0 pensamientos sobre “Hackers parauniversales

  1. Gracias Felipe por este artículo y por esa joya solitaria que rescataste de las abigarradas aguas de youtube. Me conmueve ver y escuchar al incomparable Dick frente a ese atiborrado auditorio de caras asombradas, atónitas y/o descreídas. Yo no sé si la realidad es matrix, lo que sí afirmo es que internet y los medios audiovisuales son las herramientas con las que se está controlando y manipulando a la población mundial. Tampoco descreo de seres que se muevan invisibles entre dimensiones paralelas o presentes simultáneos. Pero sospecho que esos seres tienen más relación con el poder que con cualquier otra jerarquía, ya sea mística, dimensional o lo que fuere. Un abrazo fuerte y mi admiración por tu febril actividad literaria.

  2. «What do we know of the world and the universe about us? Our means of receiving impressions are absurdly few, and our notion of surrounding objects infinitely narrow. We see things only as we are constructed to see them, and can gain no idea of their absolute nature» H.P.L

  3. Esta bala es antigua.
    En 1897 la disparó contra el presidente del Uruguay un muchacho de Montevideo, Arredondo, que había pasado largo tiempo sin ver a nadie, para que lo supieran sin cómplice. Treinta años antes, el mismo proyectil mató a Lincoln, por obra criminal o mágica de un actor, a quien las palabras de Shakespeare habían convertido en Marco Bruto, asesino de César. Al promediar el siglo xvii la venganza la usó para dar muerte a Gustavo Adolfo de Suecia, en mitad de la publica hecatombe de una batalla.
    Antes, la bala fue otras cosas, porque la transmigración pitagórica no sólo es propia de los hombres. Fue el cordón de seda que en el Oriente reciben los visires, fue la fusilería y las bayonetas que destrozaron a los defensores del Álamo, fue la cuchilla triangular que segó el cuello de una reina, fue los oscuros clavos que atravesaron la carne del Redentor y el leño de la Cruz, fue el veneno que el jefe cartaginés guardaba en una sortija de hierro, fue la serena copa que en un atardecer bebió Sócrates.
    En el alba del tiempo fue la piedra que Caín lanzó contra Abel y será muchas cosas que hoy ni siquiera imaginamos y que podrán concluir con los hombres y con su prodigioso y frágil destino.

    Borges, Jorge Luis

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