Archivos por autor | Andrés Felipe Escovar

(Otra vez aquella pregunta incordiante.). Por Daniel Maldonado

 

I

¿En cuántas palabras cabe una vida? Tratándose de un sujeto como Philip K. Dick, los caracteres disponibles resultan insuficientes. En Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos, Carrère hace acopio de no pocos caracteres, de no pocas palabras. Articuladas de modo inteligente, configuran un periplo –el de Dick– pautado por una forma de creer que se sostuvo en la desmesura, por la escritura de un puñado notable de novelas y relatos y, asunto no menor, por el ánimo de un personaje que solía encontrar en sus sueños claves que anticipaban –o que lo descifraban de plano– el porvenir.

De un tiempo para acá me vengo planteando lo siguiente: ¿será acaso que la ciencia ficción es una variante –más o menos sofisticada– de las sagradas escrituras? ¿En qué difieren los textos del apóstol San Pablo, un individuo a quien le bastó con oír la voz de una entidad superior para asumir la buena nueva, de los de alguien –como Dick– empeñado en demostrar la existencia de Ubik o Valis y, más todavía, dispuesto a descorrer el velo que impide que todos contemplemos el rostro de lo real?

En nada, quizá. Pero la fe es la fe y Dick, que de esta sabía mucho, cultivó la suya.

 

II

¿Qué es lo que se pretende encontrar en el secreto, en sus simas? ¿Una ficción? ¿Un sentido mayor, anhelado o aun temido, que dé-fe de las sospechas que se agitan en lo más hondo de uno mismo? Puede que la trascendencia radique precisamente en esta especie de salto al vacío que es la creencia ciega: “certeza de lo que se espera, convicción de lo que no se ve”.

Ubik.

Valis.

 

III

Dick, dice Carrère, sostuvo intensas conversaciones con Thomas a propósito de su vida, de las vidas de ambos, de sus intereses (bastante afines). Thomas era un griego de los tiempos de la defenestración de la secta de Cristo que sin aviso previo se apoderó de la mente de Dick. De repente, Dick comprendió la razón de ser de aquellos lapsus en los que perdía la memoria. Su conciencia hacía las veces de continente compuesto de dos contenidos: un signo en cuya doble significación radicaba su potencia oracular, su capacidad para penetrar en los pliegues más íntimos y oscuros del mundo.

Dick se asumía un recipiente amable: veía en Thomas a un compañero de anhelos. El término de su relación ocurrió cuando ambos contemplaron en la tv la caída de uno de sus más grandes enemigos, cifra del fascismo, que Dick siempre despreció, y cifra, también, de la bestia (que en una de las novelas de Dick aparece con el nombre de FFF, 666): Richard Nixon.

Luego de aquel evento que sumió a Dick en una dicha peculiar –menos efusiva que satisfactoria, un derivado natural de su labor como baluarte de una religión que sólo él profesaba (porque nomás él la conocía, porque solamente él, igual que San Pablo, supo atrapar la revelación antes de que esta se disipara)– volvió a estar solo. Thomas decidió partir. Sucedió, sostiene Carrère, sin que Dick notara de inmediato su ausencia. Sucedió, pensó Dick, porque así tenía que ser.

 

IV

¿Y si el sentido de la vida rehúye las palabras? En lo concerniente a un tipo como Dick, la vida y su sentido no se encuentran en ninguna biografía.

A lo mejor y el sentido descanse, como pensó Dick en las postrimerías de su vida, en la imaginación, en las quimeras (que son nombres) que produce. ¿Ubik? ¿Valis? El inicio y el final son una y la misma cosa. O, como se desprende de la lógica presente en cada una de las páginas del I Ching (libro por el que Dick sintió particular fascinación), quizá “el alba y el ocaso [representen] los reversos de una moneda [invisible] llamada destino; donde hay oscuridad, [también anida la] luz.”

Nombres que son destinos. Nombres que configuran sentidos privados. Ubik. Valis. ¿Dios? “Certeza de lo se espera, convicción de lo que no se ve”.

