Archivos por autor | Andrés Felipe Escovar

Lou Reed Q.E.P.D

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A lo largo del día han pululado boletines y necrológicas con ocasión del fallecimiento de Lou Reed, el músico neoyorkino que formó parte de Velvet Underground, influenció a David Bowie y jamás dejó de componer e interpretar lo que creaba. Les presentamos un documental que narra la vida artística de este nuevo recién muerto. Aprovecha, Lou, que aún no comienza el juicio final.

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Rubber, la rueda asesina (película)

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De no ser por la explicación que coloca a la inverosimilitud como uno de los elementos constituyentes de las grandes historias de ficción y de la propia vida que entendemos como real, esta película de 2010 no dejaría margen para que la conviertan en el «cine de culto» que, en unos años, ocupará cientos de espacios en los blogs, diarios y cuantos medios existan. El desafortunado deseo de gustarle a los estetas y policías del buen gusto cinematográfico no logra empañar este trabajo donde una llanta hace estallar a los seres vivos que desea asesinar:

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Baudelaire, Pasteur y la sífilis

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El escritor uruguayo Felipe Polleri, nos relata esta escena donde los vagabundos de las calles parisinas nacidos con la modernidad no son, exclusivamente, seres humanos; los microbios, virus y demás entidades que no vemos, también forman parte de ese nuevo paisaje donde el llanto luminoso y la conjuntivitis pueden terminar discerniéndose:

El microbio de la sífilis, aunque Pasteur todavía no había descubierto los microbios y la luz eléctrica (y la ciudad se alumbraba con faroles de gas que le daban a Notre Dame ese aspecto misterioso y amenazador, con sus torres almenadas y sus gárgolas de hocicos bestiales, asquerosos) se paseaba con Baudelaire en un carruaje tirado por un caballo flaco y tembloroso, un caballo típicamente parisino, por las calles del París nocturno. El microbio de la sífilis también se paseaba con las rameras que, enseñando los pechos desnudos, iban de un farol a gas, ese otro gran invento de Pasteur, a otro en busca del primer cliente de la noche. El microbio de la sífilis, negro y filiforme, se paseaba de un cuerpo a otro, ya a la sombra de Notre Dame, ya en los rincones más oscuros de la Calle de la Sífilis, por la que Baudelaire esa noche estaba paseando, y paseando al microbio de la sífilis, en busca de una muchacha a la que había conocido en uno de los más lujos burdeles parisinos, el de Madame X, hasta que las manchas negras de la sífilis expulsaron a la muchacha a la Calle de la Sífilis.
Era una muchacha, de cabello castaño y ojos dorados, de unos 16 años, de rostro pequeño y delicado, pero dueña de un cuerpo extraordinariamente opulento y blanco como la leche. Baudelaire, finalmente, vio los enormes pechos al descubierto, todavía sin manchas, el vestido andrajoso, los pies descalzos, las manos sucias, la cara golpeada por un cliente brutal, los ojos dorados y húmedos, a causa del llanto (o, todavía Pasteur no había descubierto los microbios, al microbio de la conjuntivitis).

Tomado de «Gran ensayo sobre Baudelaire (una novela histórica)». P. 59 . HUM editor, 2007

El caso Raúl Cuero

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Hoy muchos se han solazado con un artículo aparecido en el diario colombiano El Espectador que pretende decir algunas verdades sobre el trabajo de Raúl Cuero.  Ya se habla de un desenmascaramiento del científico, comienza a crecer una alegría o alivio que consiste en saber que si te dan una buena noticia entras en alarma y con una mala te alivias.  Raúl Cuero ha tratado de contestar a ese escrito a sabiendas de que habrá de ser objeto de un linchamiento semejante al de Lance Armstrong (sí, el periodismo trata con la misma ligereza el deporte, la farándula y la ciencia). Cabe plantearnos por qué ni El Espectador o algún otro diario de amplia circulación de Colombia ha analizado o publicado ciertos aspectos de ese fenómeno llamado Mario Laserna (que lo único que patentó fue una universidad), puesto al descubierto por Rafael Gutiérrez Girardot: ¿el filisteismo también es racista y clasista?

Felisberto Hernández inventa una explicación

Hernández y su onda expansiva enrarece todo lo que le rodea. El llanto, las muñecas y el silencio toman unas sendas que, inevitablemente, desembocan en las comisuras de los labios, otorgándonos un salino sabor:

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Explicación falsa de mis cuentos

Obligado o traicionado por mí mismo a decir cómo hago mis cuentos, recurriré a explicaciones exteriores a ellos. No son completamente naturales, en el sentido de no intervenir la conciencia. Eso me sería antipático. No son dominados por una teoría de la conciencia. Esto me sería extremadamente antipático. Preferiría decir que esa intervención es misteriosa. Mis cuentos no tienen estructuras lógicas. A pesar de la vigilancia constante y rigurosa de la conciencia, ésta también me es desconocida. En un momento dado pienso que en un rincón de mí nacerá una planta. La empiezo a acechar creyendo que en ese rincón se ha producido algo raro, pero que podrá tener porvenir artístico. Sería feliz si esta idea no fracasara del todo. Sin embargo, debo esperar un tiempo ignorado: no sé cómo hacer germinar la planta, ni cómo favorecer, ni cuidar su crecimiento: sólo presiento o deseo que tenga hojas de poesía; o algo que se transforme en poesía si la miran ciertos ojos. Debo cuidar que no ocupe mucho espacio, que no pretenda ser bella o intensa, sino que sea la planta que ella misma esté destinada a ser, y ayudarla a que lo sea. Al mismo tiempo ella crecerá de acuerdo a un contemplador al que no hará mucho caso si él quiere sugerirle demasiadas intenciones o grandezas. Si es una planta dueña de sí misma tendrá una poesía natural, desconocida por ella misma. Ella debe ser como una persona que vivirá no sabe cuánto, con necesidades propias, con un orgullo discreto, un poco torpe y que parezca improvisado. Ella misma no conocerá sus leyes, aunque profundamente las tenga y la conciencia no las alcance. No sabrá el grado y la manera en que la conciencia intervendrá, pero en última instancia impondrá su voluntad. Y enseñará a la conciencia a ser desinteresada.
Lo más seguro de todo es que yo no sé cómo hago mis cuentos, porque cada uno de ellos tiene su vida extraña y propia. Pero también sé que viven peleando con la conciencia para evitar los extranjeros que ella les recomienda.

