Jairo Anibal Niño ha sido un escritor que, en las esferas de la «alta literautra» aún se ignora. Quizá porque eso que llaman ternura se asimila, con facilismo, a la cursilería. Los gestos tiernos, como una sonrisa desdentada de un anciano o un niño que cambia de dientes, estremece algo impronunciable que evoca esa estadía en el útero, tan similar a la de los astronautas que habitaron Hal 9000.