De la fe de Dick, de sus tonos demenciales, dio cuenta Emmanuelle Carrère. Sí, el sentido de la vida de Philip K. Dick está en otra parte. Pero Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos se acerca, y bastante, a los perfiles más chuscos al tiempo que tristísimos, turbulentos al tiempo que festivos, de un personaje que muy pronto se supo habitante de un simulacro que sólo a regañadientes se atrevió a llamar realidad.

Carta a Julián Marsella por la necrológica que jamás quise: Adiós, Luis

Señor

Julián Andrés Marsella Mahecha

E.S.M

Marsella:

Hace tiempo nació nuestro propósito de matarlo. Queríamos convertirlo en fantasma y que, como tal, escribiéramos sus días en La Fresa Feliz. Sería nuestra incursión a un tema como el de los espectros y sus variedades para cruzarlo con la taxonomía de los alienígenas y los consecuentes senderos evolutivos trazados por David Parcerisa. A propósito: ¿cómo está el clima en Zipacón? ¿Ha vuelto a tener problemas con las fresas podridas? Allegados al difunto Bazuker nos comentaron que, el maridaje de esa fruta descompuesta con leche condensada, propician un horror emanado de las entrañas de quien las come ¡Son tantas cosas de las que hay que hablar y jamás hablaremos!

Esto no es una confesión; me acabo de detener en el nosotros inserto en el comienzo de esta nota: ahí bulle un hálito fantasma que ha recaído en mí. Todo culmina en una primera persona, en un yo que, usted sabe, es el núcleo de cualquier horizonte de soledad: el yo es el feto de un alma en pena. Hace más de una semana murió Luis. Los detalles de su muerte no vienen al caso, aunque puede encontrarlos si escarba en algún buscador; los primeros registros refieren la muerte de un hombre de 44 años en el estacionamiento del conjunto residencial donde vivía y, luego de describir con vaguedad las circunstancias, propician en quien lo lee expresiones como que “uno muere el día que tiene que morir” o “parece una muerte de Mil formas de morir”. En eso desemboca una vida con algún viso extraordinario, aunque este sea su final: en una nota roja redactada por alguna inteligencia artificial.

Es más, alguien que se presume cercano a Luis dijo que esa su muerte parece un cuento escrito por él. Me temo que ese allegado jamás leyó algún relato o, si lo hizo, lo reduce a la etiqueta de lo absurdo o de la humorada ocurrente y esto le sirve para mantenerse lejano de cualquier gravedad propia de un panegírico. Ahora hay que ser inteligente y la inteligencia se asume como el antónimo de cualquier expresión sentimental.  Hubo gente que escribió en Facebook o Instagram -de las otras redes no sé-; muchas destilaban el consabido “humor negro” de los que no le temen a nada -o, si le temen, hacen gala de su miedo y lo convierten en parte de su repertorio- e insultos para así contestar los que Luis les infligió en vida y evidenciar el ingenio de quien no ve en los oratorios en torno a cadáveres más que materia de burla y rezagos de supercherías decimonónicas.

No culpo a esas personas, Marsella; es lo que hay y reclamarle a lo que es que sea otra cosa es un gesto juvenil que se me ha diluido. Es posible que esas personas no hayan reparado en el peso que tiene un muerto. Un muerto pesa mucho y, por eso, uno de los rumbos más trasegados hacia el paraíso es el de la levedad. Los cadáveres toman una densidad como si en sus entrañas se hubiera incubado una bomba; así me pasó con Luis; colaboré para sacarlo del carro fúnebre y conducirlo al lugar donde lo iban a enterrar. Fuimos seis las personas que lo llevamos y nos costó; alguien que me vio en aprietos me dijo que Luis no quería que yo fuera uno de los que lo llevaran hasta el hueco donde depositarían el ataúd. Yo no sé si así sea, aunque esa creencia es semejante a la que tuvimos cuando decidimos matarlo a usted para así continuar escribiéndolo.

