El alma de Barrington J. Bayley

El laconismo con que se hace referencia al autor de «El alma del Robot», Barington J. Bayley, hace más sorprendente lo que hay dentro, si se tiene en cuenta que las ediciones de los libros de la llamada ciencia-ficción cada día se acercan a los de otros géneros en cuanto que se  sus tapas y contratapas se preñan con comentarios hechos por la prensa y por otras firmas de autores que avalan, aclaman o consienten el libro que el potencial lector tiene en sus manos.

Bayley tampoco tuvo una efusiva necrológica en la revista Locus cuando se notificó su muerte por un cáncer en el intestino grueso en 2008: una nota de menos de veinte renglones donde se mencionaban sus libros y algunos comentarios hechos por escritores más renombrados. De hecho, de los autores británicos de la revista «New Worlds», aparece en una tercera línea, después de Ballard, Aldiss o Disch.

En nuestro idioma se publicaron sus novelas «Ola de terror» y «El alma del robot», de la que les traemos el primer capítulo

1

Al despertar de la preexistencia, Jasperodus se encontró en la oscuridad.

Rara vez una criatura consciente habrá actuado con tal deliberación en sus primeros segundos de vida. Pacientemente, Jasperodus permaneció de pie en las profundas tinieblas y pasó revista a la situación valiéndose de los datos depositados en su memoria, parcialmente organizada antes del nacimiento.

Advirtió que estaba solo dentro de un gabinete metálico cerrado. El primer acto inteligente de su existencia fue tantear con la mano derecha hasta encontrar el picaporte de la puerta del gabinete. Se volvió y empujó. Luego salió a examinar la escena que tenía delante.

Un hombre y una mujer de edad, vestidos con batas sucias, lo miraban con timidez. Permanecían muy juntos, como una pareja envejecida en la mutua compañía. La habitación olía ligeramente a pino, y había bancos y otros muebles de esa madera: sillas, armarios, una mesa y un bastidor de montaje. Encima de ellos, y también en el suelo, en bancos y ganchos, yacía un caótico despliegue de componentes y de las curiosas herramientas de un especialista en electrónica.

Aunque la habitación era sucia y algo destartalada, reinaba en ella una atmósfera cálida y acogedora. El desorden era típico de alguien con su propio sentido del método, y Jasperodus ya sabía hasta qué punto el método era eficaz.

Volvió a mirar a los viejos. Ellos, a su vez, ensayaban expresiones que trataban desesperadamente de velar la ansiedad. Eran gente amable e inofensiva, y a los ojos de Jasperodus más bien patética, pues sus ávidas expectativas serían irremediablemente defraudadas.

—Somos tus padres —dijo la mujer con voz vacilante, esperanzada—. Nosotros te

hemos hecho. Eres nuestro hijo.

No hacía falta explicar más, pues Jasperodus conocía la historia: sin hijos y afligidos por esa carencia, ambos habían elegido su propia manera de prolongar sus vidas en un descendiente. Esperaban que Jasperodus les reportara tanta alegría y felicidad como un niño de carne y hueso nacido orgánicamente.

Pero como muchos hijos ingratos, Jasperodus ya había tomado su propia decisión. Planeaba cosas más interesantes que pasar la vida con ellos. El negro y broncíneo Jasperodus, el robot múltiple y macizo que habían creado, rió con aspereza y avanzó con determinación hacia la puerta. La abrió y se marchó. Los abandonó.

Mirando la espalda que se alejaba, el hombre intentó consolar a la mujer apoyándole la

mano en el hombro.

—Sabíamos que esto podía ocurrir —le recordó serenamente; era verdad que podían haber construido un vástago imprimiéndole la necesidad de quererlos, pero ambos habían decidido que no era correcto. Hiciera lo que hiciere, tenía que ejercer libremente su voluntad.

Sin embargo, después de tantos y tan prolongados afanes, la angustia de los padres era real. Jasperodus tenía algún conocimiento teórico del mundo, pero ninguna experiencia. Su futuro era tan imprevisible como nulo su pasado.

—¿Qué será de él? —lagrimeó la mujer—. ¿Qué será de él?

Traducido por Arturo Casals. Editorial Edhasa, 1980, p. 9-10.

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