Nuestro campeón, Diosinteo Weimar Morales, heredero natural de los púgiles avichuchos llenos de heavy metal y nostalgias golondrinas, nos hace llegar este poema dedicado a una risueña y coqueta mujer, tan lejana como el susurro de un muerto:
Giro de gorrión infernal
En los meridianos de tus alucinaciones cyberpunks
mientras maceras las piedras de cocaína
Mis arrebatos de angustia por tus mulos
abrevan nostalgias de viejas canciones muertas.
¿Son los cadáveres de tus lástimas?
o
¿Los cuerpos de extraños budistas divisados desde tu cuartucho neoyorkino?
Te vi como puta arrocera
sembradora de cereales bajo aguaceros de Napalm
Aprovechaste tu dolor de madre sin hijos vivos
para hacerte un lugar en el parnaso de las poetizas del norte de la ciudad.
Y me viste a lo lejos
ignorándome
olvidando nuestras noches de sexo arropados con cantatas de Mahem.
Te has ido
Te fuiste aunque durmieses en mi lecho.
Te has ido
y yo sigo entonando canciones de pájaros ligeros
a punto de levantar el último vuelo de mi corazón en llamas.
Un águila eleva un himno nocturno
es el grito de la libertad que irrumpe las tinieblas como un rayo eléctrico.
Se ha quemado el cromo de nuestros ensueños
y tu allá, distante y fugitiva
con tu verga colgando
tan dura como tu cara cuando esnifas.
Fuimos amantes hasta ayer.
¿Nuestro amor duró lo mismo que un embale?
osea
¿siete minutos
o una erección de cocaína?
Pudo ser una inhalación de cola
tres segundos a lo sumo.
Cola como la tuya no habrá.
Tus flatulencias envenenaron mis deseos
con hambre de más aspiraciones de tus brisas intestinales.
Olí las dos colas y me quedé con la tuya.
Nada de miedo dijiste
y te sentaste en mi cara.
Y me pediste una inyección de Kokodril.
Como reina de belleza
te bamboleaste de lado a lado
golpeándote contra las paredes de mi cuartucho.
Con tu mirada ausente supe que me olvidaste
encendí la radiola
troqué a Mahem por Rómulo Caicedo
y quise que mi vida fuera hacia el pasado
y tener veinte años menos y volverte a conocer.