La tumba de Luis linda con la de un niño que murió a los cinco años. Algunos deudos la pisaron, así como las de otros difuntos aledaños, mientras un sacerdote, flaco, con unos tenis negros muy sucios, que apenas se asomaban bajo su sotana, procedía, con apuro, a leer un pasaje bíblico y a efectuar un par de oraciones. El señor parece un jardinero disfrazado de cura, aunque lee los versículos como lo hace un abogado con un acta y tiene el atributo de la indiferencia profesional: los muertos para él son leves, como para los ironistas. Sólo es un jardinero para mi solaz.

Con Luis conversamos varias veces sobre la forma como lo mataríamos a usted para hacerlo un espectro que nos visitara. No puedo decir que no hubo tiempo para escribir; más bien, los arrestos se agotaban y, entre el agobio de las vidas que cada uno ha vivido, se nos postergó su homicidio. Ahora que me detengo un poco, pudimos intentar una historia persecutoria donde buscáramos darle caza a usted, algo así como si El correcaminos se narrara, en primera persona -una primera persona plural-, por el Coyote.  El final podría ser tan abrupto como la muerte de Luis.

Un amigo me dijo que, a los cuarenta y cuatro años, solo se es joven es para morir. Pero no hay días señalados para morirse ni es cuando a uno le toca: es seguro que moriremos y, por economía de la creación, no es necesario realizar cálculos o adjudicar días para que muera alguien. Aunque otorgarle esos criterios a la creación es tan extraño como suponer que “de Dios estaba que Luis muriera ese día” o que “nadie conoce la voluntad divina” salvo quien enuncia ese desconocimiento.

Lo de Luis ha ocurrido y, como nos pasará a todos los que formamos parte de ese grupo finisecular, señor Marsella, descansó de sí mismo. Nosotros queríamos que usted descansara, que su “sí mismo” dejara un rastro en una escritura que jamás ocurrió. Usted y yo debemos continuar en este espacio. Por estos días me ha asaltado una simetría: los días que pasaron entre el deceso de Luis y su cumpleaños, fueron diez; nosotros tenemos casi la misma edad y yo cumplí los 44 ocho días después de la muerte de mi amigo, entonces moriría el primero de septiembre. No quiero morir ese día. Pero la vida es como nadie quiere, apenas es.

Quizá le escribo esto último para conjurar la intuición de que mi destino está trazado y evitarlo es la manera más expedita para que se materialice, por eso el miedo es su principal aliado: Edipo le temió tanto a la ceguera que se sacó los ojos. El destino, señor Marsella, fulge cuando se le adjudica a un muerto: así empieza a cobrar sentido cada una de las palabras, gestos y ausencias que el difunto profirió en vida.

Luis hizo la necrológica de su perrito, fallecido tres semanas antes que él. En la nota anunciaba que al animalito lo acompañaba Ozzy Osborne en un lugar tranquilo, mientras esperaba a que Luis llegara. La muerte de Luis fue una buena noticia para Ozzy, que ya se libró de esa responsabilidad y disfruta algún festejo, también para Kero, que camina por un prado impregnado de rocío con su amo.

Le dije, Marsella, que el efecto fantasma recae en mí; muchas de las cosas que escribí con Luis se leerán como si fueran hechas por alguien que ya murió. Desde ya aprecio lo reconfortante que es que casi nadie lea lo que uno escribe.

Lo saludo, no sé si con mero afecto o con la vocación de alguien conmocionado,

 

Pd: Hace un par de días, en un bus de Transmilenio, subió un señor invidente y se sentó muy cerca de mí, sacó un rosario y rezó durante todo el trayecto. Pensé que ese hombre era Luis deambulando en su paraíso y que el palo que usaba el invidente era la nueva forma de su perro. ¿Podría decirme, señor Marsella, algo al respecto? Algo que supere mi elemental cavilación, así ello no me reconforte como la mortalidad misma y la liviandad de todas las palabras, tan opuestas al peso del cadáver de mi amigo.

Los orígenes de una novela. Conversación con Mikel Ruiz a propósito de “Los disfraces de la muerte”

Alguna vez me pronosticaron que a Mikel Ruiz (Chamula, Chiapas, 1985) lo perseguirían integrantes de esa entidad-comodín de México llamada crimen organizado porque en su novela, La ira de los murciélagos, abordaba el narcotráfico, el consumo de drogas y el crimen en un lugar como San Juan Chamula, cuya aura de misterio ha servido para que, por ejemplo, cobren la entrada al templo (lugar donde las efigies católicas se mezclan con velas, copas de pox y envases de Coca-Cola). La existencia de criminales lectores cuyos asesores literarios les comunicaran alguna novedad editorial donde se les denostara, restituía la importancia del libro como artefacto peligroso; por eso le pregunté su tuvo algún desencuentro y me contestó que jamás recibió una amenaza o, al menos, un comentario semejante a los que supuse.

La aparición de La ira de los murciélagos, sin embargo, ha suscitado opiniones. Fue la consolidación de Mikel como trabajador de una narrativa que comenzó con Los hijos errantes y ya cuenta con cuatro novelas publicadas; en 2024 aparecieron El origen de la nocheganadora del premio Nezahualcóyotl en 2023 y Los disfraces de la muerte. Sobre esta última charlamos.

Para escribir esta novela hubo, como en las anteriores, un proceso que llamas de investigación, ¿cómo fue en este caso?

-Comencé a concebir la novela cuando estaba escribiendo La ira de los murciélagos; Ponciano, uno de los personajes de esa narración, un día sale de su mansión y, al frente de ella, se topa con una estatua de concreto, que se supone que es la figura de un chamula tradicional, pero, en vez de un bastón de mando, tiene un cuerno de chivo[1]. Se me hizo muy raro que Ponciano tuviera una estatua que idolatrara y mi pregunta durante la escritura de la novela fue quién era ese personaje que tenía un cuerno de chivo. Era la representación de un hombre chamula tradicional y que Ponciano considerada un modelo a seguir. Yo no sabía quién era ese sujeto y, en el proceso de comprender a Ponciano, investigué a quién correspondía esa estatua y me acordé de la estatua de Chamula. Desde que tengo uso de razón siempre ha estado ahí y yo nunca pregunté de quién era.

Entonces, en una ocasión, fui a Chamula a ver de quién era, pensando que era la misma imagen que tiene Ponciano en su casa. Ya cuando estaba allí, vi una plaquita con la información de la estatua que dice que la puso un presidente de Chamula, en el setentaytantos, llamado Lorenzo Pérez Jolote, hijo de Juan Pérez Jolote. Y se me hizo raro porque Lorenzo Pérez Jolote fue uno de los presidentes más sanguinarios en Chamula; expulsaba a los que se volvían evangélicos, y ya desde ahí me dije: ¡Claro, Ponciano es evangélico y su familia fue expulsada de su paraje!

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Tapachula mon amour #3

La víspera del fin mundo será un eclipse mientras se incendian montañas de plástico y muchedumbres de personas caminan a un costado de las autopistas con la esperanza de llegar a las glaciaciones del norte. Los trailers aplastarán a alguno que otro migrante -así les llamarán a esos viajeros que caminan en chanclas bajo un sol de cuarenta grados celsius-; serán incidentes menores. Más al norte, los cazadores de extranjeros que hay en el desierto, desollaran a algunos sobrevivientes y otros franquearán todos los filtros para encerrarse en algún sótano.