Los sueños que buscó Werner Herzog

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Los mejores sueños son los que se olvidan y eso lo sabe Werner Herzog, por eso los rastreó en la cueva de Chauvet, donde se alojan los más antiguos trabajos de arte rupestre de los que se tenga noticia hasta hoy:

Ese cristiano futurista llamado G. K. Chesterton

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El hombre que fue jueves de G.K. Chesterton contiene una serie de simulacros  donde las personas devienen otras; se transforman con base en artilugios que, si bien no responden a las técnicas biológicas e informáticas de este siglo,  hacen de la realidad una escuálida intuición pues Dios, como verdad última, es una brisa apenas perceptible a través de los ojos de los humanos simuladores. Esta novela fue traducida por Alfonso Reyes quien, en su prólogo  a la edición en nuestro idioma, firmado en 1919, coloca al escritor inglés como un cristiano futurista:

El paganismo ponía el ideal humano en una pretérita Edad de Oro. El cristianismo, en  una futura salvación. Para el cristianismo, el mal está en el pasado, está en el pecado original; y el bien, en el porvenir. Abandonarse es declinar hacia atrás. Estamos corriendo  diariamente un grave peligro: hay que esforzarse por vivir al paso de la vida, hay que revolucionar hasta para ser conservador, porque las cosas tienden, espontáneamente, a  degenerar de su esencia.

El extracto que a continuación podrán leer, forma parte de toda esa cadena de simulacros que desemboca en una pregunta por la identidad; no tanto porque se plantee un «¿qué soy?» sino un «¿es pertinente preguntarme qué soy?». ¿Estamos condenados a «ser» los mismos para siempre? Si en nuestra esencia hay algo de Dios y Dios lo es todo, nada nos excluiría de ser todos y el Maligno nos impone ser alguien auténtico, único e irrepetible:

«Soy actor de profesión. Me llamo Wilks. Cuando trabajaba en el teatro, frecuentaba a  toda clase de picaros y bohemios. Ya me codeaba con la canalla del hipódromo, ya con la  gentuza del arte; y ocasionalmente, un día, en cierta guarida de soñadores desterrados, me  presentaron al Profesor de Worms, célebre filósofo nihilista alemán. Nada extraordinario  advertí en él. Le estudié cuidadosamente. Me dijeron que aquel hombre había demostrado  que Dios es el principio destructor del universo. De aquí infería él la necesidad de una  energía furiosa e incesante encaminada a aniquilarlo todo. La energía era para él el todo. El  pobre hombre estaba lisiado, miope, semiparalítico. Yo tenía un humor ligero; el tipo me  desagradó: me puse a imitarlo por burla. De haber sido dibujante, hubiera sacado su  caricatura; como yo era actor, me puse a representar su caricatura. En mi disfraz procuré  exagerar los rasgos repulsivos del personaje. Al entrar en la sala donde acostumbraban  reunirse sus admiradores, yo esperaba ser recibido o entre carcajadas o, si el ánimo general  no estaba para ello, con manifestaciones de indignación e insultos. Pero ¡cuál sería mi  sorpresa cuando voy viendo que me acogen con un respetuoso silencio, seguido, en cuanto  abrí los labios, por un murmullo de admiración! De puro sutil, me había quebrado; resultaba  yo más verdadero de lo que me figuraba.

«En suma, que me tomaron por el legítimo y célebre profesor nihilista. Yo era entonces un  muchacho de espíritu equilibrado, y aquello fue para mí un golpe terrible. Antes que hubiera  podido recobrarme, dos o tres de «mis» admiradores se me acercaron llenos de indignación,  y me dijeron que en el cuarto de al lado era yo víctima de un insulto público. Pregunté qué  pasaba. Me dijeron que un impertinente se había atrevido a vestirse como yo, e intentaba  parodiarme ridículamente. Por desgracia yo había bebido más champaña de lo que me  hubiera convenido y, en un rapto de locura, decidí afrontar la situación. El verdadero  Profesor, al entrar, fue recibido por la mirada furiosa de la compañía y mi adusto ceño  glacial.

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Una batalla contra los dioses (largometraje)

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Big Wars es una película animada japonesa de los años noventa (1993), dirigida por Issei Kume y Toshifumi Takizawa. Su particularidad es que el hombre se enfrenta a los dioses debido a que gran parte de la humanidad ha empezado a establecer colonias marcianas, lo cual va en contra del destino de la especie y del orden del universo. La paranoia de este trabajo está íntimamente ligada a la de muchas novelas de Dick:

María de Villota, Q.E.P.D

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María de Villota, piloto de pruebas de la fórmula uno que sufrió un accidente el año pasado, ha muerto. En el documental que aparece más abajo, María afirmó que el automovilismo le había permitido comunicar todo lo que sentía; estamos condenados a delinear el silencio, ya sea a través de libros, de carreras, de ascender montañas en bicicleta o encerrándonos ocho horas en un cubículo y tras un escritorio. No sabemos qué queremos comunicar y morimos sin saberlo. Ha comenzado otro gran silencio: