El futuro uniformado de Star Trek

En el libro Rebelarse Vende, el negocio de la contracultura, los autores Joseph Heath y Andrew Potter, revisan en el capítulo 6 la crítica común que se ha hecho desde la teoría contracultural a la indumentaria uniforme, presente en casi todas las instituciones burocráticas y sobre todo en el sistema educativo, lugar en el que el uniforme escolar es frecuentemente visto como símbolo de alienación y sumisión al sistema. Para los autores esta es una crítica inocua, que realmente no ataca al sistema de jerarquías de la sociedad, ni es evidente que al eliminar los uniformes se refuerce el individualismo ni la creatividad.  Por otra parte, lo que conlleva esta crítica del uniforme es un desmesurado consumismo, una generación de obsolescencia de modas y desplazar el discurso de la rebeldía a la distinción.

Para demostrar que el uniforme no es el monstruo autómata de la sociedad, los autores canadienses hacen un interesante ejercicio retrofuturista remitiéndose a la serie Star Trek. En esta serie el uniforme es un artículo ordinario en la vida de los tripulantes que no parecen tener conflicto con el uso de él, y sin embargo están pendientes de otros problemas más dignos de la Federación de Planetas Unidos que de la última colección del diseñador más cotizado del mercado.

Uno de los elementos más atractivos del universo Star Trek es la
 ausencia absoluta de marcas comerciales. Huelga decir que los
personajes de la serie casi siempre llevan uniforme. Además, ninguno de los objetos que aparece en la serie -los productos de
alimentación, los aparatos tecnológicos y domésticos, los ordenadores, mecanismos tricorder, armas y demás- tiene una marca registrada, ni un logotipo ni nombre comercial. Es más, ninguno de estos objetos aparece con la profusión, variedad y
especialización a que estamos acostumbrados en nuestro mundo. En casi todo lo demás, el universo de Star Trek es homogéneo.
En este aspecto, difiere totalmente del resto de la ciencia-ficción 
actual. El futuro que nos ofrecen el cine (por ejemplo, Blade Runner) y la literatura (William Gibson y Neal Stephenson, entre 
otros), consiste en un capitalismo dominado por la tecnología
 de la comunicación, las grandes corporaciones, las franquicias y
los artículos de consumo.

Sin embargo, los habitantes de Star Trek prácticamente ignoran el impacto de la tecnología de la información, los mercados
 y los bienes de consumo (tan importantes en el subgénero del ciberpunk). ¿Pensó el capitán]ean-Luc Picard que una batalla breve pero decisiva contra los Borg haría recuperar a los miembros de la Federación su confianza como consumidores? Con lo presumido que era James T.Kirk, ¿hablaba de moda alguna vez? Esta
 falta de interés por la cultura del consumo acerca a Star Trek a
 la ciencia-ficción de la década de 1950, cuyo futuro estaba dominado por la rivalidad militar entre los gobiernos y las ideologías, no por la competencia comercial de las grandes empresas
y los consumidores entre sí.


En el futuro de Star Trek sí triunfan otros valores típicos estadounidenses, al menos dentro de la Federación. Como han señalado numerosos autores, cada etapa tiende a reflejar la realidad
política imperante, de modo que los músculos militares y las consignas izquierdosas del capitán Kirk dieron paso al quisquilloso
multiculturalismo de Picard y Janeway. Siempre existe la tentación
de considerar esa ausencia de productos e ideas consumistas como
un indicio de la mala calidad y la escasez de imaginación de los
guionistas. Pero esa conclusión sería precipitada y simplista. También podría interpretarse como una alegoría política de un futuro maravilloso en el que los ciudadanos de la Federación han
hallado el modo de ser individuos sin ser rebeldes, de llevar uniformes sin caer en una lúgubre uniformidad existencial.


Nuestra sociedad es exactamente lo contrario. Todos estamos,
 hasta rozar lo ridículo, obsesionados con la ropa que nos ponemos y, una vez más, la contracultura ha contribuido enormemente
a crear esta fijación con nuestra apariencia. Hoy en día, numerosas publicaciones alternativas tienen pequeñas secciones de «estilo» con fotos del urbanita de turno sometido a un minucioso inventario de su ropa y accesorios, en donde se detalla la procedencia
de cada objeto. El trasfondo competitivo de la moda alternativa
es obvio. Se nos indica que tenemos que comprar la ropa en una
tienda estrafalaria, o de una manera poco convencional, o por un
precio excepcionalmente bajo. Cada prenda debe ser única y tener su propia historia. Conviene que el estilismo sea ecléctico,
 pero no vulgar.


¿Cómo hemos llegado a esto? ¿Qué ha sido de nuestro futuro
 a lo Star Trek?

(…) la serie es un espectáculo político de cierta ingenuidad. Ocasionalmente aborda temas de la ciencia-ficción contemporánea como el lugar que ocupa el humanismo en una sociedad tan racional y tecnológicamente avanzada como la nuestra -sobre todo en la relación del capitán Picard con los Borg-, pero en realidad la serie trata sobre la presente autocrítica de Estados Unidos en cuanto a la reinterpretación de sus cimientos políticos (libertad, igualdad, felicidad). En el mundo de Star Trek, la vida política, el día a día de la comunidad y la solidaridad social son más importantes que los asuntos privados como el trabajo, el consumismo y la expresión de la individualidad. Es un mundo cuyos habitantes sencillamente no dan ninguna importancia a los bienes de consumo. El gran símbolo de esta mentalidad es el uniforme que llevan todos los personajes de la serie. No es sólo que lleven uniformes, sino que los uniformes no tienen la menor presunción. A ninguno parece importarle lo más mínimo irsiempre vestido con una especie de pijama poco favorecedor. ¿Y por qué les iba a importar, si desarrollar el programa político de la Federación es una forma mucho más directa de dar un sentido a su vida? Se podría criticar el hecho de que Star Trek describa una de las más improbables utopías políticas, es decir, aquella en que la ciudadanía y la democracia están lo suficientemente implantadas como para proporcionar niveles adecuados de satisfacción individual y solidaridad social. El triunfo del consumismo en nuestro mundo (según sus críticos) se debe precisamente al hecho de que la democracia moderna haya sido suplantada por una tecnocracia incapaz de proporcionar lo que la gente realmente necesita. Pero eso quizá no sea tan malo. Como decía el teórico político C. B. MacPherson, el individualismo posesivo del siglo XVII no era realmente un vicio; era un buen sustituto de la ética de la venganza y la gloria. De igual modo, el consumismo actual como sucedáneo del compromiso ético quizá no sea tan malo si hace disminuir el entusiasmo popular por ciertos horrores del siglo xx como el imperialismo y el nacionalismo ético. Quizá. Pero también es posible que nos hayamos pasado de la raya. Tendríamos que abrir un hueco en nuestras vidas para recuperar el elemento político como un hecho independiente de la cultura. Para empezar, podríamos eliminar algo de la confusión consumista y poner algo más de orden en nuestra existencia. En vez de «atrevernos a ser distintos», quizá debamos atrevemos a ser iguales.

Rebelarse Vende, el negocio de la contracultura, Heath y Potter. Ed. Taurus.

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