El fin del mundo no ha comenzado en Tapachula y la atmósfera del eclipse del ocho de abril apenas hizo menos cálido el fin de la mañana; no mitigó el olor a basura quemada -la costumbre que se estila es quemar todos los plásticos: al fin y al cabo eso se hace humo y el humo se disemina por todo el planeta; es la venganza de los que nacieron o viven en este lugar, hecho como un reducto donde hay archipiélagos que semejan campos de concentración sin la necesidad de policías que vigilen a los presos porque ellos, los presos, prefieren ese cautiverio seguro que la soledad y el peligro sobre incandescentes pastizales dispuestos para que algunos narcos los capturen- ni hizo mermar la música regional y el reggaetón que acompaña el atronador murmullo de estos días con asomos de espanto.

También hay humo que germina de las quemas de los cañaduzales, que proliferan en las afueras de Tapachula, así como los monocultivos de Palma Africana.

Una vana ilusión del fin del mundo: el incendio de basuras, las vastas extensiones sembradas con vegetales que sirven para fabricar combustibles o aceites, el cielo que oscurece hasta semejar un atardecer y las personas que saben muy bien dónde queda el norte pero no si llegarán a él.

Los que migran, aguardan en filas multitudinarias a que les concedan un paso más en su trámite; los oficinistas que los atienden esperan el fin de semana para hacer filas en Burger king y los que atienden en Burger King aguardan a que una bomba devaste algo que nunca se devastará de un solo golpe sino que será un cáncer  tan mediocre la muerte como cada respiración que nos acerca a ella.

Episodios cotidianos. Por Francesco Vitola

Killami o Bellaquería

La malograda sociedad barranquillera es cómica, su rigidez obtusa, esa incapacidad para la neuroplasticidad, resulta ridícula. Pretenden ser como Miami, pero sólo adoptan los rasgos estrambóticos de la narco-cultura: edificios altos, vehículos de alta gama, mujeres operadas, panzones ricachones lavadores de dólares. Para todo lo demás siguen teniendo una mentalidad pueblerina, con prejuicios que les impiden superar la mezquindad, porque Killami —o Bellaquería—, ahí donde la ven, con su mascarada de jovialidad carnavalera, es una ciudad desalmada y cruel, donde tradiciones se heredan como enfermedades congénitas: se oye la misma música en todas las celebraciones, el pensamiento está uniformado, los dogmas de fe nunca se ponen en duda, la gente parece igual de analfabeta que cuatro generaciones atrás.

Pero Killami —o Bellaquería— es una mascarada bien montada, una farsa transgeneracional. En horario de oficina se vende como el colmo de la corrección moral, todos uniformados como infantes ejemplares de colegio católico, bien peinados, perfumados, y con la camisa por dentro del pantalón, a 35 grados centígrados a la sombra. Compensan su inmadurez como pueden, ellas se trepan en zapatos de tacón para ir a la oficina, y ellos, con el tufo a homofobia que les intoxica el alma, sacan pecho y aparentan ser más fuertes de lo que son en realidad, una pose de machos alfa que contrasta con las uñas esmaltadas. De 8:00 a 17:00 van uniformados, sin marcas distintivas, en un esfuerzo por disimular o reprimir la pulsión destructora que los carcome, Thanatos, el deseo de aniquilar a lo que amenaza sus inseguridades; son clones de la violencia colombiana, gente con distintas tonalidades de piel que vieron un horizonte prometedor en Killami —o Bellaquería—. Pero al caer la noche, y durante los fines de semana, estos oficinistas comedidos y temerosos de Dios, dan rienda suelta a sus impulsos hedonistas que los impulsa a excesos de todo tipo.

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Tapachula mon amour #2

La coyota transportapueblos es un homenaje a las migraciones, hoy día alimentadas por personas que se aferran a la idea de haber llegado al último país que los separa de Estados Unidos; al lado de la madre reposa su cría, a un costado de la vía del ferrocarril “la bestia”. Hace unos días las incendiaron; persisten sus esqueletos y algunas placas de madera.

El fuego y quien lo propició han erigido una nueva hospitalidad. Habrá más incendios.

