Mujeres, Iglesia y Matrimonio en Crónica de una muerte anunciada de Gabriel García Márquez

* Por Elina Alejandra Giménez

En la mayoría de las novelas de Gabriel García Márquez, los personajes femeninos tienen un importante protagonismo que, sin embargo, nos asigna lugares bien opuestos a los que las mujeres logramos conquistar hoy.

Publicada en 1981, Crónica de una muerte anunciada, es una de las historias donde el matrimonio, visualizado desde una concepción religiosa, aparece como la mejor forma de vida ya que le otorgaría a la mujer un espacio social en el que el hogar conyugal se configura como el destino definitivo más conveniente y seguro.

Desde sus orígenes como institución creada por hombres varios siglos después de la muerte de Jesús, la iglesia católica ha ido consolidando su proyecto de evangelización y adoctrinamiento imponiendo una serie de mandatos como la virginidad de la mujer y el matrimonio para siempre, destinados a lograr el control de las conductas individuales y colectivas de la mayoría de los pueblos Occidente.

Los diez mandamientos, en particular el sexto, son parte de la trama discursiva ideada por la iglesia para disciplinar la conducta de los hombres y, muy especialmente, la de las mujeres a quienes observó siempre con desconfianza; y fue así que logró convertirnos en oprimidas y a la vez guardianas reproductoras de esa misma doctrina que nos esclaviza y nos anula.

En consecuencia, la mujer católica no es dueña de su cuerpo.

En relación con todo esto, Crónica de una muerte anunciada nos permite plantearnos una profunda reflexión a partir del relato de un acontecimiento que constituye el eje central de esta historia: el casamiento por conveniencia de Ángela Vicario a quien su esposo devolverá a la casa paterna por no haberla encontrado virgen, suceso que provoca la muerte de Santiago Nasar.

Ángela Vicario se casa con Bayardo San Román, un forastero adinerado que, seis meses antes de la boda, la había visto pasar y, en ese mismo momento, había decidido que sería su esposa.

Luego de un obsequio y una charla con los hermanos Vicario, este caballero se convirtió en un excelente partido para la joven a quien todos consideraban muy afortunada por haber sido elegida como esposa por un hombre cuya alcurnia le había otorgado el respeto y la confianza de la familia y del pueblo:

El argumento decisivo de los padres fue que una familia dignificada por la modestia no tenía derecho a despreciar aquel premio del destino, Ángela Vicario se atrevió apenas a insinuar el inconveniente de la falta de amor, pero su madre la demolió con una sola frase: también el amor se aprende. P:25

 Por esto, el regreso de la recién casada a la casa paterna fue un escándalo que trajo como consecuencia el asesinato de Santiago al tiempo que contribuyó a mostrar los contradicciones más grotescas de una sociedad sin educación, aferrada a creencias y convicciones tendientes a visualizar la pobreza como algo que debe ser aceptado con resignación y el matrimonio como una bendición del destino para las mujeres, sobre todo si el candidato tiene dinero.

Pero esta bendición le exigía a la mujer la condición de ser virgen. Aún para ser casada contra su voluntad, la mujer debía reunir ciertos requisitos que la presentaban como digna del hombre que la tomaba por esposa.

 La madre de Ángela, se jactaba de haber criado hijas preparadas correctamente para el casamiento.

 Ellas habían sido educadas para casarse. Sabían bordar con bastidor, coser a máquina, tejer encaje de bolillo, lavar y planchar, hacer flores artificiales y dulces de fantasía y redactar esquelas de compromiso […] Son perfectas […] Cualquier hombre será feliz con ellas, porque han sido criadas para sufrir. P: 28

Estas afirmaciones muestran una contradicción inquietante y, a la vez, una pregunta insoslayable:

Si el matrimonio es una bendición, ¿qué significa que cualquier hombre será feliz con ellas porque están preparadas para sufrir?

Plácida Linero, madre de Santiago, es otra de las mujeres casadas por conveniencia con el padre de su hijo, el hacendado Ibrahim Nasar. Éste había seducido a Victoria Guzman cuando aún era adolescente y la había amado en secreto durante varios años en los establos de la hacienda. Luego, cuando se le acabó la pasión, la llevó a servir a su casa.

Plácida recordaba, frecuentemente, no haber tenido nunca un momento de felicidad en ese matrimonio que terminó cuando Ibrahim murió de repente.

La afirmación de la madre de Ángela concebida a partir de una idea de matrimonio que privilegia sólo la felicidad del hombre, está en gran medida ligada a una vida como la de Plácida Linero.

Ya desde el nombre, la madre de Ángela, Purísima del Carmen, funciona como la figura encargada de representar y educar a sus hijas en el esquema de creencias que anula y esclaviza a la mujer.

