre Venancio, con la cara y el cuerpo cubierto de latigazos, resistía tenazmente a los fuetes de su contraparte.
Desde su montura, Pedersoli hizo un tiro al aire con su Winchester. Los peleones pararon, aliviados por la interrupción. Los cortadores de caña que habían estando incitando a la lucha retrocedieron, haciendo que la arena de batalla se expandiera unos metros.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó Mario Girotti.
—Ese cimarrón nació para ser alimento de las tramochas, él prendió fuego al cañaveral —dijo la anciana vestida de blanco que invocaba a los Orishas.
—Hagan lo que consideren, no intervendremos para salvar a un pirómano. Pero antes, déjennos interrogarlo. Queremos saber quién le dio la orden.
—Patrón, es que ya nos lo dijo. Este borracho lengua larga vino a presumir de que un tal Víctor Carrasco, señor de Villa de Leyva, contrató a los hombres del palenque de Guapi para sembrar el terror por estos lares —respondió tembloroso Venancio, con la cara y el cuerpo ensangrentado por los cortes del látigo.
Los dos capataces se esforzaron por no reaccionar al escuchar aquel nombre; se acercaban al bellaco que pasaría a la historia como uno de los hombres más crueles de este país de sanguinarios. Exterminarlo era su misión, a eso habían venido.
—Alguien haga el favor de llevar a este valiente hombre a la hacienda, para que lo curen. Entréguenle el látigo que le quitaron al otro —dijo Perdersoli.
Girotti enfundó su Mauser. Pedersoli, sin embargo, permaneció con su Winchester a la mano, por si surgía alguna eventualidad. Con total desinterés de lo que le pudiera pasarle al pirómano, los capataces —y sus mulas cargadas con baúles— terminaron su ronda sin contratiempos. Al final de la tarde, mientras el horizonte seguía humeando por los rescoldos del cañaveral carbonizado, los dos capataces volvieron a la hacienda, que milagrosamente seguía en pie. Descargaron los baúles de sus mulas, pero no las desensillaron. Visitarían a Venancio, darían el informe al «Gato Salvaje», y seguirían con su travesía. Esta no era su lucha.
Primero fueron a lo de Venancio, que deliraba por efecto de la morfina suministrada por el doctor personal de Hermes Diaz, que en cuanto supo del heroísmo demostrado por el hombre, le dio trato de hijo pródigo. En un rincón de la habitación, el loro de compañía de Venancio iba y venía haciendo eco a los delirios de su amo. Si el indio decía que quería preñar a una rubia ojiazúl, el papagayo lo repetía. Si el cruzado a latigazos decía que El Máguare, es decir, el diablo, era el dueño de Villa de Leyva, el cotorro lo vociferaba para que no cupiera duda. Si el saco de piel suturado con esmero gritaba que Yuruparí era su protector, el pajarraco lo reiteraba. Los capataces le hicieron compañía un rato, pero se retiraron al darse cuenta de que el indio no estaba en condiciones de hablar, pero que aún así tenía fuerzas para luchar contra la potente medicina.
De ahí, fueron a reunirse con Hermes Diaz, que los recibió con una botella de ron de caña. Las muchachas que les habían servido durante casi un mes parecían olerse la despedida, por lo que no pudieron disimular su malestar, sus ojos destilaban un furia cargada de afecto: rabia y tristeza se combinaban en dos pares de ojos enrojecidos por un llanto contenido con sabor a ilusiones rotas, orgullo traicionado, y amor propio resquebrajado.
Durante la charla, los capataces hicieron un resumen de la situación, y propusieron a Venancio como un capataz idóneo para la hacienda Feraz, llamándolo «líder natural». Cobraron sus dividendos, reclamaron los títulos de propiedad de las tierras que les habían prometido y estrecharon las manos.
—Y cuídese de un tal Víctor Carrasco, pretende arruinarlo y comprarle barato sus tierras. Él contrató a los pirómanos, uno de los cuales aún sigue en libertad— sentenció Carlo Girotti, antes de abandonar el recinto.
Una vez en sus cabalgaduras, preparados para retomar su travesía, el «Gato Salvaje» Diaz les hizo una última proposición:
—Y si al final de su misión les quedan unos años libres, recuerden que el pueblo necesita alguaciles aguerridos. Sería de mucha utilidad tenerlos a ustedes impartiendo justicia. Aquí no les faltará nada, lo que pidan les será concedido.
Los extranjeros sonrieron melancólicamente mientras oían esas palabras, pero su atención estaba puesta en las dos jóvenes de piel de ébano que habían sido su hogar durante las últimas semanas. Entonces, los dos jinetes tiraron de las riendas, dieron media vuelta y sin pronunciar palabra, se retiraron.
A las afueras de la hacienda, atado al robusto tronco de una ceiba florecida, pasaron junto al cuerpo del cimarrón carcomido por las tramochas, hormigas carnívoras con una picadura tan venenosa como la de los alacranes. Ni lo determinaron.