Tapachula mon amour # 1

Una muestra del muladar, ya que la anterior la han vetado

A mediodía, la temperatura será de 35 grados y lo que llaman sensación térmica se acercará a los cuarenta. Para calcinarme me encierro, aunque no lo hago con decisión: en el techo hay un ventilador que me alivia y quisiera sentirme en una ciudad vietnamita como Sheen en Apocalypse Now. Aunque mis días no semejan a aquella incursión al horror; los míos son familiares, sin peligro: son un capítulo de La rosa de Guadalupe, pero sin milagros. El escritor de esa serie, Carlos Mercado Orduña,  nació en Tapachula y es uno de los orgullos de la ciudad; cada tanto lo entrevistan para que dé una lección donde se evidencie que el triunfo se basa en el trabajo y el sacrificio: nunca hay obsecuencias, ni tramas para trepar; el mundo es un lugar donde se premia al mérito.

Opto por guarecerme en la casa donde vivo, para apenas imaginar los trámites burocráticos que ocurren en los diferentes despachos migratorios. En esta ciudad comienza el último obstáculo para las personas que buscan llegar a Estados Unidos. En automóvil, estoy a unos veinte minutos de la frontera con Guatemala, la cual la franquean por el puente o a través del río Suchiate, muy breve en su profundidad y anchura como el Suchiate. La vía acuática no precisa de algún control migratorio mientras que la terrestre sí. Y los agentes de migración saben lo que pasa abajo y, los de abajo, saben lo que ocurre arriba. Leer Más…

Sobre Mundo en jaque, de Ailin Mc Cabe

Baraja de sombras es una colección pensada por un grupo homónimo de investigadores ocupados en la literatura latinoamericana. Cuenta con ocho libros editados; cada uno  se ha escrito por alguien de nuestro continente que plantea una escritura poco digerible por las editoriales multinacionales -sean estas corporaciones o autodenominadas independientes-.

Acá pueden descargar, de forma gratuita, cada uno de los volúmenes.

Ahora publicamos la presentación, escrita por Daniel Maldonado, de Mundo en jaque de Ailin Mc Cabe, el último libro que ha aparecido en Baraja de sombras.

Presentación 

 

Daniel Maldonado Velázquez 

 

Es la palabra. Cuando opera, sobreviene el asombro. Y más: éste se vuelve trascendente cuando ella, la palabra, lo satura de esplendor. El asombro, ese que no participa de la abulia que pareciera ser consustancial a los días cotidianos. No es que se halle por doquier, no es que resulte común. Lo común, en todo caso, consiste en anularlo, en estimarlo inexistente. Lo común supone hacer del asombro una suerte de anhelo bastardo, innecesario por improductivo. Hijo insípido del convencionalismo, lo común invita a adoptar el supuesto de que lo asombroso resulta menos una forma de dilapidar la estrechez de miras —tan corriente, tan instalada— que un franco imposible. Se entiende: resulta por demás peligroso abrazar la posibilidad de que el mundo, la realidad y el afuera sean más complejos de lo que parecieran ser a simple vista. 

Existe cierto tipo de ficción que guarda una relación bastante estrecha con el asombro. A fuerza de ser sinceros, lo asombroso es un código secreto que mora en el núcleo de numerosas obras literarias. No es la costumbre, sino la vitalidad que las recorre, lo que las ha convertido en referencia casi perpetua. Asombro despierta la debilidad primera vuelta entereza constante de un gigante llamado Frodo; asombro hay en los sueños plagados de androides que tuvo Philip K. Dick; asombra la megalomanía del Dr. Frankenstein, moderno Prometeo, hacedor de pesadillas. Asombro produce, también, la palabra que trastorna lo dado, que desmonta —al crear un sentido otro— los absurdos que manufactura permanentemente la lógica del status quo. 

 

Desde sus inicios, la ciencia ficción se ha caracterizado por configurar horizontes en los que el imposible adquiere la condición de mensaje oracular consumado. Los cultores del género han visto en la innovación tecnológica y en los desarrollos alcanzados por la ciencia aplicada motivos o, mejor, pretextos ideales para dar cuenta de algo más. En ese algo más radica la potencia que convierte a los relatos de ciencia ficción en dispositivos explosivos, mecanismos en cuyo diseño seminal yace además la clave que ha de permitir la reinvención del mundo o, si se prefiere, su puesta en jaque. 