El nombre Purísima, un adjetivo llevado a su grado superlativo la proyecta hacia una noción de lugar inmaculado, ausente de manchas, muy cercano a conceptos religiosos como el de la virginidad.

Había sido maestra hasta que se casó para siempre. Su aspecto manso y un tanto afligido disimulaba muy bien el rigor de su carácter […] Se consagró con tal espíritu de sacrificio a la atención del esposo y a la crianza de los hijos que a uno se le olvidaba a veces que seguía existiendo. P:32

 En esta descripción que el narrador hace de Purísima, se explicita el concepto que la madre de Ángela tiene del matrimonio, un concepto claramente elaborado a partir de los postulados de la iglesia.

El uso del verbo consagrar da cuenta de una mirada muy consustanciada con lo religioso respecto de la tarea que debe desarrollar la mujer en el hogar: la atención al esposo y la crianza de los hijos.

Cuando Ángela fue devuelta a su hogar, la madre la golpeó sin piedad porque había quebrantado esa concepción matrimonial signada, en primer término, por la obligación de la virginidad.

La hija de Purísima había defraudado a todos porque no había podido exhibir en el patio su sábana de recién casada y, por eso, el marido la había devuelto al hogar de sus padres como si se tratara de un objeto fallado.

Todo el pueblo comentaba el suceso al que se le sumó el rumor de la muerte inminente de Santiago Nasar quien estaba siendo buscado por los hermanos de Ángela para matarlo porque la joven lo había señalado como el responsable de su deshonra.

Pero, ¿cuál era el verdadero problema

¿Qué Ángela decidió ser dueña de su propio cuerpo quebrantando las reglas impuestas por su madre que eran las de la iglesia?

¿Que todo el pueblo se había enterado del asunto con todo lo que esto implicaba?

¿Que había perdido un buen partido, es decir, un marido con dinero?

El nombre Ángela también remite a lo religioso, a la figura de los ángeles que, según la liturgia católica, son niños, y por lo tanto, inocentes.

Ángela había consentido perder su inocencia fuera de la institución matrimonial, es decir, fuera de la bendición de un sacerdote. Y más aún, había perdido un excelente marido. Ángela se había “anulado” sola.

Mucho más lejos en el tiempo, encontramos a la primera mujer, curiosamente una religiosa, que se valió de un poema para plantear esta situación de opresión:

Sor Juana Inés de la Cruz fue quien cuestionó seriamente esta concepción que exigía formar y tratar a la mujer como un objeto de la propiedad del hombre o de la iglesia.

A partir de las Redondillas (estrofas de cuatro versos octosílabos con rima consonante) fue considerada una de las precursoras del feminismo.

En las Redondillas, Sor Juana hace una defensa de la mujer y reprocha a los hombres ser la causa de lo que critican a las mujeres:

Hombres necios que acusáis a la mujer sin razón,

sin ver que sois la ocasión, de lo mismo que culpáis

 Casi tres siglos más tarde, Alfonsina Storni plantea una cuestión similar a través del poema Tú me quieres blanca:

 Tú me quieres alba, me quieres de espumas, me quieres de nácar.

Que sea azucena, sobre todas, casta. De perfume tenue. Corola cerrada.

 El mandato de la virginidad no es sino otros de los modos que la religión y la sociedad, adoctrinada por la iglesia, adoptan como mecanismo de control y dominación basado en criterios que conciben al hombre (varón) como amo de la especie humana y a la mujer (hembra) como propiedad de éste.

 Así, en Crónica de una muerte anunciada, todos los personajes femeninos reaccionan de modo natural frente a la decisión de Bayardo San Román de devolver al hogar paterno a Ángela por no encontrarla virgen, es decir que las mujeres también esperaban ver la sábana de recién casada de la flamante esposa.

 Por eso cuando la muerte de Santiago fue anunciada, nadie se sorprendió y, en consecuencia, nadie le avisó porque luego de lo ocurrido con Ángela todos aceptaban esa muerte como lo esperable y, por lo tanto, suponían que el propio Santiago debía saberlo y que, además, se la merecía.

 Luego del crimen, los hermanos Vicario se entregaron a la policía y fueron condenados a prisión. Sin embargo, nunca se supo si había sido cierta la imputación de Ángela contra Santiago.

 Ella se recluyó en su casa y debió consagrar su vida al cuidado de sus padres y a la costura. Pero por alguna extraña razón, nunca olvidó a Bayardo.

A lo largo de muchos años, le envió cartas expresándole sus sentimientos más íntimos, pero éste nunca le respondió. Un día cualquiera, apareció en la puerta de Ángela con una valija y con todas las cartas sin abrir.

 Ya muy viejo, Bayardo San Román volvió a elegirla.

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