Los relatos contenidos en Mundo en jaque, de Ailin Mc Cabe, se hacen eco del talante subversor del género. Ya en su origen, la ciencia ficción anticipaba tímidamente —y quizá de manera involuntaria— una muy probable catástrofe futura. Julio Verne o Mary Shelley, deudores de la utopía del progreso, colocaron los cimientos sobre los cuales pensar el presente en términos distópicos. La razón instrumental, que fue la suya —y que en buena medida sigue siendo hegemónica—, hizo nacer no pocos monstruos. 

Sí: asombra lo monstruoso, la angustia derivada de las historias que alguna vez pretendieron dar cuenta de lo por-venir. Pero en Mundo en jaque, además, asombran otras cosas. En “Enemigo común”, asombra la extraña familiaridad que producen la capacidad de seducción que despliega una autómata atrofiada, las torpezas en que incurre una abuela metálica o el fastidio —tan adolescente— de una maquinita de última generación. En “Terremoto”, pasma o cimbra presenciar el impacto que generan dos grandes cataclismos en la vida de una mujer. No solo asombra el borramiento pleno de los límites de su cuerpo, su caída en la inmensidad; también lo hace, asunto no menor, el reconocimiento de que es posible —y quizá hasta deseable— reírse como un loco después de renacer. En fin: asombra verse reflejado en las maneras impacientes, delirantes, viles de cyborgs demasiado humanos. 

No hay realidad sin palabras. No hay mundo sin palabras. No hay, no podría haber, tampoco asombro. La invención de un sentido irreverente, distinto del que circula sin ataduras por doquier y que se erige en valor único y verdad oficial, pasa por hacer de la palabra el centro de una perturbación necesaria. Solo a través de tal palabra es que se puede subvertir lo que, a fuerza del uso corriente, se concibe como la norma. 

No es privilegio exclusivo de la ciencia ficción el urdir mundos que no son. La literatura es eso: otra realidad, acaso más viva. O, sin más, la forma pura de la experiencia (Piglia dixit). A la luz de la literatura, del ánimo contestario que la constituye, la energía y brillantez de palabras como fusión y terremoto habrán de fisurar la corrección predominante que es más bien terror cotidiano, mezquindad disfrazada de asepsia bien-pensante. 

 

 

Diario del tour de Francia sin estar en Francia ni con los ganadores. Día 21

Hoy muchos han recordado al llamado «farolillo rojo»; concluyen que ha gastado más de seis horas de diferencia en hacer el mismo recorrido que hizo el que ganó la prueba. El margen entre ambos, según advirtieron, es tan grande que, desde la década del cincuenta del siglo pasado, no se veía algo así. Por única vez, el último ha sido nombrado y Morkov ya se instala como los competidores que tienen un nombre. Fedorov, por el contrario, ni siquiera quedó penúltimo, aunque ocupa el tercer lugar en el podio invertido del tour, además de que, al ser el más joven de los tres, promete otras actuaciones semejantes, de no ser porque quizá le quepa un retiro o se acuerde que alguna vez fue campeón mundial en las categorías juveniles.

El tour terminó con la felicidad de todos. Hasta Pogacar sonrió a las cámaras y, en esa liviandad, se diluye el misterio y la tensión de las tres semanas anteriores. Ocurre como casi todo en la vida: al final nada era tan grave, todo queda en nada y mañana se irá a otro asunto.

Desde el lunes, se empezará a hablar del mundial de ciclismo que se corre en dos semanas. Vingegaard desaparecerá hasta que regrese a España, Pogacar será candidato a ganar en ese campeonato con sede en Glasgow y seguramente se plantearán nuevas rivalidades que harán lejana la que recién terminó.

Hay quienes afirman que el ciclista danés será el que domine el tour durante los próximos años. Quizá no; todos los días aparecen jovencitos que superan las perspectivas de rendimiento y lo que ocurrió en 2019 parece tan viejo como 1992. En esta aceleración, el persistente deseo por hallar un dominador -ahí está la tríada de la retórica ciclística: la épica, la guerra y el deseo por un emperador-. se hará constante y cambiará de nombre de competidor. Puede que estemos ante una época donde los ciclistas sean muchachitos que se hacen famosos muy jóvenes  envejecen de forma prematura. Habrá un tour de la progeria.

Se acabó el tour. Terminó este diario. Espero que algún día pueda seguir a un solo ciclista, en directo, y que estos relatos estén en suspenso pues dependen de que quise se siga permanezca o no competencia.

A propósito: el último de hoy fue el francés Adrien Pettit, a cuarenta y un segundos de Jordie Meeus, el ganador.

Diario del tour de Francia sin estar en Francia ni con los ganadores. Día 20

Ayer, un hombre ya mayor, en sus vídeos de resumen y análisis de las etapas del tour, aseguraba que era muy tonto dedicarse a ver un deporte del que se descreía -aludiendo a quienes manifiestan sus sospechas por el rendimiento de determinados ciclistas-; su perspectiva se vale de la ingenuidad y esta es necesaria para los acaloramientos chauvinistas y las refriegas nacionalistas que desembocan en asuntos mucho menos ingenuos.

No es necesario no creer para ver un show; hay quienes pueden sentarse a ver el comportamiento de unos humanos que, gracias al uso de determinadas sustancias legales e ilegales, hacen algo considerado fuera de la lógica de los límites de un acto físico o aguardan a que se desate una trama policial sobre un asunto que mediáticamente es más condenado que muchas masacres: hacer trampa en un juego… ese mismo comentarista suele referirse a «extraterrestres», «animaladas» y a usar remoquetes en los que equipara a los ciclistas que él respeta con razas de perros (Mohoric es un Gran Danés y Evenepoel un pitbull): eso dice de su gran amor para con los canes… la incredulidad no significa incapacidad para apreciar el ciclismo o cualquier deporte; otorga otra mirada y lleva a comprender que esos espectáculos responden a variables que superan la simple noción de una competencia entre iguales, finalmente, son parte de la millonaria industria del entretenimiento.

Hoy, en la penúltima jornada, Pinot se despidió de la competencia organizada por su país con una fuga y llegada a la penúltima cima del día. No pudo ganar, pero se ha enfatizado ese adiós que, como casi todo el hálito de su carrera, tiene un dejo de nostalgia y de lágrimas. Pronto se le olvidará, como ocurre con todos y cada uno de nosotros. Vendrán otros franceses a cubrir ese puesto de mártir; hay candidatos como Lafay y Gaudu. Son parte de ese circo donde cada quien interpreta un papel pasajero o encarna un arquetipo.

El último de la etapa ha repetido ese lugar de forma consecutiva. Jonas Rickaert ha llegado a más de media hora del ganador del día -Pogacar, quien con su furia en la celebración emocionó a todos aquellos que creen en un final feliz y de redención para el esloveno que quedó segundo en la clasificación general, como si ganar algo fuera un respingo salvífico-, sin embargo, no será el último de la clasificación general. Morkov está a un día de ocupar ese último puesto y Fedorov pasará a ese largo listado de participantes que no están en ninguno de los extremos de la competencia, pareciéndose mucho más a nosotros y, por lo mismo, más inadvertido, sin ninguna «salvación» cifrada en una victoria o una derrota.

Mañana, quien llegue de último a la meta en París, restallará tanto que su imagen será la del «vailente que pudo terminar» y que «compitió consigo mismo», aunque todo no sea más que el cumplimiento de las extensas jornadas laborales que tocan a su fin y la ejecución de unos papeles que siempre aguardan a ser representados por un nuevo humano en cada verano francés.